El juicio
Aurora se miró las manos esperando ver sangre, pero solo vio signos de la edad.
Tenía las venas pronunciadas y los nudillos se estaban volviendo huesudos, enmarcados por incipientes arrugas.
Las uñas astilladas evidenciaban el trabajo duro que había tenido que soportar durante las últimas décadas, tal vez debería haberse hecho la manicura para una ocasión así, pensó por un momento.
Enseguida desechó ese pensamiento. El juez le pidió que subiera al estrado para prestar declaración.
Hacía más de treinta años desde que había cometido un crimen de verdad: había golpeado a un guardia civil hasta abrirle la cabeza, le había quitado la vida a un hombre que a sus ojos era deleznable.
Sin embargo, no era ese el crimen por el que se le juzgaba.
Marga había entrado en los Juzgados de Valencia junto con su hermano y su madre. Jamás se imaginó que llegarían a ese punto. Florián había hecho todo lo que estaba en su mano para ayudar a su madre, y se sentía abatido ante la insistencia de su hermana para que solucionara el problema.
—¿Seguro que no se puede hacer nada por evitar este juicio? —le había preguntado Marga la semana anterior.
—Entiendo lo que ha hecho, entiendo por qué lo ha hecho, entiendo cómo se siente... Pero yo no puedo cambiar la ley, Marga, y lo que mamá ha hecho es un delito.
Era la primera vez, tras casi una década, que los tres hermanos se encontraban en la misma estancia, aunque fuese en banquillos opuestos.
A la derecha, junto Aurora, estaban Marga y Florián, y a la izquierda Rocío y Germán.
Marga no había sentido nada al ver a su hermana y su cuñado.
Ella era una mujer que se había hecho a sí misma, nunca había querido hombres, solo llevar las riendas de su vida.
Aurora respiró hondo para calmar los nervios cuando la llamaron al estrado.
—Aurora, ¿va a jurar o prometer? —le preguntó el letrado.
—Jurar —contestó ella sin dilación. Puso su frágil mano sobre la biblia que había en el atril y leyó el texto que tenía al lado—. Yo, Aurora Villa Santos, juro por Dios que la evidencia y mi relato es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
El abogado, sentado junto a Rocío, se levantó y caminó hacia Aurora con parsimonia, como si intentase poner a prueba su paciencia para que cometiera un error y desvelara sus secretos más profundos.
—Aurora, ¿conoce a la parte de la defensa? —le preguntó.
—Sí, son mi hija Rocío y su marido.
—Como madre, ¿qué relación tiene con ellos?
Aurora tragó saliva, y por primera vez miró al frente.
Marga se giró siguiendo su mirada: había menos de diez personas en la audiencia.
Entre ellos se encontraban la tía Antonia; los malvados suegros de Rocío, don Armando y doña Vicenta; dos compañeras de trabajo de su madre, y la buena de Eva.
A pesar de los años, su amiga siempre estaba ahí para apoyarla.
—Lo cierto es que discutimos hace años y ya no tenemos buena relación. Aunque yo por mi parte siempre la querré, porque es mi hija, y siempre será bienvenida en mi casa —contestó por fin Aurora.
—¿Por qué discutieron?
—Por la herencia de mi marido. —Aurora no titubeó al responder.
Su madre la había avisado de que no iba a mencionar la parte de la discusión que afectaba a Marga, ya que era irrelevante en ese momento. Germán sonrió, y Marga sintió un desprecio profundo hacia él.
—¿Le contó su hija que estaba embarazada? —continuó preguntando el abogado.
—No.
—¿Le avisó cuando dio a luz?
—No. —En ese momento Aurora rompió a llorar.
Marga sabía que a su madre le avergonzaba el hecho de que su propia hija no le hubiese contado un acontecimiento tan importante. El odio de su hermana le había roto el corazón a su madre.
—¿Cómo se enteró de que Rocío y Germán habían tenido un hijo?
—Una compañera de trabajo me lo comentó —contestó con un hilo de voz, mostrando los estragos de su sufrimiento.
—¿Puede explicar a la audiencia y la fiscalía de qué trabaja y dónde?
—Soy matrona en el Hospital General de Valencia. Llevo trabajando allí desde que falleció mi marido en 1965, hace más de veinte años.
—Entonces, ¿estaba de guardia el día 3 de abril de 1987 cuando nació su nieto Adrián en el Hospital General de Valencia?
—No, estaba de vacaciones, estaba en la Costa Blanca con mi hija Marga, que trabaja en Alicante. Como le he dicho, fue al volver a las dos semanas cuando una compañera me comentó que una chica con mi apellido y el de mi marido había ingresado en el hospital y había dado a luz a un niño.
