Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

El viento manchego bajó por el callejón en ese momento y movió los geranios de la maceta de la ventana.

"Blas." dijo Vera. Con esa voz tranquila que había aprendido de Carmelinda — la que no acusa ni presiona sino que simplemente está ahí, esperando. "Ese hombre está muerto."

"Ya lo sé", dijo Blas. Con la misma tranquilidad. "Y Fulgencio dijo que fue el corazón."

"Fulgencio dijo eso."

"¿Y tú qué dices?"

Vera lo miró.

"Yo digo que tenía cuarenta y cinco años y que las palmas abiertas hacia arriba no son de infarto."

Blas la miró. Esos ojos oscuros, esas manos agrietadas con la pomada de esta mañana todavía en los pliegues de los nudillos.

Luego cerró la puerta.

No con violencia — con firmeza. Con la firmeza de quien cierra algo que no quiere que siga abierto.

Vera se quedó en el umbral un momento.

Cisco aterrizó en la maceta de los geranios. Miró la puerta cerrada. Picoteó el borde de la maceta dos veces — ese picoteo suyo rápido y preciso que era diferente al picoteo de las cabezas, más pensativo.

"Ya", dijo Vera al jilguero. "Lo sé."

Cisco picoteó la maceta una tercera vez y voló hacia los tejados.

· · ·

Tercera parada — El Círculo Agrícola.

El Círculo Agrícola de Albaida del Campo ocupaba una esquina de la calle que salía de la plaza mayor hacia el callejón de la Casa de Oración — un local de planta baja con las paredes pintadas de color crema oscuro y grandes espejos antiguos con marcos dorados que devolvían la imagen del local multiplicada y ligeramente distorsionada, como en los espejos de las casas viejas que han visto pasar demasiadas cosas y que tienen una opinión propia sobre todo lo que reflejan.

Olía a café viejo y a madera barnizada y a tabaco de pipa que ya nadie fumaba pero que había impregnado las paredes durante décadas con esa persistencia de los olores que se instalan antes de que nadie haya decidido que se queden.

Debajo de los espejos, cuatro hombres jugaban al subastado en silencio profesional.

Leandro Piqueras estaba en la mesa del fondo.

Solo, como siempre a esa hora, con su café a medias y un libro cerrado sobre la mesa. Con su jersey de lana gris. Sus gafas de montura redonda. Las manos entrelazadas sobre la mesa.

Lo vio entrar. Cerró el libro — aunque ya estaba cerrado, lo que significó que lo recogió y lo puso a un lado — y su expresión cambió de la manera en que cambia la expresión de alguien que esperaba esto aunque no supiera exactamente cuándo iba a pasar.

"Vera", dijo.

"Maestro." Vera se acercó a la mesa. "¿Le molesta si me siento un momento?"

"Por favor."

Vera pidió un café al barman — el primero que tomaba en el Círculo Agrícola en su vida — y se sentó frente a Leandro con la naturalidad de quien solo pasaba a saludar.

No lo era, por supuesto. Y Leandro lo sabía. Y Vera sabía que Leandro lo sabía.

Hablaron.

Hablaron de libros. Del tiempo. De la historia del pueblo.

Vera escuchó y respondió y preguntó con esa atención nueva que había decidido usar — escuchando no solo lo que Leandro decía sino lo que rodeaba y la velocidad con que lo decía y las pausas entre una cosa y la siguiente.

Las gafas salieron una vez — al principio, cuando Vera llegó.

Salieron una segunda vez cuando mencionó a Rodrigo Salcedo, de pasada, entre Cervantes y los molinos.

"Vino a verme el lunes", dijo Leandro, limpiando las gafas. "Quería información histórica sobre el pueblo. Los registros antiguos, las familias fundadoras. Cosas de su reportaje."

"¿Y le contó?"

"Lo que sabe cualquiera." Las gafas volvieron a su sitio. "Historia general."

"¿Preguntó por algo específico?"

Salida número tres. Vera contó.

"Vera, hija." Las gafas de vuelta. Y entonces Leandro hizo algo que Gonzalo no había hecho y que Blas tampoco: bajó la voz.

No mucho. Lo justo para que el cambio de registro fuera audible pero no evidente para los cuatro jugadores del subastado.

"El periodista vino con nombres. Con apellidos concretos.

Con años." Una pausa. "Preguntas que no se improvisan. "

"¿Qué nombres?"

"El apellido Crespo." Leandro miró su café. "Que en este pueblo es uno de los apellidos que más pesa." Otra pausa. "Aunque no todos los Crespo son iguales, Vera. Eso es lo que siempre se olvida."

"¿Qué quiere decir con eso?"

Leandro limpió las gafas por cuarta vez. Despacio. Con ese cuidado de quien está pensando qué va a decir mientras sus manos hacen otra cosa.

"Que Celestino Crespo fue alcalde doce años", dijo.

"Y que los alcaldes manchegos de los ochenta tenían que trabajar con las estructuras que había.

Que las decisiones que se tomaban en esos años no eran solo decisiones de una persona.

" Pausa. "Que el periódico de un alcalde es siempre el periódico del ayuntamiento que lo rodeaba. "

Vera lo miró.

El ayuntamiento. No Celestino Crespo solo. El ayuntamiento entero.

"¿Hay alguien más que debería saber lo que pasó?"

Leandro se quedó completamente quieto.

La quietud del cuerpo cuando la cabeza está a una velocidad diferente.

Dos segundos exactos.

