Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Lo Que Se Dice Entre Infusiones

El viernes amaneció con niebla otra vez.

Pero no la niebla suave del miércoles — esa que tenía algo de velo, de filtro delicado entre el pueblo y el mundo.

Esta era más densa, más decidida, de las que se instalan en la llanura manchega con intención de quedarse unas horas y que hacen que los viñedos del horizonte desaparezcan completamente y que el pueblo se quede solo consigo mismo, sin paisaje alrededor, flotando en una blancura que no era exactamente blanca sino gris perla, luminosa por dentro, como si la luz estuviera ahí pero no supiera desde dónde entrar.

Vera la vio desde la ventana y pensó que era el paisaje correcto para un día de visitas.

Bajó. Encendió el hornillo. Midió las hierbas.

Encendió las velas — tres esta mañana, una más que de costumbre, porque la niebla hacía que el interior de la herboristería necesitara más luz de lo normal para tener el tono correcto.

Romero bajó. Ocupó la balanza. Cisco entró, dio su vuelta, desapareció hacia la plaza invisible entre la niebla.

Carmelinda bajó con el café y los bizcochos de Alcázar del tarro — los que habían sobrado del miércoles y que en la cajita de latón cerrada seguían perfectamente bien, con el glaseado blanco todavía intacto y ese olor seco y dulce que tenían cuando llevaban unos días reposando, diferente al olor del día en que se hornean, más asentado, más quieto.

Se sentaron.

"Hoy salgo", dijo Vera.

Carmelinda sirvió el café sin levantar la vista.

"Ya lo sé."

"Tengo pedidos pendientes."

"Ya."

"El de Gonzalo. El de Blas. Y tengo que ir al Círculo Agrícola."

Carmelinda levantó la vista. Sus ojos verdes sobre la taza de café.

"¿Al Círculo Agrícola?"

"Leandro Piqueras toma café ahí todos los días a las once", dijo Vera. "Treinta años. Mesa del fondo."

"Me lo dijiste tú", dijo Carmelinda.

"Ya." Carmelinda tomó su bizcocho. Lo mojó en el café — ese segundo exacto antes de que el glaseado se disolviera del todo. "¿Y qué vas a hacer cuando llegues?"

"Pedir un café", dijo Vera. "Y ver qué pasa."

Carmelinda comió su bizcocho mojado despacio, como quien tiene tiempo y sabe que las cosas hechas deprisa no saben igual que las hechas con calma.

"Lleva algo", dijo finalmente.

"¿Qué?"

"Algo de la herboristería", dijo Carmelinda. "Para tener una razón visible. Para que el ojo que mira vea la razón visible y no busque la real." Una pausa. "Eso lo hacen todas las mujeres que han tenido que moverse por el mundo con cuidado. No es mentir. Es elegir qué se muestra."

Vera pensó en eso mientras terminaba su café.

"¿Tú lo hiciste? ¿Moverte con cuidado?"

Carmelinda puso su taza en la mesa. La dejó ahí, con las manos todavía alrededor, mirando el interior vacío.

"Sesenta años en un pueblo que no era el mío", dijo.

"Sí, hija. Lo hice." Una pausa. "En el Alentejo lo aprendí de mi madre.

Ella lo había aprendido de la suya. Las mujeres de allí saben moverse con cuidado — que no es lo mismo que moverse con miedo.

Es saber exactamente cuánto espacio tienes y usarlo todo sin pedir más. "

"¿Y cuando llegaste aquí?"

"Aquí era más fácil y más difícil al mismo tiempo." Carmelinda giró la taza entre las manos. "Más fácil porque nadie sabía quién era yo. Más difícil porque nadie sabía quién era yo."

· · ·

A las diez Vera salió a hacer las visitas.

Con el delantal puesto — siempre el delantal, con sus bolsillos llenos de las cosas que necesitaba llevar — y con la cesta de mimbre pequeña, la de los pedidos, que era diferente a la del cerro porque era más presentable y porque cuando la veías en el brazo de Vera entendías enseguida que iba a entregar algo a alguien y eso era una razón visible que no pedía explicación.

La niebla se había levantado un poco — no del todo, todavía había una blancura difusa en el horizonte donde deberían estar los viñedos — pero lo suficiente para que los adoquines de la plaza estuvieran mojados y brillantes y para que el olor a tierra húmeda se mezclara con el humo de las primeras chimeneas del día con esa combinación específica de octubre que Vera había aprendido a asociar con las mañanas de trabajo.

· · ·

Primera parada — La casona de Gonzalo Crespo.

La casona de los Crespo estaba en el primer anillo del casco antiguo — una de esas casas de postín con portalón de madera noble y herrajes oscuros que llevaban el apellido grabado en una piedra sobre la entrada desde hacía más de cien años.

Gonzalo abrió él mismo la puerta, en mangas de camisa a pesar del frío — ese tipo de hombre que el frío de octubre no lo convence de que es frío de verdad todavía.

Con su olor habitual a tierra mojada y azafrán.

"Vera." Una ligera sorpresa en la voz — no desagradable, solo genuina.

"Gonzalo. Te traigo el pedido mensual." Vera levantó la cesta. "La infusión de espliego. La olvidé ayer."

"Ah." Gonzalo miró la cesta. Miró a Vera. "Pasa, pasa."

El patio interior de la casona era exactamente lo que Vera esperaba de él — grande, con los adoquines bien cuidados, lleno de macetas que en verano debían ser un espectáculo de colores y que ahora, en octubre, tenían esa dignidad específica de las plantas que se preparan para el invierno con una aceptación que no tiene nada de rendición.