—Esto fue hace casi dos años. En aquel momento, por lo que entiendo, no tenía relación con Rocío. ¿Sabía dónde vivía su hija? ¿Tenía su número de teléfono?
—No sabía dónde vivía porque se compró un piso y se mudó a otro barrio cuando le di el dinero que me pidió de la herencia. Encontré su número de teléfono en la guía telefónica.
—Entonces, ¿la llamó?
Aurora asintió.
—¿Y qué le dijo? —continuó el letrado, inquisitivo.
—Pues que, por favor, me dejara conocer a mi primer y único nieto. Que no era culpa de él que hubiésemos discutido y que yo al niño le quería con todo mi corazón y deseaba formar parte de su vida.
—¿Su hija aceptó su petición?
—No, me dijo que no quería saber nada de mí y que ya me había avisado al discutir de que no sabría nada de sus hijos.
El lloro de Aurora se intensificó, y el abogado hizo una pausa. Marga no podía soportar ver el dolor por el que estaba pasando su madre. Su cara estaba casi desfigurada.
—¿Cuántas veces la volvió a llamar después de este primer incidente?
—No lo sé... ¡Muchas! Normalmente me colgaba al oír mi voz... Otras veces a mí me daba apuro, porque sabía que se enfurecería más conmigo, así que me quedaba callada del miedo. Al final llegó un punto en que cuando la llamaba no daba señal... Supongo que debió de desconectar el teléfono.
—Y entonces fue usted a su casa. ¿Puede primero explicarnos cómo consiguió su dirección?
—Estaba en su ficha del hospital. Pero yo no fui a su casa, o sea, no llamé al portal porque sabía que no me abriría.
Así que me quedaba sentada en un banco de la esquina, y así los veía de lejos.
A mi hija y mi nieto en el carrito. Pero ¿acaso es un crimen querer conocer a tu nieto? Yo solo quería verle la carita al niño.
Marga se tapó la cara. No aguantaba ver a su madre así de infantilizada. ¿Cómo no se había dado cuenta de su sufrimiento? ¿Cómo no había visto la espiral en la que se había metido?
—¿En cuántas ocasiones hizo eso? —insistió el abogado.
—Pocas veces... Creo que cuatro o cinco.
—Y supongo que fue así como descubrió cuál era la guardería de Adrián. ¿Puede describir cómo fue su acercamiento al niño?
—Sí... Yo le conocía la carita de verlo de lejos... La guardería saca a los niños a la placeta de enfrente en los ratos del recreo, así que en mis días libres intentaba acercarme a saludar a Adrián y a veces le daba caramelos.
—¿Puede describir los acontecimientos del 18 de enero de este año, 1989; es decir, hace poco más de dos meses? Necesito que relate lo que ocurrió en detalle con horarios aproximados.
Aurora suspiró. Marga sabía que el testimonio de su madre la incriminaría, pero cuando se lo contó a ella le había dicho que no se avergonzaba de sus actos porque todo lo había hecho por amor.
—Me desperté sobre las ocho, aquel día no trabajaba.
Como hacemos turnos muy largos de más de doce horas, lo cierto es que tengo bastantes días libres entre semana...
Salí de mi casa y fui a hacer la compra al mercado.
Sería sobre las diez de la mañana. En el camino de vuelta, recordé que eran las once, la hora del recreo de Adrián, así que me acerqué a la placeta de la guardería para verle.
El niño me reconoció y me saludó con la manita...
¡Es más dulce! Fue él quien se acercó a mí y me dio un abrazo, así que pensé que estaría bien que pasáramos un rato juntos...
Lo llevé al parque sobre las once y media.
Jugó en el tobogán y los columpios. El niño empieza a hablar, aunque no se le entiende mucho, así que le dije que era su abuela, «la mamá de su mamá».
A la una, me lo traje a mi casa en Abastos y le preparé unos fideos con caldo de puchero.
Adrián se los comió de buen gusto y yo disfruté cocinando para mi nieto por primera vez.
Después se tumbó a dormir la siesta hasta que lo desperté sobre las cuatro y media.
Sé que mi hija lo recoge a las cinco, así que quería devolverlo a la guardería antes de que ella llegara.
Sabía que no le haría gracia, ¡pero no esperaba ser recibida por la policía y acabar esposada!
Jamás le haría daño al niño, lo amo más que a mi vida.
Además, Adrián disfrutó de mi compañía. Dígame usted, ¿cuál es mi delito?
¿Querer conocer a mi nieto? ¿Anhelar estar presente en su vida?
¿Amarlo con toda mi alma? Yo no entiendo por qué estoy siendo juzgada...
