Capítulo 6 #2
A las doce llegó Fulgencio.
Sin uniforme esta vez. Con la chaqueta de pana marrón de los domingos y una expresión que Vera identificó antes de que abriera la puerta: la expresión de hombre que sabe más de lo que puede decir oficialmente y que ha decidido acercarse a la línea lo suficiente para que la otra persona lo entienda sin que él tenga que cruzarla.
"Vera."
"Fulgencio. ¿El cafe?"
"El café no es necesario." Se apoyó en el mostrador. Miró a Carmelinda que cosía en su silla — como siempre, con los ojos en la tela. "Hay algo que deberías saber."
"Dime."
"El periodista tenía en su habitación de la pensión de Marcelo", dijo Fulgencio despacio, eligiendo cada palabra — con la precisión de quien respeta los procedimientos y sabe hasta dónde puede llegar sin romperlos — "varios cuadernos con notas. Cuadernos llenos."
"¿Y?"
"El equipo de Ciudad Real los recogió con el resto de sus pertenencias", dijo Fulgencio. "Para entregar a la familia."
"¿Sin leerlos?"
"El caso está cerrado." Una pausa. "Pero yo los vi antes de que los recogieran."
Vera lo miró.
"¿Y qué había en ellos?"
Fulgencio miró a Carmelinda. Luego volvió a mirar a Vera.
"Nombres", dijo. "Fechas. Documentos fotocopiados." Pausa. "Era una investigación sobre transferencias irregulares de tierras en varios pueblos de La Mancha durante la Transición." Otra pausa. "Albaida del Campo era el caso más completo."
"¿Mencionaba quién?"
"Mencionaba un apellido", dijo Fulgencio. "Uno solo." Sus ojos marrones encontraron los de Vera con esa honestidad de quien no puede decir todo pero puede señalar hacia donde hay que mirar. "Crespo."
Silencio en la herboristería.
El sol de octubre entraba por el escaparate con esa luz horizontal de mediodía que lo doraba todo y que hacía que incluso el polvo en el aire pareciera parte de algo hermoso.
"¿Y eso no te parece relevante?" dijo Vera.
"El caso está cerrado", dijo Fulgencio. "El juez firmó." Una pausa larga. "Pero yo soy vecino de este pueblo desde hace cincuenta y cinco años, Vera. Y a veces los vecinos saben cosas que los guardias civiles no pueden saber oficialmente."
Se irguió. Se caló la gorra de los domingos.
"El lunes por la mañana a las diez", dijo, "el equipo de Ciudad Real viene a recoger los últimos documentos de la habitación de Marcelo. Después de eso, todo está sellado."
Salió.
Vera se quedó mirando la puerta cerrada.
Cisco aterrizó en el mostrador.
La miró.
Vera lo miró a él.
"Hasta el lunes por la mañana", dijo en voz baja.
Cisco inclinó la cabeza.
· · ·
La tarde fue de trabajo — no investigación, trabajo real de herboristería, el que se posponía cuando otras cosas ocupaban el espacio.
Vera repasó el stock, preparó pedidos pendientes, etiquetó los últimos lotes de jabón de caléndula que había hecho la semana anterior y que necesitaban sus etiquetas antes del lunes.
Carmelinda cosió y habló poco.
No porque tuviera menos que decir — sino porque lo que tenía que decir ya lo había dicho esa mañana y lo que quedaba era el tiempo de digestión que necesita la información importante antes de convertirse en algo con lo que se puede trabajar.
A las cinco, cuando el sol de octubre había bajado del todo y el salón estaba en la penumbra cálida de las velas y el hornillo, Vera subió con la libreta.
La abrió en la página de las preguntas.
Cinco preguntas. Ya no todas sin respuesta.
¿Qué pasó en Albaida del Campo hace cuarenta años?
Debajo escribió la respuesta — pequeña, con su letra ordenada: Celestino Crespo transfirió tierras de Blas Sánchez, los Trujillo y los Herrera a su nombre con documentos falsos. 1986.
¿Por qué Carmelinda tiene miedo?
Vio lo que no debería haber visto. Y lleva cuarenta años cargando con ello.
¿Quién coordinó?
Alguien con acceso a los archivos y autoridad informal sobre los testigos.
¿Qué sabe Carmelinda que no me dice todavía?
Lo del callejón. Lo de Amparo. Ya lo dijo.
¿Quién fue Celestino Crespo?
El alcalde. El ladrón. El padre del hombre más querido del pueblo.
Vera miró las respuestas. Luego las preguntas. Luego las respuestas de nuevo.
Había algo que no cuadraba todavía. Algo que estaba entre las respuestas y que no tenía pregunta todavía.
Si Celestino Crespo había muerto hace veinte años, y Rodrigo Salcedo había venido a contar su historia, ¿quién tenía algo que perder si la historia salía?
Gonzalo Crespo. El hijo que había heredado las tierras. El hijo que no sabía, quizás, de dónde venían.
¿O sí sabía?
