Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Miró el callejón. Las paredes encaladas. El extremo por donde entraba la luz de la fiesta.

"¿Crees que si lo hubiéramos hablado —?" Se detuvo. "No. Esa pregunta no tiene respuesta útil."

"No", dijo Vera.

Amparo miró sus manos otra vez.

"Hay una cosa que quiero que sepas."

"Dime."

"El Bálsamo de Albaida. Lo vi en el puesto esta mañana. El color, el olor." Pausa. "Es exactamente lo que este pueblo necesitaba."

"¿Por qué lo dices?"

"Porque hay cosas que solo pueden hacerse cuando dos saberes distintos se juntan. El tuyo y el de Carmelinda." Pausa. "Mi padre y yo creímos que se podía construir algo solo. Con un saber solo. Con un poder solo." Una pausa más larga y más amarga. "Se puede. Pero no dura."

Vera no respondió.

Afuera, en el extremo del callejón, apareció la silueta de Fulgencio — con su chaqueta de los domingos y el bigote impecable.

Amparo lo vio.

Algo le cambió en el cuerpo.

Fue solo un instante — el peso pasó de un pie al otro, la mano derecha se cerró junto a la falda, la cabeza giró un centímetro hacia la puerta de la Casa de Oración, que quedaba abierta detrás de ella y que llevaba, Vera lo sabía, a un segundo callejón que salía por detrás de la ferretería de los Jiménez.

Vera no se movió. No dijo nada. No hizo ningún gesto que pudiera leerse como una orden o un ruego.

Durante ese segundo largo, no supo qué iba a pasar. Ni ella ni Fulgencio, que se había detenido en la entrada del callejón sin acercarse más, dándole a Amparo el espacio exacto que hacía falta para decidir sola.

Amparo miró la puerta de la Casa de Oración.

Luego miró a Fulgencio.

Luego, otra vez, a Vera.

El peso volvió al otro pie. La mano junto a la falda se abrió.

Se volvió hacia Vera.

"¿Viniste a decirme que el pueblo no me odia?"

"Sí."

"¿Y tú?"

Vera pensó en la respuesta con la honestidad que merecía.

"No te odio. Pero tampoco puedo perdonarte. Todavía no."

"Es honesto", dijo Amparo.

"Es lo que hay", dijo Vera.

Amparo asintió. Una vez. Despacio.

Luego sacó del bolsillo de la blusa un frasco pequeño de vidrio.

El frasco del agua de lavanda hecha en casa con el espliego silvestre del cerro. Lo mismo que había llevado durante cuarenta años en ese bolsillo.

Lo puso en la mano de Vera.

"El espliego del cerro. Para la herboristería." Pausa. "Para que sirva para algo que no sea lo que yo lo usé."

Vera lo miró. Ese frasco pequeño de vidrio con el agua de lavanda silvestre. El mismo perfil de monoterpenos. La misma ladera. El mismo cerro.

Lo cerró en su mano.

"Gracias", dijo.

Amparo no respondió.

Se giró hacia Fulgencio en el extremo del callejón.

Caminó hacia él con esa postura suya — espalda recta, manos a los lados, paso medido. Sin correr. Sin detenerse. Con la dignidad de quien ha tomado una decisión que no tiene vuelta atrás.

Fulgencio la esperó en la entrada del callejón.

"Amparo", dijo.

"Fulgencio", dijo Amparo.

Y salieron juntos hacia la plaza.

· · ·

Cisco.

Vera lo notó cuando Amparo y Fulgencio salieron del callejón.

Había estado en el tejado de la Casa de Oración. Y ahora bajó.

No voló a los tejados ni a la plaza ni al puesto del bálsamo.

Voló al hombro de Vera.

Aterrizó con ese peso mínimo y específico que ella reconocía. Se quedó ahí — quieto, con la cabeza levemente inclinada, mirando el callejón vacío.

No picoteó.

No se movió.

