Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

"Lo que viste en ese callejón. Hace cuarenta años." Pausa. "¿Por qué me lo cuentas ahora? ¿Por qué no antes?"

Carmelinda tomó la aguja. La sostuvo entre los dedos sin ensartarla todavía.

"Porque antes nadie me preguntó", dijo. "Y porque antes todavía tenía más miedo que verdad." Otra pausa. "Esta semana la verdad fue más grande."

Blas asintió.

Luego hizo algo que Vera no esperaba — no porque fuera dramático, sino porque en Blas Sánchez los gestos pequeños eran los más significativos.

Puso el sombrero en la cabeza.

No en las manos. En la cabeza. En su sitio. Con ese movimiento natural de quien pone en su sitio lo que estaba fuera de él.

"Gracias", dijo. A Vera, a Carmelinda, al espacio entre las dos.

Salió por la puerta principal.

Cisco, que había estado en el alféizar exterior durante toda la conversación, lo siguió con la vista hasta que dobló la esquina.

No lo picoteó.

"Cisco no le picoteó", dijo Vera.

"No", dijo Carmelinda.

"¿Qué significa?"

"Que ya no hay nada que picotear", dijo Carmelinda. "Que Blas Sánchez dejó algo esta mañana en esta tienda que llevaba cargando desde que tenía dieciocho años." Pausa. "Y que Cisco lo notó."

"¿Los pájaros notan eso?"

"Los pájaros notan todo", dijo Carmelinda. "Antes que las personas."

· · ·

Al mediodía Vera subió a comer.

Carmelinda había hecho migas — las de diario, con el pan de tres días desmigado la noche anterior y dejado airear, frito despacio en aceite de oliva con ajos enteros y pimentón dulce manchego. Las había acompañado con uvas frescas del último racimo y con longaniza manchega cortada en rodajas.

Las cortinas de lino estaban en la silla de la cocina, dobladas, con el dobladillo ya cosido — Carmelinda las había terminado mientras esperaba que las migas se frieran.

Vera las miró.

"Las terminaste."

"El dobladillo no era complicado", dijo Carmelinda. "Solo necesitaba que alguien se sentara a hacerlo."

"Llevan tres años esperando."

"Tres años sin que nadie se sentara", dijo Carmelinda. "Ahora están."

Las migas estaban perfectas — esa textura específica de las migas manchegas bien hechas donde cada migaja había absorbido el aceite y el ajo y el pimentón sin perder su individualidad.

Comieron.

"Carmelinda. ¿Qué vas a hacer con la organza?"

Carmelinda tomó unas migas. Las comió despacio.

"No lo sé todavía", dijo.

"Dijiste que lo sabrías."

"Y lo sabré", dijo Carmelinda. "Cuando llegue el momento."

"¿Hace cuánto tiempo la tienes?"

"Desde que llegué al pueblo", dijo Carmelinda.

"La compré en Évora antes de cruzar la frontera.

La mercería donde la compré se llamaba A Linha Fina — el hilo fino.

La dueña era una mujer mayor que tenía telas que no se encontraban en ningún otro sitio.

" Pausa. "Me dijo que esa organza era de los años cuarenta.

Que había llegado de Francia antes de la guerra. "

"¿Y la compraste para qué?"

"Para nada específico", dijo Carmelinda. "La compré porque era preciosa y porque la mujer me la mostró y algo en mí supo que tenía que venir conmigo." Una pausa. "Hay cosas así. Que no sabes para qué las compras pero sabes que son tuyas."

"¿Como esta casa?" dijo Vera.

Carmelinda levantó la vista de su plato. Sus ojos verdes encontraron los de Vera.

"Como esta casa", dijo. "Y como tú."

· · ·

Por la tarde la herboristería tuvo la calma de los miércoles de otoño manchego.

Vera ordenó el stock de la trastienda. Los frascos de vidrio alineados por tamaño. Las etiquetas repasadas. Los tarros de cerámica inventariados.

Carmelinda cosió.

Esta tarde había sacado de la caixa algo diferente — no la camisa azul marino, que ya estaba terminada y doblada en la bolsa de Fulgencio esperando que alguien la recogiera, ni las cortinas de lino, que estaban dobladas en la silla de la cocina listas para colgar. Era un delantal.

Un delantal de cocina de tela de cuadros — azul y blanco, los cuadros manchegos de siempre. El bolsillo delantero había cedido.

"¿De quién es?" dijo Vera desde la trastienda.

"De Reme", dijo Carmelinda. "Me lo trajo el otro día."

"¿Y tú qué le dijiste?"

"Que lo dejara", dijo Carmelinda. "Que no tenía mérito arreglar lo que no tiene arreglo pero que un bolsillo de delantal sí lo tiene."

Una clienta que esperaba su turno miró el delantal de cuadros azules y blancos en el regazo de Carmelinda. Y luego miró el retazo azul que asomaba por el borde de la caixa.

"¿Eso es organza?" dijo señalando.

"No", dijo Carmelinda sin levantar la vista. "Es batista. Francesa. De los años sesenta."

"¿Y para qué la guarda?"

"Para cuando sé para qué", dijo Carmelinda.

La clienta decidió no preguntar más.

· · ·

Fulgencio llegó a las cinco con Sergio.

