Capítulo 3 #3
Y esa respuesta — por ahora, no sí, no eso es todo sino por ahora — se instaló en la cocina con el olor a café y a bizcochos y al espliego que Vera llevaba impregnado en la ropa del cerro, y se quedó ahí mientras las dos mujeres desayunaban en el silencio de la mañana y Albaida del Campo seguía despertando afuera sin saber todavía lo que el amanecer había encontrado en el Bombo del linde norte.
· · ·
A media mañana llegó Fulgencio.
Llegó con el uniforme ya correctamente abrochado — había tenido tiempo de terminar de vestirse — y con Sergio detrás que traía la libreta abierta en una página nueva con el bolígrafo listo.
Tenía esa expresión de hombre que ha hablado con el juez de guardia y el juez de guardia le ha dicho lo que esperaba que le dijera aunque no fuera lo que quería escuchar.
"El juez dice que no hay indicios de violencia", dijo Fulgencio sentándose en la silla de los clientes.
Vera le había puesto un café sin preguntarle porque era evidente que lo necesitaba.
"Muerte por causas naturales, probable fallo cardíaco.
El cuerpo será trasladado a Madrid para entregarlo a la familia. El caso, cerrado antes de abrirse."
"¿Y la investigación?"
"No hay investigación. No hay indicios que la justifiquen."
Vera midió sus palabras con el mismo cuidado con que medía las hierbas.
"Fulgencio. Había un paquetito de papel junto al cuerpo."
"Sí. Lo vi."
"Del mismo tipo que los que preparo yo en la herboristería."
"Vera —"
"Abierto y vacío."
"Vera." La voz de Fulgencio tenía esa paciencia específica del hombre que lleva treinta años resolviendo las cosas de un pueblo y que sabe que algunas conversaciones hay que terminarlas antes de que se vuelvan más complicadas de lo necesario.
"El caso está cerrado. El juez ha hablado. Yo he hablado con el juez."
"¿Y si el paquetito —?"
"No hay caso, Vera."
Vera lo miró. Fulgencio la miró. Sergio miraba su libreta con la concentración específica de quien finge no estar escuchando pero está anotando mentalmente cada palabra.
"De acuerdo", dijo Vera finalmente.
Fulgencio terminó su café. Se levantó. Se caló la gorra.
"No te metas en esto", dijo. No como una orden — como el consejo genuino de alguien que la conoce desde niña y que sabe exactamente lo que ese consejo vale. "Por favor."
"No me meteré", dijo Vera.
Fulgencio la miró un segundo más. Luego miró a Carmelinda, que había estado cosiendo en su silla desde que habían llegado sin levantar la vista en ningún momento.
"Carmelinda", dijo.
"Fulgencio", dijo Carmelinda sin levantar la vista.
Fulgencio asintió. Salió.
Sergio salió detrás. En el umbral se giró — como siempre hacía — y miró a Vera con la expresión de veintidós años que quiere entender cómo funcionan las cosas.
"Señorita Vera. El paquetito que mencionó." Una pausa. "Yo también lo vi."
Salió.
La puerta se cerró.
Vera se quedó mirando la puerta cerrada. Luego miró a Carmelinda.
Carmelinda cosió.
"Carmelinda."
"Dime."
"Fulgencio dice que no me meta."
"Ya lo escuché."
"¿Qué piensas?"
La aguja entró en la tela. Salió. Entró de nuevo. Carmelinda cosió tres puntadas en el silencio de la herboristería antes de responder.
"Pienso", dijo finalmente, con esa voz suya de ochenta años que no decía nada sin haberlo pensado bien, "que hay silencios que llevan cuarenta años en pie."
Vera la miró.
"¿Y?"
"Y que antes de empujar un silencio que lleva cuarenta años en pie hay que pensar bien si estás lista para lo que cae cuando cae."
Vera procesó eso. Miró el mostrador donde no había ningún paquetito esta mañana porque ella no había preparado ninguno todavía porque había salido al cerro antes de abrir la tienda.
Miró a Romero en la balanza que la observaba con su ojo bueno sin opinar.
Miró por el escaparate hacia la plaza donde la vida de Albaida del Campo seguía su curso de jueves de octubre con una normalidad que parecía imposible para lo que había ocurrido esa mañana en el Bombo del linde norte.
"¿Tú sabes algo?" dijo Vera despacio. "Sobre ese silencio de cuarenta años."
Carmelinda cortó el hilo con los dientes.
Abrió la caixa — ese sonido seco y suave de la madera que Vera conocía desde cualquier habitación de la casa. Sacó un hilo nuevo. Azul esta vez. Lo pasó por el ojo de la aguja a la primera, sin gafas, sin dudar.
"Buenas noches, hija", dijo.
"Son las once de la mañana, Carmelinda."
"Ya", dijo Carmelinda. Y empezó a coser.
· · ·
Esa tarde, cuando Vera cerró los postigos de la herboristería y subió al salón, encontró a Carmelinda de pie frente a la ventana que daba a la plaza.
No cosía. No tenía la caixa. Solo estaba de pie con las manos juntas delante — ese gesto suyo de cuando algo la preocupaba de verdad, que era tan raro que Vera lo había visto solo dos veces en tres años de convivencia — mirando hacia la Casa de Oración con una expresión que Vera no supo nombrar exactamente.
No era miedo. No era exactamente tristeza.
Era algo más antiguo que las dos cosas. Algo que había estado guardado durante mucho tiempo en un lugar muy pequeño y que esta mañana, con la noticia del Bombo, había empezado a moverse.
"Carmelinda", dijo Vera desde el umbral del salón.
Carmelinda no se giró.
"¿Sabes qué hay detrás de la Casa de Oración?" dijo en voz baja. No como una pregunta — como alguien que habla para sí mismo y las palabras salen solas.
"El callejón", dijo Vera. "El callejón viejo del casco antiguo."
"Sí", dijo Carmelinda.
Y no dijo más.
Vera la miró un momento largo. Luego se giró hacia la cocina sin preguntar. Algunas cosas necesitaban su tiempo y el tiempo de Carmelinda no era el tiempo de nadie más.
Pero esa noche, antes de apagar la última luz del salón, Vera abrió su libreta nueva en la primera página y escribió dos preguntas rodeadas de un círculo.
¿Qué pasó en Albaida del Campo hace cuarenta años?
Debajo, después de un momento, añadió una segunda.
¿Por qué Carmelinda tiene miedo?
Cerró la libreta.
Romero la miraba desde el sillón con su ojo bueno.
"Ya", le dijo Vera. "Ya lo sé."
Apagó la luz.