Capítulo 2 #2
El resto de la mañana transcurrió con la normalidad de los miércoles de octubre en Albaida del Campo, que era una normalidad bastante rica en eventos menores si uno prestaba atención.
Llegaron tres vecinas juntas — las de los martes y miércoles que venían siempre en grupo porque vivían en la misma calle y habían establecido entre ellas una economía de desplazamientos que incluía hacer los recados en común.
Compraron aceite de romero, jabón de caléndula y una infusión para el marido de una de ellas que tenía el estómago revuelto desde la vendimia, diagnóstico que Vera recibió con la expresión neutra de quien lleva tres años escuchando descripciones médicas de los vecinos de Albaida del Campo.
Mientras las tres vecinas estaban en la tienda hablando de la infusión y del marido y de la vendimia y de lo que habían dicho en el informativo de anoche y de lo que les había parecido lo que habían dicho en el informativo de anoche, mencionaron al periodista.
Así, de pasada, como se mencionan las cosas que todo el mundo ya sabe pero que siguen siendo material de conversación porque son nuevas en el catálogo de novedades del pueblo.
"El de la pensión", dijo una.
"Guapo", dijo la segunda.
"Preguntón", dijo la tercera. "Esta mañana estuvo en el Círculo Agrícola haciéndole preguntas a mi marido sobre las tierras del término. Dice que es para el reportaje pero mi marido dice que preguntaba demasiado específico para ser un reportaje de fiestas."
Vera les cobró sus compras. Las despidió con amabilidad genuina, aunque sin invitar a extender la visita. Cuando se fueron cerró la puerta un momento con el cartel de Vuelvo enseguida y subió a la cocina.
Carmelinda estaba haciendo el almuerzo — una olla de judías blancas con chorizo que llevaba dos horas en el fuego y que había llenado la casa de ese olor específico de las cosas que llevan el tiempo exacto cocinándose, sin prisa, sin atajos.
"El periodista estuvo esta mañana en el Círculo Agrícola preguntando sobre las tierras del término", dijo Vera.
"Ya."
"Su marido dice que preguntaba demasiado específico para ser un reportaje de fiestas."
"¿El marido de quién?"
"De la Conchi. La de la calle del Pozo."
"El marido de la Conchi", dijo Carmelinda con el tono de quien cataloga la fuente antes de evaluar la información. "Habla mucho pero escucha bien. Si dice que era específico, era específico."
Vera se apoyó en el marco de la puerta de la cocina. Miró la olla. Miró a Carmelinda.
"¿Y qué hacía en la herboristería preguntando sobre las familias antiguas?"
"Lo mismo que hace en el Círculo Agrícola preguntando sobre las tierras", dijo Carmelinda. Revolvió la olla. "Construir el mapa."
"¿Qué mapa?"
Carmelinda dejó la cuchara de madera apoyada en el borde de la olla. Se giró. Miró a Vera con sus ojos verdes.
"El que necesita para encontrar lo que vino a buscar", dijo. "Que no es la Fiesta del Azafrán."
Vera procesó eso.
"¿Cómo sabes lo que vino a buscar?"
"No lo sé", dijo Carmelinda. "Pero ese hombre no tiene problema para dormir, Vera."
Vera dejó la cuchara en el plato.
"¿Cómo sabes?"
Carmelinda tomó su cuchara. La miró un momento.
Y no respondió.
Que era, en Carmelinda, una manera de responder.
· · ·
Por la tarde pasaron por la herboristería dos cosas que Vera anotó mentalmente sin saber todavía exactamente por qué.
La primera: Leandro Piqueras llegó a las cuatro con el pretexto de la manzanilla.
Leandro Piqueras llevaba treinta años comprando manzanilla en la herboristería — primero en la de la anterior dueña, luego en la de Vera — y en esos treinta años nunca había tardado más de cinco minutos. Esta tarde tardó cuarenta y tres.
Habló de libros — los que estaba leyendo, los que había leído, los que pensaba leer.
Habló del tiempo — del cambio de temperatura, de la escarcha que vendría pronto, de cómo el cerro se veía diferente en otoño.
Habló de la historia del pueblo — de los molinos, de las órdenes militares que habían dominado La Mancha en la Edad Media, de Cervantes y de sus viajes por estos caminos.
Todo esto con sus gafas de montura redonda perfectamente limpias, con sus manos entrelazadas a la espalda, con esa voz de maestro que había pasado cuarenta años explicando cosas a personas de todas las edades.
Cuando por fin se fue, Carmelinda dijo sin levantar la vista:
"Vino a ver si el periodista había estado aquí."
"¿Eso crees?"
"Lleva treinta años comprando manzanilla", dijo Carmelinda. "Nunca tardó más de cinco minutos."
