Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Entró a la herboristería con su pedido semanal en la cabeza — la tila, siempre la tila, desde que el médico le había dicho que el café lo ponía nervioso y Fulgencio había llegado al compromiso de tomar tila por las tardes para compensar el café de las mañanas, que eso no lo dejaba.

Cisco lo detectó en el mismo momento en que cruzó el umbral.

Había algo en Fulgencio que producía en Cisco una reacción que Vera nunca había podido explicar del todo.

No era miedo — Cisco no tenía miedo de nada que Vera hubiera observado.

No era exactamente enemistad. Era más bien una especie de posición de principios que el jilguero había adoptado en algún momento de su historia con el guardia civil y que desde entonces mantenía con una consistencia que rozaba lo ideológico.

Cisco voló del alféizar al mostrador.

Fulgencio lo vio. Se detuvo un paso dentro de la puerta.

Los dos se miraron.

"Buenos días, Cisco", dijo Fulgencio. Con la voz de quien ha aprendido que saludar primero no garantiza nada pero es el protocolo correcto.

Cisco inclinó la cabeza levemente.

"La tila, Fulgencio", dijo Vera desde el fondo de la tienda.

"La tila", confirmó Fulgencio sin apartar los ojos del pájaro. Dio un paso hacia el mostrador. Cisco esperó. Fulgencio dio otro paso. Cisco siguió esperando con esa paciencia suya que no era paciencia sino cálculo.

El tercer paso fue el que Cisco había estado esperando.

Lo que siguió duró cuarenta y cinco segundos exactos y terminó con Fulgencio en la acera de la plaza, sin su gorra, con la dignidad en el suelo de baldosa hidráulica de la herboristería, y con Cisco de regreso en el alféizar de la ventana con la gorra del guardia civil en el pico y esa expresión de absoluta satisfacción con el trabajo realizado.

Desde arriba, en la cocina, Carmelinda no dijo nada.

Pero el tercer escalón crujió de una manera levemente diferente a la habitual, que era la manera en que crujía cuando Carmelinda se movía tratando de no reírse.

Vera salió a la acera. Recogió la gorra. La llevó adentro. La puso en el mostrador.

Fulgencio entró. Recuperó la gorra. Se la caló al ángulo exacto de siempre con esa dignidad del hombre que decide que lo que acaba de pasar no ha pasado.

"La tila", dijo.

"La tila", dijo Vera.

· · ·

Al mediodía la herboristería tuvo un momento de calma — esa pausa específica de las doce en los pueblos manchegos donde el sol está en lo más alto y el pan ya se compró y la plaza se vacía porque la gente se va a comer y el pueblo se recoge sobre sí mismo con esa intimidad del mediodía que no comparte con nadie.

Vera aprovechó para subir a la cocina.

Carmelinda tenía el almuerzo listo — un pisto manchego que había puesto a cocer a fuego lento desde las diez y que había llenado la casa de ese olor contundente y reconfortante de los pimientos y los tomates y el aceite de oliva cocinándose despacio, sin prisa, hasta que los sabores ya no eran individuales sino uno solo que no tenía nombre de ingredientes sino nombre de casa.

Se sentaron las dos a la mesa. Carmelinda sirvió el pisto. Vera cortó el pan.

Comieron en silencio un momento — un silencio que no era vacío sino lleno de la presencia de las dos, de los sonidos de la cocina y de la plaza que llegaban filtrados por las paredes gruesas de la casona, del olor del pisto y del café que Carmelinda pondría después del almuerzo.

"Llegó un periodista", dijo Vera.

"Ya lo sé", dijo Carmelinda.

"¿Cómo sabes si no saliste esta mañana?"

Carmelinda tomó un trozo de pan. Lo mojó en el pisto despacio, con la concentración de los gestos que se hacen bien porque se han hecho mil veces.

"Para qué salir", dijo, "si la calle entra sola."

Vera la miró. Carmelinda comió su pan mojado en pisto con la expresión de quien ha dicho exactamente lo que tenía que decir y no tiene nada más que añadir.

Vera no preguntó más.

Terminaron de comer. Carmelinda puso el café. Vera lavó los platos — ese ritual de los platos a mano que había adoptado sin darse cuenta, como tantas otras cosas de Carmelinda que habían entrado en su vida con la misma naturalidad con que entraba Cisco por la ventana.

· · ·

Por la tarde la herboristería recuperó el movimiento de las horas tranquilas.

Carmelinda había bajado al salón con su caixa y su aguja y ese moño verde que estaba terminando. Cosía con calma — manos que conocen su trabajo, ojos en la tela y oídos en todo lo demás.

· · ·

Al final de la tarde, cuando el sol de octubre empezaba a bajar sobre los tejados blancos de Albaida del Campo y la luz se volvía horizontal y dorada, Vera estaba ordenando los frascos del mostrador cuando vio, a través del escaparate, al mismo hombre de la mañana.

Ya sin la maleta. Caminando despacio por los soportales con la libreta abierta en las manos, anotando algo. Mirando los arcos, los dinteles, los escudos de piedra sobre las puertas. Con esa atención de quien ha llegado para quedarse el tiempo suficiente y no tiene prisa en verlo todo de una vez.

Se detuvo frente a la ferretería cerrada de los Jiménez. Miró el letrero viejo. Anotó algo.

Siguió caminando sin mirar hacia la herboristería.

Vera lo siguió con la vista desde el escaparate.

Cisco, en el alféizar, también.

Pero esta vez ninguno de los dos dijo nada.