Luego se puso las gafas. Las ajustó con dos dedos — solo para tener las manos ocupadas.

"Hay cosas que llevan mucho tiempo en su sitio", dijo. Algo más pequeño en la voz. Más fatigado. "Y que cuando se mueven —" Se detuvo. No terminó la frase.

Se levantó. Recogió su libro. Se caló el gorro de lana del bolsillo.

Salió sin mirarla.

Sin decir que diera recuerdos a nadie.

Vera se quedó con su café a medias mirando la silla vacía.

Las gafas. Cuatro veces en menos de quince minutos. Y la pista sembrada con la naturalidad de quien lleva cuarenta años enseñando a pensar a los demás y sabe exactamente hacia dónde orientar una mirada sin que parezca que la está orientando.

El ayuntamiento. No un hombre solo.

El barman limpió el mostrador mirando hacia la mesa del fondo con esa discreción específica de los barmanes de pueblo que han visto muchas conversaciones en muchos espejos antiguos.

"¿Cuánto tiempo lleva viniendo a las once?" preguntó Vera al barman.

El barman pensó.

"¿Leandro? Desde que era maestro. Treinta años. Siempre la mesa del fondo. Siempre solo."

"¿Y hoy tardó más que de costumbre?"

El barman la miró. Con la mirada de los espejos antiguos — que han visto demasiado para sorprenderse de nada.

"Hoy llegó antes", dijo. "A las diez y media. Media hora antes de lo habitual."

Vera dejó el dinero del café en la mesa.

"Gracias."

Salió a la calle.

El viento había parado. La niebla se había levantado del todo y el sol de octubre estaba ahí — ese sol bajo y horizontal que doraba los adoquines mojados y hacía brillar las paredes encaladas del casco antiguo.

Cisco la esperaba en el tejado del Círculo Agrícola. La miró bajar. Voló en paralelo a ella de tejado en tejado hasta la plaza.

· · ·

La tarde trajo la mistela.

No como celebración — como lo que era: ese momento de distensión y análisis que las dos mujeres habían convertido sin proponérselo en la herramienta más útil de su convivencia.

La herboristería cerrada media hora antes.

Carmelinda con la caixa en el regazo y la botella de mistela en la mesa y el plato de mantecados de mistela e hinojo que olían a toda la casa desde que los había sacado del horno dos horas antes.

El sol de la tarde entraba horizontal por la ventana del patio — esa luz específica de las cinco de octubre en Albaida del Campo que lo doraba todo con una calidez que no correspondía a la temperatura, que era el otoño pretendiendo por un momento que todavía era verano y que no convencía a nadie pero que era hermosa igual.

Romero en el sillón de Carmelinda. Cisco entrando por la ventana y posándose en el respaldo de la silla de Vera — ese peso mínimo y específico de jilguero que Vera ya reconocía como reconocía el peso de las cosas que pertenecen donde están.

Carmelinda sirvió la mistela. Ese hilo dorado y espeso que caía despacio en las copas y que llenaba el salón de olor a uva pasificada y miel y a algo más que Vera no había sabido nombrar durante meses y que ahora sabía que era el olor del tiempo — el tiempo específico de La Mancha acumulado en ese líquido dorado durante meses de fermentación lenta.

Vera tomó su copa.

"Gonzalo midió cada palabra", dijo.

"Siempre las mide", dijo Carmelinda.

"Hoy más."

"Ya."

"Y al final me dijo que me cuidara." Vera tomó un sorbo de mistela. "Con esa amabilidad suya enorme. Pero me lo dijo."

"¿Y Blas?"

"Blas cerró la puerta."

"¿Con violencia?"

"Con firmeza", dijo Vera. "Que es diferente. Blas tiene algo que ocultar pero no es de los que cierran las puertas con violencia."

"No", dijo Carmelinda. "Blas cierra las puertas cuando tiene miedo. No cuando tiene rabia."

"¿Y tiene miedo de qué?"

"De que lo que quiere que salga a la luz salga de la manera equivocada", dijo Carmelinda.

"Blas lleva sesenta años esperando que alguien cuente lo que le hicieron a su familia.

Y ahora que alguien vino a contarlo — ese periodista — está muerto.

" Una pausa. "Para Blas eso no es solo un muerto.

Es la historia de su vida enterrada otra vez. "

Vera tomó un mantecado. Lo partió — esa textura arenosa que se deshacía sola, el regusto de la mistela en la masa, el anís suave del hinojo que llegaba después como una nota de fondo.

"Y Leandro", dijo.

"¿Las gafas?"

"Cuatro veces en quince minutos."

Carmelinda paró la aguja. Levantó la vista.

"¿Cuatro?"

"En quince minutos."

Carmelinda asintió. Con la cabeza inclinada un momento — el gesto de quien suma y le da lo que esperaba.

"¿Y qué dijo?"

"No dijo lo de Fulgencio." Vera tomó su copa. "No lo dijo. Los otros dos sí — las mismas palabras, el mismo orden — pero Leandro no."

"¿Qué dijo Leandro?"

"Que el apellido Crespo era uno de los que más pesan en este pueblo." Pausa. "Y que los alcaldes manchegos de los ochenta tenían que trabajar con las estructuras que había. Que las decisiones no eran de una persona sola."

Carmelinda no respondió de inmediato. Cosió una puntada. Dos.

"Está señalando al ayuntamiento", dijo finalmente.

"Sí."

"¿Para alejarte de alguien específico o para acercarte?"