Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

El Hombre de la Libreta

El miércoles amaneció con niebla.

No la niebla densa de los valles húmedos del norte — esa que se mete en los huesos y no sale hasta el mediodía.

Era la niebla manchega de octubre, que era otra cosa: difusa, casi transparente, más parecida a un velo que a una pared, que no impedía ver sino que hacía que todo lo que se veía tuviera los bordes ligeramente borrosos, como si el pueblo hubiera decidido tomarse la mañana con más calma de lo habitual y hubiera puesto ese filtro suave entre él y el mundo para tener un poco más de tiempo antes de ser mirado.

Vera la vio desde la ventana de su habitación antes de bajar y pensó que era un paisaje honesto.

Todo con los bordes borrosos. Todo sin definición precisa.

Exactamente como la sensación que le había quedado de la tarde anterior — ese hombre cruzando la plaza con su libreta bajo el brazo, Cisco mirando el callejón vacío, el paquetito de infusión en el mostrador sin que ella recordara haberlo dejado ahí.

Nada concreto. Solo bordes borrosos.

Bajó a abrir la herboristería.

· · ·

Carmelinda ya tenía el café y tenía también, en el horno, algo que Vera identificó antes de llegar a la cocina por el olor que bajaba por la escalera con esa insistencia deliciosa de los olores que hornean despacio: bizcochos de Alcázar.

Los de los miércoles — que no eran exactamente los de los miércoles por ninguna razón establecida formalmente sino porque en algún momento de los tres años de convivencia los miércoles se habían convertido en el día de los bizcochos de Alcázar y nadie había cuestionado eso porque no había ninguna razón para cuestionarlo.

Eran unos bizcochos secos y ligeros, increíblemente ligeros, casi ingrávidos, con esa costra de glaseado blanco de azúcar que Carmelinda hacía a ojo — siempre a ojo, nunca con medidas, con esa imprecisión aparente de quien en realidad mide con la memoria de las manos — y que quedaba fina y brillante y que se disolvía en la boca dejando un dulzor limpio sin empalagar.

El ritual de los miércoles era mojarlos.

No en el café — eso era de cualquier día — sino en la mistela de la noche.

Pero eso era de noche. De mañana se comían solos, con el café negro de Carmelinda y el café con terrón y medio de Vera, y eran suficientemente buenos para justificar el miércoles como día especial aunque no hubiera ninguna otra razón para que lo fuera.

"Niebla", dijo Vera entrando a la cocina.

"Ya", dijo Carmelinda sin mirarse.

"Se va a levantar antes de las diez."

"Antes de las nueve", dijo Carmelinda. "El sol sale fuerte hoy."

Vera miró por la ventana de la cocina — el patio interior de la casona, con sus macetas de gitanillas tardías todavía en flor y sus adoquines húmedos de la niebla y la parra vieja que cruzaba la pared sur con esas hojas rojizas de octubre que parecían incendios quietos.

El cielo sobre el patio era blanco y plano — la niebla desde arriba.

"¿Cómo sabes que el sol sale fuerte si no se ve el cielo?"

"Lo sé", dijo Carmelinda.

Vera decidió no seguir por ese camino.

Se sentaron. El café. Los bizcochos. El silencio de la mañana que era el silencio correcto — lleno de los sonidos de la casa y de la plaza despertando afuera, de las palomas en el tejado y del agua de la fuente y del panadero Aurelio sacando los primeros panes a la calle.

Romero bajó. Ocupó la balanza. Cisco entró por la ventana. Dio su vuelta. Salió hacia la plaza.

El orden de las cosas.

· · ·

A las diez menos cuarto — Carmelinda tenía razón, la niebla se había levantado antes de las nueve y el sol de octubre había salido con esa contundencia propia de quien tiene trabajo que hacer — entró a la herboristería Rodrigo Salcedo.

Vera lo reconoció antes de que abriera la puerta porque Cisco, que estaba en el alféizar de la ventana principal mirando la plaza, hizo algo que no hacía normalmente: desapareció.

No voló hacia los tejados ni hacia la fuente ni hacia ninguno de sus sitios habituales.

Simplemente no estaba — y Vera, que llevaba suficiente tiempo compartiendo espacio con ese jilguero para haber aprendido a leer sus movimientos como se lee el tiempo en el cielo manchego, levantó la vista del frasco que estaba etiquetando exactamente cuando la puerta se abrió.

Rodrigo Salcedo era un hombre de cuarenta y cinco años con ese aspecto específico de la gente que trabaja con palabras — no exactamente descuidado pero sí con una cierta indiferencia hacia los detalles del aspecto físico que sugería que tenía cosas más interesantes en las que pensar.

Pelo oscuro con canas en las sienes. Chaqueta de pana marrón con los codos ligeramente gastados.

La libreta bajo el brazo izquierdo — la misma de ayer, la que había llevado cruzando la plaza con ese aire de hombre que sabe adónde va.

Y una sonrisa que Vera registró con esa atención suya que la gente confundía con amabilidad pero que era otra cosa — era el mismo instinto que usaba para identificar una planta por el olor antes de verla: la sonrisa de alguien que sabe exactamente el efecto que produce y lo usa con la misma naturalidad con que usa cualquier otra herramienta de su trabajo.

