Nueva York
Tina llevaba una semana allí. La habían aceptado en la Universidad de Columbia y en septiembre empezaría las clases: había conseguido acceder al grado en Historia del Arte y Artes Visuales.
Su madre había sugerido que pasara el verano en la ciudad para que se habituara a la vida neoyorquina; el ritmo de una gran metrópoli tenía poco que ver con su amada Valencia.
Además, su madre creía que Tina necesitaba poner distancia tras el percance sufrido por culpa de los fantasmas del pasado.
La joven preuniversitaria había encontrado un trabajo de verano en el Museum of Modern Art a través de un amigo de Alejandro, la pareja de su tío, que se dedicaba a las subastas de arte.
Era un simple empleo como recepcionista —atendía a los turistas y les decía adónde ir y en qué planta se encontraba cada artista—, pero era perfecto para el verano: tenía horarios razonables, el museo estaba en el centro y era una oportunidad de empezar a conocer gente y labrarse su vida en Estados Unidos.
Además, era una manera de comprobar si realmente quería construir una carrera profesional en el sector del arte, que es lo que estudiaría durante los próximos años.
Era su segunda jornada de trabajo, pero la primera en la que había aprovechado la hora del almuerzo para adentrarse en Central Park.
El día anterior había preferido perderse entre las obras del museo; después de todo, era un privilegio trabajar en el MoMA, con los mejores artistas a su alcance.
Todos los turistas se hacían fotos con las Latas de sopa Campbell , pero su obra favorita de Andy Warhol era Flowers .
En ella resultaba imposible identificar el tipo de flor, eran simples manchas en colores neón con una imagen de césped de fondo, pero le recordaba a su abuela y su pasión por las flores.
Aunque se encontrara lejos de Valencia, su abuela siempre estaría con ella.
Después de todo, ellos no habían estado ahí para ella.
Para Tina, había sido duro aceptar que el amor de su vida, su primer amor, era su primo carnal y, por ende, algo imposible.
Su madre y su tío le habían contado las principales razones de la ruptura familiar.
La madre de Adrián exigió su herencia y años más tarde denunció a su abuela por haber intentado conocer a su nieto.
Le enervaba pensar que alguien hubiese hecho tanto daño a su abuela, cuya bondad era infinita.
Sin embargo, al haber puesto distancia física, los acontecimientos y el descubrimiento de su relación familiar le parecían lejanos.
La última vez que había visto a Adrián había sido en el hospital.
Tras el accidente, Germán y Tina recibieron ayuda de los servicios de emergencias, quienes los habían sacado del coche y llevado en ambulancia.
A ella la dejaron en observación por el shock, a pesar de que solo había sufrido un latigazo cervical y un corte en el antebrazo.
Germán se había llevado la peor parte y se encontraba en cuidados intensivos, luchando entre la vida y la muerte.
Marga había sido la primera en llegar y había llamado a la policía para que tomara declaración al descubrir quién conducía el coche.
Pocas horas después, Adrián había subido a planta para ver a Tina. Cuando Marga lo vio aparecer por la puerta, su primer instinto fue llamar a seguridad, pero el joven le suplicó con los ojos llorosos.
—Por favor, déjame ver a Tina, necesito respuestas.
—Está muy cansada y abrumada, Adrián. Necesita descansar y todo esto debe terminar. Te doy diez minutos, pero voy a dejar la puerta abierta. No se puede alterar —le contestó Marga.
Tina recordaba a trozos su última conversación con el amor de su vida, ya que sentía que flotaba por los calmantes.
Recordaba la cara de susto de Adrián al verle el rostro magullado y el labio roto, recordaba que le había acariciado su nueva cicatriz en el antebrazo y que le había dado un beso en la frente.
—¿Es verdad? —había preguntado él, sentándose en el borde de la cama.
—¿El qué? ¿Que somos primos o que tu padre me ha hecho esto? —le contestó Tina.
—Todo... —Como un chiquillo, Adrián rompió a llorar—. Son hermanas... Tu madre y la mía son hermanas... Se han puesto a gritar en urgencias mientras te curaban. Han llamado a la policía. Tu madre ha denunciado a mi padre...