En el centro, una mesa de piedra con dos sillas donde Gonzalo tomaba el café cada mañana según todo el pueblo sabía.

Junto a la pared sur — orientada al sol, protegida del viento — una jaula de madera pintada de verde con una perdiz roja dentro. La perdiz los miró a los dos cuando entraron, con esos ojos anaranjados que no parpadeaban, con esa atención quieta de los animales que observan sin juzgar.

Se sentaron a la mesa de piedra. Gonzalo ofreció café. Vera aceptó.

Hablaron de la vendimia — de cómo había quedado el vino de este año, de los precios en la cooperativa, de si el calor de agosto había afectado al grado de azúcar de la uva. Hablaron de la Fiesta del Azafrán que se acercaba.

Todo esto con la conversación que tenían sin tener — la que estaba debajo de la conversación sobre vinos y fiestas, la que ninguno de los dos nombraba todavía pero que estaba ahí tan presente como el olor a tierra y azafrán en el patio de los Crespo.

Fue Vera quien llegó primero.

"Lo del periodista", dijo. Sin dramatismo. Como quien menciona el tiempo.

Gonzalo sostuvo su taza de café.

"Sí", dijo. "Una pena."

"¿Hablasteis mucho en la cena?"

"Habló él", dijo Gonzalo. "Ya te dije — buen conversador. Preguntaba mucho."

"¿Sobre qué exactamente?"

El silencio que siguió duró lo mismo que el de ayer — un latido, dos — pero esta vez Vera lo esperaba y lo midió con esa atención nueva que había decidido usar.

"Sobre la historia del pueblo", dijo Gonzalo. "Las familias. Los oficios. Cómo ha cambiado todo en cuarenta años."

"¿Y las tierras?"

Gonzalo dejó la taza en la mesa de piedra.

No con brusquedad — con cuidado. Con el cuidado de hombre que hace las cosas despacio cuando algo lo incomoda.

"También", dijo. "Algo."

"¿Algo específico sobre las tierras del término?"

"Vera." dijo Gonzalo. Con esa amabilidad enorme que era genuina pero que esta tarde tenía también algo de escudo. "¿Por qué me preguntas esto?"

"Curiosidad", dijo Vera. Y la palabra le sonó en la boca exactamente igual a como le había sonado en la boca de Rodrigo Salcedo dos días antes.

Gonzalo la miró. Sus ojos marrones — tranquilos, con esa solidez de quien ha trabajado la tierra durante treinta años y ha aprendido que la tierra no miente — la miraron un momento largo.

"La infusión de espliego", dijo finalmente. "¿Cuánto te debo?"

Vera le dijo el precio. Gonzalo lo pagó. Se levantaron.

En el portalón, con la mano en el herraje oscuro de la puerta, Gonzalo se giró.

"Vera." dijo. "Fulgencio cerró el caso."

"Lo sé."

"Fue un infarto."

"Probablemente."

Gonzalo la miró un momento más. La perdiz roja en su jaula del patio los miraba a los dos con sus ojos anaranjados que no parpadeaban.

"Cuídate", dijo Gonzalo. Y lo dijo con esa amabilidad suya genuina. Pero lo dijo.

Vera bajó la vista un instante — sin querer, con ese reflejo suyo de mirar siempre el suelo y las manos antes que las caras — y vio las botas de Gonzalo, todavía junto a la puerta, sin limpiar desde la mañana.

Barro seco. Rojizo. El mismo tono de tierra que había pisado ella hacía apenas dos días en la ladera sur, camino del Bombo del linde norte.

No dijo nada. Se despidió.

Vera salió al callejón. Escuchó el portalón cerrarse detrás de ella.

Midió cada palabra, pensó. Y la última fue una advertencia que no quería que pareciera una advertencia.

Pero fue el barro lo que se quedó con ella todo el camino de vuelta a la herboristería.

· · ·

Segunda parada — La casa de Blas Sánchez.

La casa de Blas estaba en el segundo anillo — una casa de vecinos encalada, con zócalo azul añil y una maceta de geranios en la ventana que sobrevivía por pura obstinación igual que su dueño. Blas abrió la puerta con la desconfianza habitual de quien no espera visitas buenas.

"Vera."

"Blas. Te traigo la pomada." Vera sacó de la cesta el tarro de cerámica con la mezcla de cera de abeja y aceite de romero y caléndula que Blas usaba desde hacía dos años para las manos agrietadas de trabajar la tierra. "La del mes."

Blas miró el tarro. Miró a Vera. Tomó el tarro.

No la invitó a pasar. Se quedaron en el umbral — él dentro, ella fuera, el callejón entre los dos.

"¿Cuánto?" dijo.

Vera le dijo el precio. Blas buscó el dinero en el bolsillo del pantalón de trabajo.

"¿Conocías al periodista?" dijo Vera sin levantar la vista del tarro, con esa naturalidad de quien pregunta de pasada.

Las manos de Blas se detuvieron un momento sobre las monedas.

"Lo vi por ahí."

"Doña Pura dice que hablasteis dos veces."

La mandíbula de Blas se tensó. Sus ojos — que nunca miraban más de tres segundos — encontraron los de Vera y los sostuvieron más de lo habitual. Cuatro segundos. Cinco. Vera los aguantó sin apartar la vista.

"Doña Pura debería ocuparse de su manzanilla", dijo Blas.

"¿De qué hablasteis?"

"De na que te importe."