Solo estuvo.

"Ya", le dijo Vera. "Todo bien."

Cisco inclinó la cabeza al otro lado.

Vera abrió la mano. Miró el frasco de espliego de Amparo.

Lo guardó en el bolsillo del delantal.

Salió del callejón hacia la plaza de Albaida del Campo que seguía siendo lo que era — la música, las jotas, las castañuelas, el olor a azafrán y a pisto y a vino de la cooperativa, los veinte tarros del Bálsamo de Albaida en el puesto de Carmelinda que esta tarde se agotarían todos antes de que el sol terminara de bajar.

Con Cisco en el hombro.

Con el moño azul añil en el pelo.

Con el frasco de espliego en el bolsillo del delantal.

· · ·

La plaza.

Carmelinda la vio llegar desde el puesto.

No dijo nada. No preguntó. Las tres vecinas habían comprado sus tarros y el puesto tenía ese momento de calma entre cliente y cliente donde Carmelinda cosía — sí, había sacado la caixa, por supuesto, porque Carmelinda en las fiestas de pueblo cosía igual que en cualquier otro sitio.

Esta tarde estaba cosiendo algo pequeño — un moño. Del retazo de tela ocre y marrón que había estado esperando en el fondo de la caixa desde hacía meses. Ese color de los viñedos manchegos en otoño.

"¿Cómo fue?" dijo Carmelinda cuando Vera llegó al puesto.

"Fue", dijo Vera.

"¿Y ella?"

"Fulgencio la tiene. Sin escenas. Sin resistencia."

Carmelinda cosió una puntada en el moño ocre.

"¿Te dijo algo?"

"Me dio esto." Vera sacó el frasco del bolsillo del delantal. Lo puso en la mesa entre los tarros del bálsamo.

Carmelinda lo miró.

El frasco pequeño de vidrio con el agua de lavanda silvestre. Lo reconoció.

"¿Para qué te lo dio?"

"Para que sirviera para algo que no fuera lo que ella lo usó."

Carmelinda miró el frasco un momento. Luego lo tomó. Lo abrió. Lo olió.

Cerró el frasco.

Lo puso de vuelta en la mesa.

"El espliego del cerro. El mismo que el nuestro."

"El mismo."

"¿Lo usarás?"

"Para el siguiente lote del bálsamo. Si quieres."

Carmelinda la miró con sus ojos verdes.

"¡Ea!" dijo. Y volvió al moño ocre.

· · ·

La tarde de la Fiesta del Azafrán.

Los veinte tarros del Bálsamo de Albaida se agotaron a las cuatro.

No de golpe — de a uno, de a dos, con esa velocidad específica de las cosas buenas que se corren de boca en boca en los pueblos pequeños. Las mondadoras que se lo contaron a sus maridos. Los maridos que lo dijeron a los pastores. Los pastores que volvieron con sus mujeres.

"El bálsamo de Vera y Carmelinda."

Así empezó a llamarse — sin que nadie lo decidiera, sin que nadie lo propusiera, con esa naturalidad de los nombres que los pueblos ponen a las cosas cuando las cosas merecen un nombre.

Cuando el último tarro salió del puesto — se lo llevó una mujer joven que lo compró para su madre que tenía las manos más paspadas del pueblo — Carmelinda guardó la caixa y dobló el mantel de lino bordado.

"Se acabaron", dijo.

"La semana que viene hacemos más", dijo Vera.

"Con el espliego de Amparo", dijo Carmelinda.

"Con el espliego del cerro", dijo Vera. "Que es de todos."

Carmelinda la miró.

"¡Ea!" dijo.

· · ·

El regreso.

Volvieron a la herboristería cuando el sol ya empezaba a bajar sobre los tejados de Albaida del Campo.

La plaza poco a poco vaciándose. Las mesas de la monda recogidas. Los músicos guardando los instrumentos. El olor a azafrán mondado flotando todavía en el aire.

