Capítulo 13
Las Hebras Que Sostienen
El viernes amaneció con sol.
No el sol difuso y sin sombras de los días grises de la semana anterior. Sol de verdad — sol manchego de octubre en su mejor versión, ese que sale bajo y horizontal y lo dora todo desde el primer momento.
Vera lo vio desde la ventana de su habitación antes de bajar.
Lo miró un momento largo — ese sol manchego que no pedía permiso, que llegaba donde llegaba con la misma indiferencia generosa de las cosas naturales que no distinguen entre lo que merece ser iluminado y lo que no.
Bajó con más energía que en días.
Encendió el hornillo. Las velas. Midió las hierbas.
Romero bajó. A la balanza. Sin rodeos, sin la posición de vigilancia del mostrador, sin el escondite detrás de los cajones. A la balanza — su sitio, el de siempre.
Cisco entró. Dio su vuelta. Se posó en el hombro de Vera un momento — ese peso mínimo y específico que ella ya reconocía. Luego voló al alféizar.
El orden de las cosas.
· · ·
Carmelinda bajó con el café y con la caixa y con algo que Vera notó antes de que Carmelinda llegara a la cocina — notó en los pasos en la escalera, en el ritmo del tercer escalón que crujía diferente según cómo lo pisara.
Esta mañana crujió de una manera específica que Vera había aprendido a leer como hay algo que decir y el momento está cerca.
Entró a la cocina. Puso el café. Se sentó.
Abrió la caixa — ese sonido seco y suave de la madera — y sacó algo que no era aguja ni hilo ni retazo de tela. Era el moño azul añil que había empezado días atrás y que esta mañana sostenía entre los dedos con esa inspección final suya.
"¿Lo terminaste?"
"Esta noche", dijo Carmelinda. Lo sostuvo a distancia de los brazos — el algodón azul añil, ese azul específico de los zócalos manchegos. "Para ti."
"¿Para cuándo?"
"Para hoy", dijo Carmelinda. Lo puso en la mesa entre las dos tazas de café. "Para cuando hagas algo que requiera el color correcto."
Vera lo miró.
El moño azul añil. El color de los zócalos manchegos. Ese azul que era el color de Albaida del Campo.
"¿Qué voy a hacer hoy que requiera el color correcto?"
Carmelinda tomó su café.
"Algo que debería haberte contado antes", dijo.
· · ·
Desayunaron despacio.
El pan de cruz. El aceite manchego. El queso semicurado. El café.
Y el moño azul añil en el centro de la mesa — ese objeto pequeño y perfectamente anudado entre las dos tazas, esperando.
"Joao", dijo Carmelinda cuando el café estaba a medias.
Vera no dijo nada. Esperó.
"Llegamos juntos en el 65. Con diecinueve años los dos.
" Una pausa. "Portugal entonces era otro país.
No el de ahora. El de Salazar todavía — sin libertad de prensa, sin partidos, con la PIDE y el miedo.
Los jóvenes que podían se iban. A Francia, a Alemania, algunos a España.
" Otra pausa más corta. "Joao quería irse. Yo quería ir con Joao."
"¿Tu familia lo aceptó?"
"Mi madre llorando en el umbral de Odivelas con el pañuelo en la mano. Mi padre sin venir a despedirnos." Un silencio. "Ese pañuelo es el de la caixa."
Vera miró la caixa cerrada en la silla.
"Él no venía a despedirte", dijo. "Pero el pañuelo de ella sí."
Carmelinda asintió una vez.
"En el Alentejo las madres dan lo que tienen", dijo. "No siempre es mucho."
Tomó su café. Lo terminó.
"Aquí no conocíamos a nadie. En los pueblos manchegos de los años sesenta un portugués era un forastero dos veces. Por no ser de aquí y por no ser de España."
"¿Cómo encontraron trabajo?"
"Al primer año, Celestino Crespo llamó a Joao. Le ofreció trabajo en sus tierras. Jornal fijo, trabajo estable, la posibilidad de quedarnos." Pausa. "Joao aceptó."
"¿Y tú?"
"Yo también acepté. Porque no había otra cosa y porque teníamos que comer.
" Una pausa más larga. "Celestino Crespo nos dio de comer durante veinte años, Vera.
Veinte años de jornales. Veinte años de trabajo en esas tierras que después resultaron ser las tierras de Blas Sánchez y de los Trujillo y de los Herrera. "
"Por eso callaste. No solo por miedo."
"No solo por miedo", confirmó Carmelinda. "Si yo hablaba, Joao perdía el trabajo. Si Joao perdía el trabajo éramos portugueses sin nada en un pueblo que no era el nuestro con cuarenta años ya encima." Pausa. "El miedo te hace callar. Pero hay cosas que te hacen callar más hondo que el miedo."
"¿La deuda?"
"La deuda", dijo Carmelinda. "Aunque no la hubieras pedido. Aunque te la hubieran puesto encima sin preguntarte."
· · ·
"¿Y Joao sabía lo que viste en el callejón?"
"Sí."
"¿Se lo contaste?"
"Esa misma mañana. Cuando volví del horno con el pan. Él estaba despierto. Lo senté en la cocina — en la casa que teníamos entonces en la calle del Pozo — y se lo conté todo." Pausa. "Lo que vi. A quiénes vi. La carpeta bajo el brazo de Amparo."
"¿Y él qué dijo?"
Carmelinda sostuvo la taza con las dos manos.
"Dijo que no hablaríamos de eso nunca más. Con esa voz de cuando había tomado una decisión y la decisión era definitiva." Pausa. "Y no hablamos. En nueve años — desde el 86 hasta que murió en el 95 — no lo mencionamos una sola vez."
