Capítulo 15
Las Manos Que Sostienen El Hilo
El domingo de la Fiesta del Azafrán amaneció con ese frío limpio y seco que en Albaida del Campo significaba que el día iba a ser perfecto.
No perfecto como los días de verano que eran perfectos por exceso de calor y luz. Perfecto como solo pueden serlo los días de finales de octubre manchego cuando el frío y el sol se ponen de acuerdo para hacer algo que ninguno de los dos podría hacer solo.
Vera lo supo antes de abrir los ojos. Lo supo por el silencio — ese silencio específico de los días sin viento y sin niebla y sin lluvia.
La fuente de la plaza sonando sola. Las palomas en el tejado de la Casa de Oración.
El primer golpe de la bandeja del panadero Aurelio sacando los panes más temprano que de costumbre porque los días de fiesta el pan se acababa antes.
Se levantó.
Bajó.
La herboristería estaba en la penumbra de las siete de la mañana. Vera no abrió los postigos todavía. Solo encendió las velas, el hornillo, el agua.
Y miró el patio.
Desde la ventana de la cocina vio lo que había estado mirando cada mañana durante cuarenta días sin que hubiera perdido ninguna mañana su poder de decirle algo.
El frasco de vidrio grande.
Sobre la repisa de piedra que bordeaba el patio a media altura.
El frasco era de un litro, de vidrio transparente con tapa de corcho, y adentro el aceite de oliva de la cooperativa de Albaida del Campo tenía ese color que llevaba cuarenta días desarrollando — un dorado oscuro, casi ámbar.
Las flores de caléndula y manzanilla flotaban adentro con esa suavidad específica de las plantas que han cedido todo lo que tenían para dar.
Cuarenta días de sol manchego de octubre durante el día y de frío manchego de octubre durante la noche. El método sol y serena de Carmelinda que no se podía apresurar.
Hoy era el día cuarenta.
"¿Está listo?" dijo Carmelinda desde detrás de Vera.
Vera no la había escuchado bajar. Pero ya no se sorprendía de eso.
"Desde ayer. Lo noté ayer por la tarde cuando el sol le daba de lleno."
"¿Cómo lo notaste?"
"El color. Cuando el aceite llega al tono correcto, cuando la caléndula ha cedido toda la resina activa, el color cambia de una manera específica que no tiene nombre de color pero que se reconoce."
"Mi madre lo llamaba el dorado que canta."
"¿Por qué cantaba?"
"Porque cuando lo veías sabías que era el momento. Y esa certeza tenía algo de música."
Vera miró el frasco.
El dorado que canta.
Sí. Era exactamente eso.
· · ·
La cocina se convirtió en laboratorio a las ocho de la mañana.
Carmelinda había sacado el cazo de cobre — el pequeño, el de las cosas delicadas. Lo puso al baño María sobre el hornillo.
El bloque de cera de Salvador el apicultor estaba en el mármol de la cocina.
Salvador había llegado dos días antes con su bloque — un bloque de cera virgen de opérculo, de un color amarillo profundo y denso, con ese aroma a miel y a colmena y al romeral de los cerros.
Era un hombre de setenta y ocho años con las manos oscuras y resistentes de quien ha trabajado colmenas toda su vida.
Había dejado el bloque de cera en la mesa con la naturalidad de quien deposita algo de valor en manos de quien sabe apreciarlo.
"La cera del romeral", había dicho. "Las abejas de este año trabajaron bien."
"¿Y los chismes?" había dicho Carmelinda sin levantar la vista de su costura.
Salvador había sonreído con esa sonrisa de los viejos que han aprendido que la vida tiene humor.
"Los chismes también son de primera. Pero esos os los cuento en la fiesta."
· · ·
Vera cortó el bloque de cera en trozos pequeños con el cuchillo manchego. Los puso en el cazo de cobre. Los miró derretirse — ese proceso lento y dorado de la cera que se convierte en líquido sin perder el color.
Carmelinda filtró el oleato.
Lo hizo con un paño de muselina — el de las filtraciones delicadas. Lo hizo despacio, sabiendo que apresurar una filtración es perder parte de lo que se filtró. El aceite dorado cayó al cuenco de vidrio gota a gota primero, luego un hilo fino, luego algo más generoso.
El olor que salió con el aceite filtrado llenó la cocina de golpe.
Manzanilla. Caléndula. Aceite de oliva manchego. Y debajo de todo, como una nota de fondo, cuarenta días de sol y serena concentrados en un litro de líquido dorado.
"¡Ea!" dijo Carmelinda en voz baja.
"Sí", dijo Vera.
No hacía falta más.
· · ·
La fusión.
Vera incorporó el aceite filtrado a la cera fundida — despacio, en hilo fino, removiendo con la espátula de madera. La emulsión empezó a formarse.
"Las hebras", dijo Carmelinda.
Vera sacó el frasco pequeño — el azafrán de Albaida del Campo, las hebras del mejor lote de Gonzalo Crespo que les había traído personalmente tres días antes.
"¿Cuántas?" dijo Vera.
"Las suficientes para que se vea el color", dijo Carmelinda.
"Farmacológicamente la concentración eficaz es —"
"Vera."
"¿Qué?"
"Las suficientes para que se vea el color", repitió Carmelinda. "Que el ojo también necesita creer en lo que tiene entre las manos."
Vera la miró.
"Eso no es farmacognosia."
"No. Es sabiduría. Que es diferente y a veces más útil."
Vera añadió las hebras. Removió. El azafrán comenzó a ceder su color al bálsamo — primero un tono apenas perceptible, luego más, luego ese dorado cálido y profundo que era el color del azafrán de La Mancha concentrado en una crema.
