Capítulo 12
El Silencio Que Entra Por La Puerta
El jueves amaneció con ese frío que ya no era advertencia sino confirmación.
Las baldosas de la herboristería estaban frías como piedra de río. El vapor salía de la boca cuando Vera bajó a encender el hornillo. Las ventanas tenían esa condensación en los bordes que solo aparecía cuando la diferencia entre el interior y el exterior había cruzado cierto umbral.
Vera encendió el hornillo. Encendió las velas. Puso el agua.
Y luego, antes de que Carmelinda bajara, se quedó un momento de pie en el centro de la herboristería mirando el espacio que la rodeaba.
Los frascos en las estanterías. La balanza de latón. El mostrador de madera. Las hierbas secas colgadas boca abajo. El olor a tomillo y espliego y cera.
Todo en su sitio.
Pero esta mañana todo en su sitio significaba algo diferente a lo que había significado hace dos semanas cuando todavía no sabía que en el Bombo del linde norte había un cuerpo con las palmas abiertas hacia arriba.
Romero bajó. A la balanza. Sin rodeos.
Cisco entró. Dio su vuelta. Se posó en el alféizar mirando la plaza.
"Buenos días", dijo Vera.
Cisco inclinó la cabeza. Romero cerró el ojo.
El orden de las cosas.
· · ·
Carmelinda bajó con el café y con la caixa y con algo en el regazo que no era tela de cortinas ni camisa de trabajo ni delantal de cuadros — era algo más pequeño, más delicado.
Un pañuelo.
Cuadrado, de unos cuarenta centímetros, de batista blanca con un bordado en la esquina inferior derecha. Un bordado pequeño, de hilo azul celeste, con una inicial — una C mayúscula con ese estilo de las iniciales bordadas a mano que ya nadie hace.
"¿De dónde salió ese?" dijo Vera.
"Del fondo de la caixa. Estaba debajo de todo." Pausa. "No lo veía desde hace años."
"¿Es tuyo?"
"Era de mi madre", dijo Carmelinda. "Me lo dio cuando me fui de Portugal. Dijo que era para los días difíciles." Otra pausa. "Lo usé el día que murió mi marido y no lo volví a tocar."
Vera miró el pañuelo. La batista fina. El bordado de la C en hilo azul celeste.
"¿Por qué lo sacaste hoy?"
"Porque esta semana fue un día difícil. Y me olvidé de que lo tenía." Una pausa. "Esta mañana me acordé."
"¿Para qué lo vas a usar?"
"Para nada todavía", dijo Carmelinda. "Solo para tenerlo cerca."
Lo dobló con esa delicadeza suya — cuatro dobleces precisos, sin arrugar, con los bordes alineados — y lo puso encima de la caixa cerrada.
Desayunaron con el pañuelo en la mesa entre las dos — el café, el pan, el aceite manchego.
· · ·
A las nueve Vera abrió la herboristería.
El pueblo estaba en el ritmo de los jueves — ese ritmo específico de mitad de semana con el mercadillo en la plaza menor. Las mesas del mercado bajo los soportales con calabazas y pimientos secos y queso fresco de oveja manchega y miel de tomillo.
Doña Pura llegó a las nueve y veinte con su tarro de manzanilla y con una bolsa del mercadillo que olía a pimiento rojo seco y a miel.
"¡Ea, gacha!" dijo entrando. "¿Sabes lo del Círculo Agrícola?"
"Buenos días, Doña Pura. ¿Qué pasa en el Círculo Agrícola?"
"Que esta mañana Leandro Piqueras entró, se sentó en su mesa del fondo y pidió un café. Y que Gonzalo Crespo llegó diez minutos después y se sentó con él." Pausa dramática. "Estuvieron una hora."
"¿Y?"
"Y salieron juntos. Y Gonzalo le puso la mano en el hombro a Leandro en la puerta." Otra pausa. "En este pueblo eso vale más que cualquier papel que firmen los abogados."
Vera rellenó el tarro de manzanilla.
"¿Cómo estaban?"
"Serios. Pero de esa seriedad que no es tristeza." Pensó un momento. "De la seriedad de los hombres que han dicho lo que tenían que decir y que saben que lo que viene después es trabajo."
Tomó su tarro. Lo guardó en la bolsa.
En la puerta se giró.
"Vera, hija."
"¿Qué, Doña Pura?"
"Miel sobre hojuelas", dijo.
Y salió.
· · ·
Carmelinda había escuchado desde su silla con la aguja en la tela — esta mañana estaba trabajando en los moños de Vera, que llevaban semanas sin renovarse.
Tenía desplegados sobre la rodilla libre varios retazos de tela — un algodón de rayas finas en azul y blanco, un trozo de sarga verde oscuro, un pedacito de tela de cuadros ocres y marrones.
