El secreto
Aquella mañana, recibió el aviso mensual color bermellón.
Se había retrasado cuatro días, lo cual había sido suficiente para ilusionarse con un posible embarazo, un posible bebé, un posible niño correteando por la casa, tan silenciosa desde la muerte de su hermano pequeño.
Aurora se pasó la mañana sollozando, sentía que Dios la estaba castigando no dándole lo que más anhelaba.
Echaba de menos las risas de un niño, echaba de menos a su hermano, que no tendría que haberse ido al cielo y de cuya muerte se sentía culpable.
Pensaba que igual se merecía no poder tener hijos, ese era su castigo por fallarle a Enrique.
Aurora y Francisco llevaban más de dos años casados, y la falta de descendencia la marcaba.
Como era una mujer casada, había dejado su trabajo en el Mercado de las Flores, aunque de vez en cuando, si se aburría y Marcela necesitaba una mano, se pasaba a ayudarla.
Echaba de menos los clientes pudientes, el ambiente aromático y la independencia que estar en su mundo de flores le aportaba.
En un intento de despejarse, horneó una coca de llanda ; pensó que al menos así se sentiría útil, ya que no había tenido el valor de salir de casa para hacer la compra por la mañana.
Cascó cuatro huevos y los batió. A continuación, añadió los demás ingredientes: leche, aceite, harina, azúcar, canela y la ralladura de un limón.
Finalmente lo removió todo hasta que consiguió una masa homogénea.
Al casarse, la joven pareja se había quedado la alcoba grande del piso de Abastos.
Por suerte, su padre y hermana vivían con ellos, aunque Pablo se pasaba la mitad del tiempo durmiendo en el tercero y a Antonia le habían dado una beca para estudiar música en Madrid el próximo curso, por lo que pronto estarían solos.
La muerte de Enrique había levantado un muro entre Antonia y Pablo que jamás se derrumbaría.
En ocasiones, su hermana abría una ventana para no aislarse completamente del resto de la familia, pero Aurora sabía que mudarse a Madrid le iría bien.
Su padre aceptaba resignado la indiferencia de Antonia como un castigo merecido.
Al contrario que su hermana, Aurora había perdonado a Pablo cuando al salir de la cárcel aceptó abandonar la causa.
Por otro lado, las obras del terreno de La Cañada iban muy lentas y estaban siendo más costosas de lo que habían previsto.
Así que Aurora y Francisco habían decidido quedarse en la ciudad, y poco a poco construir el chalé como un sueño vacacional.
Tal y como le había prometido, Francisco había abandonado la Guardia Civil y se dedicaba a hacer negocios relacionados con la compraventa de inmuebles antiguos.
Mezclaba sus dos pasiones, ya que tenía que averiguar cuál era la historia de las propiedades antes de empezar la labor de tasarlas a un precio justo.
Además, tenía un nuevo socio, don Armando, un hombre de negocios que le había presentado su antiguo jefe, el capitán Torres.
Juntos habían invertido gran parte de su capital en una nueva empresa a la que habían llamado Infinito.
Entre otros muchos cambios que le había traído la vida matrimonial, la novedad más llamativa en la rutina de Aurora había sido el descubrimiento del sexo, un tema que jamás había hablado con nadie en sus anteriores veinte años de vida.
Al ser huérfana de madre, había sido doña Marcela quien le había aconsejado días antes del enlace sobre la noche de bodas.
—Nuestras hermanas las sufragistas británicas decían que al casarse se debía «cerrar los ojos y pensar en Inglaterra».
Aurora la miró con el ceño fruncido, sin entender a qué se refería Marcela.
—¡Es una expresión! Tú no tienes que pensar en Inglaterra, de hecho, no pienses en ninguna nación o política, piensa en algo que te guste, las flores que te hacen tan feliz, por ejemplo, no sé...
En fin, lo que significa ese dicho es que cuando llegue la noche tú te has de dejar hacer.
Los hombres saben lo que se traen entre manos, o más bien entre las piernas.
—Marcela hizo una pausa y sonrió para sus adentros—.
Sobre todo al principio, tú déjate llevar y no digas nada.
Luego, si él es delicado, ya lo empezarás a disfrutar; si no, pues seguirás cerrando los ojos y pensando en otra cosa hasta que te quedes en estado, nena.
La verdad es que Aurora no tenía un buen recuerdo de su noche de bodas.
Le había parecido horriblemente incómodo y engorroso.
Demasiado sudor, fluidos y gemidos incontrolables, por no hablar del dolor que había sentido: como si una antorcha le penetrara las entrañas.
Bien era cierto que Francisco fue muy dulce y a ella le encantó quedarse dormida en sus brazos mientras él le acariciaba el pelo, pero todo lo que hubo antes de llegar a ese momento de paz le pareció un suplicio.
La primera vez que lo disfrutó fue la última noche de su luna de miel en Roma.
Habían salido a cenar a una trattoria en una de las empedradas plazas del casco antiguo.
Caminaban de vuelta al hotel embriagados de pizza, pasta y vino.
De camino, pasaron por la Piazza Navona, y a Aurora se le ocurrió, como postre y para luchar contra la borrachera, pedirse un último gelato .
Pero el calor romano de junio no le dio tregua, le derritió el helado, que le manchó la barbilla y le cayó por el cuello y el escote.
En una callejuela solitaria, Francisco se lo lamió y ella sintió unas cosquillas mágicas que se convirtieron en un placer sublime.
En un arrebato de deseo incontrolable, ella le besó intensamente y él no pudo parar o esperar al hotel.
Así, en un callejón oscuro de Roma, entre las sombras de la historia milenaria y escondidos detrás de un par de vespas, Aurora tuvo su primer orgasmo.
