Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Vera tomó el manojito. Lo olió — esa fragancia seca y un poco amarga de la manzanilla que ha estado en el campo hasta que el frío la cierra, diferente a la manzanilla cultivada, más austera, más honesta.

"¿Sabes cómo se llama?"

"Manzanilla", dijo la niña. Luego dudó un segundo. "La del cerro."

"La del cerro", confirmó Vera. "Que es diferente a la otra."

"¿Por qué?"

"Porque ha tenido que apañárselas sola", dijo Vera. "Sin que nadie la riegue ni la cuide. Solo con lo que el cerro le da. Y eso se nota."

La niña procesó eso con esa concentración de los niños ante las respuestas que no esperaban.

Desde su silla, Carmelinda no levantó la vista. Pero la aguja se detuvo un momento sobre la tela — ese momento de cuando algo le llegaba sin que quisiera mostrarlo.

"¿Para qué sirve?" dijo la niña.

"Para el estómago", dijo Vera. "Para cuando algo te preocupa demasiado. Para las noches difíciles." Pausa. "Para muchas cosas. Depende de quién la tome y para qué."

La niña miró el manojito en las manos de Vera.

"¿Te lo quedas?"

"Si me lo das, sí."

"Te lo doy."

Vera fue al cajón de debajo del mostrador. Sacó un trozo de hilo de esparto — el mismo que usaba para atar los manojos de hierbas secas — y reató el manojito de la niña con un nudo doble, del que no se deshace.

Lo colgó de un gancho en la estantería más baja — a la altura exacta de los ojos de una niña de ocho años.

"Ahí queda", dijo Vera.

La niña lo miró en su gancho.

"¿Con las otras?"

"Con las otras."

La abuela de los Mínguez pagó su tila y recogió a la niña de la mano. En el umbral, la niña se giró una vez más hacia el manojito colgado en la estantería.

Luego salió.

Vera se quedó mirando el gancho un momento — y pensó, sin poder explicar del todo por qué, que ese manojito diminuto le importaba esta tarde más de lo que debería importarle cualquier cosa que no fuera un periodista muerto y un silencio de cuarenta años.

Carmelinda retomó la aguja.

"¿Cómo se llama?" dijo sin levantar la vista.

"No lo sé", dijo Vera. "No se lo pregunté."

"Ya lo sabrás", dijo Carmelinda. "Los niños que traen cosas vuelven."

· · ·

Esa tarde cerró la herboristería media hora antes.

Subió al salón. Sacó la libreta. La abrió en una página nueva. Escribió cuatro nombres.

Gonzalo Crespo. Blas Sánchez. Leandro Piqueras. Amparo Castellanos.

Los miró.

Luego sacó el mapa del pueblo — el que había dibujado ella misma el primer año, cuando necesitaba entender la geografía del lugar donde iba a trabajar, con las calles del casco antiguo y los edificios de la plaza y los caminos que llevaban al cerro y a los Bombos y a la ermita.

Lo desplegó en la mesa camilla.

Romero saltó a la mesa con el instinto fijo de ocupar siempre el centro de las cosas importantes y se instaló encima del mapa con una delicadeza que era nueva en él.

Vera lo miró.

"No te muevas", le dijo.

Romero no se movió. Aunque el mapa debajo de él era invisible.

Carmelinda entró con dos tazas de café — las de las tardes, más pequeñas que las de la mañana, en las tazas de cerámica azul de Talavera. Dejó una al lado de Vera en el único espacio libre que quedaba entre los papeles. Se sentó en su silla.

Abrió la caixa.

"De mar-me-la-da", dijo Vera automáticamente, sin venir a cuento, mirando el mapa debajo de Romero.

"Eso dije", dijo Carmelinda.

No lo había dicho.

Vera tomó su café. Miró los cuatro nombres. Miró el mapa invisible debajo del gato.

"Carmelinda. Los dos — Gonzalo y Leandro — me dijeron que Fulgencio cerró el caso. Exactamente igual. Las mismas palabras. En el mismo orden."

"Ya lo noté."

"¿Cómo lo notaste si solo estabas cosiendo?"

