Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

El Pueblo Que Se Cierra

El domingo amaneció con el segundo cuerpo.

Marcelo Ruiz fue encontrado en su pensión a las siete de la mañana por la chica que venía a limpiar los lunes y que ese domingo había adelantado su turno porque Marcelo le había pedido el favor de pasar antes, que tenía que ir al médico de la capital y necesitaba que alguien abriera.

La chica llamó al número de emergencias.

El número de emergencias llamó a Fulgencio. Fulgencio llamó a Vera.

Eran las siete y veinte de la mañana cuando sonó el teléfono.

Vera estaba despierta. Llevaba despierta desde las cinco — desde esa conversación de la noche anterior donde Carmelinda había dicho mañana a primera hora con esos ojos que decían quizás sea tarde.

"¿Qué pasó?" dijo antes de que Fulgencio hablara.

Silencio al otro lado. Uno solo. Pesado.

"Marcelo Ruiz", dijo Fulgencio.

Vera cerró los ojos un segundo. Los abrió.

"¿Cuándo?"

"Esta noche. El médico estima entre las once y la una."

Entre las once y la una. Mientras ella y Carmelinda tomaban la mistela y hablaban de mañana a primera hora.

"¿Y el caso?"

"El juez de turno todavía no ha llegado", dijo Fulgencio. "Pero Vera — dos muertes en una semana. En este pueblo. Eso ya no es infarto."

"No."

"Hoy viene el equipo de Ciudad Real." Una pausa. "Necesito que no vayas a ningún sitio esta mañana. Que estés en la herboristería."

"Estaré."

Colgó.

Se quedó en la cama con el teléfono en la mano y el techo manchego sobre la cabeza — ese techo de vigas oscuras que había visto miles de mañanas.

Esta mañana era el mismo techo que siempre. Pero ya no era exactamente lo mismo.

Marcelo Ruiz.

Cuarenta años en el pueblo. Llegó el mismo año que Carmelinda — 1965, dijo Doña Pura una vez, como al pasar, sin darle importancia.

Lo que oía en su pensión lo guardaba para sí.

Lo que sabía lo había sabido desde el principio.

Y cuando Rodrigo Salcedo llegó con su libreta y su sonrisa que sabía lo que hacía, Marcelo lo escuchó. Le dio habitación. Le dejó hablar.

Y alguien lo vio.

Vera pensó en el paquetito de espliego intacto que había encontrado en el mostrador la noche que volvió del cerro. En las palmas abiertas de Rodrigo. En las manos pequeñas y quietas de Amparo que nunca gesticulaban.

Dos muertos en una semana.

Y ella había estado tomando la mistela con Carmelinda y hablando de mañana a primera hora mientras en la pensión de la plaza Marcelo Ruiz no volvería a escuchar los pasos de nadie en el callejón.

Cerró los ojos un momento.

Romero, que había estado en el pie de la cama toda la noche, se movió. Subió despacio — con esa cautela propia del gato que no sube a la cama a menos que calcule que es necesario — y se instaló junto a la cadera de Vera. No la miró. Solo estuvo ahí.

Vera puso la mano sobre el lomo gris plateado.

El gato era tibio y quieto.

"Ya", le dijo.

Luego se levantó.

· · ·

Carmelinda ya tenía el café cuando Vera bajó.

Sin bizcochos esta mañana. Sin el pan de cruz. Solo el café en las tazas de loza blanca y el silencio de la cocina y la caixa en la silla de Carmelinda sin abrir — señal inequívoca de que esta mañana no era de costura sino de otra cosa.

"Marcelo", dijo Vera.

"Ya lo sé", dijo Carmelinda.

"¿Cómo lo sabes?"

"Lo escuché subir a acostarse anoche a las diez y media", dijo Carmelinda. "Su habitación está al otro lado del callejón. Lo escucho desde hace tres años."

Vera tomó su café. Lo tomó despacio, con las dos manos.

"Y esta mañana no lo escuchaste", dijo.

"Esta mañana el callejón estaba en silencio." Una pausa. "Un silencio diferente."

Se miraron.

"Fulgencio me pidió que no saliera", dijo Vera.

"Ya."

"¿Tú sales?"

Carmelinda miró la caixa cerrada en la silla.

"No tengo nada que hacer en la calle esta mañana", dijo. "Todo lo que necesito saber me va a llegar aquí."

Y tenía razón.

· · ·

Llegó Doña Pura a las nueve.

Sin tarro de manzanilla. Solo ella, con el abrigo negro y esa expresión de quien ha absorbido una noticia muy grande y necesita un espacio donde depositarla.

"Vera, hija." Se quedó en el umbral. "¿Sabes lo de Marcelo?"

"Sé algo."

"Dos en una semana." Doña Pura entró. Se apoyó en el mostrador con ese peso de los setenta y cinco años que ya no disimula. "¿Qué está pasando en este pueblo?"

"No lo sé todavía."

