Capítulo 17
El Nombre de la Calle
Tres semanas después, noviembre llegó a Albaida del Campo con la primera helada que no se derritió antes del mediodía.
El pueblo estaba listo. Se supo porque lo dijo Doña Pura, y Doña Pura sabía esas cosas antes que el ayuntamiento.
La reunión se convocó para un sábado, a las cinco de la tarde, en el salón del ayuntamiento — el mismo salón donde durante cuarenta años había colgado el retrato de Celestino Crespo con su marco dorado.
El retrato ya no estaba. Nadie había anunciado que lo quitarían.
Simplemente, un día, la pared donde había estado tenía un rectángulo más claro que el resto, y nadie preguntó qué había pasado con el cuadro, y nadie lo puso de nuevo.
Vera llegó con Carmelinda a las cinco menos diez. El salón ya tenía sillas plegables en filas irregulares — las suficientes para el pueblo entero, aunque nunca venía el pueblo entero a nada.
Fulgencio estaba cerca de la puerta. Sin uniforme.
"Como vecino", le recordó a Vera antes de que ella dijera nada.
"Ya lo sé."
Reme estaba dos filas más adelante, guardándoles sitio con su bolso y con el codo. Doña Pura ocupaba tres sillas ella sola sin que nadie se atreviera a decirle nada. Leandro entró con Sergio — que llevaba la libreta, aunque esta vez, por una vez, no la abrió.
Blas llegó a las cinco en punto. Solo. Con el sombrero en la mano, no en la cabeza — el primer gesto de la tarde que Vera anotó sin necesitar libreta para hacerlo.
Detrás de él, con un espacio prudente que no era distancia sino respeto, entraron dos hombres que Vera no conocía. Mayores. Con esa misma tierra en las manos que tenía Blas, aunque en caras distintas.
"Los Trujillo y los Herrera", dijo Carmelinda en voz baja. "Vinieron desde Ciudad Real. No viven aquí desde 1986."
Vera los miró. Habían vuelto por esto. Por una calle.
O no por una calle. Por lo que la calle decía sobre lo que les habían quitado y sobre si alguien, cuarenta años después, todavía se acordaba de cómo.
Gonzalo entró último, antes de que empezara la reunión. Se quedó de pie junto a la pared del fondo — no porque no hubiera sillas, sino porque parado, junto a la puerta, con la posibilidad clara de irse si hacía falta, era donde su cuerpo había decidido que le correspondía estar hoy.
Blas lo vio. No dijo nada. Pero movió la cabeza — un centímetro, no más — hacia el asiento vacío a su lado.
Gonzalo tardó un momento en entender que era una invitación.
Se sentó junto a él.
· · ·
A las cinco y cinco entró Javier.
Con la misma carpeta de cartón, aunque esta más gruesa que la del mes anterior.
Vera lo vio buscarla con la mirada antes de buscar asiento — la encontró, la saludó con un gesto breve, y solo entonces miró alrededor del salón para decidir dónde sentarse.
Se sentó al final de la fila de Vera. No a su lado — quedaba un asiento entre los dos, ocupado por el bolso de Reme, que nadie movió y que él tampoco pidió que movieran.
"¿Trajo el expediente entero?" dijo Vera, en voz baja, señalando la carpeta.
"Una parte. La que importa para hoy." Bajó la voz también, aunque el salón todavía murmuraba lo suficiente como para no necesitarlo. "El juez firmó la orden preliminar el jueves. Los Trujillo van a recuperar la parcela norte antes de la primavera."
"¿Y los Herrera?"
"Ese expediente es más complicado. Pero avanza." Una pausa. "Se lo iba a decir por teléfono. Pensé que era mejor decírselo aquí."
No dijo por qué era mejor. Vera no preguntó.
El alcalde — un hombre joven, de los que Vera todavía no terminaba de ubicar en el mapa del pueblo porque llevaba menos de dos años en el cargo — se puso de pie al frente del salón.
