Las flores del ayer La Cañada
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La Cañada

Llevaban casi tres meses de cortejo y, aunque sus circunstancias económicas nunca eran óptimas y los problemas familiares siempre la acechaban en el horizonte, Aurora jamás había sido tan feliz.

Se sentía en paz cuando estaba con Francisco.

Un chiste tonto de él le hacía olvidar cualquier discusión absurda con Antonia o aligeraba el sentimiento de culpa que en ocasiones le invadía el alma por la ausencia de su hermano.

Tras reencontrarse en la Batalla de las Flores, Francisco se abrió y compartió con Aurora los años oscuros de la guerra y el sufrimiento previo de su familia.

Le contó la tortura y humillación que sufrió su tío, don Lucas.

Cómo antes de morir asesinado por el mero hecho de ser cura, fue apaleado y crucificado por una banda de anarquistas.

Cómo a su padre, un prestigioso médico, le habían confiscado el coche y metido en un calabozo durante una semana por su apariencia burguesa.

La tensión con la que vivió al salir, intentando atender a heridos de guerra sin dar un paso en falso hasta que ese miedo le llevó a su propia muerte por agotamiento.

La vez que unos milicianos saquearon su casa y se llevaron el ajuar de su madre.

Cómo habían tenido que esconder rosarios, cruces e imágenes de la Virgen para no ser denunciados, viéndose obligados a ocultar sus creencias y su fe.

—Esa maldita guerra hizo daño en ambos lados —concluyó Aurora cuando él terminó.

Ella también le contó su experiencia, tan diferente a la de él, pero igual de dolorosa.

Sus recuerdos de las bombas mientras corría al refugio para salvarse; la aflicción de su madre al ver a los militares desfilar marcando el fin de la guerra; la angustia de no saber si su padre volvería vivo a casa...

Además, Aurora había vivido en sus propias carnes la posguerra de los perdedores.

El castigo del silencio y de vivir temiendo que cualquiera podía denunciarlos.

El miedo a las monjas que juzgaban a los padres por las chiquilladas de sus hijos.

La aprensión al escuchar que algún conocido o vecino había sido encarcelado o, peor aún, fusilado, y la mezcla de alivio y culpa al pensar que, al menos, no había sido nadie de su familia.

Tras confesarse sus verdades, se cogieron de la mano y se prometieron que sus diferencias y sus vivencias no se interpondrían entre ellos y el amor mutuo que sentían.

Aquel día de octubre, él le había dicho que tenía una sorpresa y que se iban de excursión en su coche.

Había comprado hacía poco un Citroën 2CV en gris metálico; a Aurora le hacía gracia y lo había apodado «el caracol con ruedas» por su forma ovalada y sus faros, que parecían los tentáculos con ojos del molusco.

A media mañana, Francisco paró su automóvil nuevo bajo el edificio de Aurora. Como era costumbre en él, tocó la bocina dos veces para que ella supiera que había llegado. A los pocos minutos, apareció en el portal y corrió hacia el coche saludándole con un beso fugaz.

—¿Adónde vamos? —preguntó entusiasmada.

—Ya te dije que era una sorpresa.

Ella resopló, dando golpecitos impacientes con los dedos.

—De momento, mientras conduzco, ¿por qué no lees esto?

Francisco sacó un sobre de la guantera y se lo entregó. Aurora lo abrió. El papel era grueso y el emblema del Ministerio de Justicia junto al águila de la dictadura encabezaba la carta. El corazón le latía deprisa.

Lunes, 8 de octubre de 1949

Estimado don Francisco Acosta Bañón:

En virtud de su interés por el bienestar del recluso Pablo Villa Peña, que está cumpliendo condena en el centro penitenciario de Castellón de la Plana por conspiración contra el régimen franquista, se le informa de que, acorde con los nuevos términos del Código Penal y tras examinar todas las pruebas de su participación en los delitos contra el orden social y la seguridad estatal de los que se le acusa, este Ministerio de Justicia ha tomado la decisión de que quede archivada la causa abierta contra él.

En consecuencia, el recluso quedará en libertad condicional a partir del próximo viernes 26 de octubre de 1949, con la condición de colaborar con la Guardia Civil en otros posibles casos de conspiración contra el régimen.

Además, deberá acudir a un centro diurno de reinserción social durante los próximos seis meses.

Atentamente,

Delegado general del Ministerio de Justicia

A Aurora le dio un vuelco el corazón; estaba fechada el lunes anterior, lo cual significaba que, en cuestión de días, menos de dos semanas, su padre estaría de vuelta en casa.

—¿Esto es en serio? ¿Padre va a salir de la cárcel?

Francisco asintió, sonriente, feliz de verla así.

—Pero ¿qué has hecho, Francisco? ¿Cómo lo has conseguido?

—Ha sido cuestión de mover algunos hilos.

—Jamás te lo podré agradecer lo suficiente.

El coche se alejaba del bullicio del centro de la ciudad, adentrándose en los barrios del extrarradio en busca de la carretera. Entonces atisbó una cabina telefónica.

—¡Para el coche! ¡Tengo que llamar a casa! —gritó Aurora.

Marcó el número de Marcela, se lo sabía de memoria porque era la que siempre estaba ahí cuando había un problema y necesitaban una solución.

Esta vez, en cambio, la llamaba para darle una alegría.

Sabía que amaba a su padre. Aunque su relación no fuera nada ortodoxa, lo cierto es que había ido a visitar a Pablo a la cárcel más veces que sus hijas.

