Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

"Para hacerle sitio. Para que se sentara con él."

Silencio en el puesto del bálsamo.

"¡Ea!" dijo Carmelinda.

Salvador asintió — ese asentimiento lento de los viejos que confirman algo sin necesitar palabras para ello. Tomó el tarro de bálsamo que Vera le puso en las manos. Lo abrió. Lo olió.

"La cera del romeral", dijo en voz baja. Con ese respeto específico de quien reconoce su propio trabajo en otra cosa.

"Y el espliego del cerro", dijo Vera.

"Y el azafrán de Gonzalo", dijo Carmelinda.

"Y el olivar de la cooperativa", dijo Vera.

"¡Ea!" dijo Salvador. "Esto es Albaida del Campo entero en un tarro."

"Eso pretendíamos."

· · ·

Las mondadoras.

A las once Vera tomó cinco tarros del puesto y se acercó a las mesas de la monda.

Las mujeres mayores del pueblo estaban en las sillas bajas con los cestos de flores entre las rodillas y los dedos moviéndose con esa velocidad automática de los gestos que se han hecho miles de veces.

Las manos de las mondadoras.

Vera las había mirado muchas veces en otras Fiestas del Azafrán — esas manos con los nudillos engrosados por el frío, las puntas de los dedos teñidas de amarillo dorado, la piel del dorso reseca con esas grietas finas que el viento solano manchego producía.

"¿Qué traes, gacha?" dijo una de las mondadoras más mayores — una mujer de ochenta y tantos años con la espalda todavía recta.

"Bálsamo. Para las manos."

"¿De qué está hecho?"

"De caléndula y manzanilla de la herboristería. Cera de las abejas de Salvador. Aceite de la cooperativa." Pausa. "Y azafrán de Albaida del Campo."

La mondadora la miró.

"¿Azafrán?"

"Para la piel. Tiene propiedades regeneradoras."

"¡Anda, dame!"

Vera abrió el tarro. La mondadora metió dos dedos. Los sacó con el bálsamo dorado en las yemas. Lo extendió sobre el dorso de la mano izquierda con ese movimiento circular que hacía que el bálsamo penetrara con el calor de la fricción.

Se quedó quieta un momento.

Las otras mondadoras la miraban.

"El ardor", dijo la mondadora en voz baja. "Se fue."

Y en esas tres palabras estaba todo — el ardor que llevaba horas ahí, el frío de la madrugada de la cosecha, las grietas del viento solano.

Las otras mondadoras extendieron las manos.

Vera fue de mano en mano con los tarros.

"Huele a la herboristería", dijo una.

"Huele al campo", dijo otra.

"Huele al azafrán", dijo una tercera.

La primera mondadora la miró con esos ojos de ochenta y tantos años que habían visto pasar muchas fiestas del azafrán en Albaida del Campo.

"Huele a todo a la vez", dijo. "Que es como tiene que oler."

· · ·

A las doce la Fiesta del Azafrán estaba en su mejor momento.

La música de jotas manchegas. El olor a mosto y a azafrán y al pisto manchego que alguien había empezado a preparar. Los hombres del campo acercándose al puesto de Vera con esa timidez específica de los hombres manchegos ante los productos de la herboristería.

"¿Para el viento?" preguntó un pastor que tenía la cara tan curtida que parecía tallada en madera de encina.

"Para el viento", confirmó Vera.

El pastor metió un dedo. Lo extendió.

"¡Vaya!" dijo.

"¿Lo nota?"

"Noto que la piel respira. Que es lo que hay que notar."

Compró dos tarros — uno para él y uno para su mujer que tenía las manos igual de paspadas pero a ella no le gusta decirlo.

Vera le dio tres.

· · ·

La trampa.

A la una de la tarde Fulgencio se acercó a Vera mientras Carmelinda atendía a tres vecinas.

"¿Lista?" dijo Fulgencio en voz baja.

"Lista."

"El rumor ya circuló. Sergio se encargó esta mañana de que llegara a los oídos correctos."

"¿Qué rumor exactamente?"

"Que Leandro Piqueras va a leer una declaración pública durante la fiesta. Sobre lo que ocurrió en 1986. Con nombres."

"¿Y Amparo lo sabe?"

"Amparo lleva en la fiesta desde las once. Vino sola. Está del lado de las mesas de la monda." Pausa. "Sergio la tiene localizada."

"¿Y Leandro?"

"Leandro está en su casa. Sabe lo que va a pasar. Está de acuerdo." Una pausa más larga. "Vera — cuando Amparo se mueva, te aviso."

"No hace falta. Sé dónde voy a estar."

Fulgencio la miró.

"El callejón."

"El callejón."

"¿Sola?"

"Sola. Algunas cosas tienen que ocurrir entre dos personas y sin testigos."

Fulgencio la miró un segundo más.

"Estaré en la entrada del callejón."

"Lo sé."

· · ·

A las dos de la tarde el sol manchego estaba en su punto más alto y la Fiesta del Azafrán en su momento más pleno — el almuerzo comunal en las mesas corridas de la plaza, el vino de la cooperativa, el pisto manchego en las cazuelas, las jotas y las castañuelas.

Vera estaba en el puesto cuando Sergio apareció a su lado.

Sin libreta. Con esa expresión comprimida de cuando tenía información urgente.

"Se mueve", dijo en voz muy baja.

Vera miró hacia las mesas de la monda.

Amparo Castellanos cruzaba la plaza — con su moño perfecto y su blusa impecable incluso en la fiesta y esas manos pequeñas y quietas — en dirección al callejón que llevaba hacia la Casa de Oración.

"Carmelinda." dijo Vera.

Carmelinda levantó la vista de las tres vecinas que estaba atendiendo.

Las dos se miraron.

No hacía falta decir nada.

