Capítulo 8
Lo Que Se Firma Sin Entender
El lunes amaneció gris.
No la niebla suave de otros días — un gris más uniforme, más decidido, de los que se instalan sin intención de irse antes del mediodía.
El cielo sobre Albaida del Campo era una plancha de color acero que hacía que el pueblo pareciera más pequeño de lo que era, más recogido sobre sí mismo, como si el propio cielo hubiera decidido bajar un poco para ver mejor lo que estaba pasando.
Vera desayunó sola.
Carmelinda había salido a las ocho y cuarto — con su caixa bajo el brazo, con su pañuelo de batista blanca en el bolsillo de la blusa porque era un día suficientemente difícil y suficientemente importante, con esa espalda suya recta que no pedía permiso para serlo.
A declarar.
Vera la había visto salir desde la ventana de la cocina — esa figura pequeña y recta cruzando los adoquines mojados de la plaza en dirección al cuartel, con el paso tranquilo de los ochenta años que ya no tienen prisa porque saben que lo que tiene que ocurrir ocurre cuando tiene que ocurrir.
Cisco la había seguido desde los tejados.
· · ·
La herboristería ese lunes fue diferente.
No en lo que ocurrió — los clientes llegaron, los pedidos se prepararon, la manzanilla de Doña Pura se rellenó — sino en lo que no se dijo y en los silencios entre las palabras que tenían una calidad diferente a los silencios de la semana anterior.
El pueblo sabía que algo estaba pasando.
No todo — no los nombres, no los documentos, no el callejón de la Casa de Oración a las cuatro de la mañana de un marzo de 1986.
Pero sí que había dos muertos y un equipo de Ciudad Real y que Fulgencio había estado en el cuartel hasta la medianoche la noche anterior.
Y los pueblos que saben que algo pasa sin saber exactamente qué son más peligrosos para los secretos que los pueblos que ya saben todo.
A las once llegó Sergio.
Solo — sin Fulgencio, sin uniforme, con su libreta y con ese croissant de papel de hornería que ya era parte de su protocolo de visitas.
"Señorita Vera."
"Sergio. ¿Qué hay?"
"El archivo municipal." Sergio dejó el croissant en el mostrador y abrió la libreta. "Esta mañana, a las nueve y cuarenta, el equipo de Ciudad Real fue con Fulgencio a solicitar acceso a los archivos históricos del ayuntamiento." Una pausa. "Señorita Vera — hay una página arrancada."
Vera lo miró.
"¿Del libro de registro de 1986?"
"De marzo de 1986." Sergio consultó su libreta. "Específicamente de las semanas del diez al veinticinco de marzo. Arrancada con una cuchilla de precisión." Otra pausa. "El corte es limpio. Alguien que sabe lo que hace."
Vera pensó en las manos pequeñas y quietas de Amparo. En cuarenta años entre esos legajos.
"¿Cuándo fue arrancada?"
"No se puede saber con certeza", dijo Sergio. "Pero el papel de la página adyacente tiene marcas de roce recientes. El equipo de Ciudad Real estima que en los últimos días." Una pausa. "Señorita Vera — el periodista visitó el archivo el día antes de morir."
"¿Y Amparo estaba?"
"Amparo siempre está."
Vera procesó eso.
"¿Y hay registro de quién accedió al archivo?"
"Hay un libro de accesos", dijo Sergio. "El nombre de Rodrigo Salcedo aparece el martes a las tres de la tarde." Una pausa. "Y aparece el nombre de Amparo Castellanos el martes a las cinco y media." Sergio levantó la vista de la libreta. "Dos horas después del periodista. El mismo día."
"Cuando ya sabía lo que él había encontrado."
"O lo que no había podido encontrar porque la página ya no estaba."
Vera lo miró.
"¿La arrancó antes de que él llegara?"
"O lo que encontró fue suficiente aunque faltara la página", dijo Sergio. Con esa seriedad suya de veintidós años que hacía que las observaciones más complicadas sonaran completamente razonables. "Leandro Piqueras le dio copias de los documentos originales."
"¿Cómo sabes eso?"
"Porque esta mañana Leandro Piqueras fue al cuartel y declaró voluntariamente." Una pausa. "Y porque yo estaba en la puerta del cuartel con mi libreta cuando entró."
Vera casi sonrió.
"Sergio."
"¿Sí?"
"Fulgencio sabe que haces esto."
"Fulgencio sabe todo lo que ocurre a veinte metros del cuartel", dijo Sergio. "Que es su trabajo." Una pausa. "Pero no ha dicho que deje de hacerlo."