—Yo no sabía que ella tenía una hermana, ni que tú eras mi primo... Aunque tuve un pálpito en tu casa al ver una fotografía, por eso quise irme tan rápido.
—¿Qué pasó en el coche?
—Ya lo he contado mil veces... Tu padre no me dejaba salir del coche...
Quería que mi madre pagara, vengarse de mi abuela...
No entiendo nada, la verdad, no entiendo por qué...
Se puso muy agresivo y me asusté mucho, no tenía manera de huir...
Por eso cogí el freno de mano y el coche paró en seco en el cruce.
Luego, todo se volvió negro y no recuerdo nada.
—Mi padre no haría eso. No te creo. Si no sale de esta, será culpa tuya.
Esas habían sido sus últimas palabras y no había vuelto a ver a Adrián.
Había decidido no creerla, a pesar de que él mismo le había hablado de los vicios de su padre y de la mala vida que llevaba.
Adrián no le había mandado ningún mensaje de texto.
La había borrado de Tuenti y de las demás redes sociales, y las fotos juntos habían desaparecido.
Era como si ese amor nunca hubiera existido.
Como un fantasma, él se había desvanecido.
Sin embargo, apenas habían pasado dos meses.
Tina volvió al presente. Mientras su mente divagaba, sus ojos se habían posado en un niño pelirrojo que lloraba al salir del zoo de Central Park porque su madre se negaba a comprarle un pingüino de peluche.
Entonces, una alerta de su BlackBerry la sacó de su ensimismamiento.
Había recibido un email. Abrió la aplicación y leyó el emisor: Florián Acosta Villa, su tío.
Debía de ser casi medianoche en Valencia, un poco tarde para mandar un correo, aunque Tina se lo imaginaba frente al ordenador con una copa de vino tinto tras un largo día de juicios.
Hizo clic en el email, que se desplegó como si de un pergamino se tratara, explayando las elucubraciones de Florián.
Querida sobrina:
Espero que estés disfrutando de la experiencia y no te esté agobiando demasiado el calor neoyorquino. He visto en Facebook las fotos de la fiesta del Cuatro de Julio, ¡qué envidia!
Por cierto, cuando tengas algún hueco libre, por favor pásate por la galería de Spencer en DUMBO.
Él es el amigo de Alejandro que intercedió para que consiguieras el trabajo en el MoMA.
Además, estamos esperando unas fotografías de edición limitada para añadir a nuestra colección de arte, de modo que, si pudieras recordárselo cuando te pases, te lo agradecería enormemente.
Dile también que Alejandro y yo queremos ir a visitarte, seguramente en octubre.
Había pensado en ir para Halloween, pero no quiero aguarte las fiestas universitarias, así que nos estamos decantando por el puente del 9 de octubre, te iremos diciendo...
Por otro lado, te escribo porque quería contarte mis últimos avances en la investigación sobre las flores que aparecen en la lápida de la abuela.
Lleva carcomiéndome desde hace meses... ¿Quién le estará poniendo flores a mi madre?
A pesar de mis suposiciones iniciales, no eran de mi hermana Rocío, que es tu tía y la madre de Adrián.
Ahora conoces su existencia, y aunque no puedo contarte algunos detalles de las razones de la ruptura familiar, tú pudiste presenciar el tipo de personas que son.
Solo puedo reiterarte que han hecho mucho daño a la abuela Aurora, al bisabuelo Pablo, a tu madre, Marga, y a mí también.
Me alegra saber que has cortado toda relación con su hijo y espero que no se vuelvan a cruzar en nuestras vidas.
Como sabes, contraté un detective privado para que investigara la aparición de las flores.
Por lo visto, tras varias semanas de vigilancia, dio con una anciana, que es quien las dejaba.
La siguió hasta su dirección y vive en el mismo chalé de La Cañada donde pasé mi infancia.
Como te contamos, la abuela tuvo que malvender el chalé para darle su parte de la herencia a la impresentable de Rocío, lo que fue, entre otras cosas, la razón de la pelea familiar.
Lo cierto es que me pareció una extraña coincidencia.
Le pedí al detective que investigara la venta del chalé, por si tuviera alguna relación.
Descubrió que se vendió a un tal Florencio Pla Meseguer.