Y Amparo Castellanos. La chica de veintidós años que había llevado carpetas en la madrugada del quince de marzo de 1986. Que ahora tenía sesenta y dos años y llevaba cuarenta de ellos manejando los archivos del ayuntamiento.
Que había ofrecido a Vera acceso a esos archivos.
Vera añadió una pregunta nueva — la sexta — debajo de las otras cinco.
¿Qué sabe Amparo que la hace tan tranquila?
Cerró la libreta.
Salió al pasillo. Llamó hacia la cocina:
"Carmelinda. Esta noche la mistela con bizcochos de Alcázar."
"Ya los saqué del tarro", dijo Carmelinda desde la cocina.
Vera sonrió en el pasillo oscuro.
· · ·
Esa noche la mistela fue diferente a las anteriores.
No en el sabor — la mistela era siempre la misma, ese líquido dorado de La Mancha que no cambiaba. Diferente en la conversación que la acompañó — más directa, más en el centro de las cosas, sin el rodeo que habían necesitado los días anteriores para llegar a lo que había que decir.
"El apellido en los cuadernos de Rodrigo es Crespo", dijo Vera.
"Ya", dijo Carmelinda.
"Gonzalo no lo sabe."
"¿Estás segura?"
"No estoy segura de nada", dijo Vera. "Pero la manera en que habló de Rodrigo — esa incomodidad de hombre que mide las palabras más que de costumbre — era la de alguien que sabe que el periodista tenía información comprometida pero no sabe exactamente cuánta."
"O la de alguien que sabe todo y finge que sabe menos."
"También."
Carmelinda tomó su copa. La giró despacio.
"Gonzalo heredó las tierras", dijo. "Si hay documentos que demuestran que esas tierras no eran de su padre cuando las heredó, Gonzalo pierde más que su apellido."
"Lo sé."
"¿Y Amparo?"
Vera miró la llama de la vela del centro de la mesa camilla.
"Amparo redactó esos documentos", dijo. "Amparo los archivó. Amparo lleva cuarenta años siendo la única persona que tiene acceso completo a lo que ocurrió realmente."
"Y cuarenta años sin que nadie pregunte."
"Hasta que Rodrigo Salcedo llegó con su libreta."
Silencio en el salón.
Romero las miraba desde el sillón. Cisco estaba en el alféizar de la ventana mirando la plaza donde las luces de los faroles hacían sombras alargadas en los adoquines mojados de la tarde.
"Carmelinda", dijo Vera despacio. "¿Puede ser que Amparo —?"
Se detuvo.
La palabra no salía. No porque no supiera cuál era sino porque decirla en voz alta era diferente a pensarla. Era más definitivo. Era convertirla en algo real.
"Sí", dijo Carmelinda.
Vera la miró.
"¿Sin que yo termine la pregunta?"
"Ya sé cuál es la pregunta", dijo Carmelinda. "Y la respuesta es sí."
Vera tomó su copa de mistela.
La tomó despacio, con las dos manos, buscando el calor del vidrio igual que Carmelinda buscaba las vetas de la caixa cuando algo la inquietaba.
"Entonces hay un segundo cuerpo", dijo Vera. "O lo habrá."
Carmelinda cosió una puntada.
"Marcelo", dijo.
Vera la miró.
"¿Marcelo Ruiz?"
"El dueño de la pensión", dijo Carmelinda. "Que estuvo cuarenta años en ese pueblo oyendo cosas. Que tuvo al periodista en su habitación dos semanas." Una pausa. "Que sabe, o puede saber, demasiado."
Vera pensó en Marcelo Ruiz — un hombre de sesenta años, callado, de los que en los pueblos manchegos se hacen invisibles por elección, que llevan décadas en el mismo sitio siendo parte del paisaje hasta que uno ya no los ve aunque estén ahí.
"¿Cuándo llegó Marcelo al pueblo?"
Carmelinda paró la aguja.
La miró con sus ojos verdes.
"El mismo año que yo", dijo. "1965."
Vera se quedó muy quieta.
"Sesenta años oyendo cosas", dijo en voz baja.
"Sí."
"Y alguien que lleva cuarenta años con un secreto no puede permitirse que esa persona hable."
Carmelinda asintió. Una vez. Despacio.
Vera se levantó de la mesa camilla.
"Voy a llamar a Fulgencio."
"Son las once de la noche."
"Lo sé."
"Vera." Carmelinda la miró desde su silla con esa mirada suya que atravesaba, que llegaba hasta el fondo. "Si llamas a Fulgencio esta noche, ¿qué le vas a decir?"
"Que vigile a Marcelo Ruiz."
"¿Con qué argumento?"
"Con —" Vera se detuvo.
Con ninguno. El caso estaba cerrado. El juez había firmado. Un instinto de Carmelinda sobre un dueño de pensión no era argumento legal para nada.
"Mañana a primera hora", dijo Vera.
"Mañana a primera hora", dijo Carmelinda.
Pero sus ojos verdes decían que quizás mañana a primera hora era demasiado tarde.
Y Vera, que ya había aprendido a leer los ojos de Carmelinda, lo supo también.