Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Vera la miró.

Era la pregunta exacta que no se había hecho todavía.

"No lo sé", dijo. "Pero hay una diferencia entre Leandro y los otros dos. Gonzalo y Blas cerraron puertas. Leandro abrió una. Solo que no sé adónde lleva."

Carmelinda cosió.

"Las pistas falsas también abren puertas", dijo. "Eso es lo que las hace útiles."

Silencio en el salón.

"¿Y Amparo?" dijo finalmente.

Vera había estado esperando esa pregunta.

Había estado esperando que Carmelinda la hiciera porque era la pregunta que ella misma se había estado haciendo desde que había salido del ayuntamiento ayer — desde que había visto a Cisco desaparecer cuando Amparo apareció en la herboristería, desde que había notado el olor a lavanda flotando en el local después de que se fuera con sus manos pequeñas y quietas y su oferta de acceso a los archivos.

"Amparo me ofreció los archivos municipales", dijo Vera. "Cuarenta años entre los legajos, me dijo. Si necesito buscar algo del pasado del pueblo."

Carmelinda cosió una puntada.

"¿Y tú qué piensas de eso?"

"Pienso que alguien que lleva cuarenta años manejando los archivos de un pueblo sabe exactamente qué hay en esos archivos", dijo Vera. "Y sabe exactamente qué puede mostrar y qué puede no mostrar."

"Sí."

"Y que ofrecerte acceso a esos archivos puede ser generosidad", continuó Vera. "O puede ser la manera más elegante del mundo de controlar qué es lo que encuentras."

Carmelinda la miró con sus ojos verdes.

"¿Y el olor?" dijo.

Vera la miró.

"¿Qué olor?"

"Cuando Amparo se fue", dijo Carmelinda. "¿Qué quedó en la herboristería?"

Vera pensó.

"Lavanda."

"¿Qué tipo de lavanda?"

Vera pensó más. Con esa atención de farmacéutica que distinguía perfiles de aroma como otros distinguen colores.

"No la lavanda cultivada que vendo yo", dijo despacio. "Algo más áspero. Más intenso. Con ese fondo alcanforado —"

Se detuvo.

Miró a Carmelinda.

"Espliego silvestre", dijo. "Del cerro."

Carmelinda asintió. Una vez. Despacio.

"Del mismo cerro donde tú recolectas", dijo.

"Del mismo cerro", confirmó Vera.

Silencio en el salón.

La mistela en las copas. Los mantecados en el plato. La luz del sol de octubre desapareciendo despacio por la ventana del patio.

"Carmelinda."

"Dime."

"Amparo también recoge espliego del cerro."

"Sí."

"¿Desde cuándo?"

"Desde que tiene uso de razón", dijo Carmelinda. "Su madre se lo enseñó. Y la madre de su madre antes. Es un saber de mujeres viejas de este pueblo."

"¿Y para qué lo usa?"

"Para el agua de lavanda que hace ella misma", dijo Carmelinda. "Lo macera en alcohol. Lo filtra. Lo pone en un frasco pequeño de vidrio." Una pausa. "Lo lleva siempre en el bolsillo de la blusa."

Vera la miró.

"Un frasco pequeño de vidrio."

"Siempre."

"Carmelinda." Vera dejó la copa en la mesa muy despacio. "Alguien usó una infusión de espliego para dormir a Rodrigo Salcedo."

"Sí."

"Una infusión que no era la mía porque la mía estaba intacta en el mostrador."

"O que era la tuya pero preparada con las plantas de otra persona."

"Del mismo espliego."

"Del mismo cerro."

Vera se quedó mirando la copa vacía de mistela en su mano.

"Todavía no es suficiente", dijo. "Es una conexión. No es una prueba."

"No", dijo Carmelinda. "Pero es el primer hilo."

Y Vera lo supo — antes de que la frase terminara, antes de que la mesa camilla y la mistela y el olor a mantecados de hinojo desaparecieran del salón manchego de octubre — que eso era exactamente lo que era.

· · ·

Esa noche, antes de apagar la última luz del salón, Vera recogió las copas y fue a la cocina. Mientras las enjuagaba, en ese silencio de las once de la noche de un pueblo manchego en octubre, escuchó algo.

Un sonido pequeño. Apenas audible.

Desde la herboristería de abajo, el sonido inconfundible de alguien poniendo algo sobre el mostrador.

Un golpe suave. Una cosa pequeña apoyada en la madera.

Vera fue a la cocina. Abrió el cajón donde guardaba la llave del mostrador. La tomó.

Bajó la escalera despacio — el tercer escalón, el cuarto, el pasillo — hasta la herboristería.

Todo estaba en su sitio. La puerta cerrada con llave. Los postigos cerrados. Las velas apagadas.

Romero estaba en su escondite detrás de los cajones del mostrador — esa posición típica de las noches de guardia, quieto y comprimido, con los ojos más abiertos que de costumbre.

Y en el mostrador, junto a la balanza de latón, había un papel doblado en cuatro.

Vera lo tomó. Lo desdobló.

Letra antigua y cuidadosa. Tinta azul.

Dos palabras y un apellido:

"Pregunta por Celestino Crespo."

Vera levantó la vista hacia la escalera.

"Carmelinda."

Silencio arriba.

"Carmelinda, sé que no duermes todavía."

El tercer escalón crujió — ese crujido suyo específico, inconfundible, del que cruje porque alguien se ha movido encima y no porque la madera haya decidido crujir sola.

Luego, muy suave, desde detrás de la puerta cerrada del dormitorio:

"Buenas noches, hija."

Vera miró el papel. Miró la escalera. Miró a Romero que la observaba desde su escondite con su ojo bueno y esa expresión de animal que sabe exactamente lo que está pasando pero que ha decidido que su participación en el asunto termina ahí.

Celestino Crespo.

Vera dobló el papel. Lo guardó en el bolsillo del delantal.

Subió la escalera — el tercer escalón, el cuarto, el pasillo — sin hacer más ruido del necesario.

Entró a su habitación.

Se sentó en el borde de la cama con el papel en la mano y el nombre en la cabeza — Celestino Crespo — que era el apellido del hombre más querido del pueblo de los últimos cincuenta años, que era el padre de Gonzalo, que llevaba veinte años muerto y que aparentemente seguía teniendo cosas que decir desde donde estaba.

Mañana.

Antes de dormir abrió la libreta. Buscó la página de las preguntas.

¿Qué pasó en Albaida del Campo hace cuarenta años? ¿Por qué Carmelinda tiene miedo? ¿Quién coordinó? ¿Qué sabe Carmelinda que no me dice todavía?

Añadió una quinta.

Sin círculo. Sin adorno. Con la letra pequeña y ordenada de quien escribe lo que importa y ya no necesita adornarlo.

¿Quién fue Celestino Crespo?

Cerró la libreta.

Afuera, en los tejados de la plaza de Albaida del Campo, Cisco estaba quieto en la oscuridad. Mirando.