Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

El Rastro de la Lavanda

El análisis preliminar tardó tres horas.

Vera lo hizo en la trastienda de la herboristería — con la puerta cerrada, el microscopio encendido, los reactivos ordenados en la superficie de trabajo con la precisión del laboratorio, que no perdía aunque el laboratorio fuera improvisado y la muestra viniera de una piedra vieja en un campo manchego.

Carmelinda cosía en el salón. Nadie entró a molestar.

A las cuatro de la tarde Vera salió de la trastienda con los resultados en la mano — no un informe oficial, no algo que pudiera presentarse ante un juez, pero sí algo que ella misma entendía con la certeza de sus cuatro años de universidad y tres de trabajo diario con plantas.

"Espliego silvestre", le dijo a Carmelinda. "Lavandula latifolia, no angustifolia. Perfil de monoterpenos compatible con la ladera sur del cerro de Albaida del Campo." Una pausa. "La misma planta que yo uso. La misma que usa Amparo."

Carmelinda paró la aguja.

"¿Estás segura?"

"Completamente. Llevo tres años trabajando con esta planta. Conozco su perfil mejor que mi propia firma." Vera dejó las hojas de resultados en la mesa. "El laboratorio de Ciudad Real lo va a confirmar para el juez. Pero la respuesta ya la tengo."

"¿Y eso es suficiente para el juez?"

"No para condenar", dijo Vera. "Pero para abrir una investigación formal sobre Amparo — sí." Pausa. "El laboratorio acreditado de Ciudad Real lo certifica para el proceso legal. Lo que yo tengo es la certeza. Que es lo que importa primero."

"¿Cuándo puede hacerlo el laboratorio?"

"Fulgencio puede solicitarlo como urgencia." Vera fue al teléfono. "Voy a llamarlo ahora."

· · ·

Fulgencio recibió la noticia con esa calma manchega de quien ha estado esperando algo sin saberlo y que cuando llega reconoce que era exactamente lo que faltaba.

"¿Tienes la muestra?"

"En un vial sellado."

"¿La cadena de custodia?"

Vera pensó un momento. La cadena de custodia — el registro de quién había tocado la muestra, cuándo, cómo había sido recogida.

"Soy yo la única que la tocó", dijo. "Con las tijeras de campo y directamente al vial."

"Tendrás que firmar una declaración explicando cómo la recogiste."

"La firmo."

Fulgencio estuvo en silencio un momento.

"Vera." Y en su voz había algo que no había estado antes en toda la semana — esa mezcla específica de alivio y de peso que tienen los momentos en que las cosas empiezan a tener forma después de haber estado sin forma demasiado tiempo.

"Esto, junto con la declaración de Carmelinda y los documentos de Leandro — es suficiente para solicitar al juez una orden de registro. "

"¿Del domicilio de Amparo?"

"Y de su despacho en el ayuntamiento."

Vera procesó eso.

"¿Y Amparo?"

"Todavía no sabe nada." Pausa. "Vera — no digas nada. A nadie. Esta noche voy a hablar con el juez."

Colgó.

· · ·

Esa tarde llegó Sergio a las cinco.

Con su libreta. Con el croissant de siempre. Con algo nuevo en la expresión — esa mezcla de excitación controlada y seriedad profesional de quien ha hecho algo que sabe que importa.

"Señorita Vera."

"Sergio. ¿Qué hay?"

"El ayuntamiento." Sergio abrió la libreta en una página específica.

"Esta mañana, mientras el equipo de Ciudad Real estaba en el archivo municipal, yo estaba en la plaza.

" Una pausa. "A las diez y doce, Amparo Castellanos salió del ayuntamiento.

A las diez y catorce, entró de nuevo." Otra pausa.

"Llevaba una bolsa que no llevaba cuando salió. "

Vera lo miró.

"¿Qué tipo de bolsa?"

"De tela. Del tamaño de una carpeta." Sergio consultó sus notas. "La misma bolsa que usa para llevar los documentos cuando va al archivo histórico."

