Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1) Capítulo 1
3%
Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1)

Las hebras del silencio (Albaida del Campo 1)

Por Miriam Avancini

© inepub.com

Capítulo 1

El Olor del Otoño Llega Primero

El otoño llegó a Albaida del Campo un martes.

No fue una llegada dramática ni anunciada.

No hubo tormenta ni viento repentino ni ese frío que aparece de golpe y obliga a buscar el abrigo del fondo del armario.

Fue más sutil que todo eso — fue el olor.

Primero el olor, siempre el olor, antes que el color de los viñedos y antes que la escarcha de las mañanas y antes que el humo de las primeras chimeneas encendidas de la temporada.

Un martes de octubre, al abrir la ventana de su habitación antes del amanecer, Vera Prados respiró y supo que el verano había terminado.

Tomillo. Tierra mojada de rocío. Y debajo de todo, como una nota de fondo que no se imponía sino que simplemente estaba ahí, el aroma dulce y fermentado del mosto que quedaba flotando sobre el pueblo desde que la vendimia había terminado tres días antes — esa presencia invisible del vino que todavía no era vino, de la uva que ya no era uva, de algo que estaba en el medio de las dos cosas y que olía exactamente a lo que era: a transformación.

Vera cerró los ojos un momento.

Luego los abrió, se recogió el pelo con el primero de los moños que encontró en el cajón de la mesita — un retazo de tela verde botella que Carmelinda había cosido la semana anterior con esa puntada suya que nunca se deshacía — y bajó a abrir la herboristería.

· · ·

La herboristería de Vera Prados ocupaba la planta baja de una casona del casco antiguo de Albaida del Campo, en los soportales de la plaza mayor, entre la panadería de Aurelio y la ferretería de los Jiménez que llevaba cerrada tres años pero que nadie había retirado el letrero todavía porque en los pueblos manchegos los letreros duran más que los negocios y a veces más que las personas.

Era un local estrecho y largo, con el techo de vigas de madera oscura y el suelo de baldosa hidráulica en blanco y azul cobalto que llevaba ahí desde antes de que naciera Vera y que seguiría cuando ella ya no estuviera.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías de madera clara hasta donde llegaba la mano — frascos de vidrio etiquetados a mano, tarros de cerámica con tapas de corcho, manojos de hierbas secas colgados boca abajo con hilo de esparto, pequeñas cajas de hojalata con nombres escritos en tinta china.

En el mostrador, una balanza de latón antiguo que Vera había encontrado en el desván de la casona el primer día y que había bajado sin consultarlo con nadie porque era exactamente lo que necesitaba aunque no lo supiera todavía.

Olía. Eso era lo primero que decía la gente cuando entraba por primera vez — que olía.

No siempre sabían a qué. Era una mezcla que Vera había tardado tres años en conseguir y que ahora era simplemente el olor de su tienda, el olor de su trabajo, el olor de su vida en este pueblo al que había vuelto con veintiocho años y una maleta y una decisión tomada en el vagón de un tren entre Madrid y Ciudad Real una tarde de enero lluviosa.

Tomillo y espliego eran la base — los más fuertes, los más persistentes.

Encima venían la manzanilla dulce y el hinojo y la lavanda cultivada de los viveros del sur.

Y por debajo de todo, como la nota de fondo que no se imponía sino que simplemente estaba, el aceite de oliva de los jabones artesanales que hacía los jueves y que había empapado la madera de las estanterías de una manera que ya no había forma de deshacer.

Vera encendió el hornillo. Midió el tomillo para la primera infusión del día. Encendió las dos velas del mostrador — un gesto de primera hora que no era ritual exactamente pero que con el tiempo se había convertido en algo parecido.

Romero abrió un ojo desde la balanza de latón.

Era un gato gris plateado de mediana edad y carácter inequívoco — el tipo de animal que ha decidido en algún momento de su vida cuáles son sus prioridades y no tiene ningún interés en revisarlas.

Tenía un ojo bueno, amarillo como el interior de una calabaza madura, y un ojo tuerto que había quedado opaco y blanquecino después de una infección del primer invierno.

Tenía también una cola que terminaba en un muñón con un mechoncito de pelo gris parado en la punta — herencia de una puerta y de los primeros meses de su vida, cuando todavía no había aprendido que las puertas se cierran sin previo aviso y que el mundo no está diseñado pensando en los gatos pequeños.

Había llegado a la herboristería el día que Vera la abrió, como si hubiera estado esperando exactamente eso, y se había instalado en la balanza de latón con una naturalidad que no admitía discusión.

