Capítulo 4 #2
Amparo Castellanos llegó a las diez.
Llegó como llegaba siempre — puntual, impecable, con su moño perfecto y su blusa sin una arruga y esas manos pequeñas que no gesticulaban nunca, que estaban siempre quietas a los lados o sobre alguna superficie, quietas con esa quietud específica de las personas que han aprendido a no revelar nada con el cuerpo porque el cuerpo a veces dice lo que la boca no quiere decir.
Traía un tarro vacío de aceite de romero para rellenar.
"Vera, cariño", dijo con esa amabilidad suya cálida y sin fisuras. "Qué mañana más triste. Lo del periodista."
"Sí", dijo Vera. "Una pena."
"¿Estás bien? ¿Y Carmelinda?" Miró hacia el rincón donde Carmelinda cosía. "Buenos días, Carmelinda."
"Buenos días", dijo Carmelinda sin levantar la vista.
"Estamos bien", dijo Vera. "Gracias por preguntar, Amparo."
Mientras Vera rellenaba el tarro de aceite de romero, Amparo se quedó de pie junto al mostrador con la postura de perfecta cortesía — ni demasiado cerca ni demasiado lejos, ni demasiado interesada ni demasiado indiferente.
Habló de la muerte de Rodrigo con la tristeza apropiada de una vecina considerada.
Preguntó por cómo estaban llevándolo, si había dormido bien, si necesitaba algo.
Y luego, con esa naturalidad que era su herramienta más afilada:
"Si en algún momento necesitas algo del ayuntamiento — cualquier trámite, cualquier documento histórico del pueblo para lo que sea — ya sabes que los archivos municipales son mi casa.
" Una sonrisa cálida. "Cuarenta años entre esos legajos.
Si necesitas buscar algo del pasado del pueblo, me lo dices. "
"Gracias, Amparo", dijo Vera con una sonrisa igual de cálida. "Te lo tendré en cuenta."
Amparo pagó su aceite de romero. Se despidió con dos besos — uno a Vera, uno en el aire en dirección a Carmelinda que no se levantó para recibirlo. Salió.
La puerta se cerró.
El olor a lavanda que Amparo llevaba siempre quedó flotando en la herboristería un momento — suave, constante, mezclándose con el tomillo y el espliego del local y creando algo que Vera registró sin saber todavía exactamente qué registraba.
Cisco reapareció en el alféizar.
Vera lo miró.
"Carmelinda."
"Dime."
"Esa mujer tiene las manos muy quietas para alguien que acaba de enterarse de que hay un muerto."
Carmelinda cortó el hilo con los dientes. Sacó otro de la caixa. Lo pasó por el ojo de la aguja a la primera.
"Sí", dijo.
Solo eso.
Pero en el sí de Carmelinda había suficiente.
· · ·
Gonzalo Crespo llegó a media tarde.
Llegó con su olor habitual a tierra y azafrán y con una incomodidad nueva que intentaba disimular siendo más amable de lo normal. Pidió la infusión de espliego — la misma de siempre — y mientras Vera la preparaba, habló del tiempo, de la vendimia, de lo bien que había quedado el azafrán este año.
Cuando ya tenía la infusión en la mano y un pie en la puerta, se giró.
"Lo del periodista es una pena", dijo. "Parecía buena gente."
"¿Cenó bien en tu casa?" preguntó Vera sin mirarlo, ordenando frascos.
Una pausa brevísima.
"Sí. Habló mucho. Ya sabes cómo son los de ciudad."
Salió. Vera se quedó mirando la puerta.
"Midió cada palabra", dijo.
"Siempre las mide", dijo Carmelinda desde su silla.
"Hoy más."
"Sí", dijo Carmelinda. "Hoy más."
· · ·
Leandro Piqueras llegó a las cuatro y media.
Con el pretexto de la manzanilla — siempre la manzanilla, ese pretexto suyo de treinta años que tenía la ventaja de ser completamente creíble porque era completamente verdadero, Leandro sí tomaba manzanilla, solo que la manzanilla no era la razón de la visita.
Vera le sirvió la manzanilla. Le cobró. Y esperó.
Leandro esperó también.
Eran dos personas que se conocían desde que Vera tenía seis años y que en ese tiempo habían aprendido, cada una a su manera, que las conversaciones importantes no empezaban nunca con el tema importante sino con algo al lado del tema importante.
Hablaron de libros. Hablaron del tiempo. Hablaron de la historia del pueblo.
Todo esto con las gafas de montura redonda perfectamente limpias — Vera las contó: una vez antes de sentarse, una vez a los diez minutos de conversación, una vez cuando Vera mencionó al periodista de pasada, entre Cervantes y los molinos.
Tres veces.
"Lo del periodista", dijo Leandro, limpiando las gafas esa tercera vez. "Qué pena."
"¿Lo conoció?"
"Vino a verme el lunes", dijo Leandro. Volvió a ponerse las gafas. "Quería información histórica sobre el pueblo. Los registros antiguos, las familias fundadoras. Cosas de su reportaje, dijo."
"¿Y le contó?"
"Lo que sabe cualquiera", dijo Leandro. "Historia general."
"¿Mencionó algo concreto sobre las tierras?"
Las gafas salieron de nuevo. Limpieza número cuatro.
Vera contó.
"Vera, hija", dijo Leandro con esa voz de maestro que ha explicado cosas difíciles durante cuarenta años y que sabe exactamente el tono que necesita cada cosa difícil. "Fulgencio cerró el caso."