"¿Sacó algo?"

"No pude verlo directamente." Sergio cerró la libreta. "Pero Señorita Vera — a las diez y cuatro, dos minutos antes de que Amparo saliera, el equipo de Ciudad Real entró al archivo histórico por primera vez." Una pausa. "El timing no es casual."

"No."

"Y hay algo más." Sergio volvió a abrir la libreta. "Esta mañana fotografié el libro de registro de accesos al archivo antes de que el equipo de Ciudad Real lo tomara como evidencia. Por si acaso."

Vera lo miró.

"¿Lo fotografiaste?"

"Método de documentación sistemática", dijo Sergio con esa seriedad suya.

"Por si acaso. El día que llegó el periodista al archivo — martes — Amparo Castellanos registró su acceso a las cinco y media.

Dos horas después que el periodista." Una pausa.

"Pero hay algo que el equipo de Ciudad Real no vio porque no pensó en buscarlo. "

"¿Qué?"

"La página arrancada de marzo del 86." Sergio buscó en su libreta. "El corte en la encuadernación tiene la orientación de una mano derecha." Pausa. "Amparo Castellanos es zurda."

Vera lo miró.

"¿Cómo sabes que es zurda?"

"Llevo una semana en este pueblo", dijo Sergio.

"Y aplico el método de observación activa a todos los agentes relevantes del caso.

" Una pausa. "Amparo Castellanos firma con la mano izquierda, sostiene el teléfono con la mano izquierda, y cuando toma café en el ayuntamiento agarra la taza con la mano izquierda. "

"Entonces la página no la arrancó ella."

"O la arrancó con la mano derecha deliberadamente", dijo Sergio. "Para no dejar esa pista." Otra pausa. "Pero lo más probable es que la arrancara otra persona. Alguien que no sabe que ella es zurda."

"¿Quién más tenía acceso al archivo?"

"El archivo histórico municipal está cerrado con llave", dijo Sergio. "Hay dos llaves. Una la tiene Amparo. La otra está en el despacho del alcalde actual." Una pausa. "El alcalde actual lleva tres años en el cargo y es diestro."

Vera se quedó mirando a Sergio.

"¿Le has contado esto a Fulgencio?"

"Le he contado lo de la fotografía del registro", dijo Sergio. "Lo del corte de la página lo acabo de observar esta tarde y todavía no lo ha visto."

"¿Cuándo pensabas decírselo?"

Sergio la miró.

"Ahora mismo estoy aquí diciéndoselo a usted", dijo. Con esa lógica propia de sus veintidós años, completamente coherente aunque no siempre siguiera el orden convencional de las cosas.

Vera lo miró.

"Sergio."

"¿Señorita Vera?"

"¿Por qué pides siempre el croissant si en este pueblo no hay croissants? El panadero de Aurelio hace pan de cruz, bollos de manteca y tortas de chicharrón."

Sergio la miró. Fue la primera vez en la semana que su expresión de agente en servicio cedió un milímetro hacia algo que en otra persona habría sido vergüenza pero que en él era más parecido a una calibración.

"Porque el croissant es lo que pediría en Tomelloso." Una pausa. "Y pedir lo que uno pediría en casa es una manera de seguir siendo de donde eres mientras estás en otro sitio."

Vera lo miró.

"Y el pan de cruz, ¿cómo te sienta?"

"Es muy bueno", dijo Sergio. Y en ese tono mínimo, perfectamente neutral, había algo que era lo más parecido al entusiasmo que Sergio Martínez era capaz de expresar en horario de servicio.

Carmelinda, desde el fondo de la herboristería, cosió una puntada.

"¡Ea!" dijo en voz muy baja. Solo para ella.

· · ·

Esa tarde, a las seis, Vera fue al sótano de la casona.

