Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Lo Que el Amanecer No Debería Mostrar

Vera madrugó más que de costumbre.

No porque algo la hubiera despertado — la noche había sido tranquila, el silencio manchego de las casas antiguas haciendo su trabajo de siempre, Romero inmóvil al pie de la cama con esa quietud suya de animal que duerme pero no del todo, siempre con algún sensor encendido en algún lugar que Vera no sabía identificar pero que respetaba.

Madrugó porque necesitaba ir al cerro antes de que saliera el sol.

Era la última semana posible para recoger el espliego silvestre antes de que la planta entrara en reposo — una semana más y las ramas habrían perdido el aceite esencial que las hacía útiles, se habrían vuelto secas y sin aroma y habría que esperar a la primavera siguiente.

Había cosas que no esperaban y el espliego de octubre era una de ellas.

Se ató la pañoleta manchega al cuello — un rectángulo de tela de cuadros rojos y negros que Carmelinda le había dado el primer otoño diciendo "para el cerro, que el viento baja frío" y que desde entonces era la pañoleta del cerro, la que llevaba siempre que salía a recoger plantas, la que olía a tomillo y tierra y a ese viento específico de la ladera sur que no tenía nombre pero que Vera habría reconocido con los ojos cerrados en cualquier sitio del mundo.

Se colgó el cesto de mimbre en el brazo — el grande, el de las recolecciones serias, con el fondo forrado de tela de algodón para que las ramas delicadas no se rompieran contra el mimbre.

Se guardó el teléfono en el bolsillo del delantal.

Siempre el delantal. Carmelinda decía que el delantal afea la silueta cuando se lleva fuera de la cocina y de la tienda y Vera le daba la razón en abstracto y lo llevaba igual en concreto porque el delantal tenía bolsillos y los bolsillos eran útiles y la silueta podía arreglárselas.

Salió antes de las seis.

· · ·

Albaida del Campo dormía.

No el sueño profundo de la medianoche sino ese sueño ligero y casi concluido de las horas previas al amanecer, cuando el pueblo empieza a prepararse para despertar sin hacerlo todavía, cuando las primeras luces aparecen en alguna ventana y las primeras pisadas suenan en algún callejón pero todo todavía pertenece más a la noche que al día.

Las calles del casco antiguo a esas horas tenían una calidad diferente a la de cualquier otro momento.

Sin el movimiento de los vecinos, sin las conversaciones de los portales y las sillas en la puerta, sin el ruido específico de un pueblo que se conoce y vive en voz alta, los adoquines empedrados mostraban lo que eran debajo de todo eso: piedra vieja y húmeda de rocío, con ese brillo específico de las superficies que han absorbido siglos de pisadas y lluvia y sol y que tienen su propia memoria en la superficie.

Vera caminó despacio. No había prisa — el espliego estaría en el cerro hasta que saliera el sol y el sol no saldría hasta dentro de una hora.

El único sonido eran sus alpargatas sobre los adoquines y, en algún tejado indeterminado del casco antiguo, el movimiento de Cisco entre las tejas con ese sigilo que tienen los pájaros antes del amanecer cuando se mueven como si supieran que el mundo todavía no está despierto y no quieren ser ellos quienes lo despierten.

Cruzó la plaza. La fuente sonaba sola en el centro — ese sonido constante que era parte del silencio de Albaida del Campo, que estaba tan integrado en el paisaje sonoro del pueblo que su ausencia habría sido más llamativa que su presencia.

Las ventanas del ayuntamiento estaban apagadas.

El banco de piedra bajo los soportales, vacío.

El escaparate de su herboristería, cerrado con los postigos de madera.

Todo en su sitio.

Todo durmiendo.

Tomó el camino de tierra que salía de la plaza por el lado de la cooperativa vinícola y bordeaba los viñedos hacia el cerro.

A esa hora el camino era una línea más oscura entre la oscuridad general del campo — se veía más por el tacto de los pies que por la vista, por la textura de la tierra apelmazada bajo las alpargatas en vez del adoquín, por la ligera elevación del terreno que empezaba casi enseguida.

El aire cambió cuando dejó el pueblo atrás.

Se volvió más frío y más limpio y más cargado — tomillo y romero y tierra húmeda de rocío y ese aroma vegetal y un poco amargo de los viñedos en otoño que no era exactamente a uva sino a lo que queda de la uva después de que la cosecha se la llevó: los sarmientos, las hojas que empezaban a caer, la tierra entre las cepas que era otra tierra, más oscura y más trabajada que la del camino.

Vera respiró hondo.

El cerro empezaba.

· · ·

Media hora de camino, como siempre.

La ladera sur del cerro de Albaida del Campo no era un cerro en el sentido que la palabra tiene en las zonas de montaña — no había pendientes pronunciadas ni terreno difícil ni senderos que hubiera que buscar.