"El espliego", dijo Carmelinda.
El aceite esencial de espliego silvestre del cerro — el que Vera había destilado en el pequeño alambique de la trastienda. El mismo espliego cuyo perfil de monoterpenos había identificado en el marco de la ventana de la habitación de Marcelo. El mismo que había conectado todo con todo.
Esta mañana, en este cazo de cobre, ese espliego era otra cosa. Era simplemente el espliego del cerro de Albaida del Campo.
Vera añadió las gotas con la pipeta de farmacia. Tres gotas. Cuatro. Cinco.
El olor cambió.
O más bien — se completó. Como cuando una melodía recibe la última nota que le faltaba.
Miel. Aceite de oliva. Caléndula. Manzanilla. Azafrán. Espliego.
"Huele a Albaida del Campo", dijo Vera.
"Huele a todo lo que somos", dijo Carmelinda.
· · ·
El envasado.
Los veinte tarros de vidrio opaco. Vera los había esterilizado el día anterior. Los llenaron las dos juntas — Carmelinda sosteniendo el cazo de cobre, Vera con el embudo de vidrio.
El bálsamo dorado entrando en los tarros. Ese color — el dorado del azafrán, el dorado del aceite, el dorado de la cera.
Luego las etiquetas.
Vera las había preparado la noche anterior con su letra pequeña y ordenada:
BÁLSAMO DE ALBAIDA El Oro Rojo de La Mancha Caléndula · Manzanilla · Espliego · Cera de Abeja · Azafrán Herboristería Vera Prados · Albaida del Campo
Carmelinda leyó la etiqueta.
"El Oro Rojo de La Mancha", leyó en voz baja.
"¿Te gusta?"
"Me gusta. Dice lo que es."
"¿Y lo de Azafrán de Albaida del Campo?"
"Para que sepan de dónde viene."
"Ya lo saben. Llevan siglos sabiéndolo."
"Pues para que no se olviden."
"¡Ea!" dijo Vera.
Carmelinda la miró.
"¿Desde cuándo dices ¡ea!?"
"Desde hace un rato. Tardé un poco en aprenderlo. Pero una vez que lo aprendes ya no se va."
Carmelinda la miró un momento más. Luego cogió el siguiente tarro y lo sostuvo para que Vera le pusiera la etiqueta.
"¡Ea!" dijo Carmelinda en voz baja. Y era una sonrisa aunque no lo pareciera.
· · ·
La plaza de Albaida del Campo a las diez de la mañana de la Fiesta del Azafrán era exactamente lo que tenía que ser.
Era el pueblo entero concentrado en su espacio más íntimo.
Las mesas de la monda — largas, de madera, dispuestas bajo los soportales — donde las mujeres del pueblo se sentaban en sillas bajas con sus delantales y sus cestos de flores de azafrán.
La monda era el trabajo — separar las tres hebras del estigma rojo de cada flor.
Pero la monda era también la conversación.
El chisme. La música. Las jotas manchegas.
El puesto de Vera y Carmelinda estaba en el extremo sur de los soportales.
Una mesa cubierta con un mantel de lino bordado — el de Carmelinda, el de los días especiales, con ese punto de cruz portugués en hilo rojo sobre lino blanco.
Cestas de esparto con hierbas secas. Los veinte tarros de vidrio ámbar con sus etiquetas escritas a mano.
Y en el centro, el frasco grande de vidrio transparente con el oleato filtrado sobrante — ese dorado oscuro y profundo que en la luz de la mañana manchega brillaba con una intensidad que hacía que la gente se parara a mirarlo antes de saber exactamente qué era.
"¡Ea, esto es bonito!" dijo Doña Pura cuando pasó por delante. "¿Qué es?"
"Bálsamo. Para las manos. Para la cara. Para el viento del invierno manchego."
"¿Y ese color?"
"Azafrán de Albaida del Campo."
Doña Pura abrió el tarro que Vera le puso en las manos. Lo olió.
"Madre mía. Esto huele a todo."
"Huele a Albaida del Campo", dijo Carmelinda desde su silla.
"¿Cuánto vale?"
"Las primeras son de regalo. Para las mondadoras."
Doña Pura la miró.
"Miel sobre hojuelas", dijo. Y se fue hacia las mesas de la monda.
· · ·
Salvador el apicultor llegó a las diez y media.
Con su gorra de visera y sus manos oscuras. Se paró frente al puesto. Miró los tarros. Miró el frasco del oleato. Miró a Vera. Miró a Carmelinda.
"¿Quedó bien?"
"Quedó perfecto. La cera del romeral hace que la textura sea exactamente lo que necesitábamos."
Salvador asintió con la satisfacción tranquila del artesano que sabe que su materia prima es buena.
"¿Y los chismes?" dijo Carmelinda.
Salvador se sentó en el borde de la mesa.
"¿Qué queréis saber?"
"Todo", dijo Carmelinda.
"La cera y los chismes. En ese orden", dijo Vera.
Salvador sacó del bolsillo un pedazo de papel doblado — la lista de la cera. Se lo puso a Vera en la mano.
"La cera." dijo. Pausa. "¿Y los chismes?" Otra pausa de apicultor. "¿Sabéis lo que dicen en el Círculo Agrícola esta mañana?"
"¿Qué dicen?"
"Que Blas Sánchez llegó a las ocho. Que pidió un café." Pausa. "Que cuando Gonzalo Crespo entró diez minutos después, Blas se levantó de su silla."
"¿Para irse?" dijo Vera.