Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Lo Que El Viento Trae

El miércoles amaneció con ese frío que en Albaida del Campo llamaban el primer aviso.

No el frío de enero que cortaba la cara y helaba las cañerías.

Era el frío previo, el frío de advertencia, el que llegaba a mediados de octubre para recordarle al pueblo que el invierno no pedía permiso y que convenía ir pensando en ello — encender las chimeneas de verdad, sacar los jerseys de lana del fondo del armario, comprar la leña de encina antes de que el precio subiera cuando todos la necesitaran al mismo tiempo.

Vera lo notó en los pies cuando pisó el suelo de baldosa hidráulica de la herboristería descalza — ese frío específico de las baldosas antiguas que guardan el frío de la noche mejor que cualquier otro material, que son el termómetro más honesto de la casa porque no mienten sobre la temperatura que hace.

Se puso las alpargatas. Encendió el hornillo antes que nada. Ese gesto de rendición manchega que repetía cada año con la misma mezcla de resignación y alivio.

Romero bajó. Esta mañana a la balanza directamente — no al mostrador de vigilancia, no al escondite detrás de los cajones. A la balanza, a su sitio, con esa naturalidad de quien ha vuelto a su lugar después de unos días en otro sitio.

Vera lo miró.

"Bien", le dijo. "Ya era hora."

Romero cerró su ojo bueno.

· · ·

Carmelinda bajó con el café y con la caixa bajo el brazo y con algo más — un manojo de tela doblada que llevaba sobre la caixa con esa precisión de quien sabe exactamente dónde lleva cada cosa.

"¿Qué es eso?"

"Las cortinas del cuarto de baño", dijo Carmelinda. "Llevan tres años pidiéndome que les cosa el dobladillo y tres años esperando."

"¿Por qué ahora?"

"Porque ahora tengo tiempo", dijo Carmelinda. Y en esa respuesta estaba todo lo que no necesitaba decir — que la semana que había pasado no había sido tiempo de cortinas, que las cortinas esperan mientras las cosas importantes no pueden esperar.

Desayunaron con las cortinas desplegadas sobre la mesa entre las dos — el café, el pan, el queso manchego — con esa presencia de la tela que no estorbaba sino que formaba parte del paisaje de la mañana.

Cisco entró por la ventana. Miró las cortinas. Aterrizó en el borde de la tela desplegada.

"Cisco", dijo Carmelinda sin levantar la vista del café.

Cisco la miró.

"Esa tela no es para ti."

Cisco dio un paso en la tela. Luego otro.

"Cisco."

Cisco se quedó donde estaba con esa expresión de jilguero que considera que las instrucciones de los humanos son sugerencias no vinculantes.

Carmelinda lo miró por encima de su taza.

Cisco voló al alféizar.

"Bien", dijo Carmelinda. Y tomó su café.

· · ·

A las diez llamó Fulgencio.

"El equipo de Ciudad Real confirmó el análisis forense de la resina del frasco. Espliego silvestre. Mismo perfil de monoterpenos que tu muestra de referencia."

"¿Oficial?"

"Oficial. Firmado por el laboratorio acreditado." Una pausa. "Ya tenemos suficiente para el procesamiento formal."

"¿Cuándo?"

"El juez firma esta mañana la orden de procesamiento formal. Esta tarde Amparo comparece." Pausa. "Vera — Amparo no ha dado explicaciones desde que declaró ante el juez de guardia. Solo dijo lo de su padre." Otra pausa. "Su abogado llegó esta mañana de Madrid."

"¿De Madrid?"

"Especialista en derecho penal. Amparo lo tenía contratado desde hace años." Pausa. "Esa mujer tenía todo previsto."

"Lo sé."

"Excepto el frasco."

"Excepto el frasco."

Colgó.

Carmelinda, que había escuchado la conversación desde su silla — sin parecer que escuchaba, como siempre — cosió una puntada en la camisa de trabajo azul marino que había sacado esta mañana — la de Fulgencio, que Reme había traído con el cuello deshilachado.

La estaba reforzando con un hilo de algodón blanco tan fino que desde lejos parecía que no cosía nada.

"Tenía abogado de Madrid preparado", dijo Vera.

"Cuarenta años de preparación", dijo Carmelinda. "No iba a dejar cabos sueltos."

"Pero dejó el frasco."

"Sí", dijo Carmelinda. Encontró un hilo suelto en el cuello de la camisa. Lo cortó con las tijeras pequeñas de la caixa. "Dejó el frasco porque cuarenta años haciendo todo perfecto crean la convicción de que los detalles nunca fallan."

"Y los detalles fallaron."

"Un detalle", dijo Carmelinda. "Que es suficiente."

· · ·

A las diez y media llegó Sergio.

No con la libreta abierta — con la libreta cerrada, lo que en él era la señal de que lo que traía no era un dato sino una pregunta.

"Señorita Vera."

"Sergio. ¿Qué hay?"

Sergio miró a Carmelinda. Luego a Vera.

"El alcalde actual", dijo.

Vera lo miró.

"¿Qué pasa con el alcalde actual?"

"Lleva tres años en el cargo." Sergio abrió la libreta. Solo una página. "Y esta mañana el equipo de Ciudad Real encontró en el libro de accesos del archivo que el alcalde entró al archivo histórico el lunes de la semana pasada." Una pausa. "El día antes de que llegara el periodista."

Silencio en la herboristería.

"¿Y Amparo?" dijo Vera.

"Amparo entró el mismo lunes por la tarde. Dos horas después del alcalde."

Vera procesó eso.

"La página arrancada."