"El juez firmó", dijo Fulgencio sentándose. "La orden de procesamiento es oficial. Amparo comparece el domingo ante el juez instructor."

"Ya lo dijiste esta mañana."

"Esta tarde tiene firma. Hay diferencia."

Vera le puso el café. Sergio se quedó de pie con su libreta abierta.

Luego la cerró.

Vera lo miró.

Sergio con la libreta cerrada era tan inusual como Fulgencio sin bigote.

"¿Pasa algo?" dijo Vera.

"No", dijo Sergio. Una pausa. "Solo estaba pensando."

"¿En qué?"

Sergio miró la herboristería. Los frascos en las estanterías. El manojito de manzanilla silvestre de la niña de los Mínguez colgado en su gancho bajo. Romero en la balanza. Cisco en el alféizar.

"En que esta semana aprendí más sobre cómo funciona un pueblo que en tres meses de servicio." Pausa. "Y que la mayoría de lo que aprendí no está en ningún manual."

"¿Y eso?"

"Y eso es un problema metodológico", dijo Sergio. "Si no está en el manual, no se puede replicar."

Carmelinda cosió una puntada.

"No todo tiene que replicarse", dijo sin levantar la vista. "Algunas cosas solo ocurren una vez y en el sitio donde ocurren."

Sergio la miró. Tomó su libreta. La abrió.

Escribió algo.

"¿Qué está anotando?" dijo Vera.

"Lo que acaba de decir Carmelinda", dijo Sergio. Con esa naturalidad suya absoluta. "Por si sirve en otro sitio aunque ella diga que no."

Carmelinda no respondió. Pero el tercer escalón crujió un momento después — desde arriba, desde el pasillo — aunque Carmelinda estaba en su silla y no había subido a ningún sitio.

"El abogado de Madrid", dijo Fulgencio. "Va a pedir nulidad de las pruebas botánicas."

"¿Puede?"

"Va a intentarlo. Pero el juez no va a admitirla." Una pausa. "El frasco es la pieza más sólida. Encontrado en el domicilio durante un registro oficial, con orden firmada, en presencia de testigos." Pausa. "Ese no lo puede impugnar."

Carmelinda cosió el último punto del bolsillo del delantal de cuadros azules y blancos. Lo anudó. Cortó el hilo con los dientes. Sostuvo el delantal a distancia de los brazos para inspeccionarlo.

"¿Se nota?" preguntó Vera.

"Un poco", dijo Carmelinda. "Pero aguantará." Lo dobló y lo puso en la bolsa de Reme. "Como todo lo que aguanta — se nota que pasó algo pero sigue estando ahí."

Fulgencio la miró. Luego miró el delantal doblado. Luego miró a Vera.

"¿Habláis del caso?"

"Del delantal de Reme", dijo Vera.

"Ah", dijo Fulgencio. Y tomó su café.

Sergio anotó algo en la libreta. Vera no preguntó qué.

· · ·

Después de que Fulgencio y Sergio se fueran — Fulgencio con la bolsa del delantal de Reme que Carmelinda le puso en las manos antes de que saliera — la herboristería quedó en esa calma específica de las tardes de miércoles.

Carmelinda sacó la organza de la caixa.

La puso en las rodillas. La desplegó con ese cuidado que reservaba para las cosas que merecían cuidado. La organza en la luz de las velas tenía ese brillo suave de la seda natural que no se puede imitar con ningún sintético — ese brillo que viene de dentro de la tela.

Vera la miró desde el mostrador.

"Es extraordinaria."

"Sí", dijo Carmelinda. Solo eso.

"¿De verdad es de los años cuarenta?"

"La mujer de la mercería lo juró. Y las mujeres que tienen ese tipo de mercerías no mienten sobre las telas." Pausa. "Saben que las telas hablan por sí mismas."

"¿Qué dice esta?"

Carmelinda la miró — esa organza hueso transparente, con su brillo suave.

"Dice que sobrevivió", dijo Carmelinda. "A la guerra, a la mercería cerrada, a sesenta años en una caja de madera cruzando fronteras." Pausa. "Y que todavía no sabe para qué."

"Como tú", dijo Vera.

Carmelinda la miró con sus ojos verdes.

"Como yo", dijo. "Que sobreviví y que todavía no sé del todo para qué, pero que esta tarde estoy aquí cosiendo el bolsillo del delantal de la mujer de Fulgencio Moral y eso me parece suficiente razón."

Vera sonrió.

Carmelinda dobló la organza con el mismo cuidado con que la había desplegado. La guardó en la caixa — entre los hilos y el fieltro rojo y las agujas.

Cerró la caixa.

Ese sonido seco y suave de la madera.

"Mañana le cuelgo las cortinas al cuarto de baño", dijo.

"¿Las de lino?"

"Las de lino", confirmó Carmelinda. "Que llevan tres años esperando y ya es suficiente."

· · ·

Esa noche la mistela.

Carmelinda sirvió.

Romero en el sillón. Cisco en el respaldo de la silla de Vera.

"¿Brindamos?" dijo Vera.

"¡Ea!" dijo Carmelinda.

Vera la miró.

"¿Eso es un sí?"

"En manchego", dijo Carmelinda. "Un sí, un de acuerdo y un vamos de una vez." Tomó su copa. "Todo en una sola palabra."

"Eso es eficiente."