"¡Ea!" dijo Carmelinda. Y volvió a las vecinas.

Vera tomó la rama de espliego silvestre que había dejado en el borde del puesto esa mañana. La sujetó en la mano.

Salió del puesto.

Cruzó la plaza.

· · ·

El callejón detrás de la Casa de Oración.

Estrecho, empedrado, con las paredes encaladas. El ruido de la fiesta llegaba amortiguado — la música, las voces, las castañuelas.

Vera esperó.

Con la espalda apoyada en la pared encalada. La rama de espliego en la mano. El moño azul añil en el pelo.

Escuchó los pasos en los adoquines del callejón antes de ver a Amparo.

Pasos medidos. Regulares. Sin prisa.

Dobló la esquina.

Vio a Vera.

Se detuvo.

Un segundo. Solo un segundo — ese segundo que valía más que cualquier discurso. Luego siguió caminando.

Se paró a tres metros de Vera.

Las dos mujeres en el callejón detrás de la Casa de Oración. Las mismas paredes encaladas que habían visto a Carmelinda pasar en la madrugada del quince de marzo de 1986. El mismo empedrado.

"Vera", dijo Amparo.

"Amparo."

No había urgencia en ninguna de las dos voces. Era el tono de dos personas que saben exactamente lo que hay entre ellas.

"¿Cómo sabías que vendría aquí?" dijo Amparo.

"Porque es donde tiene que ocurrir."

Amparo la miró. Sus ojos — marrones, tranquilos, sin el caos que Vera hubiera esperado.

"El callejón", dijo Amparo.

"El mismo."

"¿Lo sabe Carmelinda?"

"Carmelinda sabe todo. Desde el principio."

Amparo asintió despacio. Como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar.

"¿Qué quieres, Vera?"

"Nada que no tengas ya. Las pruebas son suficientes. El juez tiene todo lo que necesita." Pausa. "Vine a decirte algo que no tiene que ver con las pruebas."

"¿Qué?"

"Que entiendo por qué. No que esté bien. No que lo que hiciste tenga justificación — no la tiene. Dos personas murieron." Pausa. "Pero entiendo el por qué."

Amparo la miró.

"¿Por qué me dices eso?"

"Porque Doña Pura me pidió que te dijera que el pueblo no te odia. Y porque tenías derecho a escucharlo antes de irte."

Silencio en el callejón.

El ruido de la fiesta llegaba amortiguado desde la plaza.

"El espliego no lo mató", dijo Vera. No era pregunta. "Lo durmió. Y lo dejaste ahí, en el Bombo, con la puerta cerrada, una noche de octubre sin manta y sin nadie que supiera dónde buscarlo."

Amparo no apartó la vista.

"El frío hizo el resto", dijo. Sin negarlo. Sin adornarlo tampoco. "No lo planeé así. Solo necesitaba tiempo. El tiempo se convirtió en eso."

"Y con Marcelo no necesitaste tiempo."

"No", dijo Amparo. "Con Marcelo ya no había tiempo que ganar."

Amparo miró la rama de espliego en la mano de Vera.

"Lo recoges en el cerro", dijo.

"Sí."

"Yo también. Desde niña. Mi madre me enseñó."

"Lo sé."

"¿El espliego fue lo que me delató?"

Vera pensó un momento antes de responder.

Pensó en la primera mañana — Amparo entrando a la herboristería con su tarro de aceite de romero, ese olor específico que había quedado flotando en el local después de que se fue.

Un olor que no era lavanda cultivada. Que era más áspero, más alcanforado, con ese fondo de monterpenos silvestres que Vera reconocía porque lo recogía ella misma en esa misma ladera.

"El espliego fue lo primero", dijo. "Antes que cualquier prueba. Antes que el laboratorio, antes que la resina del marco, antes que el frasco." Pausa. "Entró a la herboristería y lo dejó en el aire. Y yo sabía que nadie más del pueblo lleva ese olor encima."

Amparo la miró.

"Lo notaste el primer jueves."

"El primer jueves", confirmó Vera. "Todavía no sabía qué significaba. Pero lo noté."

Amparo asintió. Muy despacio.

"Mi madre decía que el espliego del cerro tiene memoria", dijo. "Que sabe de dónde viene y que no se deja confundir con el cultivado." Una pausa. "Yo nunca lo creí."

"Tenía razón", dijo Vera. "A su manera."

"Junto con todo lo demás", dijo Amparo.

"Junto con todo lo demás."

Amparo asintió.

Miró sus manos — esas manos pequeñas y quietas que esta tarde, en este callejón, estaban simplemente a los lados, abiertas, con las palmas hacia afuera. No la quietud del control. Otra quietud. Más antigua y más cansada.

"Vera."

"Dime."

"¿Carmelinda está bien?"

La pregunta tomó a Vera por sorpresa. No la pregunta en sí — sino el tono. Genuino. Sin cálculo.

"Está bien. Mejor que bien."

"Me alegra. Siempre fue más valiente que yo."

"¿Por qué lo dices?"

"Porque ella también calló. Por razones que entiendo." Pausa. "Pero cuando llegó el momento de hablar — habló." Otra pausa. "Yo no habría podido."

"Lo hiciste. A tu manera. La carta de 2019."

Amparo la miró.

"¿La leyeron?"

"Sí."

"¿Carmelinda también?"

"Carmelinda también."

Amparo cerró los ojos un segundo. Los abrió.

"Lo de Joao. Lo que escribí sobre su marido."

"Sí."

"¿Le sirvió de algo?"

Vera pensó en Carmelinda con el pañuelo de batista en las manos la noche de las rabanadas. En ese ¡ea! que era alivio y tristeza al mismo tiempo.

"Le devolvió algo que creía perdido. Que es más de lo que esperaba."

Amparo asintió.