Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Llevaba su caixa de marmelada bajo el brazo.

La llevaba siempre — esa cajita redonda de madera que había cruzado la frontera portuguesa con ella hacía sesenta y un años, cuando tenía diecinueve y seguía a un hombre que se convertiría en su marido y que moriría treinta años después dejándola en un pueblo manchego sin más equipaje emocional que el que había traído consigo.

La madera, que originalmente había sido blanca y áspera como todas las cajitas de marmelada de Odivelas, estaba ahora pulida y suave como la seda por el roce de sesenta años de manos.

Al abrirla — con ese sonido seco y suave que Vera reconocía desde cualquier habitación de la casa — olía a polvo y a algodón y a metal de agujas y a algo más difícil de identificar: un fondo imperceptiblemente dulce, casi fantasmal, como el eco lejano del membrillo de su juventud.

Adentro: las agujas clavadas en un trozo de fieltro rojo.

Los hilos de colores enredados con esa aparente confusión que solo Carmelinda sabía leer.

Y en algún rincón, entre los retazos de tela que guardaba para los moños de Vera, la historia entera de una mujer que había llegado a este pueblo con una caja de madera y se había quedado.

Entró a la cocina. Puso el café. Puso las tazas. Puso el azucarero — que Vera usaba y ella no, pero que ponía igual, cada mañana, porque poner el azucarero era parte de poner el café y las cosas se hacen completas o no se hacen.

Se sentó en su silla junto a la ventana que daba al patio. Abrió la caixa. Sacó la aguja del fieltro rojo con esa precisión de dedos que no necesitaban mirar. Ensartó un hilo verde — a la primera, sin gafas, sin dudar.

Empezó a coser.

Desde abajo, en la herboristería, Vera escuchó ese sonido específico que no era exactamente audible pero que estaba ahí — la presencia de Carmelinda en la mañana, que era como el crujido del tercer escalón: una señal de que las cosas estaban en su orden correcto.

· · ·

Los primeros clientes llegaron a las nueve.

En Albaida del Campo los primeros clientes de la herboristería eran siempre los mismos — no porque fueran los más madrugadores del pueblo sino porque eran los que tenían una razón concreta para aparecer antes de que la plaza se llenara del movimiento de media mañana.

Vera los conocía a todos. Los conocía desde antes de abrir la herboristería, desde que era niña en este mismo pueblo, desde que iba a la escuela de Leandro Piqueras y cruzaba esta misma plaza con la mochila y llegaba tarde los lunes porque los lunes le costaban y eso no había cambiado en veinte años.

Doña Pura fue la primera. Era una mujer de setenta y cinco años con un conocimiento enciclopédico del pueblo que habría dado para llenar varios volúmenes si alguien se hubiera tomado la molestia de transcribirlo, y con una generosidad para compartir ese conocimiento que hacía que esos volúmenes hipotéticos estuvieran siempre disponibles para consulta.

Llegó con su tarro de manzanilla vacío y su abrigo negro de los días frescos y esa expresión de quien trae noticias y sabe que son bienvenidas.

"Vera, hija."

"Doña Pura. ¿Cómo está el estómago?"

"Regular, pa qué te voy a engañar", dijo Doña Pura, que decía siempre regular independientemente de cómo estuviera el estómago porque regular era la respuesta que justificaba la compra de manzanilla sin parecer que se estaba quejando demasiado.

Puso el tarro en el mostrador. Miró a Romero en la balanza. "¿Sigue aquí ese animal?"

"Sigue."

"Ocupa media tienda."

"La balanza solo."

"La balanza y la mitad del mostrador cuando quiere.

" Doña Pura dijo esto con el tono de alguien que tiene una queja legítima aunque no le moleste realmente.

Romero abrió su ojo bueno, miró a Doña Pura con la indiferencia específica de quien ha escuchado esa conversación muchas veces y no ha encontrado ninguna razón para modificar su comportamiento, y volvió a cerrarlo.

Vera rellenó el tarro mientras Doña Pura se instalaba en el pequeño espacio que quedaba junto al mostrador — ese espacio que no era exactamente una silla pero que con el tiempo se había convertido en el lugar de Doña Pura, el sitio desde el que lanzaba la información del día con la naturalidad de quien cumple con un servicio esencial para la comunidad.

"Llegó alguien anoche a la pensión de Marcelo", dijo.

"¿Ah sí?"

"Un hombre. De Madrid, dicen. Con una maleta grande y una libreta."

Vera cerró el tarro de manzanilla. Lo puso en el mostrador.

"¿Un periodista?"

"Eso dicen." Doña Pura tomó el tarro. "Marcelo dice que pidió habitación para dos semanas."

"Dos semanas es mucho para un reportaje de fiestas."

"Eso mismo dije yo." Doña Pura asintió con la satisfacción de quien ve confirmado su propio juicio. "Pero Marcelo dice que parece buena persona. Que paga por adelantao."

