Capítulo 16 #2
Fulgencio asintió despacio.
Y Carmelinda.
Que sabía desde el principio y que esperó a que Vera llegara sola porque algunas respuestas tienen que encontrarse y no darse.
Fulgencio escuchó sin interrumpir.
Cuando Vera terminó, Fulgencio se quedó en silencio un momento.
"El olor", dijo finalmente.
"Sí."
"Un olor te llevó a todo."
"Un olor y cuarenta años de historia y una mujer portuguesa de ochenta años con ojos verdes que sabe callar cuando tiene que callar y hablar cuando tiene que hablar." dijo Vera. "No solo el olor."
Fulgencio asintió.
"Vera."
"¿Qué?"
"Podrías haber sido guardia civil."
Vera lo miró.
"Prefiero mis plantas, Fulgencio."
"Ya lo sé." dijo Fulgencio. "Por eso funciona."
· · ·
Sergio llegó a la una.
Sin croissant esta mañana — con su libreta y con esa expresión de lunes levemente diferente a la de los días de guardia habituales.
"Señorita Vera."
"Sergio. ¿Qué haces aquí un lunes?"
"Vine a preguntar algo."
"Pregunta."
"¿Puedo venir a comprar manzanilla de vez en cuando?" dijo Sergio.
Vera lo miró.
"¿Tomas manzanilla?"
"No. Pero es una buena excusa."
"¿Para qué?"
Sergio miró su libreta. La cerró — cosa que hacía rarísimas veces.
"Para seguir aprendiendo el método. Que en este pueblo está más avanzado que en cualquier manual que haya leído."
Vera lo miró un momento. Luego miró a Carmelinda — que cosía sin levantar la vista pero que tenía en la comisura de los labios esa sonrisa suya que existía aunque ella nunca la reconociera.
"Véngase cuando quiera. La manzanilla la cobramos igual."
"Por supuesto." dijo Sergio. Y abrió la libreta.
Miel, desde el alféizar, lo miró con esa calma suya. Cisco, a su lado, inclinó la cabeza levemente.
Sergio los miró a los dos.
"¿La nueva es Miel?" dijo.
"¿Cómo lo sabías?"
"Lo anoté cuando llegué. Dos jilgueros en el alféizar. El segundo más pequeño, colores menos intensos, postura más tranquila." Consultó la libreta. "Hembra. Llegó esta mañana."
"¿Y el nombre?"
"Lo deduje del contexto. Por el bálsamo. Por Salvador. Por el color de las alas que tiene ese tono dorado." Pausa. "Miel era el único nombre posible."
Carmelinda levantó la vista.
"Eres más pesado que una vaca en brazos", dijo.
"¿Eso es bueno?" dijo Sergio.
"No", dijo Carmelinda. "Pero en tu caso resulta útil."
Sergio lo anotó.
· · ·
Comieron todos juntos.
Reme había traído también — en el fondo de la bolsa — una olla de pisto manchego. El pisto de Reme era diferente al de Carmelinda — más tomate, menos calabacín, con ese punto de pimentón ahumado que era el secreto de Reme.
Carmelinda sacó pan. Vera sacó el vino de la cooperativa. Sergio sacó del bolsillo una servilleta de papel doblada en cuatro que había traído sin que nadie le dijera que la trajera.
La mesa camilla con cinco personas — Vera, Carmelinda, Fulgencio, Reme, Sergio.
"¿Brindamos?" dijo Reme.
"¡Ea!" dijeron Carmelinda y Vera al mismo tiempo.
Se miraron. Luego se miraron los demás.
Sergio levantó su copa.
"¡Ea!" dijo. Con la seriedad de quien pronuncia una palabra en un idioma que está aprendiendo y que sabe que esta es la pronunciación correcta.
Fulgencio miró a su ayudante un momento. Levantó la suya.
Bebieron.
· · ·
Después de comer — cuando Reme y Carmelinda recogieron la mesa con esa coordinación que habían desarrollado en dos semanas de conocerse, y cuando Fulgencio ayudó a fregar los platos con esa torpeza específica de los hombres que no friegan habitualmente pero que esta tarde lo hacían porque algo en el ambiente de ese salón les decía que era lo correcto, y cuando Sergio secó los platos con la servilleta de papel que había traído y que Carmelinda le cambió por uno de los suyos bordados con punto de cruz con esa expresión de quien tiene límites — Vera encontró un momento a solas con Fulgencio en la herboristería.
"Fulgencio."
"¿Qué?"
"Gracias. Por dejarme."
"¿Dejarte qué?"
"Meterme. Que es lo que me pediste que no hiciera y que hice igual y que tú sabías desde el principio que iba a hacer."
Fulgencio la miró con esa honestidad suya.
"Vera. Llevo treinta años siendo guardia civil en este pueblo. Y en treinta años aprendí que hay cosas que los guardias civiles pueden hacer y cosas que no pueden hacer aunque quisieran." Pausa. "Y que a veces lo que no puede hacer un guardia civil lo puede hacer una herboristería de la plaza."
"¿Eso lo pondrás en el informe?"
"En el informe pongo lo que el informe necesita. Que es diferente a lo que realmente ocurrió." Pausa. "Lo que realmente ocurrió — eso lo sé yo y lo sabéis vosotras y lo sabe Sergio que lo tiene todo anotado."
"¿Crees que Sergio va a escribir un libro?"
"Creo que Sergio va a hacer algo con todo lo que anota. No sé exactamente qué. Pero algo."
· · ·
Se fueron a las cuatro.
Reme con su olla vacía y la promesa de volver el sábado siguiente.
