Las flores del ayer El golpe de Estado
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El golpe de Estado

Marga sabía que, a pesar de la fuerte discusión que habían tenido, su madre había intentado ponerse en contacto con su hermana en varias ocasiones.

Aurora había llamado a Rocío en Navidades para que la celebraran en familia, pero Rocío había rechazado la invitación.

También la llamó en abril para su cumpleaños y le hizo llegar un regalo, pero Rocío se despidió cortante sin agradecerle la rosa de cerámica que le había mandado.

Aunque llevaban años sin ver a Rocío, la súbita enfermedad del abuelo Pablo había reabierto la herida familiar.

Marga y Florián estaban en desacuerdo sobre si informar a su hermana mayor de la gravedad del patriarca.

Ella se negaba, mientras que él defendía su derecho a despedirse del abuelo en sus últimos días.

En apenas unas semanas, la vida de Pablo se había truncado.

Durante las copiosas Navidades, empezó con hormigueos en la pierna y debilidad al andar.

La misma pierna en la que sufría una cojera desde la Guerra Civil, por la que se había ganado el mote de «el Rojo Cojo» durante sus años como peón en el puerto y como preso en la cárcel de Castellón.

A estos inexplicables síntomas, a principios de año se les había sumado un persistente dolor de cabeza que le nublaba los pensamientos y la visión.

Reticente a pedir ayuda y acudir al médico, estuvo semanas sin compartir su malestar achacando las migrañas a la falta de luz del invierno, y la debilidad al andar, a la edad.

No fue al hospital hasta finales de enero, cuando de repente se desmayó durante un campeonato de palomos.

Como buena estudiante de Medicina, Marga había sido la primera en acudir al hospital y acompañar al abuelo tras el percance.

—Tiene un tumor cerebral. Hay que realizar una biopsia para confirmar el diagnóstico y me temo que habrá que programar una intervención quirúrgica en los próximos días —había declarado el médico de urgencias al ver la tomografía computarizada y los análisis solicitados.

—¿Qué? —Pablo se sorprendió.

—Tiene un tumor que está presionando las arterias cerebrales y es necesario aliviar la presión y que no se produzca una hemorragia. Para ello, debemos extirpar la masa tumoral.

—Pero, si me opera, ¿podré volver a hacer vida normal? ¿Ir a campeonatos y fumar puros? No acabaré en una silla de ruedas, ¿verdad?

—No le voy a engañar: es una operación compleja y el sistema motor necesitará recuperación. Las secuelas más comunes son problemas con el habla, la memoria y el sistema motor, o sea, la movilidad.

—¿Me puedo quedar paralítico?

—Es una posibilidad alta. Pero sobreviviría.

—De eso nada, yo no quiero vivir atado a una silla de ruedas. Si la operación sale mal, seré un inútil, una carga para mis hijos y mis nietos.

—Es la única forma de que tenga una posibilidad de sobrevivir. Seguramente será necesario que aprenda otra vez a caminar y a mover las manos. Pero si no se opera, corre el riesgo de sufrir una rotura de un vaso sanguíneo y una hemorragia cerebral.

—Abuelo, no serías una carga... Si esa es la única forma para que te mejores... —intercedió Marga.

—¡De eso nada! Me quedo como estoy. Además, ya tengo una edad —sentenció el abuelo.

—Si no accede a la operación, el único tratamiento que puedo darle son cuidados paliativos. Con el tiempo los espasmos en las piernas se convertirán en convulsiones, y los dolores de cabeza serán peores; difícilmente aguantará el dolor —insistió el médico.

—Déjelo. A todo cerdo le llega su San Martín. A mí me ha llegado ahora.

—No tiene por qué ser así.

—Me da igual. Me niego a estar atado a una silla de ruedas. He luchado en tres guerras: la de Marruecos, la de España y la mundial. Llevo cojo desde 1938; si me voy a la tumba, me iré de pie, no rodando.

Cuando lo visitó el doctor Grabado aquella fría mañana de febrero, su estado de salud había empeorado. El día anterior había perdido la conciencia, así que el médico decidió duplicar la dosis de morfina para aliviar su paso por el umbral de la vida a la muerte.

—Volveré mañana, pero me temo que no aguantará más de dos días. Está muy mal. Si hubiese accedido a la operación, podría haber tenido una oportunidad —se lamentó el doctor al marcharse.

—Lo sabemos, pero fue decisión de él... Hay que respetarlo —le contestó Aurora.

Al cerrar la puerta, Florián se encaró con Aurora y Marga.

—Rocío debe saberlo. No me importa la pelea que hayáis tenido, pero el abuelo siempre ha estado con nosotros. Tiene derecho a saber que está enfermo y despedirse de él.

—Tienes razón, hijo. Pero la última vez que llamé, el teléfono no dio señal. Se debe de haber comprado una casa y habrá dejado el piso de alquiler. Después de todo es para lo que quería el dinero que le di —contestó su madre.