"¿Ni una vez?"
"Ni una. Había cosas entre nosotros — muchas cosas, una vida entera de cosas — pero esa no." Una pausa muy larga. "Y a veces el silencio que hay entre dos personas que se quieren es más pesado que cualquier conversación que pudieran tener."
"¿Y cuando murió Joao?"
"El 12 de febrero de 1995. De madrugada. Aquí en la casona." Pausa. "Lo que yo no sabía es que cuando se fue iba a llevarse la mitad del silencio y dejarme a mí con la otra mitad. Que es la mitad que pesa más."
· · ·
"¿Y Celestino? ¿Te dijo algo?"
"Días después de que ocurrió todo. Del callejón, de los documentos. Celestino llamó a Joao. A la puerta — los hombres de entonces no llamaban por teléfono para las cosas importantes, venían a la puerta."
"¿Qué le dijo?"
"Que su mujer era una buena mujer. Que los buenos vecinos saben guardar lo que no es suyo." Pausa. "Y le subió el jornal."
Silencio en la cocina.
"¿Cuánto?" dijo Vera.
"Lo suficiente para que importara. Y lo suficiente para que no pudiéramos rechazarlo sin que pareciera que rechazábamos veinte años de trabajo honesto." Una pausa amarga. "Celestino Crespo era muy listo. Sabía exactamente cuánto valía el silencio de cada persona."
"¿Y Joao lo aceptó?"
"Joao lo aceptó. Y yo lo dejé aceptar. Y ninguno de los dos lo mencionamos nunca más."
"Pero lo sabíais los dos."
"Lo sabíamos los dos. Eso es lo más difícil de explicar — que se puede vivir con alguien durante nueve años sabiendo los dos lo mismo y sin decirlo nunca. Que el amor y la vergüenza pueden vivir en la misma casa sin matarse el uno al otro." Una última pausa. "Aunque a veces estén cerca."
· · ·
Vera se levantó.
Fue a la ventana de la cocina. Miró el patio interior de la casona.
"Carmelinda."
"Dime."
"Joao aceptó el jornal porque no había otra cosa. Y tú lo dejaste aceptar porque tampoco había otra cosa." Pausa. "Eso no es complicidad. Es supervivencia."
Carmelinda la miró.
"La diferencia entre las dos cosas a veces es más pequeña de lo que a uno le gustaría."
"Sí", dijo Vera. "Pero existe."
Carmelinda sostuvo la taza un momento más. Luego la dejó en la mesa con ese sonido suave de cerámica sobre madera.
"¡Ea!" dijo en voz baja.
Y Vera entendió que en ese ¡ea! manchego que Carmelinda había tardado sesenta años en aprender y que ya no se le iba, había algo que no era exactamente aceptación ni exactamente perdón pero que era lo que venía antes de las dos cosas y que las hacía posibles.
· · ·
La herboristería abrió a su hora.
Vera se puso el delantal. Y el moño azul añil — ese color de zócalo manchego que Carmelinda había terminado la noche anterior.
Se lo puso frente al espejo pequeño del mostrador.
"¿Cómo queda?" le dijo a Carmelinda.
Carmelinda la miró con esa evaluación rápida suya.
"Como tiene que quedar", dijo. Y abrió la caixa.
· · ·
A las diez llegó Doña Pura.
Con el tarro de manzanilla y con algo diferente en la expresión — no la expresión de quien trae noticias sino la de quien viene a verificar que las cosas están como deben estar.
"Buenos días, Doña Pura."
"Buenos días, Vera, hija." Puso el tarro en el mostrador. Miró a Romero en la balanza. Romero le devolvió la mirada con su ojo bueno y luego lo cerró. Doña Pura lo tomó como saludo suficiente. "¿Estáis bien las dos?"
"Bien."
"Carmelinda."
"Bien también", dijo Carmelinda desde su silla sin levantar la vista.
Doña Pura asintió. Vera rellenó el tarro. Lo cerró. Lo puso en el mostrador.
"El sótano", dijo Doña Pura de repente.
Vera se quedó muy quieta.
"¿Cómo sabes lo del sótano?"
"Porque esta mañana la chica de la limpieza de la pensión de Marcelo le dijo a la mujer del panadero que vio luz en vuestra ventana baja a las nueve y media de la noche." Pausa. "Y en este pueblo a las nueve y media del jueves no se baja al sótano sin razón."
Vera la miró.
"Doña Pura."
"Vera, hija." La voz de Doña Pura tenía esa calidad que tenía pocas veces — la voz de las cosas serias, sin chismes alrededor. "¿Estáis seguras?"
"Estamos bien."
"¿Y Fulgencio lo sabe?"
"Fulgencio lo sabe."
Doña Pura tomó el tarro. Lo guardó en el bolso. Se puso los guantes — los de lana beige que sacaba en octubre.
"Bien", dijo. Y salió igual que cualquier otro día — con la misma energía de siempre, con el mismo paso, como si nada hubiera cambiado, que era la afirmación más grande que podía hacer: el pueblo seguía. Las cosas estaban en su sitio. El tarro de manzanilla se compraba el viernes.
· · ·
A las once y media llegó Fulgencio.
Con el uniforme del viaje, directo desde Ciudad Real.
"La declaración del notario es definitiva", dijo. "Describe todo — las familias despojadas, los documentos falsificados, el dinero pagado al alcalde." Pausa. "Y nombra a Amparo Castellanos como redactora de los documentos."
"¿Coincide con lo que tenemos?"