—No hay más preguntas, señoría. Un año de acoso telefónico que desembocó en seguimientos a su hija, Rocío Acosta Villa, y en el secuestro de Adrián Romero Acosta, un menor de apenas dos años. Creo que están bien claros los delitos de Aurora Villa Santos.
Los techos cóncavos aumentaban la acústica y la culpa, como si de un teatro se tratase, con la historia y el sufrimiento de la acusada como entretenimiento.
Tras una breve pausa, el juez le pidió a Aurora que se levantara para dar su veredicto, y ella así lo hizo, flanqueada por sus dos hijos que aún la amaban.
Aurora se sujetó nerviosamente las manos resguardándolas del frío, intentando protegerse de lo que se avecinaba.
Marga estaba sin palabras, pero le cogió a su madre la mano izquierda.
Al verla, Florián la imitó e hizo lo mismo con la derecha.
Se esperaban lo peor, pero ellos la apoyarían.
—Se declara a la acusada culpable de acoso a Rocío Acosta Villa y de intento de secuestro de Adrián Romero Acosta.
Deberá cumplir seis meses en prisión o pagar una indemnización de tres millones de pesetas.
Además, este tribunal impone una orden de alejamiento a Aurora Villa Santos, que no podrá estar a menos de trescientos metros de distancia del menor —anunció el juez.
Al salir, su madre se sentó en los escalones del juzgado para recomponer sus fuerzas, ya que seguía cegada por las lágrimas.
Marga y Florián estaban a su lado sin saber cómo ayudarla: la sentencia suponía la muerte de sus esperanzas.
Aurora, que sujetaba con fuerza el tulipán que le había regalado Florián para darle suerte, despojó cuidadosamente todos los pétalos hasta que se quedó con el tallo desnudo.
—Así representa mejor cómo me siento: vacía, rota, abatida... Después de todo, ¿qué es una flor sin pétalos? —musitó su madre.
—No te preocupes, mamá. Entre Marga y yo podemos reunir tres millones de pesetas. No vas a ir a la cárcel —le aseguró Florián.
—Estoy rota, hijos, estoy rota. No lo comprendéis, pero siento como si me faltara una extremidad. Una parte de mi cuerpo. Una parte de mi ser.
—Venga, mamá, por favor, no llores —le dijo Marga mientras Aurora se sumía en un mar de lágrimas.
—No sentía este dolor, este aprisionamiento en el pecho, desde la muerte de mi hermano pequeño, Enrique.
Como a él, jamás veré crecer a mi Adrián.
¡A los dos me los han arrebatado! ¿No te das cuenta de que jamás conoceré a mi nieto, mi primer y único nieto?
Me moriré y él ni siquiera sabrá cómo me llamo.
—Mamá, no te preocupes, yo tendré hijos, Florián tendrá hijos, tendrás otros nietos. Y te prometo que podrás disfrutar todo el tiempo que quieras de mis futuros hijos —insistió Marga.
—Pero ¿eso qué más da? No lo entiendes porque no eres madre.
Cuando se tiene un hijo, una parte de ti, una porción de tu corazón, se esfuma y pasa a vivir en el alma de esa nueva criatura.
A pesar de las discusiones que hayamos tenido, a tu hermana la he creado yo, y la amo porque es parte de mi amor, es parte de mí.
Por tanto, su hijo, que es mi nieto, también es parte de mí.
En cada familia, con cada nacimiento, el amor se multiplica.
Y a ese niño, aunque me muera sin poder verle, siempre le amaré.
—Te lo prometo, mamá. Si mi hermana no te deja ser abuela, yo te haré abuela. Te lo juro, mamá. Mañana mismo lo diré en la clínica.
Aurora se la quedó mirando con incredulidad. Ante el sufrimiento de su madre, Marga tomó una decisión que le cambiaría la vida. Había decidido renunciar al amor y a los hombres, pero no quería renunciar a la maternidad. Quería darle a su madre ese nieto o nieta que tanto deseaba, ese legado.
Al día siguiente, convencida, Marga habló con sus compañeros, quienes, a pesar de sus reticencias iniciales, la ayudaron con su cometido.
No había nada en la ley que prohibiese a una mujer ser madre soltera por decisión propia utilizando los avances científicos y reproductivos.
Después de todo, vivían en una democracia.
Así, a finales de enero de 1990, tras doce horas de parto asistida por su propia madre como matrona, Marga dio a luz a Valentina.
Ella se convirtió en la primera mujer en ser madre soltera por reproducción asistida en España, mientras que la pequeña Tina fue el símbolo de su victoria y su valor frente a la oscuridad humana.