Capítulo 3 #2
El cesto de mimbre le pesó de repente más de lo que debería.
Miró la puerta abierta del Bombo. Miró la piedra en el suelo. Miró el cesto. Miró la puerta.
Dio diez pasos más. Quince. Se detuvo en la entrada.
Rodrigo Salcedo estaba sentado contra la pared interior del Bombo, con las piernas extendidas y la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, como si se hubiera dormido mirando la entrada.
Tenía la libreta en el regazo — cerrada, con el lápiz cruzado encima.
Las manos a los lados, abiertas, con las palmas hacia arriba.
La expresión del rostro no era de dolor ni de miedo.
Era de algo que Vera no sabía cómo nombrar todavía — algo parecido a la sorpresa de quien recibe una respuesta que no esperaba.
Vera no entró. Se quedó en la entrada exactamente el tiempo necesario para entender lo que estaba mirando. Después dio tres pasos atrás, se apoyó en la pared exterior del Bombo y respiró despacio, mirando el cielo naranja de octubre sobre los viñedos.
Cisco aterrizó en la piedra grande que estaba en el suelo. La miró. La miró a ella. No hizo ningún sonido.
"Ya", le dijo Vera al pájaro. No sabía muy bien qué quiso decir con eso.
Sacó el teléfono del bolsillo del delantal. Marcó el número de Fulgencio. Cuatro tonos.
"¿Vera? Son las seis y cuarto de la mañana."
"Fulgencio. Necesito que vengas al Bombo del linde norte. El del camino de los viñedos."
Silencio.
"¿Qué pasó?"
"El periodista."
Otro silencio. Más largo.
"Voy para allá. No toques nada. Y Vera — no llames a nadie más todavía."
Vera miró el teléfono cuando se cortó la llamada. Después miró a Cisco, que seguía en su piedra.
"Ya", le dijo al pájaro otra vez. No sabe muy bien qué quiso decir con eso tampoco.
· · ·
Fulgencio llegó en dieciséis minutos — Vera los contó.
Vino con el uniforme a medio abotonar y sin café, lo que para él equivalía a una emergencia declarada.
Trajo a su ayudante, un chico joven de Tomelloso destinado hacía tres meses en Albaida del Campo que se llamaba Sergio y que todavía no sabía bien cómo funcionaba el pueblo.
Fulgencio examinó el cuerpo con una linterna, hizo fotos con el teléfono oficial, habló en voz baja con Sergio. Vera esperó afuera, con el cesto de mimbre todavía en el brazo y la pañoleta recogida sobre la cabeza por el frío que empezó a bajar del cerro.
Cuando Fulgencio salió, tenía esa expresión que pone cuando algo lo supera pero no quiere admitirlo.
"Parada cardiorrespiratoria, probablemente.
Por el frío, o por el corazón, o por las dos cosas juntas — la piel está fría de una manera que no me gusta, más de lo que el aire de esta noche explica del todo.
El médico de guardia lo confirmará cuando llegue.
Pero mi primera impresión: vino aquí, se sentó a descansar, y el cuerpo no aguantó la combinación. "
Vera lo miró.
"Fulgencio. Tenía cuarenta y cinco años."
"La gente joven también tiene infartos, Vera."
"¿Y la libreta cerrada en el regazo?"
"Se quedó dormido con ella."
"¿Y las manos abiertas con las palmas hacia arriba?"
Fulgencio suspiró con toda el alma.
"Vera, por el amor de Dios."
Mientras Fulgencio hablaba con el juez de guardia de Ciudad Real y Sergio tomaba notas — con la dedicación de quien anota todo porque no sabe todavía qué va a ser relevante — Vera dio una vuelta lenta alrededor del Bombo.
No entró. No tocaría nada — eso lo había prometido y lo cumpliría. Pero caminar alrededor de las cosas mirándolas desde distintos ángulos no era tocar. Era observar.
La pared exterior del Bombo era de piedra seca apilada sin argamasa — piedra rojiza del terreno, colocada con esa precisión de los constructores anónimos que no habían estudiado arquitectura pero que habían aprendido que la piedra puesta en el ángulo correcto aguantaba sola, sin ayuda, durante siglos. No había rastro de nada en el exterior.
Llegó a la entrada. Se detuvo. Miró desde ahí sin cruzar el umbral.
Rodrigo Salcedo. Las piernas extendidas. La libreta cerrada. Las palmas abiertas hacia arriba.
Y algo más.
Algo que desde la primera vez, desde el momento en que había llegado a la entrada y entendido lo que estaba mirando, había registrado en algún lugar de la cabeza sin etiquetarlo todavía.
Algo pequeño. Algo que estaba en el suelo, junto a la rodilla derecha del cuerpo de Rodrigo, parcialmente en sombra.
Un paquetito de papel marrón.
Atado con hilo de bramante.
Del tamaño exacto de los paquetitos que preparaba en la herboristería para las infusiones de los clientes.
Vera miró el paquetito. Miró el hilo de bramante. Miró el papel marrón.
Este estaba abierto. El hilo, suelto. El papel, desplegado hacia los lados como una flor que alguien hubiera abierto con cuidado.
Vacío.
Vera se quedó muy quieta en la entrada del Bombo.