Aunque cuando compró el chalé vestía como un hombre, su nombre de nacimiento había sido Teresa y su apodo Pastora.
Había estado en una cárcel de mujeres, y más tarde trasladado a la de hombres, durante la época de Franco por pertenecer a los maquis.
¡¿Te lo puedes creer?! Murió en 2004 y, tras su fallecimiento, la anciana que ahora deja flores y que vivió con él los últimos años de su vida ha heredado el usufructo de la propiedad.
En cuanto a la anciana que aún vive en el chalé de La Cañada y deja los claveles rojos, su nombre es Marcela Moreno Delgado.
El detective me dijo que se había exiliado a Suiza en 1952 y que no volvió a España hasta mediados de los años ochenta.
Cree que la razón por la que se exilió está relacionada con una red clandestina que abastecía a los maquis.
Sin embargo, sigo sin entenderlo: ¿de qué conoce a mi madre?
Y ¿por qué esa mujer le deja claveles rojos?
Lo cierto es que hoy me ha podido la curiosidad, quería preguntarle y me he ido a La Cañada a darme un paseo por la calle donde veraneábamos.
Quería ponerle cara a esa señora, verla con mis propios ojos.
Al pasar por la puerta, había una mujer anciana y frágil trasteando con las flores del jardín.
Tendría más de noventa años. Estaba decidido a llamar a la puerta, pero al final he preferido no molestarla.
Creo que Marga tiene razón y lo mejor sea olvidarlo todo.
Hasta ahí mis aventuras... No entiendo nada de todo esto...
Un beso muy fuerte y cuídate mucho,
Florián
Tina releyó el email dos veces. Era la insistencia y el simbolismo de los claveles rojos lo que la trastocaba. Además, ¿qué conexión tenía su abuela con esa mujer que abastecía a los maquis?
Lo más posible era que esta señora fuera simplemente una antigua conocida o amiga de su abuela y no significara nada.
Quizá la mejor forma de verlo fuese que su abuela era tan querida que alguien desconocido por ellos quería honrar su memoria y por eso le dejaba flores.
Decidió que eso sería lo que le contestaría a Florián por email.
Satisfecha, le dio un sorbo al café de takeaway que sujetaba entre las manos.
Entonces unas náuseas le revolvieron el estómago, devolviéndola a la realidad del bochorno neoyorquino y los turistas de Central Park.
«Es el típico café estadounidense sobrecargado de creamer .
Ni siquiera pueden hacer un café con leche normal», pensó.
Abrió la tapa de plástico y lo olió con asco.
Una arcada aguda le subió por la garganta.
Se acercó a una papelera para tirar el abominable café cuando otra arcada la invadió. Esta vez acompañada por una vomitona.
Vomitó la ensalada que había pagado a un precio prohibitivo mientras unos turistas chinos se hacían una foto en el mosaico circular en memoria de John Lennon.
Cuando paró de devolver, se sentó otra vez en el banco y sacó la BlackBerry.
Abrió la aplicación que llevaba días evitando: el calendario donde apuntaba las reglas.
Había estado tan ocupada —el disgusto tras el accidente en mayo, la ansiedad por el viaje y la mudanza en junio, la adaptación a la vida de Nueva York en julio— que no había querido afrontar su miedo más profundo.
La última vez que había tenido relaciones sexuales había sido a principios de mayo, y la aplicación confirmaba su peor pesadilla. Tenía un retraso de dos meses.
Notó cómo se asfixiaba. Solo tenía dieciocho años y jamás se había planteado la maternidad.
Acababa de mudarse al otro lado del océano para empezar una nueva vida, y ni siquiera habían comenzado las clases en la universidad.
Además, tampoco quería renunciar a sus sueños, aunque creía que, como su madre y su abuela, era lo bastante fuerte para luchar por su futuro.
Aun así, ella quería tener un bebé buscado y querido para criarlo y educarlo de la mejor manera posible, sin secretos y sin odios. La situación con Adrián era imposible, y el lazo familiar existente entre ellos solo complicaba las cosas.
Respiró hondo y decidió no tomar ninguna decisión apresurada. Después de todo, Nueva York era una ciudad llena de oportunidades.