Capítulo 11 #3
"Los manchegos son gente práctica", dijo Carmelinda. "Sesenta años me llevó aprenderlo. Pero lo aprendí."
Bebieron.
"Carmelinda."
"Dime."
"¿Cuándo supiste que era Amparo?"
Carmelinda sostuvo su copa sin beber. La giró despacio.
"Desde el principio", dijo.
"¿Desde el primer día?"
"Desde antes", dijo Carmelinda. "Desde que Rodrigo Salcedo cruzó la plaza con su libreta y su sonrisa." Pausa. "En este pueblo hay cosas que se saben antes de que ocurran. No por magia — por historia."
"¿Y Amparo?"
"Amparo siempre fue capaz de cualquier cosa para proteger lo que era suyo", dijo Carmelinda. "Lo vi desde que era una niña. Esa determinación suya. Esas manos quietas que no eran tranquilidad sino control." Pausa. "El problema no era saber que era ella. El problema era probarlo."
"Por eso esperaste."
"Por eso esperé. Hasta que llegaste con tus preguntas y tus plantas y tu terquedad."
"¿Mi terquedad?"
"Eso que tú llamas determinación", dijo Carmelinda. "Y que los demás llamamos terquedad."
Vera tomó su bizcocho. Lo mojó en la mistela.
"Carmelinda."
"Dime."
"¿Cuándo me ibas a contar lo del callejón? Si yo no te hubiera preguntado."
Carmelinda tomó su copa de mistela. Bebió un sorbo largo.
"Cuando hubieras estado lista", dijo.
"¿Cómo sabías cuándo estaría lista?"
"Porque te conozco desde que tenías ocho años", dijo Carmelinda. "Y porque esa noche, cuando subí a acostarme y tú te quedaste sola con la libreta y las preguntas — esa noche ya estabas lista."
"¿Cómo lo sabías?"
"Porque escribiste las preguntas", dijo Carmelinda. "Y quien escribe las preguntas ya está listo para las respuestas."
Se quedó callada un momento. La copa de mistela entre las manos, sin beber.
Luego la dejó en la mesa.
Y con un gesto que no era suyo — que Vera no recordaba haber visto en tres años, ni siquiera el día del hilo de agua en la mejilla — Carmelinda estiró las dos manos sobre la mesa camilla y tomó las de Vera entre las suyas.
Manos de ochenta años. Secas, pequeñas, con esa fuerza que quedaba todavía en los dedos de quien ha cosido toda una vida.
"Vera."
"Dime."
"Cuando esto termine — lo de Amparo, el juicio, todo — voy a pedirte algo." Carmelinda no la soltó. "No hoy. No esta semana. Pero voy a pedírtelo."
"Pedímelo ya."
"No." Carmelinda apretó un poco las manos de Vera entre las suyas. "Todavía no puedo."
Vera esperó.
"Tengo un tío", dijo Carmelinda finalmente. "Celestino. El hermano de mi madre." Una pausa larga, de las que en ella pesaban más que cualquier frase. "Se fue de aquí — de Albaida del Campo, hija, no de Portugal — hace mucho. Antes de que yo llegara siquiera a este pueblo. Y no sé qué fue de él."
"¿Por qué me lo dices ahora?"
"Porque no te lo estoy pidiendo todavía", dijo Carmelinda.
"Te estoy avisando que te lo voy a pedir.
Que no es lo mismo." Sus ojos verdes, muy quietos, en la luz de las velas.
"Y porque quiero que cuando llegue el momento, no te tome de sorpresa.
Que sepas que fuiste tú a quien se lo iba a pedir. A nadie más."
Vera sostuvo las manos de Carmelinda.
"Te ayudo", dijo. "Cuando estés lista."
"Ya lo sé", dijo Carmelinda. "Por eso te lo digo a ti."
Soltó las manos de Vera — despacio, no de golpe — y tomó su copa de mistela otra vez.
"¡Ea!" dijo, en voz mucho más baja de lo habitual.
· · ·
Vera apagó las velas una por una.
La última — la del centro.
Una semana. Diez días desde que había encontrado el cuerpo de Rodrigo Salcedo en el Bombo del linde norte con su libreta cerrada en el regazo y las palmas abiertas hacia arriba.
Y ahora esto — las velas, la mistela, los bizcochos mojados, Cisco en el respaldo de la silla, Romero en el sillón de Carmelinda, las cortinas de lino dobladas en la silla de la cocina, el delantal de Reme en la bolsa de Fulgencio, la organza de los años cuarenta guardada en la caixa.
Y las manos de Carmelinda sobre las suyas, pidiendo sin pedir.
Todo en su sitio.
O en el camino de volver a su sitio.
Apagó la vela.
Subió la escalera.
Y antes de entrar a su habitación se detuvo frente a la puerta de Carmelinda. Desde dentro llegaba ese sonido que Vera reconocía — la tela. El ritmo suave de la aguja entrando y saliendo aunque fuera tarde.
Carmelinda cosiendo en la oscuridad de su habitación a las once de la noche manchega de octubre.
Vera sonrió en el pasillo.
Luego entró a su habitación.
Abrió la libreta. Buscó la página de las preguntas — las cinco, con sus líneas encima, resueltas. Las miró un momento.
Luego pasó la página.
La página siguiente estaba en blanco.
La miró.
Tomó el bolígrafo.
Escribió:
El tío de Carmelinda. Celestino. Cuando esté lista.
Cerró la libreta.
Apagó la luz.
En los tejados de Albaida del Campo, Cisco estaba quieto en la oscuridad.
Pero esta vez no miraba hacia las ventanas del ayuntamiento ni hacia el Bombo del linde norte ni hacia el callejón de la Casa de Oración.
Miraba hacia el sur.
Hacia el camino que salía del pueblo en dirección a un lugar que Vera todavía no sabía cuál era pero que Cisco — que lo sabía todo antes que las personas — ya había encontrado.