Capítulo 10
Lo Que Pesa Más Que El Secreto
El martes amaneció quieto.
El viento del lunes había dejado el pueblo limpio y ordenado como quien barre una casa antes de que llegue visita importante — los adoquines de la plaza sin hojas, el cielo lavado de un azul denso y frío que no tenía la dureza del invierno todavía pero que tampoco tenía la suavidad del verano ya, que era exactamente el azul de octubre manchego cuando octubre decide ser lo que es sin disculpas.
El aire olía a tierra mojada y a tomillo y a ese humo de encina de las primeras chimeneas del día que en los pueblos manchegos es el primer sonido olfativo de la mañana antes de que ningún otro haya llegado.
Vera lo respiró desde el umbral de la herboristería antes de abrir.
Pensó que Albaida del Campo tenía esa capacidad extraña — esa capacidad que tienen los pueblos viejos que han visto mucho — de parecer tranquilo exactamente cuando no lo estaba.
Como si hubiera aprendido durante siglos que la calma exterior era la mejor respuesta a todo lo que ocurriera por dentro, que los adoquines limpios y el cielo azul y el olor a tomillo eran la manera más honesta de decir seguimos aquí sin tener que explicar todo lo demás.
Entró. Encendió el hornillo. Las velas. Midió las hierbas.
Romero bajó. No a la balanza — al mostrador, cerca de la puerta. La posición de los días en que algo en el aire del pueblo no le cuadraba del todo.
Vera lo miró.
"Ya", le dijo. "Lo sé."
· · ·
Carmelinda bajó cuando el café ya olía desde la escalera.
Entró a la cocina con su caixa bajo el brazo — la llevaba esta mañana, a diferencia de la noche anterior cuando la había dejado en la silla del salón con las manos libres sobre la mesa.
La había recogido. La traía. Eso decía algo que Vera entendió sin que hiciera falta decirlo: que esta mañana Carmelinda había decidido volver al ritmo de las cosas, que el ritmo de las cosas incluía la caixa y la aguja y el hilo, y que eso también era una forma de seguir.
Puso el café. Puso el pan de cruz recién comprado — había salido antes de que Vera bajara. Queso manchego semicurado cortado fino. El aceite de oliva. La sal gruesa.
Se sentaron.
"¿Dormiste?" dijo Vera.
"Suficiente", dijo Carmelinda.
"¿Y esta mañana cuando saliste al panadero? ¿Cómo estaba el pueblo?"
Carmelinda untó su tostada con aceite. La sal gruesa. Lo hizo despacio, como hacía las cosas que merecen hacerse bien, que era casi todas las cosas.
"Quieto", dijo finalmente. "Las mujeres barriendo sus portales. El panadero con sus panes. La fuente sonando." Una pausa. "El banco bajo los soportales, vacío."
"¿Ya se sabe?"
"En Albaida del Campo las noticias malas —"
"Viajan más rápido que las buenas", dijo Vera. "Ya."
"Ya", dijo Carmelinda. Comió su tostada.
· · ·
A las diez menos cuarto llegó Gonzalo Crespo.
Por la puerta trasera — el callejón lateral, la de los vecinos de toda la vida. Llamó con esos nudillos enormes suyos que producían en la madera un sonido diferente al de los demás, más profundo, como si la puerta también supiera quién llamaba.
Vera abrió.
Gonzalo estaba en el umbral con su olor a tierra y azafrán y con algo que Vera identificó antes de que dijera nada — una chaqueta que no era la de trabajo, la de los días cotidianos, sino una más cuidada, de las que se guardan para las cosas que requieren un poco más de presencia que las habituales.
Se había peinado. Eso también era nuevo.
"Vera."
"Gonzalo. Pasa."
Lo llevó a la cocina.
Carmelinda bajó las escaleras en ese momento. Puso agua a calentar sin que nadie se lo pidiera.
Gonzalo se sentó a la mesa manchega. Puso sus manos enormes encima — esas manos que olían a azafrán y a tierra mojada, que habían trabajado parcelas que su padre le había dejado sin contarle de dónde venían. Las miró un momento.
"Me enteré esta mañana", dijo. "Lo de Amparo."
"Ya", dijo Vera.
"La citaron a declarar anoche. Ante el juez de guardia de Ciudad Real." Una pausa. "El pueblo lo sabe ya."
"Sí."
Gonzalo asintió. Esas manos sobre la mesa — quietas con esa quietud diferente a la de Amparo, no la quietud del control sino la quietud de las cosas que han dejado de luchar.
"Vera. Lo del teléfono de mi padre. Los mensajes."
"Fulgencio los tiene."
"¿Sirvieron?"
"Sirvieron", dijo Vera. "Son parte de lo que está convenciendo al juez."
Gonzalo asintió de nuevo. Luego, sin que Vera se lo preguntara:
"Fulgencio me preguntó por mis botas", dijo. "Por el barro."
Vera no dijo nada. Esperó.
"El miércoles por la noche estuve en la linde norte", dijo Gonzalo.
"Mi parcela de azafrán linda con los Bombos por el oeste.
Fui a ver si la helada de esa noche había tocado las últimas flores.
" Una pausa. "No vi nada. No oí nada. Volví a casa antes de las nueve.
" Otra pausa, más larga. "Sé cómo suena. Se lo dije igual a Fulgencio."
