Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

"Lo que hiciste esta semana", dijo Leandro.

Con esa voz suya de maestro que sabía el tono exacto que necesitaba cada cosa difícil.

"No es solo que resolvieras el caso. Es que lo hiciste sin destruir al pueblo.

" Pausa. "Sin destruir a Gonzalo, que no tuvo culpa.

Sin destruir a Blas, que solo quería justicia.

Sin destruir más de lo que ya estaba roto. "

Vera lo miró.

"Me lo enseñó Carmelinda", dijo.

Leandro sonrió. Esa sonrisa suya de maestro que reconoce una respuesta correcta.

"Ya me parecía", dijo.

Se levantó. Recogió su gorro del bolsillo. Se lo caló con esa pulcritud suya.

En la puerta se giró.

"Vera. Mañana voy a la casa de Blas. A decirle en persona lo que firmé. Sin abogados, sin procedimientos. Solo los dos."

"¿Crees que te recibirá?"

Leandro se quitó las gafas. Las limpió. Cero nerviosismo esta vez. Solo el gesto limpio de quien cuida lo que usa.

"No lo sé", dijo. "Pero voy igual."

Las volvió a poner.

"¿Sabes qué es lo que aprendí esta semana, Vera?"

"¿Qué?"

"Que llevar cuarenta años enseñando algo no significa que lo hayas aprendido." Pausa. "Que a veces hay que vivirlo para entenderlo de verdad."

Salió.

Vera se quedó mirando la puerta cerrada.

Carmelinda, desde la cocina, dijo sin levantar la vista de la masa que estaba estirando con el rodillo:

"¿Las gafas?"

"Cero veces", dijo Vera.

"Bien", dijo Carmelinda.

· · ·

Las tortas entraron al horno a las once y media.

El olor tardó diez minutos en llegar a la herboristería — ese olor específico del queso manchego curado tostándose lentamente, con el tomillo seco que se abría al calor y soltaba su aceite esencial. Los clientes de la mañana que entraron en esos minutos lo notaron todos.

Doña Pura llegó a las doce menos cuarto.

Con su tarro de manzanilla y su abrigo negro y la expresión de quien guarda setenta y cinco años de información almacenada y esta mañana necesitaba verificar algunas cosas.

"Vera, hija."

"Doña Pura."

"Lo de Amparo." Y en su voz no había el chisme habitual — había algo más quieto, más serio. "¿Es verdad?"

"Es verdad."

"¿Cuarenta años?"

"En ese ayuntamiento."

"Y nadie —"

"Nadie", dijo Vera.

Doña Pura asintió despacio. Con la cabeza que baja y sube una sola vez cuando algo confirma lo que ya se sospechaba.

"La calle Castellanos", dijo.

"No lo sé todavía", dijo Vera. "El pueblo tendrá que decidir."

"El pueblo." repitió Doña Pura. Como si la palabra tuviera un peso que no siempre tenía.

Tomó su tarro. Lo sostuvo un momento antes de guardarlo en el bolso.

"Vera."

"¿Qué?"

"Lo que hiciste." dijo Doña Pura. "Esta semana." Una pausa en la que Vera vio en esa mujer de setenta y cinco años algo que no le había visto nunca — no la chismosa del pueblo, sino algo más debajo de todo eso, algo más serio y más tierno. "Tu madre estaría orgullosa."

Salió antes de que Vera pudiera responder.

Vera se quedó con el frasco de manzanilla en la mano mirando la puerta cerrada.

Carmelinda entró de la cocina con el plato de las tortas recién sacadas del horno. Las dejó en el mostrador.

Miró a Vera.

No dijo nada.

Pero el plato con las tortas tibias era suficiente.

· · ·

Fulgencio llegó a mediodía.

Con una fiambrera en la mano que Vera identificó inmediatamente: azul, con su nombre escrito en tapa con rotulador permanente. FULGENCIO, en mayúsculas, con la letra de Reme.