"Vera." Y en la voz de Doña Pura había algo diferente a la voz de los chismes — algo más serio, más asustado, de la memoria viva de un pueblo que esta semana estaba viendo cosas que no quería ver.

"Hay gente que dice que el periodista preguntaba demasiado.

Que preguntaba cosas que llevaban cuarenta años sin preguntarse. "

"¿Qué gente?"

"Gente", dijo Doña Pura. "Que en este pueblo cuando la gente dice algo, algo hay."

Vera midió sus palabras.

"¿Y Marcelo?"

Doña Pura la miró. Una pausa larga, de las que en ella significaban que lo que seguía importaba.

"Marcelo llegó al pueblo el mismo año que Carmelinda", dijo en voz baja. "Y Marcelo era de los que escuchan." Una pausa. "En una pensión, Vera, uno escucha cosas."

Salió sin comprar nada.

Por primera vez en tres años, Doña Pura salió de la herboristería sin comprar nada.

· · ·

Fulgencio llegó a mediodía con Sergio y con una expresión que Vera no le había visto en toda la semana — la expresión de hombre que ha cruzado una línea que no quería cruzar y que sabe que ya no puede volver al otro lado.

"Dos muertes", dijo sin sentarse. "El juez de Ciudad Real viene esta tarde. El caso ya no está cerrado."

"Bien", dijo Vera.

"Vera." Fulgencio la miró. "Lo que sabes — lo que hayas averiguado esta semana — necesito que me lo cuentes. Todo."

Vera miró a Carmelinda.

Carmelinda cosía. Cosía con esa concentración de cuando hay que coser y punto, con el hilo azul marino que había sacado esta mañana de la caixa y que era el color de los días en que las cosas se hacen porque tienen que hacerse aunque cuesten.

"Sí", dijo Carmelinda sin levantar la vista. "Contáselo."

Vera se sentó frente a Fulgencio.

"Fulgencio."

"¿Qué?"

"Anoche hablé con Carmelinda." Pausa. "Dijimos que mañana a primera hora iríamos a ver a Marcelo." Otra pausa. "Yo sabía que había algo. Sabía que Marcelo escuchaba cosas desde su pensión. Que había estado en este pueblo desde el principio."

Fulgencio la miró. Sin decir nada.

"Si hubiéramos ido anoche —"

"Vera." La voz de Fulgencio era firme pero no dura. "Parar eso."

"Si hubiéramos —"

"Parar eso." Repitió. "Lo que pasó anoche no lo ibas a detener. No con una visita a la pensión a las once de la noche." Una pausa. "Y no te habría dejado."

Vera tomó su café. Lo dejó sin beber.

"Ya lo sé", dijo. "Pero lo pienso igual."

Fulgencio asintió — ese asentimiento de hombre que entiende que algunas cosas se piensan aunque no sirvan para nada.

"Bien", dijo. "Pensalo. Y luego cuéntame lo que sabes."

Empezó.

Le contó todo desde el principio — el paquetito vacío en el Bombo, las visitas con excusa botánica, los cuatro nombres y las mismas palabras en el mismo orden, el papel de Celestino Crespo, lo que Carmelinda había visto en el callejón de la Casa de Oración en 1986, el olor a espliego silvestre de Amparo.

Fulgencio escuchó sin interrumpir.

Sergio anotó en su libreta con la eficiencia de quien quiere entender cómo funciona todo antes de que nadie se lo explique.

Cuando Vera terminó, Fulgencio se quedó en silencio un momento largo.

"Amparo Castellanos", dijo.

"Sí."

Fulgencio dejó la taza en el mostrador. La miró. La dejó ahí.

"Cuarenta años", dijo. Solo eso. Como si las dos palabras fueran suficientes para lo que contenían.

"Sí."

"¿Y Gonzalo?"

"No lo sé todavía. Creo que no sabía todo. Pero algo sabe." Vera dudó un segundo. "Fulgencio. El martes, en su casa, tenía barro rojizo en las botas. Del mismo que hay en el camino de los viñedos, camino del Bombo."

Fulgencio la miró con atención nueva.

"¿Se lo preguntaste?"

"No. No en ese momento supe cómo."

"Se lo pregunto yo", dijo Fulgencio. Sergio anotó algo en su libreta, subrayado dos veces.

Fulgencio asintió. Se levantó.

"Esta tarde el juez retoma las entrevistas." Miró a Carmelinda. "Carmelinda, necesito que declares lo que viste en el 86."

Carmelinda paró la aguja.

"Ya lo sé", dijo. "Para eso lo guardé."

Fulgencio la miró un momento. Asintió.

"Gracias", dijo.

No a Vera. A Carmelinda.

Salió con Sergio.

· · ·

Por la tarde el pueblo se cerró.

No de manera visible — las tiendas siguieron abiertas, la fuente siguió sonando, los niños siguieron en la plaza.

Pero Vera lo notó en las conversaciones de los clientes que llegaron esa tarde: más cortas, más cuidadosas, con esa economía de palabras de los pueblos cuando algo los asusta de verdad y ya no saben exactamente qué se puede decir delante de quién.

