Las flores del ayer La verdad
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La verdad

No estaba muy segura acerca del outfit que había elegido aquel día.

Después de probarse varias cosas, Tina se había decantado por una blusa blanca y un pantalón de pinzas.

Un básico que nunca fallaba. Al final había decidido no ponerse la americana, le parecía demasiado formal y la había reemplazado por una cazadora vaquera.

Era principios de mayo y, a pesar de la primavera, se había levantado una brisa fuerte, por lo que una chaqueta era necesaria mientras caminaban por las coloridas calles del Cabañal, el barrio de Adrián de toda la vida.

Era la primera vez que Tina paseaba por allí.

—Bueno, ¿qué te parece mi barrio?

—Tiene un encanto diferente —dijo Tina fijándose en un edificio medio en ruinas con gatos como propietarios.

—¿Alguna vez habías estado por aquí?

—Por esta parte no, pero sí que había ido a los restaurantes de la playa.

Le parecía curioso que una parte tan bonita de la ciudad conviviera junto a una tan descuidada.

Intentaba mostrarse educada, pero a pesar de ser mediodía se veía un ambiente turbio merodeando por las esquinas.

No le sorprendía que el Gobierno local estuviese planificando un proyecto de renovación del barrio.

Adrián le leyó la mente y un reflejo de decepción se cruzó en su mirada.

—A ver, ahora vivimos aquí, pero cuando yo era más pequeño estuvimos una temporada con mis abuelos en el centro. ¿Te imaginas? ¡Hubiéramos sido vecinos!

—¿Y qué pasó? —preguntó Tina.

—Mis abuelos vendieron el piso y con eso pagaron su residencia. No sé si sobraría algo, pero seguro que mi padre se lo gastó en el bar y las máquinas tragaperras. Bueno, ¿estás nerviosa? —le preguntó Adrián, cambiando de tema.

—¿Por conocer a tus padres? ¡Para nada! —rio ella.

—¿Estás segura? —insistió con tono de flirteo.

—Bueno, tal vez un poquito.

Él la agarró de la mano y le dio un beso corto y dulce en los labios.

Ella lo miró con complicidad y Adrián le devolvió una sonrisa pícara, recordando lo que acababan de hacer en el coche.

Desde que habían introducido el sexo en su relación, no paraban de hacerlo.

Una pausa durante el estudio, una salida de la madre de Tina o una tarde de excursión eran las circunstancias perfectas para escabullirse.

Además, ella sentía que sus niveles de ansiedad por los exámenes finales, en los que se jugaba su futuro, se rebajaban, y que los orgasmos que le proporcionaba Adrián eran la mejor manera de relajarse y desfogarse.

Los últimos meses habían sido increíbles, nunca se había sentido tan enamorada y en sintonía con alguien.

Pararon en el portal de un edificio alto y gris de una de las descoloridas calles del Cabañal.

Adrián llamó al timbre. Llevaba llaves, pero era el aviso pactado con su madre.

Al abrirse el ascensor, se encontraron la puerta principal abierta y, de fondo, se oía la retransmisión de un partido de fútbol.

—Apaga el televisor. Ha llegado Adrián con su novia —gritó una mujer.

Se adentraron en el piso lúgubre que olía a puchero recién hecho en dirección al salón comedor.

En el salón una gran televisión sobre una falsa chimenea presidía la estancia.

Estaba iluminado por unas lámparas de araña que parecían de plástico y las paredes eran de gotelé.

Un hombre estaba de espaldas cara al televisor.

—Tina, este es mi padre —dijo Adrián.

Entonces el padre de Adrián se levantó del sofá y se giró, mirándolos por primera vez.

—Encantada de conocerle —contestó Tina, formal y con algo de timidez.

El hombre se quedó pasmado.

—¿Tú eres Tina?

—Sí —contestó ella acercándose a darle dos besos.

Él le devolvió el gesto, aunque ella notó que estaba rígido, tenso.