"Mi mujer mandó esto", dijo Fulgencio poniendo la fiambrera en el mostrador. "Dice que habéis tenido una semana muy larga y que alguien tiene que daros de comer en condiciones."

"Fulgencio, estábamos a punto de comer."

"¿Qué ibais a comer?"

"Tortas de queso y tomillo."

"Eso no es comer", dijo Fulgencio con la autoridad de hombre que lleva treinta años casado con alguien que tiene opiniones muy concretas sobre lo que es una comida adecuada. "Mi mujer hizo pisto manchego y migas." Miró hacia la escalera. "Y ella también viene."

"¿Tu mujer viene?"

"Lleva tres años queriendo conocer a Carmelinda", dijo Fulgencio. "Dice que cualquier mujer que sobreviva sesenta años en este pueblo merece su respeto personal."

Cisco aterrizó en el alféizar de la puerta en ese momento.

Miró a Fulgencio.

Fulgencio miró a Cisco.

Cisco evaluó la situación con esa cabeza ladeada suya.

No lo picoteó.

Se quedó en el alféizar mirándolo.

Fulgencio lo miró. Luego miró a Vera. Luego volvió a mirar a Cisco.

"Primera vez", dijo en voz muy baja. Con una emoción genuina que era completamente desproporcionada al tamaño del evento y que por eso era exactamente del tamaño correcto.

"Bienvenido al equipo", dijo Vera.

· · ·

Reme llegó cinco minutos después.

Una mujer manchega de la edad de Fulgencio — pelo castaño con canas, delantal todavía puesto porque había venido directamente de su cocina.

Traía otra bolsa además de la fiambrera — una botella de vino de la cooperativa de Albaida del Campo y un tarro de galletas de mantequilla que había hecho esa mañana.

Entró a la herboristería y la miró con esa atención específica de las mujeres manchegas que evalúan un espacio con la misma eficiencia con que evalúan a las personas.

"Por fin", dijo Reme. "Tres años esperando que me invitaran."

"Nadie te invitó", señaló Fulgencio.

"Vine con pisto", dijo Reme. "Eso es una invitación universal."

Carmelinda apareció en la escalera.

Reme la vio. Carmelinda la vio.

Se miraron — esas dos mujeres manchegas de la misma generación que no se conocían pero que se reconocieron de inmediato con esa precisión específica de las personas que han vivido mucho en lugares pequeños.

"Carmelinda Fontes", dijo Reme.

"Remedios Moral", dijo Carmelinda.

"Reme."

"Carmelinda."

Reme le tendió la bolsa con el vino y las galletas.

"Pisto y migas", dijo. "Y vino de la cooperativa porque mi marido no me dejó traer la mistela que tengo guardada para las ocasiones pero esto me parece suficiente ocasión."

Carmelinda tomó la bolsa. Miró a Reme con sus ojos verdes — esa mirada que atravesaba.

"Pasa", dijo. "El vino lo pongo yo."

· · ·

Comieron en el salón.

La mesa camilla — que había sido esta semana la mesa de investigación — se convirtió en mesa de comedor.

El pisto de Reme en el centro. Las migas que Carmelinda sacó de la cocina veinte minutos después.

El vino de la cooperativa en las copas. Y las tortas de queso y tomillo en el plato de cerámica azul de Talavera — porque Carmelinda había decidido que las tortas también iban a la mesa aunque Reme hubiera traído pisto y migas.

Fulgencio comió dos platos de pisto y tres de migas con la eficiencia tranquila de hombre que come bien y sin complejos.

Sergio — que había llegado a las dos con su libreta y sin que nadie lo hubiera llamado — comió en silencio, con método, como hacía todo.

Reme y Carmelinda hablaron. Vera lo observó desde su silla — esas dos mujeres que no se conocían hace una hora y que esta tarde hablaban con esa facilidad específica de las personas que comparten un mismo mundo.

Hablaban de la cooperativa vinícola y de las fiestas del azafrán y de los inviernos manchegos.