Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Un Plan Rápido Para Una Verdad Lenta

El sábado amaneció con sol y con ese frío definitivo que en Albaida del Campo marcaba el paso del otoño que todavía recordaba el verano al otoño que ya no lo recordaba.

Era un frío limpio. Sin viento, sin niebla.

Solo el frío seco manchego que llegaba de noche y que por la mañana hacía que el cielo fuera de un azul tan puro y tan frío que parecía pintado por alguien que había querido demostrar exactamente de qué era capaz el azul cuando no tenía que compartir el espacio con nada más.

Vera lo notó en los dedos cuando abrió los postigos de la herboristería antes de que saliera el sol.

Encendió el hornillo. Las velas. El agua.

Romero bajó. A la balanza. Cisco entró. Dio su vuelta. Se posó en el alféizar mirando la plaza donde el sol de primera hora empezaba a dorar los adoquines.

· · ·

Carmelinda bajó con el café y con el pañuelo de batista blanca asomando por el bolsillo de la blusa — no guardado dentro de la caixa como había estado durante décadas sino en el bolsillo, a mano.

Vera lo notó. No dijo nada.

Algunas cosas merecen ser notadas en silencio.

Pusieron la mesa del desayuno. El café. El pan. El aceite. El queso manchego. Las tazas de loza blanca con el borde azul.

Se sentaron.

"¿Dormiste?" dijo Vera.

"Como hace tiempo que no dormía."

"¿Y el pañuelo?"

Carmelinda lo tocó con dos dedos — ese gesto suyo de verificar que algo sigue donde lo dejó.

"Lo usé anoche. Por primera vez desde el día que murió Joao."

"¿Para qué?"

"Para lo que era. Para un día suficientemente difícil y suficientemente bueno al mismo tiempo."

· · ·

A las nueve Vera abrió la herboristería.

El sábado era el día de más movimiento — el mercado grande en la plaza, los vecinos que hacían los mandaos de la semana. Y esta mañana había algo más en el ambiente — esa electricidad específica de los pueblos cuando algo importante ha ocurrido recientemente.

Amparo Castellanos había pasado a disposición judicial el día anterior.

El pueblo lo sabía. Lo había procesado durante la noche.

Doña Pura llegó a las nueve y cuarto.

"¡Ea, gacha!" dijo entrando. "¿Sabes lo que dicen en el mercado?"

"¿Qué dicen?"

"Que Blas Sánchez estuvo esta mañana en el Círculo Agrícola. A las ocho. Que es la primera vez en veinte años que entra al Círculo Agrícola."

"¿Y?"

"Y que pidió un café. Y que Gonzalo Crespo llegó diez minutos después y se sentó con él." Pausa dramática. "Estuvieron una hora y media."

"¿Una hora y media?"

"Una hora y media. Y cuando salieron Blas le dio la mano a Gonzalo."

"¿Le dio la mano."

"La mano. Blas Sánchez le dio la mano a Gonzalo Crespo en la puerta del Círculo Agrícola." Otra pausa. "En este pueblo eso es más que cualquier papel que firmen los abogados."

"Ya lo dijiste el otro día."

"Lo repito porque sigue siendo verdad." Tomó su tarro. "¿Y Carmelinda?"

"Bien. Mejor que bien."

"¡Ea!" dijo Doña Pura. Y salió.

· · ·

Carmelinda, que había escuchado desde su silla — esta mañana estaba rehaciendo el dobladillo de una falda de lana gris — levantó la vista.

"Blas y Gonzalo", dijo.

"Una hora y media en el Círculo Agrícola. Y Blas le dio la mano al salir."

Carmelinda cosió una puntada.

"Miel sobre hojuelas", dijo.

· · ·

A las once llegó Sergio.

Sin croissant esta mañana — llegó con su libreta y con esa expresión de quien tiene algo importante que decir y que ha estado esperando el momento correcto.

"Señorita Vera."

"Sergio. ¿Qué hay?"

"El hijo del notario. El equipo de Ciudad Real lo localizó ayer por la tarde."

"¿Y?"

"Tiene sesenta años. Vive en Ciudad Real. Y tiene documentos." Una pausa. "Cuando murió su padre en 2003, encontró entre sus papeles un sobre sellado con instrucciones de no abrirlo hasta después de su muerte. El hijo esperó diez años."

"¿Lo abrió en 2013?"

"Sí. Adentro había una declaración notarial firmada por su padre describiendo exactamente lo que ocurrió en Albaida del Campo el quince de marzo de 1986. Con nombres. Con fechas. Con cantidades."

"¿Por qué el hijo no lo entregó antes?"

"Porque no sabía a quién entregárselo. Ni si debía entregárselo." Una pausa. "Hasta que el equipo de Ciudad Real llamó a su puerta ayer."

"¿Lo entregó?"