"Miel sobre hojuelas", repitió Vera.
"¡Ea!" dijo Carmelinda. Y cosió una puntada.
Vera la miró.
"¿Desde cuándo dices ¡ea!?"
"Desde hace sesenta años", dijo Carmelinda sin levantar la vista. "Tardé un poco en aprenderlo. Pero una vez que lo aprendes ya no se va."
· · ·
A las diez llamó Fulgencio.
"Estoy ahora mismo en Ciudad Real. Vera — las cosas avanzan."
"¿El juez?"
"El abogado de Madrid llegó ayer. Pidió nulidad de tres pruebas esta mañana. El juez desestimó las tres. En menos de dos horas." Una pausa. "El abogado salió del juzgado a las once y cuarto y fue directamente al Círculo Agrícola a tomar un café."
Vera procesó eso.
"Fulgencio, ¿cómo sabes lo del café?"
Silencio breve.
"Sergio."
"Ah."
"Ese chico." dijo Fulgencio. Con esa resignación suya que era también una forma de afecto. "¿Sabes qué? Si funciona."
Carmelinda cosió una puntada sin levantar la vista.
"¡Ea!" dijo en voz baja.
Sergio, que había llegado a mediodía con su libreta y su croissant de siempre, la miró.
"¿Eso es bueno?" dijo.
"En manchego", dijo Vera. "Puede ser bueno, puede ser malo, puede ser las dos cosas al mismo tiempo."
"¿Y en este caso?"
"Las dos cosas", dijo Carmelinda. "Como casi todo en este caso."
· · ·
A media tarde, Cisco volvió al alféizar de la ventana.
Vera lo miró desde el mostrador.
Había estado fuera desde el mediodía — una de sus excursiones largas por los tejados del casco antiguo, esas que hacía cuando algo en el aire del pueblo requería una inspección más amplia que la que ofrecía la plaza.
Ahora estaba de vuelta, quieto, con la cabeza levemente inclinada hacia la calle del segundo anillo.
No picoteó el alféizar.
Solo estuvo.
"¿Viste a Blas?" dijo Vera.
Cisco no respondió. Era un jilguero.
Pero tampoco miró hacia otro lado.
· · ·
A las seis Vera cerró la herboristería.
Con llave. El pestillo. Los postigos. El cartel de cerrado.
Subió al salón.
Carmelinda estaba con la caixa cerrada en la silla y el camisón de franela doblado encima — que había estado cosiendo durante la tarde, reforzando el cuello que se había deshilachado.
"¿Terminaste?" dijo Vera.
"El ribete del cuello", dijo Carmelinda. "Mañana el puño de la manga derecha que también está cediendo." Pausa. "Un camisón bien cuidado dura veinte años más de lo que duraría sin cuidar."
"Como todo", dijo Vera.
"Como todo", confirmó Carmelinda.
· · ·
A las nueve de la noche Vera bajó al sótano.
Tenía que buscar el último registro de pedidos de octubre — Fulgencio le había pedido esa mañana que confirmara las fechas exactas de las compras de Amparo en los tres años anteriores, para completar el expediente.
Encendió la luz del sótano — una bombilla única que colgaba del techo y que iluminaba el espacio con esa luz amarilla y sin sombras de las habitaciones que no necesitan verse bien sino solo verse.
Las cajas de suministros en el lado derecho. Los equipos de análisis en el centro. El archivo personal al fondo izquierdo, en el archivador de metal gris que había comprado el primer año.
Se detuvo.
El archivador estaba cerrado. Como siempre.
Pero la caja de cartón que había encima — la que guardaba los recibos de proveedores del año anterior, la que siempre estaba colocada con la solapa hacia la izquierda — tenía la solapa hacia la derecha.
Vera se quedó quieta.
Fue al archivador. Sacó la llave del bolsillo del delantal. Abrió el cajón del archivo personal.
Todo en su sitio.
Pero el archivo de pedidos de agosto — el que ella misma había revisado días antes buscando las compras de Amparo — estaba colocado al revés. Las hojas mirando hacia el fondo en vez de hacia la apertura del cajón.
Vera lo sacó. Lo abrió.
No faltaba nada.
Pero alguien lo había leído.
Alguien había bajado a este sótano, había abierto este archivador y había revisado este registro. Y lo había vuelto a poner — casi en su sitio, casi como estaba, con el cuidado de quien no quiere que se note pero con el error de quien trabaja de prisa o bajo presión.
Vera sostuvo el archivo en las manos y escuchó el silencio del sótano.
Pensó en la llave del sótano. Estaba en el cajón de la cocina — siempre en el cajón de la cocina, debajo del paño de lino bordado. No era un secreto. Cualquiera que conociera la casa lo sabía.