No dijo nada. Fulgencio estaba al teléfono con el juez y Sergio estaba anotando y ninguno de los dos estaba mirando hacia donde ella estaba. No dijo nada porque no era el momento de decirlo — no todavía, no aquí, no sin haber pensado en qué significaba lo que estaba viendo.
Un paquetito de su herboristería. El mismo tipo de papel, el mismo hilo, el mismo tamaño. Rodrigo Salcedo había salido de la tienda con el suyo — ella lo había visto, estaba segura. Y esa noche había encontrado en el mostrador otro paquetito, intacto, que no recordaba haber dejado ahí.
¿Cuántos paquetitos había en ese Bombo en este momento?
¿El que Rodrigo había llevado de la herboristería?
¿O uno diferente?
¿Preparado por quién?
¿Con qué?
El sol de octubre terminó de salir sobre la llanura manchega y los viñedos se llenaron de una luz dorada y fría que lo hacía todo parecer demasiado hermoso para lo que acababa de ocurrir en el Bombo del linde norte de Albaida del Campo.
Vera dio un paso atrás. Otro. Se alejó de la entrada.
No dijo nada sobre el paquetito.
Todavía no.
· · ·
Volvió al pueblo sola — Fulgencio le pidió que no comentara nada hasta que él hablara con el juez de guardia. Ella asintió. Caminó despacio por el camino de tierra con el cesto vacío — se había olvidado completamente del espliego.
Albaida del Campo estaba despertando de verdad cuando llegó a las primeras casas del segundo anillo — las puertas abiertas, el olor a café saliendo por las ventanas, las primeras mujeres con su escoba en el portal barriendo los adoquines con esa energía específica de la mañana que en los pueblos manchegos era casi un ritual, una afirmación cotidiana de que el espacio propio empieza en el umbral y se cuida desde ahí hacia afuera.
Doña Pura estaba en su ventana regando los geranios.
La vio llegar con el cesto de espliego y la pañoleta manchega y la expresión que Vera no sabía que llevaba en la cara — la expresión de quien acaba de ver algo que no se puede desveer — y no dijo nada.
Solo la siguió con los ojos desde la ventana con esa mirada de mujer que lleva setenta y cinco años leyendo a la gente de este pueblo y que sabe cuándo algo ha pasado aunque todavía no sepa qué.
El panadero Aurelio la saludó desde la puerta de la panadería. Vera le devolvió el saludo con la mano libre y siguió caminando.
La plaza estaba casi llena ya — el movimiento de las nueve de la mañana de un jueves de octubre en Albaida del Campo. Todo igual que ayer. Todo completamente distinto.
Vera entró a la herboristería por la puerta trasera. Colgó la pañoleta. Puso el cesto de espliego en la trastienda. Se quitó el delantal. Subió a la cocina.
· · ·
Carmelinda tenía el café hecho.
Lo tenía siempre. Pero esta mañana había algo diferente en la cocina que Vera notó antes de entrar — un silencio de una calidad específica, el tipo de silencio que no es ausencia de ruido sino presencia de espera.
Carmelinda la miró cuando entró. Una sola vez — de arriba abajo, de las alpargatas a la cara, con esa velocidad de los ojos que saben leer a las personas como se lee el tiempo — y no preguntó nada.
Puso una taza en la mesa. Puso el azucarero. Puso el plato de bizcochos de Alcázar — los de ayer, que habían sobrado, que en una cajita de latón cerrada todavía estaban perfectamente bien.
Se sentó. Puso la caixa de marmelada en el regazo. Sus dedos la rodearon despacio, buscando las vetas conocidas de la madera. Pero no la abrió.
Vera se sentó frente a ella. Rodeó la taza con las dos manos. El calor del café le subió por los dedos fríos de la mañana — ese calor específico que va de las palmas a las muñecas y que es una de las cosas más reconfortantes que Vera conocía sin poder explicar exactamente por qué.
"Carmelinda."
"Dime, hija."
"El periodista está muerto."
Carmelinda no paró los dedos sobre la madera de la caixa. No abrió los ojos de par en par. No hizo ninguno de los gestos que haría cualquier otra persona en ese momento.
Solo dijo:
"¿En los Bombos?"
Vera dejó la taza en la mesa.
Despacio. Con cuidado. Como quien deja algo que podría romperse.
"¿Cómo sabías que estaba en los Bombos?"
Los dedos de Carmelinda se movieron un milímetro sobre la madera de la caixa. Uno solo. Luego se quedaron quietos.
"No lo sabía", dijo. "Pero era el sitio más probable."
Vera la miró. Carmelinda tenía la vista en la caixa — esos dedos quietos sobre la madera pulida por sesenta años de manos, buscando las vetas sin encontrarlas del todo.
"¿Por qué el sitio más probable?"
"Porque los Bombos están solos", dijo Carmelinda. "Porque de noche no va nadie. Porque si alguien quiere que algo ocurra sin que nadie lo vea, los Bombos son el sitio."
Vera tomó su café. Lo tomó despacio, con las dos manos todavía rodeando la taza, mirando a Carmelinda sobre el borde.
"¿Eso es todo?"
Carmelinda sacó por fin la aguja del fieltro rojo. La sostuvo un momento entre los dedos sin ensartar el hilo.
"Por ahora", dijo.