"Te creo", dijo Vera. Y era verdad — no porque la explicación fuera perfecta, sino porque encajaba con el resto de lo que sabía de él: un hombre que salía de noche a mirar sus propias tierras como quien vela a un enfermo.
Gonzalo asintió de nuevo.
El agua de Carmelinda empezó a calentar en el cazo pequeño. Ese sonido suave del agua que empieza a moverse en el fondo antes de que hierva.
"Las tortas", dijo Gonzalo de repente.
Vera lo miró.
"¿Qué pasa con las tortas?"
"Ese olor." Gonzalo miró hacia el horno. "El otro día, cuando estuve aquí — el queso manchego, el tomillo." Pausa. "Mi madre las hacía."
"Todo el mundo las hacía", dijo Carmelinda desde el hornillo. "Son del pueblo."
"Ya", dijo Gonzalo. Y en ese ya había algo que no era solo confirmación sino todo lo que significaba para él que las tortas de queso y tomillo fueran del pueblo — que fueran de su madre y de las madres de todos y que por eso no pudieran ser solo suyas aunque él quisiera que fueran solo suyas.
· · ·
Lo que Gonzalo vino a decir tardó en salir.
No porque dudara — Vera lo veía en él, había tomado la decisión antes de venir y la decisión era firme. Sino porque algunas cosas necesitan su tiempo incluso cuando la decisión está tomada.
"Esta tarde voy a ver a Blas Sánchez", dijo finalmente.
Vera esperó.
"No con abogados. No con papeles todavía", dijo Gonzalo.
"Solo los dos." Pausa. "A decirle que sé lo que pasó.
Que sé lo que hizo mi padre." Otra pausa.
"Y que voy a hablar con un abogado — el mío, no el de la familia, uno nuevo — para ver si hay alguna manera de reconocer lo que pasó.
Aunque sea simbólica. Aunque las tierras no puedan volver. "
"¿Blas lo sabe?"
"No todavía", dijo Gonzalo. "Por eso voy esta tarde."
"¿Crees que te recibirá?"
Gonzalo pensó. Esas manos sobre la mesa.
"No lo sé", dijo. "Pero voy igual."
Carmelinda puso el té en la mesa frente a Gonzalo — un té de manzanilla, el de los estómagos revueltos y las mañanas difíciles. Gonzalo lo tomó con sus manos enormes igual que Carmelinda sostenía su café por las mañanas — con las dos manos alrededor de la taza, buscando el calor.
"Vera", dijo.
"¿Qué?"
"Lo que hiciste esta semana." dijo. "Tú y Carmelinda." Una pausa. "Hay cosas que uno debería haber hecho y no hizo. Que debería haber preguntado y no preguntó porque preguntarlas hubiera roto algo que prefería mantener entero." Pausa. "Vosotras lo preguntasteis. Aunque rompieran cosas."
En el umbral de la cocina se giró.
"Carmelinda", dijo.
"Gonzalo."
"Lo que hizo mi padre. Y lo que no hice yo durante veinte años." Pausa larga. "¿Cómo se vive con eso?"
Carmelinda paró la aguja.
Lo miró con sus ojos verdes — esa mirada que atravesaba, que llegaba hasta el fondo.
"Como se vive con todo lo que no tiene arreglo", dijo. "Un día a la vez. Sin pretender que no pasó. Sin dejar que sea lo único que pasó." Pausa. "Con los ojos abiertos pero también con las manos haciendo algo útil."
Gonzalo la miró un momento. Asintió. Una vez. Con esa solidez de hombre que cuando asiente lo hace de verdad.
Salió.
· · ·
Las tortas.
Carmelinda las hizo después de que Gonzalo se fue. Sacó la harina y el aceite de oliva y el queso manchego curado y el tomillo seco y el agua hirviendo del cazo. Preparó la masa sin dudar — manos que han hecho esto antes, muchas veces, sin necesidad de medir ni recordar.
El agua hirviendo sobre la harina con el aceite — ese proceso de escaldar que hacía que la masa quedara diferente a cualquier otra.
Luego el queso manchego rallado fino, añadido cuando la masa había bajado de temperatura, con esa fragancia específica del queso manchego curado que era leche de oveja y cueva y tiempo y La Mancha entera concentrada en un aroma.
"¿Para quién son?" dijo Vera desde el mostrador.
"Para quien venga", dijo Carmelinda.
"¿Esperas que venga alguien más?"
"Siempre viene alguien más", dijo Carmelinda. "Cuando uno empieza a hablar, los demás se animan."
· · ·
Leandro Piqueras llegó a las once.
Sin pretexto botánico. Sin la manzanilla de siempre. Solo él, con su jersey de lana gris y sus gafas de montura redonda y las manos entrelazadas a la espalda.
Se quedó en el umbral de la herboristería un momento. Entró.
"Vera."
"Maestro."
"Me enteré esta mañana. Lo de Amparo."
"Sí."
Leandro miró la herboristería. Los frascos. Las estanterías. Romero en el mostrador con su ojo bueno abierto mirándolo. Leandro sostuvo esa mirada — la del gato, que era más difícil de sostener que muchas miradas humanas — y Romero, después de un momento, cerró el ojo.
Primera vez en la semana que Romero cerraba el ojo ante alguien que no fuera Vera o Carmelinda.
Leandro se sentó en la silla de los clientes. Las manos en las rodillas. Las gafas de montura redonda sobre la nariz — limpias, sin necesidad de limpieza esta mañana.
"Quería decirte algo que no te dije antes", dijo.
"Dígamelo."