Era más bien una elevación gradual y amplia, una ondulación lenta de la llanura manchega que se alzaba lo suficiente para cambiar la vegetación y la temperatura y la perspectiva desde arriba, pero que cualquier persona con piernas podía subir sin dificultad.

Lo que hacía especial esa ladera no era su altura sino lo que crecía en ella: una concentración extraordinaria de plantas aromáticas silvestres que Vera había tardado un año en mapear completamente y que seguía descubriendo, tres años después, con la sorpresa específica de los lugares que no agotan.

El espliego estaba en la parte media de la ladera sur, en una zona de tierra rojiza y pedregosa donde la humedad del rocío llegaba pero el sol de la tarde también, que era exactamente la combinación que el espliego silvestre necesitaba para desarrollar el perfil de monoterpenos que lo hacía útil para las infusiones de la herboristería.

Vera lo conocía desde niña — había subido a ese cerro con su abuela, con su madre, con las excursiones de la escuela de Leandro Piqueras que incluían siempre una parada en la ladera sur donde el maestro explicaba los nombres de las plantas con esa paciencia de quien ha explicado las mismas cosas cientos de veces y sigue encontrándoles algo nuevo que decir.

El espliego de ese año había crecido bien — las lluvias de septiembre habían llegado en el momento justo y las plantas estaban altas y ramificadas con esas flores violeta que en julio habrían sido el espectáculo del cerro pero que ahora, en octubre, ya habían terminado y dejaban las ramas cargadas de semillas diminutas y de ese aceite esencial que era lo que Vera venía a buscar.

Empezó a cortar. Las tijeras de campo — pequeñas, con mango rojo, afiladas con el mismo cuidado con que afilaba todo lo que usaba en el trabajo — hacían ese sonido seco y limpio de la hoja buena que corta bien y que es uno de los sonidos más satisfactorios que Vera conocía.

Rama por rama, con cuidado, dejando siempre suficiente planta para que se recuperara, para que el año siguiente estuviera en el mismo sitio y en el mismo estado.

No se recolectaba hasta dejar la planta sin recursos.

Eso era lo primero que había aprendido — de los libros, de su abuela, de Carmelinda que lo sabía sin haberlo estudiado nunca, que lo sabía de la manera en que se saben las cosas que se aprenden mirando y tocando y oliendo durante ochenta años de vida en contacto con la tierra.

El cesto se fue llenando despacio. El olor del espliego cortado — más intenso que el de las ramas sin cortar, más áspero, con ese fondo alcanforado que era el perfil de monoterpenos en forma de aroma — se mezcló con el aire frío del cerro y creó algo que Vera respiró con esa atención de quien sabe que está en uno de los momentos buenos, de los que no se planean y no se fuerzan y que por eso son los que más valen.

El cielo empezó a clarear por el este.

Una línea fina de naranja sobre la llanura manchega, tan fina al principio que podría haber sido un error del ojo, una ilusión producida por el cansancio de mirar en la oscuridad.

Luego más ancha. Luego más naranja. Luego el primer destello del sol propiamente dicho — ese momento específico en que la luz cambia de calidad y deja de ser la ausencia de oscuridad para convertirse en algo propio, algo que tiene color y dirección y que dora todo lo que toca con esa luz horizontal de primera hora que en La Mancha era especialmente hermosa porque la llanura la dejaba viajar sin obstáculos durante kilómetros.

Vera se irguió. Miró hacia el pueblo.

Desde ahí arriba se veía Albaida del Campo entero — los tejados blancos apretados alrededor de la plaza, la torre de la Casa de Oración que era el punto más alto del casco antiguo, los viñedos que rodeaban el pueblo por tres lados, la carretera que salía hacia Ciudad Real bordeando los campos de cereal, los depósitos de acero de la cooperativa vinícola brillando ya con el primer sol aunque el pueblo todavía estuviera en sombra.

Y los Bombos.

Los vio porque los conocía de toda la vida y porque desde el cerro se veían perfectamente — esas construcciones circulares de piedra seca esparcidas entre los viñedos como hongos, bajas y sólidas, construidas con la misma piedra rojiza del terreno de manera que casi se confundían con él si no se sabía lo que se estaba buscando.

El Bombo del linde norte — el más grande, el del que Vera había jugado de niña, el que tenía la entrada orientada al oeste para protegerse del viento manchego — tenía la puerta abierta.

Vera lo vio desde treinta metros de distancia cuando bajaba la ladera con el cesto lleno y se dirigía de regreso al camino de tierra.

La puerta siempre estaba cerrada — los agricultores la cerraban con una piedra grande apoyada en el marco, no por seguridad sino por costumbre, para que el interior no se llenara de animales durante el invierno.

La piedra estaba en el suelo, a un lado, como si alguien la hubiera apartado con prisa o con cuidado o con las dos cosas a la vez.

Vera se detuvo.