Encantador. Esa era la palabra. Encantador de la manera en que son encantadoras las cosas que han practicado el encanto suficiente tiempo para que ya no parezca practicado.

"Buenos días", dijo. Su voz era grave y pausada, con ese acento de Madrid que en boca de ciertas personas suena como si el mundo entero fuera a escucharlos con atención. "¿Es usted Vera Prados?"

"Soy yo."

"Rodrigo Salcedo." Entró. Miró la tienda con esa atención suya que registraba todo sin parecer que miraba nada en particular. "Qué sitio tan interesante."

"¿En qué puedo ayudarle?"

"Tengo problemas para dormir", dijo. "El cambio de ciudad al pueblo, supongo. El silencio me despierta."

Vera casi sonrió. El silencio que despertaba a la gente de ciudad — ese silencio que en realidad no era silencio sino otro tipo de sonidos a los que no estaban acostumbrados. La fuente. Los pájaros. El crujido de las casas viejas enfriándose de noche.

"Espliego y melisa", dijo. "Infusión antes de dormir. Sin azúcar."

"¿Sin azúcar?"

"El azúcar activa. La melisa necesita trabajar sola."

Rodrigo asintió como quien anota mentalmente algo útil.

Mientras Vera preparaba la infusión, él recorrió la tienda despacio — las estanterías, los frascos etiquetados, los manojos de hierbas colgados boca abajo.

Se detuvo frente a los tarros de cerámica.

Los miró con una atención que era demasiado concentrada para ser curiosidad turística.

"¿Elabora usted misma los productos?"

"La mayoría."

"¿Y las plantas? ¿Las cultiva o las compra?"

"Depende", dijo Vera. "Las silvestres las recojo en el cerro. Las cultivadas las compro a proveedores de confianza."

"¿Sale al campo a recogerlas?"

"Cuando corresponde."

"¿Sola?"

Vera levantó la vista del mostrador donde estaba pesando la melisa. Lo miró.

"¿Por qué lo pregunta?"

Rodrigo Salcedo sonrió. Esa sonrisa.

"Curiosidad", dijo. "Soy periodista. La curiosidad es una enfermedad profesional."

"¿Y sobre qué escribe?"

"Sobre este pueblo", dijo con naturalidad. "La Fiesta del Azafrán. Las tradiciones. La vida de un pueblo manchego en otoño." Una pausa brevísima. "Cosas hermosas."

Vera terminó de pesar la melisa. Añadió el espliego. Envolvió la mezcla en papel de farmacia con esa eficiencia suya de cuatro años de universidad y tres de práctica diaria, ató el paquetito con hilo de bramante y lo puso en el mostrador.

"Dos cucharadas en agua caliente", dijo. "No hirviendo — a ochenta grados. El espliego pierde propiedades con el hervor."

"¿Y cómo sé cuándo el agua está a ochenta grados sin termómetro?"

"Cuando empiezan las primeras burbujas pequeñas en el fondo", dijo Vera. "Antes de que rompa a hervir."

Rodrigo la miró un momento. Con esa atención suya que era diferente a la de antes — no la atención de quien mira una tienda interesante sino la de quien mira a una persona y decide que la persona es más interesante que la tienda.

"Gracias", dijo. Pagó. Tomó el paquetito. Y en ese momento, sin que hubiera ninguna razón evidente para que lo hiciera, giró levemente la cabeza hacia el rincón donde Carmelinda estaba sentada en su silla junto a la ventana con la caixa en el regazo y la aguja en la mano.

"Buenos días", le dijo.

Carmelinda no levantó la vista de la costura.

"Buenos días", dijo.

Rodrigo esperó un segundo — el segundo que esperan las personas acostumbradas a que la gente les preste atención cuando ellos la inician, el segundo que no ocurrió porque Carmelinda siguió cosiendo con la misma tranquilidad con que hubiera cosido si no hubiera nadie en la tienda.

Entonces hizo algo que Vera registró: intentó otra vez.

"¿Lleva mucho tiempo en el pueblo?"

"Suficiente", dijo Carmelinda. Sin levantar la vista. Sin cambiar el ritmo de la aguja.

"¿Y conoce bien a las familias antiguas? Las que llevan aquí generaciones."

La aguja de Carmelinda entró en la tela. Salió. Entró de nuevo.

"Conozco lo que hay que conocer", dijo.

Rodrigo Salcedo esperó otro segundo. Luego sonrió — esta vez con algo diferente en la sonrisa, algo más calculado y menos encantador — y se giró hacia la puerta.

"Hasta pronto", dijo.

Salió.

La puerta se cerró.

El sonido de sus pasos en los adoquines de la plaza se alejó despacio hacia el interior del casco antiguo.

Vera esperó. Miró a Carmelinda.

Carmelinda cosió.

"¿Qué?" dijo sin levantar la vista. Como si supiera exactamente que Vera la estaba mirando — que lo sabía, por supuesto.

"Nada", dijo Vera. "Esperaba que dijeras algo."

"Ya lo dije."

"No dijiste nada."

Carmelinda levantó por fin la vista. Sus ojos verdes encontraron los de Vera con esa tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo para mirar.

"Exactamente", dijo.

Y volvió a coser.

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