La madre de Adrián se asomó por la puerta que daba a la cocina. Era rubia con ojos claros y nariz aguileña.

—Bueno, pues la comida ya está hecha. Espero que te guste el arroz amb fesols i naps —dijo la mujer amablemente.

—Me encanta, gracias.

—¿Y el vino? ¿Quieres blanco o tinto?

—Tinto, por favor.

Se sentaron alrededor de la mesa del comedor mientras la madre de Adrián servía los platos en la cocina.

Su padre tenía un semblante serio y permaneció en silencio mientras observaba a Tina de arriba abajo.

Parecía escudriñar su rostro: sus labios, su nariz, la forma en que sonreía...

Tina se sintió incómoda mientras esperaban a que volviera la mujer, así que se aferró a la mano de Adrián.

Sabía que la relación con su padre era complicada: por una parte, lo idolatraba; pero, por otro lado, no le gustaba la forma en que trataba a su madre.

Esta era la razón por la que había tardado tanto en presentárselos.

En una de las confesiones que le había hecho cuando dormían desnudos, Adrián le había comentado que en ocasiones sospechaba que su padre engañaba a su madre.

No tenía la certeza, pero le había visto ningunearla y gritarle con frecuencia.

—Entonces, ¿estás estudiando para los exámenes de selectividad? —preguntó la mujer cuando volvió de la cocina con los platos a rebosar del arroz caldoso y humeante.

—Tina va a un colegio americano, así que hacen unos exámenes finales diferentes a la selectividad —intervino Adrián.

—Por eso son en mayo en vez de junio —explicó Tina.

—¿Y por qué tus padres decidieron llevarte a un colegio así? —preguntó la madre de Adrián.

—¡Mi madre! No tengo padre... —Tina titubeó incómoda, lo cierto es que nunca se lo había planteado—. No lo sé, la verdad. Fue decisión de mi madre. Supongo que ella trabaja mucho en Estados Unidos y pensó que ir a un colegio americano me daría proyección. Debió de pensar: ¿y por qué no?

—¿A qué se dedica tu madre? —El padre de Adrián abrió la boca por primera vez.

—¡Es médico!

—Bueno, es más que una simple médico. ¡Cuéntales! —dijo Adrián.

—Sí... En realidad, trabaja en una clínica de fertilidad y se dedica a la reproducción asistida. También investiga acerca de los óvulos y cómo mantenerlos en buen estado para alargar la fertilidad.

Entonces, en un aspaviento nervioso, la madre de Adrián dio un manotazo a la copa de vino, que cayó sobre Tina creando un pequeño manantial de rioja.

—¡Rocío! ¡Eres una inútil! —gritó el padre dando un golpe en la mesa.

El percance había contaminado la sopa de arroz, además de dejar un manchurrón burdeos sobre el mantel y la ropa de Tina.

—Lo siento muchísimo, ¡qué torpe soy! —se disculpó Rocío.

—No se preocupe —contestó Tina mientras se levantaba para ir al baño.

En el aseo, cerró el pestillo antes de quitarse la blusa blanca e intentar frotar la mancha con jabón y agua.

Parecía sangre. Como si le hubieran apuñalado el corazón, la salpicadura de tinto estaba justo en el pecho.

Siguió intentando limpiarla sin éxito, al menos podía darse un respiro del ambiente extraño que se mascaba en el comedor.

Estaba enamorada de Adrián, pero la reacción exagerada de su padre le daba mala espina.

Al salir al pasillo, se encontró con un aparador lleno de fotografías.

Había una de Adrián de pequeño vestido de marinero para la primera comunión, otra de él con sus padres en la Sagrada Familia de Barcelona y una de una mujer rubia vestida de novia mirando a través de una ventana.

Esa novia... La había visto antes. Llevaba el pelo rubio cardado y un vestido almidonado al estilo de los años setenta con mangas de farol y volantes.