· · ·
Carmelinda volvió a mediodía.
Entró a la herboristería con esa espalda recta todavía — no victoriosa, no aliviada. Simplemente recta. Como siempre. Fue directamente a su silla, puso la caixa en el regazo, sacó la aguja.
"¿Cómo fue?" dijo Vera.
"Como tenía que ir", dijo Carmelinda. "Dije lo que vi. Con la fecha y la hora y los nombres." Una pausa. "El juez tenía mis palabras grabadas antes de que terminara el café."
"¿Y el abogado de Amparo?"
Carmelinda la miró.
"Amparo no tiene abogado todavía", dijo. "Todavía no sabe que declaré."
Vera procesó eso.
"¿Cuándo lo sabrá?"
"Cuando Fulgencio decida que es el momento." Carmelinda ensartó el hilo — a la primera, sin gafas, sin dudar. "Que no es decisión mía ni tuya."
"No."
Carmelinda cosió una puntada en la camisa azul marino que había sacado de la caixa esa mañana — la de Fulgencio, que Reme había traído con el cuello deshilachado y que había estado esperando su turno en el fondo de la caixa durante semanas.
"Hay algo más", dijo.
"Dime."
"Le pregunté al juez si la declaración de una mujer portuguesa de ochenta años que volvía del horno comunal a las cuatro de la mañana era suficiente." Una pausa. "Me dijo que no sola. Que necesitaba corroboración."
"¿Y qué tipo de corroboración?"
"Algo físico", dijo Carmelinda. "Algo que conecte lo que digo con lo que pasó." Una pausa. "El paquetito de papel no sirve — está en manos del equipo de Ciudad Real con el caso anterior." Otra pausa. "Pero hay algo más, Vera."
"¿Qué?"
"El olor", dijo Carmelinda. "El espliego silvestre del cerro. No lo de la herboristería, el silvestre." Pausa. "Si hay espliego silvestre en algún lugar que conecte a Amparo con los Bombos o con la pensión de Marcelo, eso sí sirve."
Vera la miró.
Y entonces lo recordó.
Lo recordó con esa precisión de farmacéutica que no olvida los perfiles de aroma — ese olor específico que había flotado en la herboristería después de la visita de Amparo. Ese olor que había analizado mentalmente y había identificado como espliego silvestre, no lavanda cultivada.
Y lo recordó también — y este recuerdo era el que importaba — desde el Bombo del linde norte. La entrada del Bombo a las seis de la mañana. El frío. La luz naranja del amanecer.
Y el olor.
Sutil. Casi imperceptible. Mezclado con el frío y la tierra y el tomillo del cerro.
Espliego silvestre.
Dentro del Bombo.
"El Bombo", dijo Vera.
Carmelinda la miró.
"¿Qué del Bombo?"
"Cuando encontré a Rodrigo Salcedo. A las seis de la mañana. Con el frío del amanecer." Vera habló despacio, reconstruyendo el recuerdo con cuidado. "Había un olor en el interior del Bombo. Mezclado con el frío. Casi imperceptible."
"¿Espliego?"
"Espliego silvestre", dijo Vera. "Del cerro." Una pausa. "Lo registré y no supe qué hacer con ello porque entonces no sabía que era relevante."
Carmelinda cosió una puntada. Dos.
"¿Puedes probarlo?"
"No el olor del Bombo — eso ya no existe." Vera pensó. "Pero si hay resina de espliego silvestre en alguna superficie del Bombo, un análisis botánico la encontraría. Y si el perfil de monoterpenos coincide con el espliego del cerro de Albaida del Campo —"
"Coincidiría con el que usa Amparo."
"Sí. Porque es el mismo cerro. Las mismas plantas." Una pausa. "No prueba que fue Amparo específicamente. Pero prueba que alguien que usa espliego silvestre de ese cerro estuvo en ese Bombo."
"Y en este pueblo", dijo Carmelinda, "¿cuántas mujeres recogen espliego silvestre de ese cerro?"
Vera la miró.
"Tres que yo sepa", dijo. "Yo. La mujer del pastor del norte. Y Amparo."
"La mujer del pastor no salió de su casa el martes por la noche", dijo Carmelinda. "Tiene el tobillo roto desde agosto."
Vera se quedó muy quieta.
"Voy al Bombo", dijo.
"Con qué", dijo Carmelinda.
"Con las tijeras de campo y una bolsa de muestras." Vera ya estaba buscando en el cajón del mostrador. "Hay resina en los marcos de las entradas de los Bombos viejos. La piedra seca la acumula." Pausa. "Si Amparo estuvo ahí con el frasco de espliego, habrá resina."