Al otro lado de la línea, la voz de Marcela se quebró de la emoción; era una mujer fuerte y pocas veces dejaba que sus sentimientos la afectaran, pero en esta ocasión se le vidriaron los ojos.

—Le daré recado a Antonia —contestó Marcela al otro lado del auricular.

Francisco la esperaba con el pelo engominado apoyado en el capó, fumándose un cigarro.

Cuando terminó, reemprendieron el trayecto.

Tomaron la carretera de salida de la ciudad, Aurora creía que en dirección norte, pero no estaba segura, ya que no se veía el mar.

La carretera y el sonido del automóvil rompían la serenidad de los campos yermos en los que se empezaban a abrir los pinos.

Pasaron por un pequeño pueblo con una iglesia, una plaza cuadrada y varias casas.

Aurora abrió la ventanilla. El sol de octubre le acarició la cara y le invadió el olor a pino y a romero.

Continuaron por una carretera apenas asfaltada que procedía de la plaza.

Las casas, o más bien chalés, se iban esparciendo, todos con su jardín y terreno, algunos incluso con piscina.

Se acercaban cada vez más a la pinada, dejando atrás cualquier huella urbanística. Entonces, Francisco paró el auto.

—Ya hemos llegado —dijo él.

Aurora miró a su alrededor sin ver nada.

El suelo estaba cubierto de pinocha, la carretera se había convertido en un camino y notaba cómo se le clavaban las piedras bajo las alpargatas.

A su derecha había una pequeña verja oxidada enmarcada por un enrejado de gallinero.

No veía el fin de la malla de alambre, que parecía cercar un terreno inhóspito con hierbajos que crecían hasta la altura de la rodilla y varios pinos dispersos.

—¿Dónde estamos?

—Técnicamente, es término municipal de La Cañada —contestó Francisco.

—¿El pueblecito por el que hemos pasado?

—Sí, pero dicen que va a crecer mucho en los próximos años.

Aurora se quedó en silencio, preguntándose qué hacían ahí. Francisco la miraba vacilante y, comedido, continuó explicando:

—He comprado este terreno.

—¿Para qué? Aquí no hay nada.

—Ya sé que no hay nada, pero podemos construir una casa.

Un pequeño chalé, para que podamos vivir aquí cuando tengamos hijos, o igual tal vez venir aquí a veranear.

En Valencia hace un calor infernal de junio a septiembre y aquí se está mucho más fresco al lado de la pinada y del monte.

He hablado con un arquitecto y puede que incluso quepa una piscina en el jardín.

—¿Construir una casa con piscina? ¿Tener hijos? Pero para eso...

—Lo sé... —Francisco se puso de rodillas y sacó un pequeño estuche—. Cásate conmigo.

Lo abrió. Un anillo de oro blanco con una esmeralda cimentaba la proposición. Aurora se emocionó, por supuesto que amaba a Francisco y quería pasar el resto de sus días con él, formar una familia y envejecer juntos. Sin embargo, le sobrevino una presión en el pecho, una fuerte angustia.

—Si quiero, pero antes de aceptar...

A Aurora le faltaban las palabras, un torbellino de miedos y pensamientos luchaban por salir de su boca.

—Sé que tu experiencia y la de tu familia en la guerra y en estos últimos años ha sido muy diferente a la mía...

—¿Qué quieres decir? Esto ya lo hemos hablado y creía que lo habíamos superado...

—Y es así, pero mi padre va a salir de la cárcel. Los dos sois los hombres más importantes de mi vida y necesito que podamos convivir todos juntos bajo el mismo techo.

—¿Y quieres que comulgue con los ideales comunistas de tu padre? Gracias a Dios, ahora están prohibidos. Además, te recuerdo que los suyos tampoco fueron almas caritativas. Igual la Falange y Franco no es la mejor forma de traer la paz, pero al menos cada vez hay menos hambre y penurias.

—Entiendo todo lo que ha sufrido tu familia, y no te estoy pidiendo que sacrifiques tus ideales, sino que dejes de representar a los que han hecho daño a la mía. Por favor te lo pido, Francisco.

—¿Quieres que deje la Guardia Civil?

Ella asintió.

—Hazlo por mí, por nuestra felicidad, por nuestro futuro. Si quieres que me case contigo, es la única condición que te pido.

Él se quedó unos instantes en silencio, sopesando la petición. A Aurora la pareció una eternidad, ella amaba a Francisco y quería compartir el resto de su vida con él. Tal vez se había pasado al exigirle que dejara su trabajo, pero su padre y su familia eran importantes para ella.

—Si yo dejo la Guardia Civil, tu padre también deja su absurda lucha —sentenció él.

—Por supuesto —contestó Aurora—. De todas formas, después de lo que pasó con Enrique, creo que ha tenido suficiente.

Francisco asintió satisfecho.

—De acuerdo, en el colegio se me daban bien las mates y la economía, así que seguro que me las apañaré para montar algún negocio...

Pero necesitaré varios meses, tal vez un año...

Ahora debo algunos favores por sacar a tu padre de la cárcel y tengo la impresión de que al capitán Torres no le hará ninguna gracia que deje el cuerpo.

Pero te prometo que, si te casas conmigo, en cuanto pueda, lo dejaré.

A Aurora le bastó y se fundieron en un beso. Ella sabía que Francisco cumpliría, era un hombre de palabra.