Las flores del ayer La llamada
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La llamada

Marga y Florián habían volado del nido, pero aquel domingo volvían a casa de su madre, que estaba cocinando paella de pollo y conejo como buena valenciana.

Él se había licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y ejercía de abogado de oficio. Vivía en un piso de soltero en el barrio de Campanar que compartía con un amigo de la facultad.

Mientras tanto, Marga había completado la carrera de Medicina y los años de MIR, y por fin se dedicaba a lo que le gustaba: la reproducción asistida.

Era un campo aún poco explorado que mezclaba ginecología con bioquímica, pero lo más importante era la repercusión social que estaba teniendo: por fin la medicina podía ayudar a parejas con dificultades para tener hijos a hacer realidad ese anhelo.

De momento, Marga estaba trabajando en una clínica en Alicante, aunque su intención era poder trasladarse a Valencia y estar cerca de su familia y amigos.

Echaba de menos salir de fiesta con su amiga Eva, pero sobre todo extrañaba tener a su madre y hermano cerca.

Desde la muerte del abuelo, la relación con su hermano se había estrechado y el apoyo de este en los últimos años había sido indispensable.

—Cuando hablé con Rocío aquel día, dijo algo que me preocupó. Dijo que el abuelo le había dado una paliza a Germán como si fuera un violador. ¿Tú sabes a qué se refería?

Se hizo el silencio, Marga tragó saliva y asintió. Los ojos se le volvieron vidriosos.

—Justo antes de la discusión sobre la herencia de papá, cuando estábamos en La Cañada, después de la noche de San Juan, Germán se metió en mi cama y... —Marga no necesitaba terminar el relato, las lágrimas le recorrían las mejillas.

—¡Qué hijo de puta! ¿Por qué no me lo contaste?

—Solo lo sabían mamá y el abuelo, y me dijeron que cuanta menos gente se enterase sería mejor para mí. Tenía dieciocho años.

—Pero Marga, yo he estudiado Derecho, ¿por qué no lo denunciaste?

—Pasó en casa y era mi cuñado... Dijeron que nadie me creería, que era mejor para mi futuro que nadie lo supiera.

Florián cogió de las manos a su hermana pequeña y la miró a los ojos. Ambos los tenían claros y se entremezclaron como el azul de una laguna: hermosos pero estancados entre el dolor de las montañas que les impedía revelar quiénes eran realmente.

—Yo siempre te creeré.

Los hermanos se fundieron en un abrazo que perduraría en el tiempo. Al separarse, Marga le hizo la pregunta a él:

—¿Y tú? ¿Cuándo dejarás que el mundo vea quién eres realmente?

—Cuando el mundo deje de verme como un enfermo.

El ritual de domingo se desarrolló como de costumbre. La mesa estaba puesta en el comedor en vez de en la cocina, y había vermut para el aperitivo mientras reposaba el arroz. Al sacar el plato principal, su madre hizo un inesperado anuncio.

—Tengo una cosa que contaros. Ha ocurrido algo importante. —La voz de Aurora era solemne.

—¿Qué ha pasado, mamá? —La preocupación de Florián era evidente.

—Vuestra hermana ha tenido un hijo. Sois tíos, y yo, abuela.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has hablado con ella? —preguntó Marga extrañada.

—No, me lo comentó una compañera. Dio a luz hace un par de semanas, cuando yo estaba de vacaciones. Por eso no me lo ha contado antes.

—En ese caso, a nosotros ni nos va ni nos viene. Déjalo, mamá —le contestó Marga.

—Es mi hija, ¿cómo lo voy a dejar? —Cogió fuerzas y continuó—: Ha dado a luz a un varón. Pesó tres kilos y midió cincuenta centímetros. Estaba todo en el historial.

—Mamá, después de lo que ha pasado, es mejor dejarlo estar. Tiene razón Marga.

—El padre de la criatura es un cabrón, y mi hija, una desagradecida, pero el niño no tiene culpa. Os lo he contado porque quiero tener relación con mi nieto. Voy a ponerme en contacto con Rocío.

—Pero mira lo que pasó cuando murió el abuelo, ¡no quiso saber nada de nosotros! —espetó Florián—. Todo esto solo te va a hacer más daño.

—Ahora ella también es madre, ya verás como me entenderá. De hecho, voy a llamarla ahora mismo, para que veáis.

—¿Cómo has conseguido su número de teléfono? —le preguntó Florián.

—Lo he encontrado en la guía telefónica.

Aurora se levantó de la mesa del comedor y se sentó en la butaca que tenía junto al teléfono.

Cogió sus gafas de leer y abrió el gran libro, que pesaba casi dos kilos, por la página que había doblado.

Marcó los dígitos, decidida a darles a sus hijos una lección.

Marga la miraba con desasosiego, era como verla andar hacia un precipicio o, peor aún, ponerse una soga alrededor del cuello.

Tras varios minutos de silencio, se oyó una voz contestar al otro lado del auricular.

—Nena, soy yo, mamá —dijo Aurora rápidamente.

Marga y Florián seguían en silencio, temiendo la reacción proveniente del otro lado.

—Perdona, nena, no quería molestar... Te he llamado porque me han contado... Bueno, sé que has tenido un hijo... Y quería darte la enhorabuena y...

Se oyó un murmullo ininteligible. Los dos intentaron descifrar el contenido del mensaje a través de la cara de Aurora, pero ella se giró incómoda.

—Sé que estás disgustada, pero a mí me gustaría conocerle... Es mi primer nieto. Mi único nieto y yo... ¿Rocío? ¿Estás ahí?

Aurora colgó el auricular. Derrotada, rompió a llorar.

—No quiere que lo conozca —musitó avergonzada.

—Ya está, lo has intentado. Ahora ya déjalo —dijo Marga.

—Es verdad, ahora hay que cortar de una vez por todas —apostilló Florián.

—Pero es mi nieto... ¡Cómo voy a cortar!

—Por favor te lo pido, prométeme que no les volverás a llamar —le pidió Marga.

—¿Lo prometes? —insistió Florián.

—No —zanjó la matriarca, decidida.

Florián suspiró decepcionado, mientras que Marga no le dio importancia. Ninguno imaginaba el oleaje de emociones rompiendo en el corazón de Aurora, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar por conocer a su nieto.