"Eso ayuda."

"Siempre ayuda."

Doña Pura pagó su manzanilla, recogió su tarro y salió con la energía de mujer que tiene todavía muchas casas que visitar antes de mediodía.

Vera la vio cruzar la plaza desde el escaparate — ese andar de setenta y cinco años que conocía cada adoquín — y pensó, sin darle demasiada importancia, que dos semanas era efectivamente mucho tiempo para un reportaje de fiestas.

Luego el siguiente cliente entró y Vera dejó de pensar en ello.

· · ·

Gonzalo Crespo llegó a las diez.

Era un hombre de cincuenta y dos años con manos enormes de trabajar la tierra y un olor permanente a tierra mojada y azafrán que lo acompañaba en todas las estaciones y que en octubre, con la cosecha del azafrán recién terminada, era más intenso de lo habitual.

Era el mayor propietario de azafrán del término municipal de Albaida del Campo y probablemente de varios términos a su alrededor, aunque él nunca lo mencionaba porque era el tipo de hombre que no menciona lo que tiene.

Lo que sí mencionaba era el pueblo — siempre el pueblo, sus fiestas, sus vecinos, sus cosechas, sus problemas comunes — con esa generosidad genuina de quien se siente responsable de algo más grande que sí mismo.

El pueblo lo quería. Eso era un hecho verificable — no la clase de querer educado que se le tiene a quien tiene poder y conviene no ofender, sino la clase de querer real que se gana con años de presencia y de hacer las cosas como se deben hacer.

Gonzalo financiaba las fiestas del azafrán desde hacía doce años.

Empleaba a jornaleros del pueblo cuando podía y cuando no podía buscaba la manera de que pudiera.

Prestaba dinero sin cobrar intereses a quien lo necesitaba y tenía la discreción de no recordárselo después.

"Vera", dijo entrando. Su voz era del mismo tamaño que él — grande, tranquila, sin esfuerzo.

"Gonzalo. ¿Cómo va la cosecha?"

"Bien. Este año el azafrán ha salido fino. Las hebras largas, el color bueno." Se apoyó en el mostrador con esa naturalidad de quien lleva años apoyándose en el mismo mostrador. "La infusión de espliego. La de siempre."

"Ahora te la preparo."

Vera midió el espliego seco mientras Gonzalo miraba la tienda con esa atención de hombre que observa las cosas con calma.

Cisco, que había vuelto al alféizar de la ventana después de una excursión a la plaza, lo miró desde ahí.

Gonzalo lo miró a él. Cisco apartó la vista primero — no con prisa, con esa indiferencia calculada de los pájaros que deciden cuándo miran y cuándo no.

"¿Ese pájaro sigue sin quererte?" dijo Vera sin mirarlo, midiendo el espliego.

"Ese pájaro me ignora", dijo Gonzalo. "Que es diferente."

"¿Mejor o peor?"

"Más cómodo", dijo Gonzalo. Y había algo en el tono — algo muy pequeño, casi imperceptible — que Vera registró sin saber exactamente qué registraba. Lo guardó en algún lugar de la cabeza sin etiquetarlo y siguió midiendo el espliego.

Le preparó la infusión. Gonzalo pagó, saludó con esa amabilidad suya enorme y cálida, y salió a la plaza donde el sol de octubre empezaba a calentar los adoquines con esa tibieza específica del otoño manchego que no era el calor del verano sino algo más amable, más considerado.

· · ·

Fulgencio Moral llegó a las once menos cuarto.

Llegó como llegaba siempre — con el uniforme planchado, el bigote poblado en su lugar exacto, la gorra calada al ángulo preciso que llevaba usando desde los veinticinco años y que en ese tiempo no había cambiado ni un grado.

La mancha de café en la manga derecha de la camisa era nueva — esta mañana, probablemente, en el Círculo Agrícola, donde tomaba su café de las ocho con la puntualidad de un reloj manchego.

La mancha de café en la manga derecha era una constante de Fulgencio que el pueblo había aceptado como parte de su imagen oficial, igual que el bigote y la gorra, y que su mujer Reme había dejado de intentar evitar después del decimoquinto año de matrimonio.

Fulgencio Moral llevaba treinta años de servicio en el puesto de la Guardia Civil de Albaida del Campo.

Había podido pedir traslado varias veces — la institución lo habría concedido, sus méritos lo justificaban — y nunca lo había pedido porque Albaida del Campo era su pueblo y su puesto y el sitio donde sabía exactamente cómo funcionaban las cosas y quién era quién y qué calle llevaba a qué callejón y qué familia tenía qué historia.

Eso valía más que cualquier ascenso en cualquier ciudad donde tendría que empezar a aprender todo desde el principio.

Era un hombre honesto. Eso también era un hecho verificable — no la honestidad de quien no ha tenido ocasión de ser otra cosa sino la honestidad activa de quien ha elegido serlo cada vez que ha tenido que elegir.