Era la segunda vez que alguien le decía eso hoy. Con las mismas palabras. En el mismo orden.
Vera lo notó.
Lo notó y no dijo que lo notaba porque a veces lo más útil que se puede hacer con lo que se nota es guardarlo en algún lugar de la cabeza y dejarlo estar hasta que sepa con qué conectarlo.
"Maestro", dijo Vera. "¿Sabe algo sobre las tierras que cambiaron de manos hace cuarenta años en este pueblo?"
Leandro Piqueras se quedó completamente quieto.
No fue un movimiento dramático — no se levantó, no se le cayó nada, no cambió la expresión de manera visible. Fue una quietud más pequeña que eso y por eso más significativa: la quietud del cuerpo cuando la cabeza está trabajando a una velocidad que el cuerpo no puede seguir y que por eso se para.
Duró dos segundos exactos.
Luego la sonrisa. Esa sonrisa de maestro — la que usaba cuando una pregunta tenía respuesta pero la respuesta no era sencilla y primero había que establecer el marco correcto para que la respuesta no se malinterpretara.
"Mira, Vera." La voz de cuarenta años de aula.
Razonada. Paciente. "La historia de La Mancha — si la estudias de verdad, no la historia oficial sino la que está debajo — es la historia de las tierras que cambian de manos.
Desde las órdenes militares hasta la desamortización, desde la guerra hasta la Transición. No es una excepción. Es el patrón."
"Lo sé, maestro."
"Entonces ya tienes la respuesta", dijo. Y en su voz había algo que la respuesta pedagógica no alcanzaba a cubrir — algo más pequeño, más viejo, más cansado que todo lo demás.
Se levantó. Dejó el dinero de la manzanilla en el mostrador. Recogió su tarro. Se caló el gorro de lana del bolsillo con esa pulcritud suya.
"Dale recuerdos a Carmelinda."
Salió.
Vera se quedó con su café a medias mirando la silla vacía donde Leandro Piqueras había estado sentado.
Las gafas. Cuatro veces en menos de veinte minutos.
"Las gafas", dijo Carmelinda desde su rincón.
"Cuatro veces."
Carmelinda paró la aguja.
"¿Cuatro?"
"Cuatro."
Carmelinda asintió despacio. Con la pausa de quien ha sumado una columna larga y le ha dado lo que esperaba.
"Sabe más de lo que dice."
"¿Cuánto más?"
Vera miró la puerta por donde había salido Leandro Piqueras — el maestro que le había enseñado a leer y a escribir y a pensar y que esta tarde no había podido mirarla a los ojos cuando le preguntó por las tierras de hace cuarenta años.
"Suficiente para que le tiemblen las manos aunque no se le note", dijo Vera. "Y suficiente para que sepa exactamente de qué estoy hablando cuando pregunto sin haber dicho de qué hablo."
· · ·
Entre un cliente y el siguiente, el pueblo seguía siendo el pueblo.
Una vecina joven entró a comprar jabón de lavanda. Mientras Vera lo envolvía, la chica miró por el escaparate hacia la plaza, donde Sergio cruzaba con la libreta de Fulgencio bajo el brazo.
"Qué susto lo del periodista", dijo. "Y eso que era guapo, para ser periodista."
"¿Los periodistas no pueden ser guapos?" dijo Vera, sin que la voz delatara nada de lo que llevaba pensando toda la mañana.
"Pueden", dijo la chica. "Pero generalmente no son."
Carmelinda cosió una puntada sin levantar la vista.
"La guapura no es un criterio de investigación", dijo. Como si lo hubiera dicho para sí misma.
La chica miró a Carmelinda. Miró a Vera. Tomó su jabón y su cambio y salió con esa prisa de quien siente que acaba de estar en una conversación que no del todo entiende.
Vera miró a Carmelinda.
Carmelinda cosió.
· · ·
Un rato después entró una mujer de unos sesenta años con una niña pequeña de la mano — siete años, quizás ocho, con las trenzas un poco deshechas y las rodillas manchadas de tierra. La mujer era la abuela de los Mínguez del segundo anillo, que venía por su bolsita de tila mensual.
La niña se quedó parada en el umbral mirando la herboristería entera — los frascos, las hierbas colgadas, la balanza de latón, Romero en la balanza de latón mirándola con su ojo bueno.
Se quedó mirando a Romero un momento largo.
Romero le devolvió la mirada con esa indiferencia suya que era también, a su manera, una forma de bienvenida.
Vera atendió a la abuela. Le pesó la tila. Se la envolvió en papel de farmacia.
Cuando fue a cobrar, vio que la niña había sacado algo del bolsillo de su abrigo de cuadros.
Un manojito pequeño. Tres ramitas, no más, atadas con un trozo de hilo de lana verde que debía haber sacado de algún costurero de la casa. Las ramitas tenían unas flores diminutas, ya cerradas por el frío, de color amarillo seco.
Manzanilla silvestre del cerro.
La niña se lo puso en el mostrador. Sin decir nada. Mirando a Vera con esa seriedad específica de los niños que hacen algo que han pensado mucho.
Vera lo miró. Miró a la niña.
"¿Las recogiste tú?"
La niña asintió. Una vez. Sin apartar los ojos.
"¿En el cerro?"
Otro asentimiento.
"¿Las atas tú sola?"
"El hilo me lo enseñó mi abuela."
La abuela de los Mínguez tenía esa expresión de quien no sabía exactamente qué había traído la niña pero que tampoco iba a interrumpirlo.