Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Las Preguntas Que Parecen Conversación

La mañana siguiente amaneció con viento.

No el viento manchego de verdad — ese que llegaría más adelante en el otoño, el que doblaba los viñedos y metía el frío por las rendijas de las ventanas viejas y hacía sonar las persianas de madrugada con ese golpeteo insistente que formaba parte de los sueños de los que habían nacido en La Mancha.

Era un viento más suave que ese, más indeciso, de los que empiezan y paran y empiezan de nuevo como si estuvieran probando si el otoño ya estaba suficientemente instalado para tomarse las libertades que le correspondían.

Vera lo notó cuando abrió la ventana de su habitación.

El aire entró de golpe — frío, limpio, cargado con ese olor a tierra seca y tomillo que el viento traía siempre del cerro — y movió las hojas de la libreta que había dejado abierta en la mesita de noche.

Las dos preguntas del círculo se agitaron un momento como si el viento también quisiera leerlas.

¿Qué pasó en Albaida del Campo hace cuarenta años? ¿Por qué Carmelinda tiene miedo?

Vera las miró. Cerró la ventana. Bajó a abrir la herboristería.

· · ·

El caso estaba cerrado.

Eso era un hecho oficial, verificable, sellado con la firma del juez de guardia de Ciudad Real y con la decisión de Fulgencio de no cuestionar esa firma porque Fulgencio era un hombre que respetaba los procedimientos y los procedimientos decían que sin indicios de violencia no había caso.

El cuerpo de Rodrigo Salcedo sería trasladado ese mismo día.

Su maleta en la pensión de Marcelo, recogida.

Su habitación, liberada. Su presencia en Albaida del Campo — esos dos días y medio de libreta bajo el brazo y sonrisa que sabía lo que hacía y preguntas que parecían conversación — borrada del registro oficial como si nunca hubiera ocurrido.

Pero el paquetito de papel marrón vacío junto a la rodilla derecha de Rodrigo Salcedo no se borraba de la cabeza de Vera con ninguna firma de ningún juez.

Y las dos preguntas en el círculo tampoco.

Y la expresión de Carmelinda mirando hacia la Casa de Oración la tarde anterior, con las manos juntas y ese silencio de cuarenta años moviéndose despacio dentro de ella, tampoco.

Vera encendió el hornillo. Midió las hierbas del día. Encendió las velas del mostrador. Romero bajó. Cisco entró. El orden de las cosas.

Pero esta mañana el orden de las cosas tenía debajo una capa nueva — esa capa que aparece cuando algo ha cambiado de manera irreversible y la vida cotidiana sigue igual por encima pero ya no es exactamente la misma cosa que era antes.

· · ·

A las ocho y cuarenta llegó Doña Pura.

No a las nueve y cuarto como era su costumbre. A las ocho y cuarenta, con el tarro vacío y una prisa que no era la suya habitual.

"¿Sabes lo de Gonzalo?" dijo nada más entrar.

"Buenos días, Doña Pura."

"Buenos días. ¿Sabes lo de Gonzalo?"

"¿Qué pasa con Gonzalo?"

"Que esta mañana, antes de las ocho — antes de que abriera el Círculo Agrícola, antes de que la mayoría del pueblo estuviera en pie — fue a la casa de Leandro Piqueras."

Vera terminó de encender la tercera vela del mostrador.

"¿Y?"

"Y estuvo dentro media hora." Doña Pura puso el tarro en el mostrador con ese cuidado propio de las noticias que pesan. "Yo lo vi salir desde mi ventana. Gonzalo Crespo no va nunca a casa de Leandro. Son conocidos, no amigos."

"La gente habla."

"La gente habla", confirmó Doña Pura. "Y lo que dicen es que Gonzalo fue a ver a Leandro para asegurarse de que lo de las tierras no salía a la luz. Ahora que hay un periodista muerto."

Vera rellenó el tarro de manzanilla despacio.

"¿Y tú qué crees?"

Doña Pura la miró — esa pausa larga de cuando lo que sigue importa.

"Creo que Gonzalo Crespo lleva años sabiendo que algo en su herencia no cuadra", dijo. "Y que esta semana ese algo empezó a moverse."

Salió con su tarro.

Vera se quedó mirando el mostrador.

· · ·

Carmelinda bajó a las ocho con el café y con una decisión que Vera identificó antes de que dijera nada — en la manera de entrar a la cocina, en cómo puso las tazas, en el hecho de que no sacara la caixa de marmelada de debajo del brazo sino que la dejara en la silla y se sentara frente a Vera con las manos en la mesa, sin la aguja, sin el hilo, sin ese escudo de costura que usaba para pensar sin que nadie lo supiera.

"Vera", dijo.

"Carmelinda."

"Lo que pasó ayer", dijo Carmelinda. Hablaba despacio, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien sabe que estas palabras importan. "No fue un infarto."

Vera dejó su taza en la mesa.

"No", dijo.

"El paquetito."

"Sí."

"El paquetito era tuyo."

No era pregunta. Carmelinda no hacía preguntas cuando sabía la respuesta — hacía afirmaciones y esperaba confirmación o corrección.

"Del mismo tipo que los míos", dijo Vera. "No puedo saber si era exactamente el mío sin analizarlo. Pero el papel, el hilo, el tamaño — sí."

"¿Y el que encontraste en el mostrador la noche anterior?"

"Intacto. El mismo hilo. El mismo papel. Igual que los que preparo."