El sótano de la casona era el lugar donde guardaba las cosas que necesitaba tener pero no necesitaba ver a diario — las cajas de suministros de farmacia, los equipos de análisis que usaba pocas veces, los libros de botánica que consultaba cuando la memoria no alcanzaba.

Y, desde hacía tres años, el archivo personal de la herboristería.

Buscaba algo específico.

Un recibo.

En la herboristería llevaba un registro de todos los pedidos — quién compraba qué y cuándo. No para nada oficial. Solo el hábito de orden de una farmacéutica que necesitaba saber qué se vendía y cuándo.

Buscó en el archivo de los dos últimos meses.

Encontró lo que esperaba no encontrar.

Amparo Castellanos no le había comprado espliego seco nunca. Ni en la herboristería de Vera ni, según Doña Pura que lo sabía todo, en ninguna de las anteriores herboristerías del pueblo.

Porque Amparo recogía el suyo en el cerro.

Pero había otra cosa en el registro que Vera encontró mientras buscaba — algo que no buscaba pero que cuando lo vio supo inmediatamente que importaba.

Una foto.

No de los registros — había sacado el teléfono el domingo anterior para fotografiar algo en el camino de los Bombos cuando subía al cerro a recoger el espliego. Una foto borrosa, tomada desde lejos, de un coche aparcado en el camino de tierra que llevaba a los Bombos.

Un Seat León gris.

Lo había olvidado completamente. Lo había tomado porque el coche le había parecido raro — nadie aparcaba en ese camino de tierra los domingos por la mañana — y luego el hallazgo del cuerpo de Rodrigo había ocupado toda la cabeza y la foto había quedado enterrada en el rollo del teléfono.

La amplió.

Borrosa. Inútil para identificar la matrícula.

Pero el color era claro. Gris. Seat León. Domingo por la mañana en el camino de los Bombos.

¿Quién subía al cerro los domingos a recoger espliego?

Vera la miró un momento.

Luego fue al teléfono.

"Fulgencio."

"Vera."

"El coche de Amparo Castellanos." Pausa. "¿Es un Seat León gris?"

Silencio al otro lado.

"Sí", dijo Fulgencio. Despacio. "¿Por qué?"

"Tengo una foto del camino de los Bombos del domingo por la mañana." Pausa. "Con un Seat León gris aparcado."

Silencio más largo esta vez.

"Vera." Y en la voz de Fulgencio había algo que Vera reconoció — la voz de quien tiene suficiente para ir al juez. "Guarda esa foto. No la toques. No la envíes a nadie." Una pausa. "Esta noche hablo con el juez."

· · ·

Esa noche el pueblo durmió.

O fingió dormir.

Vera estaba despierta en su cama con el teléfono en la mesita y el techo manchego sobre la cabeza y la sensación de que algo se estaba acercando a su forma final — que los hilos que había estado siguiendo esta semana estaban convergiendo hacia un punto que todavía no veía del todo pero que ya podía sentir.

A las once y cuarto sonó el teléfono.

Fulgencio.

"El juez firmó la orden de registro."

"¿Para cuándo?"

"Mañana por la mañana." Una pausa. "Vera — ha sido un trabajo extraordinario. Todo — la muestra botánica, la foto, los documentos de Leandro, la declaración de Carmelinda." Otra pausa. "No habría llegado aquí sin vosotras."

"Y sin Sergio."

"Y sin Sergio." El primer atisbo de humor de Fulgencio en toda la semana. "Aunque con Sergio todavía estoy procesando."

"Fulgencio."

"¿Qué?"

"¿Amparo sabe?"

"Todavía no." Pausa. "Mañana por la mañana lo sabrá."

Colgó.

Vera se quedó mirando el techo.

Mañana.

Carmelinda, desde el otro lado de la pared, empezó a cantar en voz muy baja.

No Raphael esta vez. Amália Rodrigues.

"Uma casa portuguesa fica bem..."

Vera sonrió en la oscuridad.

Cerró los ojos.

Albaida del Campo durmió.