Fulgencio con esa chaqueta de pana marrón y el bigote impecable y la mancha de café nueva en la manga — que había aparecido durante el almuerzo sin que nadie supiera exactamente cuándo.
Sergio con su libreta llena y esa expresión de hombre joven que ha aprendido algo que no estaba en ningún manual.
En la puerta Sergio se giró.
"Señorita Vera."
"Sergio."
"Lo que hacéis aquí. Usted y Carmelinda." Pausa. "Lo he intentado definir en la libreta toda la semana y no encuentro la palabra exacta."
"¿Y?"
"Creo que no tiene una sola palabra. Que necesita varias."
"¿Cuáles?"
Sergio miró su libreta. La cerró.
"Plantas." dijo. "Una anciana portuguesa. Un jilguero con mala leche." Pausa. "Y suficiente terquedad para no parar cuando cualquier persona sensata habría parado."
"¿Eso es el método?"
"Eso es el método." confirmó Sergio. Y salió.
Carmelinda, desde su silla, dejó escapar un sonido que no era exactamente una tos.
"Cansalmas", dijo.
"Útil", dijo Vera.
"¡Ea!" dijo Carmelinda. Y volvió al algodón azul oscuro que esta tarde había tomado la forma de algo — no un moño, no un dobladillo, no un remiendo. Algo más pequeño. Un bolsillo. Del tamaño exacto de la palma de una mano.
Vera la miró.
"¿Un bolsillo?"
"Para el delantal. El tuyo. Que los bolsillos que tienes no son suficientes para todo lo que llevas."
"Llevo lo que necesito."
"Llevas lo que cabía hasta ahora. Que es diferente."
· · ·
A las cinco menos cuarto entró un hombre que Vera no conocía.
Alto, con una carpeta de cartón bajo el brazo y un traje que no era de domingo de pueblo — de los que se llevan a diario, sin ostentación, pero que tampoco se compran en Albaida del Campo.
No miró los frascos ni las hierbas colgadas.
Miró a Vera directamente, como quien ya sabe a quién busca antes de entrar.
"¿Vera Prados?"
"Yo."
"Javier Coello." No le tendió la mano todavía — primero abrió la carpeta. "Soy el abogado de Gonzalo Crespo. El nuevo, no el de la familia." Una media sonrisa, breve, sin insistir en ella. "Imagino que ya le habrán contado que existo."
"Algo me dijeron."
"Necesito el registro de fechas de sus visitas a los Bombos en octubre. Para el expediente de restitución de Blas Sánchez y los Trujillo. Fulgencio me dijo que usted lo tenía documentado."
Directo. Sin rodeo previo, sin la manzanilla de excusa, sin preguntar primero por Carmelinda ni por el tiempo ni por la cosecha.
Vera lo miró un momento antes de responder — esa misma pausa que usaba con todos, la de escuchar lo que había debajo de la pregunta. No encontró nada debajo. Solo la pregunta.
"Lo tengo en el archivo del sótano", dijo. "Deme un momento."
"Gracias."
Se quedó de pie junto al mostrador mientras ella bajaba. No se sentó, no curioseó los frascos, no llenó el silencio con nada. Cuando Vera volvió con las hojas, las repasó ahí mismo, de pie, con esa concentración de quien ha aprendido a leer rápido porque los expedientes no esperan.
"Esto sirve", dijo. "Esto sirve mucho, de hecho." Levantó la vista. "¿Puedo quedarme con copia?"
"Se la hago."
Mientras Vera fotocopiaba las hojas en la trastienda, Carmelinda — que había estado cosiendo el bolsillo sin decir una palabra desde que el hombre entró — habló por primera vez.
"¿De dónde es usted?"
"De Ciudad Real. Aunque mi abuela era de un pueblo de Toledo que ya no existe casi.
Se lo llevó un pantano en los sesenta." Lo dijo sin dramatismo, como quien menciona un dato de archivo más.
"Por eso hago esto. Las tierras que desaparecen sin que nadie las reclame me parecen la peor clase de robo. La que no deja ni testigo."
Carmelinda cosió una puntada. Lo miró por encima de la aguja.
"¡Ea!" dijo. Muy bajo. Casi para sí misma.
Javier no supo qué significaba eso. No preguntó.
Vera volvió con las copias.
"Aquí tiene."
"Gracias." Las guardó en la carpeta con ese mismo cuidado ordenado con que había hecho todo lo demás. En la puerta se detuvo. "Probablemente tenga que volver. El expediente de los Trujillo va a necesitar más fechas de las que me imaginaba."
"Cuando quiera."
"¿Sigue abierto los sábados?"
"Todos los días excepto el domingo."
Javier asintió — un solo gesto, sin alargarlo.
"Entonces volveré un sábado", dijo. Y salió.
La puerta se cerró.
Vera se quedó mirándola un momento.
Carmelinda no levantó la vista de la aguja.
"Ese va a volver más de una vez", dijo.
Y entonces sí levantó la vista — solo un segundo, lo justo — y sus ojos verdes, que atravesaban, que llegaban hasta el fondo, tuvieron por una vez algo distinto a esa mirada de siempre. Una luz pequeña. Traviesa. La de quien acaba de ver algo que le gusta y no piensa decirlo dos veces.
"Es por el expediente."
"Ya", dijo Carmelinda. Con ese "ya" suyo que significaba exactamente lo contrario de estar de acuerdo. Cosió una puntada más. "El bolsillo nuevo del delantal", dijo, sosteniéndolo a la luz para inspeccionarlo. "Va a venir bien tenerlo terminado."
· · ·
El arco de Vera.
A las seis de la tarde, cuando el sol de octubre había bajado del todo, Vera se sentó en el taburete alto del mostrador con su libreta.
La abrió en la primera página.