A su vuelta a Valencia, le había pedido que lo volviese a hacer, y desde entonces vivían en una nube de placer y aprendizaje constante.
Aunque, por mucho que lo intentaran, puntual y abundante le llegaba el periodo todos los meses.
Ese recordatorio bermellón la hacía sentirse incompleta.
Después de todo, el único objeto de una mujer era concebir hijos, tal y como Dios dictaba, y le preocupaba no poder cumplir su cometido vital.
Cuando el reloj marcó las cuatro, apagó el horno: el bizcocho ya estaba listo.
Era la hora de la siesta, pero decidió subirle a Marcela un trozo de la coca de llanda para la merienda.
Al llegar al rellano, se percató de que la puerta principal estaba medio abierta y se escuchaban voces dentro.
Aurora se adentró en el recibidor; no se veía lo que estaba ocurriendo en el salón, pero se escuchaba perfectamente.
—El 25 de febrero de 1948, mandó usted un paquete a Asturias que contenía dos armas, ¿sí o no?
Aurora se quedó petrificada al reconocer aquella voz metálica, la piel se le erizó. La había escuchado múltiples veces antes y siempre le causaba el mismo efecto. Se trataba del sádico capitán Torres, el antiguo jefe de Francisco.
—No sé de qué me está hablando.
—Un paquete con dos revólveres del calibre treinta y ocho fabricados en la Unión Soviética han sido encontrados en Onís, un pueblo de Asturias, en una redada contra un campamento de maquis. En el remite estaba su nombre y dirección. ¿Le suena algo de esto?
—No. —La voz de Marcela era temblorosa.
A Aurora le dio un salto el corazón. Ella había mandado ese paquete por correo antes de que su padre y Marcela la introdujeran en la guerrilla. En su ignorancia, había puesto la dirección de su entonces patrona en el remite, sin imaginar qué contenía ese paquete.
—¿Tiene usted alguna vinculación con el Partido Comunista? —insistió el capitán Torres.
—Ya le he dicho que no.
—¡No me mientas, furcia de mierda! Sé lo que te has traído entre manos los últimos años, junto a ese rojo cojo que te cepillas.
—¡No! ¡Juro que no! Él lo dejó todo al salir de la cárcel.
—¡Al paredón tendríais que haber ido los dos! ¡De la cárcel se sale, de la cuneta no!
Se oyó cómo le daba una bofetada, seguida de un golpe: Marcela cayó al suelo. El guardia civil le pegó una patada en el estómago. Ella gritó del dolor.
—¡Menuda puta estás hecha, roja asquerosa!
A continuación, se oyó el sonido metálico y frenético de su cinturón desabrochándose, augurando la desnudez impuesta.
—Voy a ponerte en buen uso, como a una buena puta —anunció el capitán con sadismo.
Marcela empezó a sollozar pidiendo que parara, conocedora de su oscuro destino.
Aurora, hasta entonces, se encontraba en el recibidor con el corazón a mil por hora, pero completamente petrificada por el miedo, sin moverse, escuchando sin saber qué hacer y temiendo que intervenir la pudiese poner en peligro.
Quería ayudar a Marcela, después de todo era su vecina, amiga, patrona y prácticamente madre postiza; pero no sabía cómo.
Entonces oyó la respiración jadeante de él.
Los gemidos forzados de ella. Estaba pasando.
Debía pararlo. Sin pensarlo más, agarró un cazo de la cocina y entró en el salón, donde se encontró la esperpéntica escena.
Él de espaldas encima de ella, ella con la falda subida y los ojos cerrados, sumisa en el pudor de la ofensa.
Con todas sus fuerzas le golpeó en la cabeza.
Torres se quedó quieto, desubicado, y paró.
Aurora le volvió a dar con el cazo. El guardia cayó al suelo medio embobado.
Entonces le volvió a dar. Y otra vez. Y otra vez.
La ira, el miedo y el odio la cegaron. Le golpeó por su hermano Enrique, que no debería haber sido asesinado en ese incendio.
Le golpeó por su hermana Antonia, porque siempre acarrearía esa culpa injusta.
Le golpeó por su padre, que desde que salió de la cárcel había sufrido la falta de trabajo y la sentencia social.
Le golpeó por Marcela, porque ninguna mujer debería jamás sufrir la ofensa de tener su honor asaltado.
Le golpeó por su marido Francisco, porque, a pesar de que lo amaba, se conformaba con vivir en un régimen sin libertad donde solo los hombres podían triunfar y prosperar.
Pero sobre todo le golpeó por ella misma, porque estaba harta de la derecha, estaba harta de la izquierda y estaba harta de los dos bandos.
Estaba harta de que, a pesar de que la guerra había terminado hacía casi quince años, seguía latente cada día, detrás de los visillos, entre los susurros, en las miradas acusatorias.
Estaba harta de que la ideología y la política marcaran su vida y la de su familia.
Cuando volvió en sí, le había golpeado veintitrés veces.
El hombre tenía el cráneo abierto y el suelo estaba ensangrentado.
Ambas estaban manchadas de sangre y las lágrimas les corrían por las mejillas.
Aurora se quedó inmóvil, observando el cuerpo sin vida de aquel hombre cruel que nunca le había caído en gracia, pero al que, unos días atrás, tampoco le hubiera deseado la muerte.
—Jamás podré agradecértelo bastante —dijo Marcela entre sollozos.
—Pero ¿ahora qué vamos a hacer? —preguntó Aurora aún desorientada. Estaba temblando.
—Sobrevivir.
Marcela la cogió por detrás y se fundieron en un abrazo. Un abrazo de comprensión, de miedo, pero sobre todo de esperanza; al fin y al cabo, tenía razón: estaban vivas. Aquella fue la última vez que Aurora vio a Marcela.