"Bien", dijo. "Empecemos."
· · ·
No fue un discurso largo. El alcalde explicó lo que ya todo el pueblo sabía — que la calle llevaba el nombre de la familia Castellanos desde 1962, cuando el notario de entonces, padre de Amparo, había donado el terreno para ensancharla.
Que el ayuntamiento no iba a imponer una decisión.
Que se había acordado, con el apoyo del pleno, consultar primero a las familias directamente afectadas por lo ocurrido en 1986.
"Blas", dijo el alcalde. "¿Quiere hablar usted por los tres?"
Blas se puso de pie. Con el sombrero todavía en la mano.
El salón se quedó callado de una manera distinta a como se había quedado callado hasta entonces.
"Hablé con Antonio y con Ramón", dijo, señalando con la cabeza a los dos hombres que habían llegado con él — los Trujillo y los Herrera, que Vera todavía no sabía distinguir por apellido. "Los tres estamos de acuerdo."
Una pausa. La misma clase de pausa que usaba Carmelinda — de las que pesan porque se han pensado antes de empezar la frase, no mientras se dice.
"No queremos que se llame Trujillo, ni Herrera, ni Sánchez", dijo Blas. "No es venganza lo que buscamos. Y poner nuestro nombre donde estuvo el de ellos tampoco arregla nada — solo cambia quién está en el cartel."
Doña Pura, dos filas adelante, asintió con todo el cuerpo.
"Lo que pedimos", siguió Blas, "es que se llame Calle del Azafrán."
Silencio en el salón.
"Porque es lo que se cultivaba en esas tierras antes de que nos las quitaran.
Y es lo que se sigue cultivando ahora, en las mismas tierras, con las mismas manos — las nuestras, las de los Trujillo cuando vuelvan, y las de la gente de este pueblo que compra el Bálsamo de Albaida sin preguntar de quién es la parcela.
" Levantó la vista. "El azafrán no le pertenece a nadie de manera especial.
Nos pertenece a todos. Eso es lo que queremos que diga esa calle. "
Nadie aplaudió. En Albaida del Campo no se aplaudía en el ayuntamiento.
Pero Vera vio a Reme llevarse la mano al pecho, y vio a Fulgencio mirar al suelo un momento más de lo necesario, y vio a Gonzalo — junto a Blas, con los hombros un poco más bajos que antes de entrar al salón — asentir despacio, una sola vez.
El alcalde llamó a votación a mano alzada.
No hizo falta contar con cuidado.
· · ·
"Calle del Azafrán", dijo Carmelinda esa noche, en la mesa camilla, con la mistela servida y las velas encendidas.
Lo dijo como quien prueba una palabra nueva en la boca, a ver si le queda bien al pueblo.
"¿Te gusta?" dijo Vera.
"Me gusta que nadie ganó", dijo Carmelinda. "Eso es lo que me gusta." Bebió un sorbo. "Cuando alguien gana un nombre, alguien más lo pierde. Cuando el nombre es de todos, no hay que pelear por él nunca más."
Vera pensó en Amparo Castellanos. En el moño perfecto, en las manos pequeñas y quietas, en la sentencia que todavía tardaría seis, ocho meses en llegar.
"¿Y ella? ¿Amparo?"
Carmelinda tardó en responder.
"Ella va a tener que aprender a vivir con que su apellido ya no está en ningún cartel de este pueblo", dijo. "Eso también es un tipo de sentencia. Uno que no lo dicta ningún juez."
Cisco, en el alféizar, se acomodó junto a Miel.
"Las hebras más resistentes son las que no se ven", dijo Carmelinda, casi para sí misma. "Pero a veces conviene sacarlas a la luz. Aunque sea solo el tiempo suficiente para cortarlas."
"¡Ea!" dijo Vera, sin poder evitarlo.
Carmelinda sonrió sin levantar la vista de la copa.
"Ya lo estás diciendo bien", dijo.