—¿Y contactar con don Armando y doña Vicenta? ¡Son sus suegros! —insistió Florián.

Marga vio cómo su madre tragaba saliva.

—Yo no voy a hablar con ellos, no después de todo lo que ha pasado. Pero es una buena idea si quieres dar con tu hermana Rocío.

Su madre hizo una pausa y respiró hondo antes de continuar.

—Marga, creo que deberías acompañar a tu hermano. Para que Rocío vea que nosotros, la familia, la quiere en casa. Sobre todo, con el abuelo como está...

—Pero... —replicó Marga.

—No tienes por qué entrar ni ver a tu cuñado. Nos importa tu hermana Rocío y que venga para despedirse del abuelo —la cortó su madre.

Marga calló resignada mientras Florián sonreía triunfante. Lo haría por su madre, aunque pensase que su hermana era una desagradecida y estaba cegada por el monstruo de su marido.

Comieron puchero en un silencio sepulcral solo interrumpido por los graznidos de dolor de Pablo, que vagaba entre la conciencia y la inconsciencia.

En uno de sus delirios había preguntado por sus palomas y Aurora había permitido que Karlitos II revoloteara por la estancia acompañando a su amo en sus últimas horas.

Tras la comida, Antonia sacó su violín y tocó My Way, de Frank Sinatra.

Todos empezaron a tararear la letra como si se tratara de una nana apaciguando a un niño testarudo que no quiere dormir la siesta.

De momento, Pablo dormía, pero eran conscientes de que en una de aquellas cabezadas ya no despertaría. A las cinco y media, Marga se puso el abrigo de paño para acompañar a Florián a buscar a su hermana e informarla sobre el estado del abuelo. Habían decidido ir a casa de los padres de Germán.

—Vivían en la plaza de España, ¿no? —preguntó Florián.

—Que yo sepa, sí —le contestó Marga.

Recordaba el edificio señorial en la distinguida plaza donde residía el antiguo socio de su padre.

El conserje les saludó amablemente y llamaron al segundo piso.

Al abrirse la puerta sintió el perfume cargante de doña Vicenta.

Su sorpresa al verlos fue tal que su semblante se volvió correoso, como si la careta de falsedad creada por sus cremas y maquillaje se derritiese.

—¡Florián! ¡Marga! ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué queréis? —preguntó doña Vicenta recelosa.

—Necesito el número de teléfono de mi hermana. Tengo que hablar con ella, el abuelo ha enfermado —contestó Florián.

—¡Vaya! Justo estamos las dos merendando, que vamos a hacer unas compras en Galerías Preciados. Le pregunto si quiere verte.

Doña Vicenta hizo ademán de cerrar la puerta y dejarlos en el rellano, pero los reflejos de Florián fueron más rápidos.

Interpuso el pie derecho y entró en aquel piso que conocía tan bien.

Habían jugado allí muchas veces en la infancia y se sabía su distribución.

Sin ser invitado, atravesó el recibidor y abrió la puerta del comedor, donde se encontraba su hermana mayor deleitándose con una bandeja de fartons y horchata.

Mientras Marga se quedaba en el umbral de la puerta junto a una doña Vicenta desavenida observando la grotesca escena.

—Rocío, tienes que venir conmigo. Tienes que venir a casa. El abuelo está muy enfermo, va a morir —la avasalló Florián.

Rocío se había quedado callada, sobresaltada por la aparición repentina de su hermano.

—Pero ¿qué le pasa exactamente? —preguntó la vieja aceitosa alzando la voz desde el recibidor.

—Tiene un tumor cerebral. El médico le ha puesto morfina para paliar el dolor, pero ha dicho que no aguantará más de un par de días. Es posible que ni siquiera sobreviva a esta noche. He pensado que te querrías despedir de él. Es el abuelo.

Rocío sacó el farton que estaba mojando en el dulce líquido blanco y lo dejó sobre una servilleta con repelús, como si fuese un juguete roto que ya no le interesara. Alzó la mirada y por primera vez se dirigió a su hermano.

—No voy a ir contigo.

—¿Qué? ¿Me has entendido bien? —le preguntó Florián.

—Sí, te he entendido perfectamente. Yo no quiero saber nada del abuelo Pablo.

Desde la entrada, Marga suspiró. Se imaginaba que no querría venir. Al final, ella había tenido razón. Se mordió la lengua, porque se había percatado de que Rocío no la había visto llegar con Florián y no quería empeorar la situación.

—¡Pero qué culpa tiene él! Hasta donde yo sé, la pelea la has tenido con mamá; el abuelo siempre ha estado ahí para todos. ¡Fue él quien te llevó al altar! —gritó Florián.

—El abuelo es un energúmeno que le dio una paliza a mi marido como si fuera un violador.

—¿Violador? ¡Qué dices, Rocío! No entiendo de qué me estás hablando y qué tiene que ver con el abuelo, pero si tú no quieres venir, allá tú. La muerte es permanente, algún día te arrepentirás de esto.

—Lo dudo.