¿Cuántas personas conocían la casa lo suficiente?
Subió.
Carmelinda estaba en su silla con la caixa y el camisón de franela. Levantó la vista cuando Vera entró.
La miró. Solo la miró.
"El sótano", dijo Vera.
Carmelinda paró la aguja.
"¿Cuándo?" dijo.
"No lo sé. Hoy. O anoche. El registro de pedidos está al revés."
Silencio en el salón.
"¿Falta algo?"
"No."
"Entonces solo quería saber qué sabías", dijo Carmelinda. Despacio. Con esa calma de los ochenta años que ha aprendido que el pánico nunca ayuda. "Qué habías encontrado. Hasta dónde llegabas."
"Y ahora lo saben."
"Y ahora lo saben." Pausa. "¿Eso cambia algo?"
Vera pensó.
"Cambia que ya no tenemos tiempo", dijo. "Lo que tengamos hay que moverlo antes de que desaparezca."
Carmelinda cosió una puntada. Dos.
"Llama a Fulgencio", dijo.
"A las nueve de la noche."
"A las nueve de la noche", confirmó Carmelinda. "Que para eso está."
Vera fue al teléfono.
Fulgencio recogió al segundo tono — como si también él hubiera estado esperando que algo pasara esa noche.
"Vera."
"Fulgencio. Alguien entró al sótano. Mi archivo de pedidos fue revisado."
Silencio al otro lado. Uno solo. Pesado.
"¿Cuándo te diste cuenta?"
"Hace diez minutos."
"¿Falta algo?"
"No."
"Entonces mañana a primera hora vengo." Otra pausa. "Vera — no bajes más al sótano esta noche. Y cierra bien."
"Ya cerré."
"Bien." Una pausa más larga. "Vera."
"¿Qué?"
"Esto acelera todo. Esta semana termina."
Colgó.
Vera se quedó con el teléfono en la mano.
Cisco, en el alféizar de la ventana del salón, no se movió. Pero tenía los ojos abiertos mirando hacia la plaza — hacia la oscuridad específica de la plaza de Albaida del Campo a las nueve de la noche de un jueves de octubre donde todo seguía en su sitio y nada era exactamente lo mismo.
· · ·
La mistela de esa noche.
"¿Brindamos?" dijo Vera.
"¡Ea!" dijo Carmelinda.
Bebieron.
"Carmelinda. La reunión de vecinos para decidir lo de la calle Castellanos. ¿Irás?"
"Llevo sesenta años en este pueblo. He ido a todas las reuniones que importaron. Iré."
"¿Y qué votarás?"
"Votaré que las familias que perdieron las tierras tengan algo que decir sobre el nombre de esa calle", dijo Carmelinda.
"Que Blas Sánchez y los Trujillo y los Herrera sean consultados antes de que el pueblo decida.
" Pausa. "Que si ellos dicen que se cambie, se cambie. Y si dicen que se quede, se quede."
"¿Y si no se ponen de acuerdo?"
"Entonces el pueblo decide", dijo Carmelinda. "Que para eso son los pueblos — para decidir juntos lo que no se puede decidir solo."
· · ·
La noche llegó despacio.
El sol fue cediendo hasta la noche manchega de octubre quieta y sin viento.
Y en la cocina, mientras Vera enjuagaba las copas, encontró algo que no esperaba.
Un papel doblado en cuatro. Con la letra de Carmelinda.
Lo abrió.
Dos líneas. Nada más.
"Celestino Vargas. Pregunta cuando estés lista."
Vera se quedó muy quieta con el papel en la mano y la luz encendida y el silencio manchego de las once de la noche.
El apellido.
Ocho días atrás, en la mesa camilla, Carmelinda le había tomado las manos y le había dicho que un día iba a pedirle algo — que tenía un tío, Celestino, del que no sabía qué había sido.
No le había dado más que el nombre de pila.
Vera lo había guardado desde entonces sin apellido, como una promesa a la espera de su otra mitad.
Ahora tenía la otra mitad.
Vargas.
Vera miró la escalera.
"Carmelinda."
Silencio.
"Carmelinda. Sé que no duermes todavía."
El tercer escalón crujió.
Luego, muy suave, desde detrás de la puerta cerrada:
"Buenas noches, hija."
Vera dobló el papel. Lo guardó en el bolsillo del delantal.
Subió la escalera.
Entró a su habitación.
Abrió la libreta en la página donde había escrito, ocho días antes: El tío de Carmelinda. Celestino. Cuando esté lista.
Debajo, con el mismo bolígrafo, añadió una línea:
Vargas. Ya tiene apellido.
Y en la línea siguiente, la pregunta completa, por fin:
¿Quién es Celestino Vargas?
La miró.
Cerró la libreta.
Apagó la luz.
Mañana.