"Carmelinda."

"Dime."

"Esta tarde en el callejón. Amparo me dijo que el Bálsamo de Albaida era lo que este pueblo necesitaba."

"¿Y te sorprendió?"

"Un poco."

"No debería. Amparo siempre supo exactamente lo que valían las cosas." Pausa. "Por eso fue tan buena en lo que hizo. Y por eso lo que hizo fue tan malo."

"¿Cómo puede alguien saber exactamente lo que valen las cosas y usarlo tan mal?"

"Esa. Es la pregunta de siempre."

Entraron a la herboristería.

El olor las recibió — tomillo, espliego, cera, madera. El olor de su casa.

Romero bajó de la balanza. Las miró. Volvió a la balanza.

Cisco entró por la ventana. Dio su vuelta. Se posó en el alféizar mirando la plaza.

El orden de las cosas.

"¿Café?" dijo Carmelinda.

"Café", dijo Vera.

· · ·

Esa noche Fulgencio llamó a las nueve.

"Vera."

"Fulgencio. ¿Cómo está?"

"Tranquila. Como siempre." Una pausa. "El juez ratificó la detención esta tarde. Procesamiento formal mañana." Otra pausa. "¿Cómo estáis vosotras?"

"Bien. Se agotaron los tarros del bálsamo."

Silencio al otro lado.

"¿Todos?"

"Todos."

"¡Ea!" dijo Fulgencio. Y en ese ¡ea! manchego de Fulgencio Moral había suficiente.

"Fulgencio."

"¿Qué?"

"Gracias. Por estar en la entrada del callejón."

"Para eso estoy. Para estar donde hay que estar."

Colgó.

Vera dejó el teléfono en la mesa.

Carmelinda estaba en su silla con la caixa en el regazo. Esta noche terminaba el moño ocre — los últimos puntos, el nudo final, el hilo cortado con los dientes.

Lo sostuvo a distancia de los brazos.

Lo miró.

"Ocre", dijo Vera.

"Como los viñedos en octubre. Para cuando el verano ya se fue y el invierno todavía no llegó."

"¿Es para mí?"

"¿Para quién iba a ser?" Lo puso en la mesa entre las dos. "Para el invierno que viene."

Vera lo tomó.

Lo sostuvo en la palma de la mano — ese retazo de tela ocre cosido con la puntada que nunca se deshacía.

"Carmelinda."

"Dime."

"¿Qué viene ahora?"

Carmelinda guardó la aguja en el fieltro rojo. Cerró la caixa — ese sonido seco y suave de la madera.

"Ahora. Viene lo que siempre viene."

"¿Qué es lo que siempre viene?"

"El siguiente día. Que es suficiente razón para hacer el café mañana por la mañana."

Se levantó. Recogió la caixa.

"Buenas noches, hija."

"Buenas noches, Carmelinda."

Subió la escalera. El tercer escalón. El cuarto. La puerta.

Vera se quedó sola en el salón con el moño ocre en la mano y Romero en el sillón y Cisco en el alféizar mirando la plaza oscura donde todavía flotaba, muy suave, casi imperceptible, el olor al azafrán mondado de la Fiesta del Azafrán de Albaida del Campo.

Apagó las velas una por una.

La última — la del centro.

La miró un momento.

Pensó en el callejón. En Amparo y el frasco de espliego. En Cisco en el hombro. En los veinte tarros del Bálsamo de Albaida agotados antes de las cuatro. En Salvador con su cera y sus chismes. En las manos de las mondadoras diciendo el ardor se fue.

Pensó en Carmelinda diciendo ¡ea! cuando Fulgencio le preguntó si el bálsamo funcionaba.

Pensó en el moño ocre en su mano.

Apagó la vela.

Albaida del Campo durmió.

Y en algún tejado de la plaza, Cisco estaba quieto en la oscuridad manchega de octubre mirando hacia el sur.

Mañana.