El golpe de Estado #2
A las siete, Marga y Florián salieron del portal con la intención de volver junto al lecho de muerte de su abuelo.
Él estaba descompuesto por la conversación con su hermana mayor.
Estaban a quince minutos andando de su casa.
Desconocían que hacía treinta y siete minutos, a trescientos sesenta y dos kilómetros del centro de Valencia, en el palacio de las Cortes en Madrid, el teniente coronel Tejero, junto a doscientos guardias civiles, había interrumpido la votación para la investidura del candidato a la presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, empuñando una pistola y amenazando a los presentes al grito de «Quieto todo el mundo».
Los tiroteos del teniente coronel Tejero fueron retransmitidos en la radio y en Televisión Española en directo, así que toda la nación había sido testigo de sus intenciones golpistas.
Aquellos que lo escucharon evocaron las letales castañuelas de la Guerra Civil, la trifulca entre hermanos que creían lejana, pero que sin embargo continuaba latente.
Era un golpe de Estado, el ejército se había sublevado en contra de la incipiente monarquía democrática.
Marga y Florián caminaban por la avenida de Fernando el Católico cuando oyeron el estruendo metálico de los tanques.
Un convoy de militares y hombres con tricornio empuñando subfusiles desfilaban desde el río por la principal avenida en un desafío al statu quo que se había instaurado en España.
Los negocios bajaban las persianas para protegerse de la nueva amenaza y la gente se apresuraba a volver a la seguridad de sus casas.
El ejército parecía estar invadiendo la capital del Turia.
Entre el caos, se oían rumores de aquellos que habían conseguido seguir el incidente en directo a través de la radio o la televisión: «¡Han secuestrado el Congreso!
», «¡Un golpe de Estado!», «¡Se han sublevado los militares!
», «¡Hay toque de queda!». Conforme se acercaban los militares por la avenida de Fernando el Católico, Marga y Florián fueron conscientes de la enormidad de lo ocurrido.
Con pavor en los ojos, ella miró a su hermano:
—¿Qué hacemos?
—¡Correr! —contestó él.
Corrieron a su casa, donde les esperaban su madre y su tía en un silencio absoluto por respeto al patriarca convaleciente.
—¡Ha habido un golpe de Estado! —gritó Florián al entrar en el lúgubre piso.
—¡Están los militares en la calle! —dijo Marga.
Aurora y Antonia los miraron perplejas.
—¡Poned la radio! ¡Rápido! —insistió Florián.
Marga fue directa a la radio obedeciendo a su hermano y pronto se escuchó la voz grave del locutor:
A las 18:23 de hoy, durante la votación para la investidura del candidato a la presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, un grupo de guardias civiles armados han secuestrado el Congreso de los Diputados...
—¿Seguro que son los militares? ¿No serán etarras disfrazados? —preguntó Antonia perpleja. El año anterior, 1980, había sido el más sangriento de la banda terrorista vasca, con casi un centenar de personas asesinadas.
—Que sí, tía, que los hemos visto entrar con los tanques por la avenida —contestó Florián.
—Eran militares, no terroristas —convino Marga.
—Lo que nos faltaba... Otra guerra —suspiró Aurora recordando su infancia.
Al mismo tiempo, el capitán general de Valencia, Jaime Milans del Bosch, ha desplegado el ejército por la ciudad y ha decretado el toque de queda a las nueve de la noche.
Señores, estamos ante un golpe de Estado, una sublevación del ejército como ocurrió en 1933.
Las próximas horas serán clave para decidir el futuro de España: otra Guerra Civil, la vuelta a una dictadura militar o la continuación de la democracia.
—¡Putos fachas! —murmuró Pablo—. No puede ser... Uno no puede ni morirse tranquilo...
Los cuatro levantaron la cabeza. Con la llegada atropellada de los dos hermanos y el anuncio del golpe de Estado, habían olvidado que Pablo se encontraba luchando entre la vida y la muerte.
—Ya verás como no es nada, papá... Olvídate de la política, por favor —le pidió Aurora, intentando animarle.
—Yo me muero, pero la libertad de España no puede morir. La libertad de España debe sobrevivir. Si Dios existe, que sea ese mi último deseo.
En aquel momento, Radio Nacional cortó la emisión y pusieron abruptamente una marcha militar. Nerviosa, Marga movió el dial buscando una emisora que funcionase; tras varios intentos, consiguió sintonizar la cadena SER.
Nos acaban de llegar noticias de que los militares han tomado a la fuerza Radio Televisión Española y Radio Nacional. Mientras nos lo permitan, nosotros seguiremos informando, desde la cadena SER, acerca de los acontecimientos de esta noche histórica.
La melodía dócil del violín de Antonia había sido reemplazada por la voz ansiosa del noticiero, la música que acompañó a Pablo en su viaje al más allá.
Alrededor de las diez de la noche, Karlitos II pegó un agudo chillido y cayó en picado sobre la cama de Pablo.
Se colocó sobre su hombro y ronroneó afligido.
Aurora se acercó y le buscó el pulso. Como esperaba, no lo encontró.
Todos rompieron a llorar por la pérdida del abuelo.
Había dedicado su vida a luchar por la libertad, una libertad que en aquellos momentos volvía a estar amenazada.
Pablo murió convencido de que España regresaba a una dictadura fascista. Jamás vio al rey Juan Carlos I pronunciar el discurso que defendía al orden constitucional e instaba a las tropas militares a retirarse:
La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum.
Pablo no vio cómo los que atentaron contra la democracia fueron juzgados y encarcelados. Había dedicado su vida a la lucha contra el fascismo, pero murió creyendo que había sido en vano.