"¿Y sabrás analizarla?"
"Tengo un microscopio en la trastienda y los reactivos para un análisis básico", dijo Vera. "Para el perfil completo de monoterpenos necesito el laboratorio acreditado de Ciudad Real." Pausa. "Pero puedo hacer la comparación preliminar aquí."
Carmelinda la miró.
"Ve", dijo.
· · ·
Media hora después, con las tijeras de campo en el bolsillo del delantal y la bolsa de muestras en la mano y la pañoleta manchega al cuello, Vera salió al camino de los viñedos en dirección al Bombo del linde norte.
El cielo seguía gris. El viento había bajado un poco del cerro — frío y limpio y con ese olor a tierra y tomillo que era el olor del campo manchego en octubre a cualquier hora del día.
Cisco la siguió desde los tejados hasta que los tejados se terminaron y luego desde los postes del camino.
El Bombo estaba precintado — una cinta amarilla oficial alrededor del perímetro, de las que dejaba el equipo de Ciudad Real cuando terminaba su trabajo inicial. Vera no entró. Se acercó al borde de la cinta y se agachó junto al marco de la entrada.
La piedra seca del marco. La acumulación de décadas de resina vegetal y polvo y tiempo en las superficies porosas de la piedra vieja.
Y ahí — junto al borde inferior del marco, en el ángulo donde la piedra se encontraba con el suelo, en el lugar exacto donde alguien que se agachaba para entrar apoyaría la mano — un rastro muy tenue.
Casi invisible. Del color específico del aceite esencial concentrado cuando se deposita sobre piedra porosa.
Vera sacó las tijeras de campo. No para cortar — para raspar con la punta, con esa delicadeza de farmacéutica que sabía exactamente la presión necesaria para recoger lo que quería sin contaminar la muestra.
La muestra fue al vial de vidrio de la bolsa. El vial se cerró. La bolsa se guardó en el bolsillo del delantal.
Vera se enderezó.
Cisco estaba en el poste más cercano mirándola.
"Ya", le dijo. "Vamos."
Pero no se fue todavía.
Se quedó de pie junto al Bombo precintado, con el vial en el bolsillo y la pañoleta manchega y el frío del lunes de octubre bajando del cerro, y miró el campo.
Los viñedos. Las cepas con las hojas que empezaban a ponerse amarillas.
La llanura manchega extendiéndose hacia el sur hasta donde se veía, que era mucho porque en La Mancha siempre se veía mucho, que era una de las cosas que Vera había aprendido a considerar un privilegio después de cuatro años de Madrid donde el horizonte siempre lo tapaba algo.
Rodrigo Salcedo había muerto en ese Bombo.
Marcelo Ruiz había muerto en su pensión.
Y ella llevaba una semana entrando en casas ajenas con excusas de infusiones y aceite de romero, escuchando conversaciones a medias y silencios enteros, pidiéndole a Carmelinda que declarara lo que había guardado cuarenta años, buscando resina en piedras viejas.
¿Para qué exactamente?
Para que se supiera, pensó. Para que Blas Sánchez supiera que las tierras de su familia no se habían ido solas.
Para que Leandro Piqueras pudiera soltar lo que llevaba cargando desde que tenía veintiocho años.
Para que Albaida del Campo tuviera la posibilidad de ser, aunque fuera de manera incompleta e imperfecta, un pueblo que resolvía sus propias cosas.
No porque ella fuera herbolaria o farmacéutica o porque tuviera un microscopio en la trastienda.
Sino porque vivía aquí. Porque esto era su pueblo.
Cisco bajó del poste.
Aterrizó en la piedra grande — la que siempre estaba junto a la entrada del Bombo, la que los agricultores usaban para cerrar la puerta. La misma piedra que había estado apartada el jueves por la mañana cuando Vera encontró el cuerpo.
La miró un momento. Luego la miró a ella.
"Sí", dijo Vera. "Ya lo sé."
Le echó unas migas del bolsillo — tenía siempre migas en el bolsillo izquierdo del delantal, una costumbre que había empezado sin querer el primer mes y que ya no se podía deshacer. Cisco las picoteó con esa precisión de jilguero que sabe exactamente lo que quiere y lo toma sin dramatismo.
Vera lo miró un momento.
Luego se puso la pañoleta, guardó las tijeras de campo, y emprendió el camino de vuelta al pueblo.
Cisco la siguió desde los postes.