Entonces la reconoció: era la novia de las fotografías que había visto en casa de su abuela.

Sintió como una losa le caía encima. No tenía del todo claro la relación de aquella mujer y su familia.

Pero su sospecha era que la tercera niña de la fotografía familiar junto al olivo era esa joven vestida de novia.

¿Qué hacía ese retrato en casa de Adrián?

¡No podía ser! Su madre había dicho que su hermana murió.

Además, si la mujer vestida de novia era la madre de Adrián de joven, eso significaría que ella y él eran...

¡primos! Sintió un vahído mientras deambulaba de vuelta al comedor.

—Lo cierto es que no me encuentro bien. Debería irme a mi casa —dijo Tina, disculpándose con los padres de Adrián. Quería salir de allí, necesitaba encararse con su madre y que esta vez le contara toda la verdad. Sentía que su vida estaba basada en una mentira.

Adrián se levantó de inmediato, con la intención de llevarla en su coche de vuelta a casa, pero su padre se lo impidió.

—Tú quédate aquí con tu madre —le ordenó—. Yo acompañaré a Tina.

Adrián hizo ademán de contestar a su padre, pero este le miró desafiante y se contuvo. Nada más entrar al coche, Germán puso el seguro.

—Tu madre se llama Marga, ¿verdad? —preguntó a bocajarro.

—Sí... —contestó Tina dubitativa.

—Lo sabía. Eres clavada —dijo él triunfante—. ¿Nunca te ha hablado de mí y de Rocío?

—No... Pero he visto las fotografías de su boda. Entonces, ¿son hermanas? —Tina tragó saliva, por fin se había atrevido a formular la temida pregunta.

—Vaya, vaya... Veo que no sabes nada... —Germán rio de forma maquiavélica mientras pisaba el acelerador—. Menuda sorpresita se va a llevar Margarita.

Se saltó un semáforo en rojo en la avenida de Blasco Ibáñez y continuó acelerando por la orilla del río Turia.

Conducía a demasiada velocidad. Al llegar a la Alameda, no cruzó el puente en dirección a la Gran Vía, sino que continuó por la carretera que bordeaba el antiguo cauce.

Tina se percató de que no le había preguntado dónde vivía.

—¿Adónde me lleva? Yo vivo en el centro, cerca de Ruzafa. Se ha pasado el cruce del río.

—No te llevo a casa, guapita. ¿Alguna vez has escuchado la expresión «ojo por ojo»?

—No entiendo, ¿qué dice? ¿Qué intenta?

—Pues que tu madre va a pagar por el susto que nos dio la zorra de tu abuela en el año 89.

—¿Qué dice? ¡No sé de qué me está hablando! ¡Pare el coche inmediatamente!

Intentó abrir la puerta, pero estaba bloqueada.

—Tu madre, Marga, y tu abuela, Aurora, las dos igual de estúpidas —continuó Germán mientras seguía conduciendo a gran velocidad.

—¡A mi abuela ni la nombre!

Estaban ya por el centro comercial de Nuevo Centro, se dirigía hacia la salida de la ciudad. Conocía bien Campanar, ya que era el barrio de su tío. Tenía que pensar rápido, debía aprovechar y pedir ayuda mientras aún había gente. Bajó la ventanilla y gritó.

—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda!

No tuvo ningún efecto. El coche iba demasiado rápido, enseguida Germán subió la ventanilla y la bloqueó.

Tina forcejeó, pero él era más grande y fuerte que ella.

Estaban en el último cruce de la avenida de las Cortes Valencianas, era su última oportunidad.

Por fin, Tina le dio un manotazo en la cara, pegó un volantazo y rápidamente agarró el freno de mano.

El coche dio un giro de trescientos sesenta grados hasta quedar estacionado en mitad del cruce.

Germán estaba boquiabierto, pero rápidamente ella desbloqueó las puertas.

De repente, antes de poder salir, un turismo les golpeó por el lado y volcaron.