"Esta mañana fue al juzgado de Ciudad Real. Con los documentos. Con la declaración de su padre. Con todo."

Silencio en la herboristería.

"¿Fulgencio lo sabe?"

"Fulgencio está ahora mismo en Ciudad Real. Desde las ocho de la mañana." Una pausa. "Me pidió que viniera aquí a contároslo."

"¿Fulgencio te pidió que vinieras aquí?"

"Con esas palabras exactas. Dile a Vera y a Carmelinda lo del notario." Consultó su libreta. "Cito textualmente."

Carmelinda soltó la aguja en el fieltro rojo de la caixa. La guardó. Cerró la tapa.

"¡Ea!" dijo.

Sergio la miró.

"¿Es bueno?" dijo.

"Gacho", dijo Carmelinda. "Es muy bueno."

Sergio anotó algo en la libreta. Vera no preguntó qué.

· · ·

La mañana pasó con esa calma activa de los sábados de herboristería.

Debajo de esa calma había algo que Vera sentía en cada momento — esa sensación de las cosas que se están moviendo en la dirección correcta.

La declaración del notario.

El hijo que había esperado diez años antes de abrir un sobre sellado. La paciencia de eso. La confianza de eso.

"Carmelinda."

"Dime."

"El notario dejó una declaración para después de muerto. Para que la verdad saliera aunque él ya no estuviera."

"Ya."

"¿Cómo te parece eso?"

Carmelinda cosió el dobladillo de la falda gris — esa puntada suya invisible.

"Me parece que hay personas que encuentran la manera de hacer lo correcto aunque tarden mucho en encontrarla", dijo. "Y me parece que eso vale algo aunque no valga todo."

"¿Y el hijo que esperó diez años?"

"Ese me parece un hombre que respetó a su padre aunque su padre no hubiera hecho siempre lo que había que hacer." Pausa. "Que también es una manera de querer."

· · ·

Fulgencio llegó a las tres.

Directo desde Ciudad Real — con el uniforme del viaje y algo en la cara que Vera no le había visto en toda la semana.

No exactamente alegría. Pero sí algo que se le parecía — esa satisfacción tranquila del trabajo que avanza como tiene que avanzar.

Se sentó. Vera le puso el café.

"La declaración del notario es definitiva." Una pausa. "Vera — con lo que tenemos, con todo lo que construisteis —"

"Lo construimos entre todos", dijo Vera.

"Lo construisteis entre todos. Eso es lo que hace que sea sólido." Tomó su café. "El abogado de Madrid puede intentar desmontar una pieza. No puede desmontar veinte."

Carmelinda cosió los últimos centímetros del dobladillo. El último punto. Lo anudó. Cortó con los dientes. Inspeccionó. El dobladillo nuevo era indistinguible del resto.

Perfecto.

Lo dobló. Lo puso en la bolsa de Paquita.

"Fulgencio. La calle Castellanos. ¿Qué va a pasar?"

"El ayuntamiento convocará una reunión de vecinos para decidir. No es competencia mía."

"¿Y tú qué piensas?"

Fulgencio la miró. Con esa honestidad suya.

"Pienso que una calle no debería llevar el nombre de alguien que robó las tierras de sus vecinos.

Pero también pienso que la gente que vivió en esa calle toda su vida no tiene culpa de lo que hizo el hombre del nombre.

" Pausa. "Y que cambiar el nombre de una calle es más fácil de decir que de hacer en un pueblo donde la mitad de los vecinos han usado esa dirección en sus documentos desde que nacieron. "

"No hay respuesta fácil."

"No. Nunca la hay cuando las cosas que importan llevan cuarenta años enredadas."

Tomó su café. Lo terminó.

"¿Irás a la reunión?" dijo Vera.

"Iré. Como vecino. No como guardia civil."

"¿La diferencia?"

"Que como guardia civil tengo que ser neutral. Y que como vecino de Albaida del Campo que lleva cincuenta y cinco años viviendo en este pueblo tengo una opinión."

"¿Y cuál es?"

Fulgencio se levantó. Se caló la gorra.

"Que hay que darle un tiento a la situación antes de decidir. Que las decisiones importantes merecen su tiempo."

Salió.

· · ·

Esa tarde Vera ordenó el stock. Carmelinda cosió.

Esta tarde había sacado de la caixa algo nuevo.

No un encargo ajeno. Algo para ella misma — un camisón de tela de franela a rayas finas, azul y blanco, que estaba deshilachando por el cuello y que Carmelinda estaba reforzando con un ribete de hilo de algodón blanco tan fino que desde lejos era invisible.

"¿Es tuyo?" dijo Vera.

"¿De quién iba a ser?"

"Nunca te había visto coser algo tuyo."

"Siempre hay un primero", dijo Carmelinda. Y cosió una puntada en el ribete del cuello.