Vera nunca lo había buscado. Simplemente un día estaba ahí y seguía estando y eso era suficiente para los dos.

Romero la miró con su ojo bueno. Evaluó la situación. Decidió que no requería su intervención. Volvió a cerrar el ojo.

· · ·

A las siete y cuarto entró Cisco por la ventana entreabierta del lateral.

Era un jilguero de colores precisos y personalidad todavía más precisa — amarillo en las alas, rojo en la cara, negro en la cabeza, y en el carácter algo que Vera describía como una independencia absoluta y que el resto del pueblo describía de maneras menos amables.

Cisco no vivía en la herboristería. Cisco no vivía en ningún sitio concreto — vivía en Albaida del Campo de la misma manera en que el viento vivía en La Mancha, que era en todas partes y en ninguna y apareciendo cuando quería y yéndose igual.

La herboristería era uno de sus sitios. La plaza mayor era otro.

Los tejados del casco antiguo eran una red de caminos que solo él conocía completamente.

Entró. Dio una vuelta de inspección por el local — lenta, metódica, la de siempre — que Vera había aprendido a no interrumpir.

Aterrizó un momento en el hombro de Vera — ese peso mínimo y específico que ella ya reconocía como reconocía el peso de las cosas que pertenecen donde están.

Luego voló al alféizar de la ventana principal, la que daba a la plaza, y se quedó mirando hacia afuera con esa atención seria de los pájaros que observan el mundo como si tuvieran algo importante que verificar.

"Buenos días a ti también", dijo Vera sin mirarlo.

Cisco no respondió. Era un jilguero, no respondía saludos. Pero tampoco se fue, que en él equivalía a lo mismo.

Vera se acercó al escaparate a encender la tercera vela — la del rincón, que siempre se le olvidaba. Y entonces lo vio.

Un hombre cruzaba la plaza.

No era de Albaida del Campo. Eso se sabía sin pensarlo — la manera de caminar, el ritmo de quien no conoce el terreno pero no quiere que se note, la maleta mediana con ruedas en el adoquín que hacía un sonido que no pertenecía a las mañanas del pueblo.

Pelo oscuro con canas en las sienes. Chaqueta de pana marrón.

Una libreta bajo el brazo izquierdo, sostenida con la naturalidad de quien la lleva siempre ahí.

Se detuvo en el centro de la plaza.

Miró la fuente. Miró los soportales. Miró la herboristería.

Se detuvo un momento frente al escaparate.

Miró los frascos. Miró el letrero pintado a mano — Herboristería Vera Prados, plantas medicinales y productos naturales — con esa caligrafía de Carmelinda que tenía algo de letra antigua de pueblo, de escuela de hace sesenta años. Miró a Romero en la balanza.

Romero le devolvió la mirada con su ojo bueno.

El hombre sonrió — una sonrisa que sabía lo que hacía, que era encantadora de la manera en que son encantadoras las sonrisas de la gente que ha aprendido que sonreír abre puertas.

Vera se apartó del escaparate un paso — un movimiento pequeño, instintivo, de quien no quiere que la sorprendan mirando.

El hombre siguió caminando hacia la pensión de Marcelo.

Cisco lo siguió con la vista hasta que desapareció por el callejón. Luego se quedó mirando el callejón vacío — con esa atención suya que no era de pájaro sino de algo más difícil de nombrar.

No voló. No hizo ningún sonido.

Solo miraba.

· · ·

A las ocho bajó Carmelinda.

Se escuchaba antes de verla — el tercer escalón desde arriba crujía de una manera específica que Vera había aprendido a reconocer y que le decía, desde la herboristería, que Carmelinda ya venía.

Luego el cuarto, que no crujía pero que tenía un sonido sordo diferente al de los otros.

Luego el pasillo de arriba y luego la escalera principal y luego la puerta de la cocina que Carmelinda abría siempre con el mismo movimiento — la mano izquierda en el pomo, un giro, un empujón suave, sin prisa.

Carmelinda Fontes tenía ochenta años y la espalda todavía recta de alguien que ha decidido que inclinarse es una concesión que no piensa hacer.

Llevaba el pelo blanco recogido en una trenza que se hacía cada mañana sin espejo, con esa memoria de los dedos que no necesitan ver lo que hacen porque lo han hecho miles de veces.

Sus ojos eran verdes — un verde claro y fijo que sorprendía en una mujer de su edad, en una cara manchada por el tiempo y el sol manchego, y que tenía esa calidad específica de atravesar las cosas.

No era una mirada agresiva. Era simplemente una mirada que llegaba hasta el fondo y que hacía que la gente, sin saber muy bien por qué, se sintiera evaluada con justicia.