Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

El Nuevo Equilibrio

El lunes amaneció con escarcha.

La primera del otoño manchego — esa capa fina y blanca que cubría los adoquines de la plaza y los tejados y las macetas de geranios tardíos y los viñedos del horizonte con una delicadeza que no correspondía a su naturaleza.

Era el invierno mismo, en versión pequeña todavía, asomándose por encima del horizonte para que nadie dijera después que no había avisado.

Vera la vio desde la ventana de su habitación antes de bajar.

Se quedó un momento mirándola — esa escarcha que cubría todo por igual, lo hermoso y lo que no lo era, lo resuelto y lo pendiente, con esa indiferencia específica de la naturaleza manchega que no hacía distinciones y que por eso era a su manera completamente justa.

Pensó en la semana que había pasado.

No como repaso — como reconocimiento. La manera en que uno reconoce algo que ha cambiado de manera irreversible y que ya no necesita analizarse más sino simplemente saberse.

Bajó.

· · ·

La herboristería en la mañana del lunes tenía esa calidad específica de los espacios que han descansado. Los frascos en las estanterías con ese brillo suave de cuando nadie los ha movido todavía. El olor a tomillo y espliego más concentrado que de costumbre.

Vera encendió el hornillo. Las velas. El agua.

Romero bajó. A la balanza. Sin rodeos — su sitio, el de siempre.

Cisco entró por la ventana.

Pero esta mañana Cisco no dio su vuelta habitual. Entró y se fue directamente al alféizar de la ventana principal y se quedó ahí mirando hacia afuera con una atención diferente. No la atención de la vigilancia. Algo más quieto. Más expectante.

Vera lo observó.

"¿Qué?" dijo.

Cisco la miró. Luego volvió a mirar hacia afuera.

Vera siguió con el hornillo.

Y entonces — sin que hubiera ningún sonido previo que lo anunciara — entró otro jilguero por la ventana entreabierta.

Más pequeño que Cisco. Con los colores del jilguero europeo pero levemente menos intensos, de esa diferencia sutil entre el macho y la hembra que no era menos hermosa sino diferente, como la diferencia entre el azafrán recién mondado y el azafrán que ha reposado.

Aterrizó en el alféizar junto a Cisco.

Los dos jilgueros en el alféizar de la herboristería mirando a Vera.

Vera se quedó completamente quieta.

La jilguera la miró — con esa calma de quien ya llegó y no necesita demostrar nada. Luego miró a Cisco. Luego volvió a mirar a Vera.

Romero abrió su ojo bueno desde la balanza. Los miró a los dos. Cerró el ojo.

"¡Ea!" dijo Carmelinda desde la escalera.

Vera se giró. Carmelinda había bajado sin que ella la escuchara — cosa que ya no la sorprendía.

Estaba en el umbral con su caixa bajo el brazo y su pelo blanco trenzado y esa expresión de quien ha visto algo que esperaba ver.

"¿La conocías?" dijo Vera.

"La vi el mes pasado en el tejado de la cooperativa. Sabía que era cuestión de tiempo."

"¿Cómo lo sabías?"

"Porque Cisco lleva semanas mirando hacia el sur cuando creía que nadie lo veía. Y los que miran hacia el sur con esa constancia generalmente encuentran lo que buscan."

Vera miró a Cisco en el alféizar.

Cisco tenía esa expresión suya de jilguero que no admite que lo hayan observado haciendo algo que no quería que observaran.

"¿Cómo la llamamos?" dijo Vera.

Carmelinda miró a la jilguera — esa calma suya en el alféizar, esa presencia tranquila de quien llegó sola y ya estaba.

"Miel", dijo.

"¿Por qué Miel?"

"Por el color. Y por la cera de Salvador. Y por el bálsamo." Pausa. "Por todo lo que fue dulce esta semana aunque no lo pareciera."

Cisco dio un pequeño paso en el alféizar hacia Miel.

"Calma", dijo Carmelinda sin levantar la vista. "Que acaba de llegar."

Cisco se quedó donde estaba con esa dignidad de jilguero que decide que el paso había sido completamente voluntario.

Miel los miró a todos — a Vera, a Carmelinda, a Romero en la balanza, a la herboristería con sus frascos y sus hierbas y sus velas. Con esa tranquilidad de quien evalúa un sitio nuevo y decide que está bien.

Luego se posó más cómoda en el alféizar.

Como quien llega para quedarse.

· · ·

Carmelinda hizo el desayuno.

Migas — las completas, aunque fuera lunes, con el pan de tres días y los ajos y el pimentón dulce y el chorizo manchego. Las acompañó con uvas frescas — las últimas del racimo.

Comieron en la cocina con la ventana entreabierta — ese frío suave de la mañana de escarcha entrando por la rendija con olor a tierra fría y a tomillo.

"Hoy descansamos", dijo Carmelinda.

"¿Las dos?"

"Las dos. La herboristería puede estar cerrada un lunes, por una vez."

"Nunca está cerrada un lunes."

"Entonces no hay problema." Carmelinda comió sus migas.

"Carmelinda."

"Dime."

"Esta semana. ¿Tienes miedo de lo que viene? Del juicio, de declarar."

"Tengo respeto. Que es diferente al miedo."

"¿Cuál es la diferencia?"

"El miedo te paraliza. El respeto te prepara." Pausa. "Llevo sesenta años con este pueblo, con esta historia, con lo que vi y lo que callé y lo que finalmente dije. Un abogado de Madrid con su maletín no me va a paralizar."

· · ·

A las diez llegó Fulgencio.