Dos muertos en una semana.

Y alguien que seguía entre ellos.

A las cuatro llegó Leandro Piqueras.

Sin pretexto de manzanilla esta vez. Directo. Con las gafas en la mano — no puestas, en la mano, que era la primera vez que Vera lo veía sin las gafas puestas y que era más significativo que cualquier número de veces que las limpiara.

"Vera", dijo. "Necesito hablar contigo."

"Pase."

Lo llevó a la trastienda. Carmelinda los escuchó desde la herboristería sin moverse de su silla.

Leandro se sentó en la silla de trabajo de Vera. Las gafas en las rodillas. Las manos entrelazadas.

"Lo de Marcelo", dijo.

"Sí."

"No fue el corazón."

"No."

Leandro se quedó mirando las gafas un momento. Esas gafas de montura redonda que había limpiado cuatro veces en quince minutos cuando Vera le había preguntado por las tierras.

"Firmé algo que no debería haber firmado", dijo. "En el ochenta y seis. Era el maestro nuevo y Celestino me dijo que era un trámite. Que era un testigo de una transferencia entre particulares." Una pausa larga. "Tardé tres meses en entender lo que había firmado."

"¿Y cuándo lo entendió?"

"Cuando los Sánchez perdieron las tierras." Pausa. "Cuando los Trujillo se fueron del pueblo." Pausa. "Cuando vi mi nombre en el registro municipal."

"¿Y no dijo nada?"

Leandro la miró.

"¿A quién?", dijo. "¿Al alcalde que me había hecho firmar? ¿A la Guardia Civil que era amiga del alcalde?" Una pausa. "Era 1986, Vera. Las cosas no funcionaban como ahora."

"¿Y en cuarenta años nunca —?"

"En cuarenta años intenté olvidarlo", dijo Leandro.

"Que es diferente a poder olvidarlo." Una pausa más larga.

"Cuando vino el periodista a preguntarme, supe que era el momento.

" Sus ojos — cansados, honestos, de setenta y ocho años de cargar con algo que no debería haber cargado — encontraron los de Vera.

"Le dije todo. Con nombres y fechas. Le di copias de los documentos que había guardado todos estos años. "

"¿Tenía copias?"

"Guardé copias desde el día en que entendí lo que había firmado." Una pausa. "Por si algún día era necesario."

"Y ese día llegó."

"Y ese día llegó."

Vera procesó eso.

"¿Y Amparo sabe que usted habló con Rodrigo?"

Leandro la miró. Y en su mirada había una respuesta que no necesitaba palabras pero que las puso de todas formas porque era maestro y los maestros ponen palabras a las cosas aunque duelan.

"Amparo sabe todo lo que pasa en este pueblo", dijo. "Desde hace cuarenta años."

· · ·

Esa tarde el equipo de Ciudad Real llegó a las cinco.

Vera los vio desde el escaparate de la herboristería — dos coches oficiales y tres personas con los maletines de quien viene a hacer trabajo serio.

Fulgencio los recibió en la puerta del cuartel con la postura de quien ha cedido la iniciativa porque los procedimientos lo requieren, pero no ha cedido el conocimiento del terreno — porque ese no se cede.

Sergio estaba con él. Con su libreta, por supuesto.

El pueblo miró desde sus ventanas con ese pudor específico de quien sabe que no debería mirar y mira igual porque los eventos grandes en los lugares pequeños son demasiado cercanos para ignorarlos.

Carmelinda los vio pasar desde la ventana del salón.

"¿Cuándo te llaman a declarar?" dijo Vera.

"Mañana por la mañana", dijo Carmelinda. "Fulgencio lo arregló."

"¿Tienes miedo?"

Carmelinda se giró desde la ventana. Sus ojos verdes en la tarde manchega.

"Tengo ochenta años", dijo. "Y lo que vi en ese callejón lo llevo cuarenta dentro." Una pausa. "No tengo miedo. Tengo prisa."

· · ·

Esa noche no hubo mistela.

Hubo café y silencio y las dos mujeres en el salón con las velas encendidas y Romero en el sillón y Cisco en el alféizar mirando la plaza donde los coches del equipo de Ciudad Real seguían aparcados.

"Carmelinda", dijo Vera.

"Dime."

"Mañana cuando declares — ¿estás segura de lo que viste?"

Carmelinda la miró.

"Estoy segura de lo que vi", dijo. "Treinta y nueve años, once meses y quince días después de verlo." Una pausa. "Eso no se borra, Vera. Eso se lleva."

Vera asintió.

"¿Y si el abogado de Amparo —?"

"Vera." La voz de Carmelinda era tranquila. Absolutamente tranquila. "Yo estaba ahí. Amparo también. Los dos lo sabemos." Una pausa. "La diferencia es que yo lo voy a decir."

Apagaron las velas antes de las diez.

Y Cisco, en los tejados de Albaida del Campo, seguía mirando hacia el callejón de la Casa de Oración donde todo había empezado cuarenta años antes y donde algo estaba a punto de terminar.