Capítulo 10 #3
Y en algún momento — entre el pisto y las migas, entre el vino y las tortas — Reme le preguntó a Carmelinda cuánto tiempo llevaba en el pueblo y Carmelinda dijo sesenta y un años y Reme dijo entonces conoces esto mejor que la mayoría de los que nacimos aquí y Carmelinda dijo conozco lo que vi y lo que guardé y lo que finalmente dije y Reme la miró y dijo que es exactamente lo que hay que conocer y Carmelinda asintió — una sola vez, despacio — como quien recibe algo que esperaba recibir.
· · ·
Después de comer, Fulgencio encontró un momento a solas con Vera en la herboristería.
"El juez", dijo.
"¿Qué hay del juez?"
"Esta tarde el juez firma la orden de procesamiento.
Con todo lo que tenemos — el teléfono de Celestino, los documentos de Leandro, la muestra botánica, el registro de accesos que fotografió Sergio, los legajos faltantes, la página arrancada.
" Pausa. "Es suficiente para que comparezca mañana ante el juez instructor. "
"¿Y Amparo?"
"Libre hasta la comparecencia. El abogado de Madrid lo gestionó esta mañana." Una pausa. "Vera — hay algo que no te he dicho."
"¿Qué?"
"Que cuando Sergio la tuvo localizada en la fiesta — el domingo — es la mejor oportunidad. El procesamiento formal se ejecuta ahí, en público, antes de que el abogado pueda preparar una obstrucción."
Fulgencio la miró con esa expresión de hombre que lleva treinta años en el mismo pueblo y ha aprendido que las cosas son más complicadas que los procedimientos.
"¿Estás diciendo que la detención real es en la fiesta."
"Estoy diciendo que el juez firmará la orden el sábado. Y que el domingo, durante la Fiesta del Azafrán, es cuando se ejecuta." Una pausa. "Y que tú no tienes que hacer nada."
"Lo sé", dijo Vera.
Fulgencio la miró un segundo más.
"Lo sé", repitió Vera. "Pero estaré ahí de todas formas."
· · ·
Esa tarde — cuando Reme y Fulgencio se fueron y Sergio recogió los platos y se fue con su libreta llena — Vera y Carmelinda se quedaron solas.
El sol de octubre entraba horizontal por el escaparate. Ese sol bajo y dorado de las tardes manchegas.
Carmelinda cosía en su silla.
"Carmelinda."
"Dime."
"¿Crees que Blas recibirá a Gonzalo esta tarde?"
Carmelinda cosió una puntada.
"Blas lleva sesenta años esperando que alguien reconozca lo que ocurrió", dijo. "Gonzalo va a reconocerlo." Otra puntada. "¿Qué crees tú?"
Vera pensó.
"Creo que abrirá la puerta. Y que estará duro y difícil. Y que probablemente no diga mucho."
"¿Y?"
"Y que cuando Gonzalo se vaya, Blas se sentará en su cocina con su taza de té y mirará por la ventana sus geranios", dijo Vera. "Y que algo — algo pequeño pero real — habrá cambiado."
Carmelinda la miró con sus ojos verdes.
"Eso es suficiente", dijo.
"¿Sí?"
"Para empezar", dijo Carmelinda. "Que es de lo que se trata."
· · ·
A las seis de la tarde Blas Sánchez llamó al teléfono de la herboristería.
"Vera."
"Blas."
"Vino Gonzalo. Estuvo media hora. Dijo lo que dijo." Una pausa larga. "No es lo que esperaba."
"¿Qué esperabas?"
"No sé. Algo más grande. Algo que llenara el espacio que dejó todo lo que cargué." Pausa. "Pero no es así."
"No", dijo Vera.
"¿Cómo es entonces?"
Vera pensó en Carmelinda cerrando la caixa. En Leandro con las gafas limpias sin necesidad de limpiarlas. En Gonzalo con sus manos enormes sobre la mesa de la cocina.
"Es más pequeño de lo que imaginabas", dijo Vera. "Y más real."
Silencio al otro lado.
"Ya", dijo Blas finalmente.
"Ya", dijo Vera.
Colgó.
Carmelinda cosió una puntada.
"¿Tomaron un té?", dijo.
"En su cocina."
"Bien", dijo Carmelinda.
Solo eso. Pero en ese bien de Carmelinda Fontes había toda la diferencia del mundo entre lo que había sido y lo que empezaba a ser.
· · ·
Esa noche la mistela.
La mesa camilla. Las dos copas. Las velas. Romero en el sillón. Cisco en el respaldo de la silla de Vera.
"¿Brindamos?" dijo Vera.
"Por Albaida del Campo", dijo Carmelinda. "Que tiene sus secretos pero los resuelve."
Bebieron.
La mistela estaba perfecta.
"Carmelinda."
"Dime."
"Antes de que te vayas a dormir. ¿Hay algo más que debería saber?"
Carmelinda cosió una puntada. Dos. Levantó la vista.
"Siempre hay algo más que deberías saber", dijo. "Eso no cambia."
"¿Sobre este caso?"
"El juez tiene lo que necesita", dijo Carmelinda. "La detención formal es el domingo." Pausa. "Este caso está cerrado, Vera."
"¿Y el siguiente?"
Carmelinda cortó el hilo con los dientes. Guardó la aguja en el fieltro rojo. Cerró la caixa — ese sonido seco y suave de la madera.
La puso en la silla.
Se levantó.
"Buenas noches, hija", dijo.
"Carmelinda."
"¿Qué?"
"Gracias", dijo Vera. "Por todo."
Carmelinda la miró con sus ojos verdes. Esa mirada que atravesaba, que llegaba hasta el fondo.
"Para eso estoy", dijo. "Para lo que viene también."
"¿Y qué viene?"
Carmelinda estaba ya en la escalera. El tercer escalón. El cuarto.
"Mañana lo verás", dijo desde arriba.
"¿Cómo sabes que viene algo mañana?"
El pasillo de arriba. La puerta de su habitación.
"Para qué salir", dijo desde detrás de la puerta. "Si la calle entra sola."
La puerta se cerró.
Vera se quedó sola en el salón con las velas y la mistela y Romero en el sillón y Cisco en el respaldo de la silla.
Apagó las velas una por una — de los bordes hacia el centro, como siempre. La última, la del centro, la dejó para el final y se quedó mirando la llama un momento antes de apagarla.
"Mañana", dijo.
Apagó la vela.
Albaida del Campo durmió.