"El corte tiene orientación de mano derecha. El alcalde es diestro. Amparo es zurda." Sergio cerró la libreta. "Alguien arrancó esa página antes de que llegara el periodista. El alcalde lo supo o lo hizo. Amparo lo supo o lo hizo. O los dos."

Carmelinda paró la aguja.

"¿Sabiéndolo —", empezó Vera.

"No lo sé todavía", dijo Sergio. "Fulgencio está con el alcalde ahora mismo."

Vera se quedó mirando a Sergio. Sergio sostuvo la mirada con esa seriedad propia de sus veintidós años que no parpadeaba ante los datos difíciles.

"¿Crees que el alcalde actual está implicado?" dijo Vera.

"Creo", dijo Sergio con cuidado, con la precisión de quien no afirma lo que no puede afirmar todavía, "que alguien con acceso a esa llave supo que el periodista venía y quiso borrar algo antes de que llegara.

" Pausa. "Si fue el alcalde o alguien que usó su llave — eso es lo que Fulgencio está averiguando ahora. "

Vera miró a Carmelinda.

Carmelinda cosió una puntada larga. Levantó la vista.

"Amparo", dijo. Con esa calma suya de ochenta años que no era indiferencia sino certeza.

"Amparo sabía que el periodista venía. Porque yo le escribí al periódico tres meses antes.

" Una pausa. "El alcalde tiene tres años en el cargo.

Amparo lleva cuarenta en ese archivo. Si alguien usó esa llave, no fue él. "

"¿Cómo lo sabes?" dijo Sergio.

"Porque el alcalde actual", dijo Carmelinda, "no sabe lo que hay en esos archivos. Y Amparo sí."

Sergio miró su libreta. Anotó algo.

"Cito textualmente", dijo.

· · ·

A las once llegó Doña Pura.

Esta vez con el tarro de manzanilla — el de siempre, el de las mañanas normales. Pero Vera notó que lo puso en el mostrador con más cuidado del habitual. Como si llevara dentro algo frágil.

"¿Cómo estás, Doña Pura?"

"Con el estómago regular", dijo Doña Pura. La fórmula de siempre. Luego, sin transición: "¿Es verdad lo que dicen?"

"¿Qué dicen?"

"Que al juez ya le llegó todo. Que Amparo comparece el domingo." Pausa. "Que el procesamiento formal es cuestión de días."

"Eso parece."

Doña Pura miró el tarro de manzanilla en el mostrador. Lo miró un momento largo — con la expresión de quien está sumando una columna que da un resultado que no esperaba.

"Cuarenta años", dijo en voz baja. "Cuarenta años dándome los buenos días en la ventanilla del ayuntamiento."

Vera no dijo nada.

"¿Era mala persona, Vera?"

Vera pensó la respuesta.

"Era una persona que hizo cosas malas", dijo. "Que no es lo mismo."

Doña Pura tomó su tarro.

"¿Y el pueblo?" dijo.

"¿Qué del pueblo?"

"¿Cómo va a estar el pueblo cuando esto salga del todo?" Sus ojos — esos ojos de setenta y cinco años que habían visto pasar muchas cosas — miraron a Vera con una seriedad poco habitual. "Hay silencios que cuando se rompen dejan un agujero. Y los agujeros en los pueblos tardan en cerrarse."

"Lo sé."

"¿Y tú qué haces con eso?"

Vera la miró.

"Lo que puedo", dijo.

Doña Pura asintió. Pagó la manzanilla. Tomó su tarro. Se fue hacia la puerta.

En el umbral se giró.

"El pueblo no te va a olvidar esto, gacha." Lo dijo sin solemnidad, con esa naturalidad suya de quien dice las cosas como son. "Ni a ti ni a Carmelinda."

Salió.

· · ·

A las once y media llegó Blas Sánchez.

No por la puerta trasera — por la puerta principal, la de la plaza, la que usaban los clientes. Cosa que Vera notó porque Blas nunca entraba por la puerta principal.

Esta mañana entró por la puerta principal y se quedó de pie en el centro de la tienda con su sombrero en las manos — no en el umbral sino en el centro, con una determinación nueva.

"Vera."

"Blas. ¿Cómo estás?"

"Diferente", dijo.

"¿Diferente cómo?"

Blas miró el sombrero que sostenía. Esas manos agrietadas.

"Como cuando termina el invierno", dijo. "Que todavía hace frío pero ya no es lo mismo."

Vera asintió.

"Vine a decirte algo", dijo Blas.

"Dime."

"Anoche no dormí bien", dijo. "Pensando en lo que me dijo Gonzalo. Dándole vueltas." Giró el sombrero entre las manos, despacio. "Y esta mañana decidí algo."

"¿Qué decidiste?"

"Cuando el ayuntamiento convoque lo de la calle", dijo Blas, "voy a ir. Y si Gonzalo va también — que creo que irá, porque ahora sé que es de los que van, no de los que se esconden — voy a decirle que hay un sitio libre a mi lado."

Vera lo miró.

"Eso no es poco, Blas."

"No", dijo. "No lo es. Por eso vine por la puerta de la plaza en vez de la de atrás. Para que quien me viera entrar supiera que ya no tengo nada que esconder tampoco yo."

Carmelinda, desde su silla, paró la aguja.

No dijo nada. Solo paró la aguja y se quedó quieta con la camisa azul marino en el regazo y los ojos en Blas.

"El pueblo entero se va a enterar de todas formas", dijo Vera.

"Que se entere", dijo Blas. "Ya me cansé de que las cosas importantes de este pueblo pasen a puerta cerrada."

Blas la miró. Cuatro segundos — uno más de lo habitual.

"Bien", dijo.

Luego miró a Carmelinda.

"Carmelinda", dijo.

"Blas."