Carmelinda asintió despacio. Con la lentitud de quien asienta cuando ha confirmado algo que ya sabía pero que necesitaba confirmar de todas formas.

"Alguien usó tu infusión", dijo.

"O una igual."

"Para dormirlo."

"Eso creo."

"¿Y vas a hacer lo que Fulgencio te pidió que no hicieras?"

Vera pensó en la respuesta con honestidad. No la respuesta que sonaba bien — la verdadera.

"Sí", dijo.

Carmelinda asintió. Tomó su taza de café. La sostuvo con las dos manos.

"Bien", dijo. "Entonces comemos."

Y desayunaron — el café, los últimos bizcochos del miércoles, el pan de cruz que Vera había bajado a buscar a la panadería de Aurelio mientras esperaba que Carmelinda bajara — con esa tranquilidad específica de las decisiones tomadas que ya no necesitan más conversación porque la conversación ya ocurrió y ahora lo que queda es hacer lo que se ha decidido.

· · ·

Vera tenía una ventaja que Fulgencio no tenía.

Lo pensó mientras atendía los primeros clientes del día. Lo pensó con claridad, sin dramatismo, como una observación práctica sobre la situación: tenía una ventaja que Fulgencio no tenía y que ningún manual de investigación enseñaba porque no era el tipo de cosa que se podía enseñar en un manual.

Era herboristería en el centro de la plaza de un pueblo donde todos se conocían.

No necesitaba buscar a la gente. La gente venía a ella.

No necesitaba hacer preguntas que parecieran preguntas.

Podía escuchar lo que la gente decía y lo que no decía y la diferencia entre las dos cosas, que era donde estaba casi siempre la información que importaba.

Llevaba tres años aprendiendo a hacer eso — aprendiendo de Carmelinda, que lo había perfeccionado durante ochenta años sin que nadie se lo enseñara formalmente — y esta mañana, por primera vez, lo iba a usar de manera deliberada.

Escuchar de otra manera.

No solo los pedidos y los chismes superficiales. Los silencios. Las pausas. Lo que la gente rodeaba sin tocar. Los temas que aparecían y desaparecían con demasiada rapidez. Las palabras que elegían y las que evitaban y la diferencia entre unas y otras.

Carmelinda llevaba ochenta años haciendo exactamente eso.

Era hora de aprender.

· · ·

Doña Pura volvió a las nueve y cuarto — la segunda vuelta de la mañana, esta vez sin tarro, solo con ganas de hablar — con la muerte de Rodrigo Salcedo todavía en la punta de la lengua, ahora con más detalles recogidos por el camino entre la plaza y el Círculo Agrícola.

Vera lo supo porque Doña Pura nunca tardaba más de treinta segundos en llegar al punto y esta vez tardó exactamente veinte.

"Lo del periodista", dijo apoyándose en el mostrador.

"Qué pena", dijo Vera.

"Una pena, sí", dijo Doña Pura. "Aunque yo ya dije ayer que algo raro había en ese hombre."

"¿Qué dijiste exactamente?"

"Que dos semanas era mucho para un reportaje de fiestas." Doña Pura se instaló en su espacio junto al mostrador. "Y que las preguntas que hacía no eran de periodista de fiestas."

"¿Qué preguntas hacía?"

"Preguntas sobre las tierras", dijo Doña Pura.

"Sobre quién tenía qué y desde cuándo. Sobre las familias antiguas.

" Una pausa. "Mi marido — que en paz descanse — siempre decía que cuando alguien pregunta por las tierras en este pueblo es porque sabe algo o quiere saber algo, y en cualquiera de los dos casos más vale tener cuidado. "

"Tu marido era sabio."

"Era manchego", dijo Doña Pura. "Que a veces es lo mismo."

Vera siguió doblando papel de farmacia despacio, con esa atención de quien hace dos cosas a la vez — doblar papel y escuchar lo que venía después.

Lo que vino después fue más interesante que lo anterior.

"Pos Gonzalo Crespo lo invitó a cenar el martes", dijo Doña Pura bajando levemente la voz, que en ella era la señal de que lo que seguía era información de primera categoría. "Yo lo vi salir de la pensión de Marcelo con él a las ocho de la tarde."

"Gonzalo invita a mucha gente."

"A los forasteros no", dijo Doña Pura. "A los forasteros los saluda en la plaza y los manda a El Círculo Agrícola si quieren tomar algo. No los lleva a su casa."

Vera dejó el papel de farmacia a un lado.

"¿Y Blas Sánchez?" dijo, con esa naturalidad de quien menciona un nombre de pasada entre otros nombres. "¿Lo viste por ahí con el periodista?"

Doña Pura la miró. Esos ojos de setenta y cinco años que no se perdían nada.

"Dos veces. El lunes por la mañana — en el camino de los viñedos, que yo iba a lo de mi sobrina — y el martes antes de comer en la plaza.

Los dos veces hablando, y no poco." Otra pausa.

"Blas no habla con los forasteros. Nunca.

Entonces o el periodista le dijo algo que le interesó, o le preguntó algo que le interesó.

Y con Blas, ya sabemos de qué va lo que le interesa. "

Vera asintió. Doña Pura se enderezó, ya con prisa de quien tiene más visitas pendientes y no puede dedicarle más tiempo a ninguna, y salió.

Desde su silla, Carmelinda cosió una puntada sin levantar la vista.

"La mitad es verdad", dijo. "Adivina cuál mitad."

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