Una clienta que esperaba su turno miró el camisón de franela azul y blanca en el regazo de Carmelinda.

"¿Eso es franela de la buena?"

"De la mejor", dijo Carmelinda sin levantar la vista. "De Coimbra. La compré hace treinta años."

"¿Y todavía dura?"

"La franela buena dura. Como el lino bueno. Como la organza buena." Pausa. "Como las cosas que se hacen para durar."

La clienta la miró con esa mezcla de admiración y perplejidad.

"¿Y dónde se compra franela de Coimbra en estos tiempos?"

"En ningún sitio", dijo Carmelinda. "Por eso hay que cuidar la que uno tiene."

· · ·

La noche.

La mistela en las copas.

El plato de mantecados de mistela e hinojo — que Carmelinda había horneado por la tarde.

Romero en el sillón. Cisco en el respaldo de la silla de Vera.

"¿Brindamos?" dijo Vera.

"¡Ea!" dijo Carmelinda.

Bebieron.

"Carmelinda. Mañana. ¿Qué viene?

Carmelinda cosió una puntada imaginaria en el aire — los dedos buscando el ritmo de la aguja aunque la aguja no estuviera.

"Mañana. Viene lo que tenga que venir."

"¿Y Celestino Vargas?"

Carmelinda la miró.

Sus ojos verdes en la luz de las velas.

"Celestino Vargas. Ese va a requerir su tiempo."

"¿Lo conoces?"

"Conozco el nombre. Que es diferente."

"¿Y?"

"Y que algunos nombres en este pueblo tienen historia detrás. Y que la historia detrás de ese nombre es de las que necesitan que uno esté descansado antes de empezar a tirar del hilo."

"¿Estás descansada?"

Carmelinda tomó su copa de mistela. Le dio el último sorbo — ese sorbo final suyo. La dejó en la mesa. Vacía.

"Esta semana no. Pero mañana ya es otra semana."

Se levantó. Recogió la caixa. Tomó el camisón de franela del respaldo de la silla.

"Buenas noches, hija."

"Buenas noches, Carmelinda."

Subió la escalera. El tercer escalón. El cuarto. La puerta.

Vera se quedó sola.

Apagó las velas una por una.

La última — la del centro.

Pensó en todo. En Blas dando la mano a Gonzalo. En Leandro con las gafas limpias. En Gonzalo con sus manos enormes sobre la mesa de la cocina. En Amparo diciendo mi padre era un buen hombre. En Carmelinda diciendo para eso me quedé.

En el moño ocre en su mano.

Apagó la vela.

Fue a la cocina. Enjuagó las copas.

Y entonces, mientras enjuagaba las copas, encontró algo en la mesa que no había estado cuando subieron al salón.

Un papel doblado en cuatro. Con la letra de Carmelinda.

Lo abrió.

"Celestino Vargas nació en Albaida del Campo en 1923. Se fue en 1961. Nunca volvió. Era el hermano de mi madre."

Y debajo, con letra más pequeña todavía, como si fuera una nota añadida después de pensarlo:

"Pregunta cuando estés lista."

Vera se quedó muy quieta en la cocina con el papel en la mano.

El tío de Carmelinda.

Que había nacido en este pueblo en 1923. Que se había ido con 38 años en 1961. Y que nunca había vuelto.

Vera miró la escalera.

"Carmelinda."

Silencio arriba.

"Carmelinda. Sé que no duermes todavía."

El tercer escalón crujió. Solo una vez.

Luego, muy suave, desde detrás de la puerta cerrada:

"Buenas noches, hija."

Vera miró el papel.

Lo dobló. Lo guardó en el bolsillo del delantal.

Apagó la luz de la cocina.

Subió la escalera.

Se detuvo frente a la puerta de Carmelinda.

No dijo nada.

Solo se quedó ahí un momento — en el pasillo oscuro de la casona, con el papel en el bolsillo y el moño ocre en el pelo y el olor a mistela y a rabanadas todavía en algún lugar de la casa.

Desde dentro de la habitación de Carmelinda llegó un sonido.

Suave. Casi inaudible.

La aguja entrando en la tela del camisón de franela azul y blanca.

A las once de la noche.

Mañana ya es otra semana.

Vera sonrió en el pasillo oscuro.

Entró a su habitación.

Y antes de apagar la luz abrió la libreta en la página donde había escrito la única pregunta que quedaba.

¿Quién es Celestino Vargas?

Debajo, con la misma letra pequeña y ordenada, añadió:

Tío de Carmelinda. Hermano de su madre. Nació en Albaida del Campo en 1923. Se fue en 1961. Nunca volvió.

Lo miró.

Cerró la libreta.

Apagó la luz.

Albaida del Campo durmió.

Y en los tejados, Cisco seguía mirando hacia el sur.

Mañana.