"Estaba cosiendo", dijo Carmelinda. "No sorda."

Vera asintió.

"Alguien coordinó eso", dijo. "O alguien les recordó que era importante decirlo." Una pausa. "Mañana voy a ver a Leandro en el Círculo Agrícola. En su territorio."

"¿Y?"

"A ver si en su sitio dice lo mismo que en el mío."

"O alguien les recordó que era importante decirlo", dijo Carmelinda. "Que es diferente."

"¿Diferente cómo?"

"Coordinar es dar una instrucción", dijo Carmelinda. "Recordar es señalar algo que ya existe. La primera requiere autoridad. La segunda requiere conocimiento."

Vera la miró.

"¿Y quién en este pueblo tiene las dos cosas?"

Carmelinda cosió una puntada. Dos. Tres.

No respondió.

Pero sus dedos se detuvieron un momento sobre la madera de la caixa — ese gesto de cuando algo la inquietaba más de lo que quería mostrar — antes de volver a la aguja.

Y ese momento bastó.

· · ·

La noche cayó sobre Albaida del Campo con esa rapidez específica del otoño manchego que sorprende siempre aunque se sepa que va a pasar.

Vera cenó poco. Carmelinda cenó lo que correspondía y no comentó que Vera cenaba poco porque Carmelinda no comentaba las cosas que se podían observar y que la persona que las hacía ya sabía que las hacía.

Después de cenar Vera volvió a la mesa camilla.

Romero había dejado el mapa — ya no invisible, ya desplegado y visible con sus calles y sus edificios y sus caminos trazados a mano — y se había ido al sillón de Carmelinda, que era su segunda opción cuando el mapa se volvía irresistible para Vera y había que ceder.

Vera miró el mapa. Miró los cuatro nombres. Miró la libreta con las dos preguntas del círculo.

Luego escribió debajo de las dos preguntas una tercera. Sin círculo esta vez. Sin adorno.

¿Quién coordinó?

Cerró la libreta.

Se levantó. Fue a apagar la última vela del salón.

Y entonces Carmelinda, desde la escalera, donde había estado subiendo sin que Vera la oyera, dijo algo que no había dicho en todo el día — que era, en Carmelinda, la señal más clara de que lo que decía era lo más importante de todo lo que había pensado desde la mañana:

"Vera, hija."

Vera se giró.

Carmelinda estaba en el tercer escalón — el que crujía siempre, el de la señal — con su caixa bajo el brazo y su pelo blanco trenzado y sus ojos verdes en la penumbra del salón.

"Hay silencios que llevan cuarenta años en pie", dijo. "Piensa bien antes de empujarlos."

Vera la miró.

Por primera vez en toda su vida de conocer a Carmelinda Fontes — desde niña, desde antes de que existiera la herboristería, desde antes de que supiera que iba a volver a este pueblo — no supo qué había detrás de los ojos verdes.

Había algo ahí. Algo que no era exactamente miedo — Carmelinda no tenía miedo de las cosas ordinarias, eso lo sabía.

Algo más antiguo que el miedo. Algo que llevaba mucho tiempo guardado en un lugar muy pequeño y que esta tarde, con las preguntas de Vera y con los cuatro nombres en la libreta y con ese ¿quién coordinó? sin círculo, había empezado a moverse.

"¿Tú sabes algo?" dijo Vera despacio.

Carmelinda subió el cuarto escalón.

"Buenas noches, hija."

Subió el quinto. El sexto. El pasillo de arriba. La puerta de su habitación.

Vera se quedó sola en el salón con el mapa y la libreta y la vela todavía encendida y esa pregunta sin respuesta flotando en el aire de la noche manchega como el olor a tomillo que nunca terminaba de irse de la herboristería aunque cerrara todas las ventanas.

Apagó la vela.

Antes de dormir abrió la libreta una última vez y añadió una cuarta pregunta debajo de las otras tres.

Sin círculo. Sin adorno.

¿Qué sabe Carmelinda que no me dice todavía?

La cerró.

Albaida del Campo durmió.

Vera casi.