Sin uniforme — con la chaqueta de pana marrón de los domingos y el bigote impecable. Traía a Reme. Con su delantal — el nuevo, el que Carmelinda le había remendado el bolsillo. Y con una bolsa que olía a hojuelas.

"Como prometí", dijo Reme poniendo la bolsa en el mostrador.

"¡Ea!" dijo Carmelinda desde su silla donde ya había sacado la caixa aunque todavía no había decidido qué coser.

Fulgencio miró el alféizar donde Cisco y Miel estaban posados uno al lado del otro.

"¿Dos?" dijo.

"Miel", dijo Vera. "Llegó esta mañana."

Fulgencio miró a Cisco. Cisco lo miró. No lo picoteó — llevaba días sin picotear a Fulgencio.

"Primera vez que ese pájaro me mira sin intenciones", dijo Fulgencio.

"Bienvenido al nuevo equilibrio", dijo Vera.

Fulgencio asintió con la satisfacción tranquila de hombre que ha ganado algo pequeño pero genuino.

Miel los miró a todos con esa calma suya. Luego se acicaló una pluma del ala. Como quien está completamente en su sitio.

"Mira esa", dijo Reme mirándola. "Esa sí que sabe lo que hace."

· · ·

Subieron al salón.

Las hojuelas de Reme en el plato de cerámica azul de Talavera — esas flores manchegas de masa frita que Reme hacía con una receta de su abuela que incluía anís y naranja y ese aceite de oliva manchego que no pedía permiso. Espolvoreadas con azúcar y canela.

El café de Carmelinda en las tazas.

Romero en el sillón. Cisco y Miel en el alféizar de la ventana del salón.

"¿Cómo está?" dijo Vera a Fulgencio.

Fulgencio tomó su hojuela. La partió. La comió.

"Tranquila. Como siempre." Pausa. "El abogado de Madrid se fue ayer. Volverá para el juicio."

"¿Cuándo?"

"El juez estima seis meses. Quizás ocho." Pausa. "Pero con lo que tenemos, el abogado puede intentar desmontar una pieza. No puede desmontar veinte."

Reme tomó una hojuela. La probó.

"¿Y la calle Castellanos?" dijo Reme.

"El ayuntamiento convocará una reunión de vecinos", dijo Fulgencio.

"¿Cuándo?"

"Cuando el pueblo esté listo. Que no es lo mismo que cuando el ayuntamiento lo convoque."

"¿Irás?" dijo Vera.

"Como vecino. No como guardia civil."

"¿Y votarás?"

"Votaré que se consulte primero a Blas Sánchez. Y a los Trujillo. Y a los Herrera. Que si alguien tiene derecho a opinar sobre ese nombre, son ellos."

"Miel sobre hojuelas", dijo Reme.

"¿Por qué?" dijo Fulgencio.

"Porque es lo correcto. Que a veces coincide con lo justo y a veces no. Pero esta vez sí."

Carmelinda cosió una puntada — había sacado de la caixa un trozo de tela sin forma todavía, un algodón azul oscuro que esta mañana no sabía para qué era pero que sus dedos habían encontrado solos.

"¡Ea!" dijo Carmelinda.

· · ·

La explicación.

A las doce — con las hojuelas a medias y el café repuesto y Reme y Carmelinda hablando de la receta del almíbar de las rabanadas — Fulgencio se acercó a Vera en el mostrador.

"Vera."

"¿Qué?"

"Necesito que me expliques algo. Todo. Desde el principio. No el caso — el caso lo sé. Sino cómo." Pausa. "Cómo llegaste de una infusión intacta en el mostrador a Amparo Castellanos en el callejón."

"¿Para el informe?"

"Para mí. Porque llevo treinta años en este pueblo y no lo vi."

Vera le contó todo — en el orden correcto, sin omitir nada.

La infusión intacta. El paquetito vacío junto al cuerpo de Rodrigo.

Las palmas abiertas hacia arriba. Las mismas palabras en el mismo orden.

El olor a lavanda. La resina en el marco de la ventana de Marcelo — el mismo espliego concentrado, la misma dosis, distinta ventana.

El teléfono de Celestino. Los documentos de Leandro.

La foto del Seat León gris en el camino de los Bombos.

El frasco en el sótano. La declaración del notario.

"Una cosa", dijo Fulgencio. "El sótano. La noche del jueves."

"Fue ella", dijo Vera. "Seguía libre hasta el domingo.

Entró a ver hasta dónde había llegado yo.

Lo que encontró fue el registro de pedidos — que no tenía su nombre, porque nunca me compró espliego.

Que el espliego lo recogía en el cerro." Pausa.

"Se fue con lo que había: que yo sabía que usaba espliego del cerro pero que no tenía pruebas de que fuera el mismo espliego. "

"Y entonces fue a la Fiesta", dijo Fulgencio.

"Y entonces fue a la Fiesta", confirmó Vera. "Porque pensó que todavía tenía tiempo."

"Una cosa", dijo Fulgencio. "La infusión intacta que encontraste en el mostrador la primera noche. ¿Quién la dejó?"

"Amparo", dijo Vera. "Entró a la herboristería esa noche.

Tomó el paquetito que Rodrigo había recogido esa tarde — lo cambió por uno preparado con espliego concentrado, que le dio a Rodrigo en algún momento antes de llevarlo al Bombo.

El de mi herboristería lo devolvió al mostrador para sembrar confusión.

Para que yo pensara que el paquetito nunca había salido. "

"Tenía llave."

"O sabía que Romero abre la puerta trasera con el lomo cuando no está bien cerrada. Que lo hace siempre." Pausa. "Cuarenta años en este pueblo. Amparo sabía cosas que yo todavía no sé."