Vera miró la puerta por donde había salido Leandro.
Cisco aterrizó en el mostrador y miró la puerta por donde salió Leandro — con esa atención larga de cuando evaluaba algo que no le acababa de convencer.
La segunda cosa ocurrió a las cinco y media.
Vera estaba cerrando los postigos del escaparate cuando vio, desde la plaza, a Gonzalo Crespo saliendo de la pensión de Marcelo.
No era raro que Gonzalo visitara la pensión — conocía a Marcelo de toda la vida, como conocía a todo el pueblo.
Pero lo que Vera notó no fue que saliera de la pensión sino la expresión con la que salió — esa expresión específica de los hombres que acaban de tener una conversación que los ha dejado pensando en algo que no esperaban tener que pensar.
Gonzalo cruzó la plaza sin ver a Vera. Miraba al suelo — ese suelo de adoquines manchegos que él conocía tan bien como Vera conocía los estantes de su herboristería — con los pasos un poco más lentos que de costumbre y las manos enormes metidas en los bolsillos de la chaqueta.
Vera lo siguió con la vista hasta que dobló la esquina del callejón que llevaba a su casona del casco antiguo.
Luego cerró el último postigo.
El pueblo sabía que el periodista estaba ahí. Eso también era un hecho.
Lo que no sabía todavía — lo que Vera tampoco sabía todavía — era qué había venido exactamente a buscar.
Esa noche, después de cenar, Vera encontró sobre el mostrador el paquetito de espliego y melisa.
El mismo que había preparado esa mañana para Rodrigo Salcedo.
Lo miró. Lo tomó. Lo olió — la melisa seca, el espliego, ese aroma que ella misma había mezclado y que reconocía como reconocía el olor de sus propias manos.
Intacto. El hilo de bramante sin tocar. El papel de farmacia sin abrir.
Lo había visto salir con él. Estaba segura. Lo había visto tomarlo del mostrador y salir con él por la puerta.
Se quedó mirando el paquetito en su mano un momento largo.
Luego miró a Romero, que la observaba desde la balanza con su ojo bueno y esa expresión de animal que sabe más de lo que dice pero no tiene ningún incentivo para decirlo.
"Ya", le dijo Vera.
Subió a la cocina. Puso el paquetito en el cajón de los pedidos pendientes. Hizo el café de la noche.
Carmelinda estaba en su silla con la caixa en el regazo y el moño verde terminado en la mano — lo dejó sobre la mesa de la cocina sin llamar la atención sobre ello, como si el moño hubiera aparecido solo.
Vera lo miró. Lo tomó. Se lo puso en el pelo.
"¿El periodista volvió a pasar por la plaza esta tarde?" preguntó Carmelinda sin levantar la vista.
"Sí. Con la libreta. Estuvo un rato mirando la Casa de Oración."
Carmelinda cosió una puntada con el hilo azul oscuro.
"¿Tiene familia?" dijo.
"No lo sé."
"Averigualo", dijo Carmelinda. Como si fuera la cosa más natural del mundo. Como si averiguar si un periodista tiene familia fuera parte del trabajo ordinario de una herboristería en la plaza de un pueblo manchego.
Vera la miró.
"¿Para qué?"
"Para saber cuánto tiene que perder", dijo Carmelinda. "Los hombres que no tienen familia son los más peligrosos. No porque sean malos — sino porque no tienen a nadie que les diga que paren."
Vera se quedó con el café a medias mirando a Carmelinda.
"Carmelinda."
"Dime."
"¿Sabes algo que no me estás contando?"
La aguja entró en la tela. Salió. Entró de nuevo. Carmelinda cosió tres puntadas en el silencio de la herboristería antes de responder.
"Siempre sé algo que no estoy contando", dijo finalmente, con esa voz de ochenta años que no decía nada sin haberlo pensado bien. "Eso no es nuevo."
"Sobre este hombre."
"Sobre este pueblo", dijo Carmelinda. "Que es diferente."
Vera la miró. Carmelinda cosía.
"¿Y qué sabes sobre este pueblo que no me estás contando?"
"Buenas noches, hija", dijo Carmelinda.
Recogió su caixa. Subió la escalera.
Vera se quedó sola en la cocina con su café y el silencio de la casa grande de Albaida del Campo y esa pregunta sin respuesta flotando en el aire de la cocina como el olor a café frío y a romero seco.
Afuera, Albaida del Campo dormía. O lo fingía.
Antes de dormir abrió la libreta nueva en la primera página y escribió dos preguntas rodeadas de un círculo.
¿Qué pasó en Albaida del Campo hace cuarenta años?
Debajo, después de un momento, añadió una segunda:
¿Por qué Carmelinda tiene miedo?
Cerró la libreta.
Albaida del Campo durmió.
Vera casi.