La Batalla de las Flores
Aquella calurosa tarde de julio se celebraba la anual Batalla de las Flores, el broche final a la Feria de Julio. Por ello, el Mercado de las Flores en la Tortada de Goerlich era un hervidero de actividad.
Esta tradición, que había nacido a finales del siglo XIX , fue instaurada por las familias burguesas y pudientes de la capital del Turia con el objetivo de lucirse y celebrar el deseado verano.
Inspirada en la Batalla de Flores del Carnaval de Niza, todos los años decenas de carrozas forradas de flores marchaban por el paseo de la Alameda y competían por un premio.
Aunque el desfile se había diluido durante los años de tumulto político previos a la Guerra Civil, se había reinstaurado hacía unos años.
Al son de la música y de la dulzaina, se lanzaban al aire confetis, serpentinas y casi un millón de pétalos, creando un colorido y tupido manto sobre la adinerada avenida.
Por primera vez, dos comisiones habían confiado en el puesto de doña Marcela para decorar de flores sus carrozas.
Se habían tenido que dividir el trabajo y contratar a dos muchachos para ayudarlas a engalanar los carruajes, crear los ostentosos centros y preparar los pétalos que serían lanzados en la vistosa fiesta.
Para que no hubiese polémica entre las asociaciones, doña Marcela había decidido que cada una se encargaría del diseño y ejecución de una de las carrozas.
Era la primera vez que le daba tanta responsabilidad a Aurora, y la joven estaba pletórica de orgullo.
Hacía más de un año desde que Enrique había pasado al mundo de las almas.
Su duelo era un amor maternal atrapado en el tiempo.
Todas las noches Aurora se dormía llorando.
Su tristeza la avasallaba sin aviso, como una ola que repentinamente destruía los cimientos de su ser.
Sin embargo, había conseguido escudarse en la rutina y su trabajo en el puesto de flores para enmascarar el dolor del duelo.
Gracias a la perspicaz ayuda de doña Marcela, habían conseguido suficiente dinero del seguro para rehabilitar el piso tras el incendio.
Su patrona había sido el mayor punto de apoyo para las hermanas, que solo se tenían la una a la otra.
Antonia ya no era una niña, rodeada de su música y sus libros se estaba convirtiendo en una mujer con inquietudes más allá de los confines de Valencia y las fronteras de España.
La pérdida del pequeño la había hecho madurar.
Durante meses se culpó por su muerte, hundiéndose en un foso oscuro de remordimiento.
El niño estaba a su cargo cuando ocurrió el incendio, y ella había sido la última persona en verlo con vida.
Cuando Aurora compartió la verdad sobre la turbia actividad política de su padre en la que se había visto envuelta, la carga que injustamente había llevado Antonia se transformó en un odio profundo hacia su padre.
Aurora entendía que lo culpara por la muerte de Enrique.
Sin embargo, ella había sido testigo de su lucha en el monte y entendía el fervor de sus ideales.
Pensaba que había sido un duro golpe del destino que sus camaradas le hubiesen traicionado.
Para este partido sin escrúpulos, la muerte de su hermano solo era un daño colateral, pero sabía que las intenciones de su padre eran nobles, aunque ilegales.
Además, añoraba y deseaba que volviese a casa.
Ella y su hermana solo lo habían visto una vez en el último año.
Tras mucho insistirle, Antonia accedió a acompañar a Aurora a la cárcel de Castellón pocos días antes de Navidad.
Con la cara magullada y el labio roto, Pablo las había recibido en la sala de visitas.
La vida carcelaria había hecho mella en su físico y su alma.
Estaba en los huesos y le perseguían más fantasmas que nunca.
Bajo la atenta supervisión de dos guardias, les había rogado perdón.
—He perdido a mi hijo, no puedo también perder a mis dos hijas.
Pablo era consciente de que su desacuerdo con el partido que había defendido y representado durante tantos años había sido el motivo del incendio.
Aunque despreciaba a los fascistas y al régimen, sabía que los suyos eran igual de despiadados.
Lo había visto, e incluso había sido cómplice durante el principio de la guerra, y ahora les había llegado el turno de sufrir a él y a su familia.
Las hermanas escucharon sus súplicas para que lo perdonaran, aunque solo Aurora logró hacerlo.
El resquemor de Antonia hacia Pablo jamás se desvanecería.
Un resentimiento que la llevaría a poner distancia física con su familia en la edad adulta.
—¿Preparada? —le preguntó Marcela sacándola de su ensimismamiento, del dolor y la soledad que había sentido el último año, y devolviéndola al presente.
—Sí —le contestó rápido, pero sin comprobar que era así.
Aurora alzó el pulgar señalando a doña Marcela, que estaba lista para empezar. A pesar de los nervios, se la veía entusiasmada por la tarde que le esperaba.
Los proyectos finales habían sido espectaculares, aunque muy diferentes.
Marcela había entreverado clásicos claveles rojos y blancos en una faz elegante; representaban sensaciones que habían aflorado en ella desde que habían metido a Pablo en la cárcel: el recuerdo de la sangre y el deseo de paz.
Por su parte, Aurora se había decantado por coloridos tulipanes y margaritas, sus flores favoritas, su evasión del duelo.
En cuanto se abrió el cortejo, ambas se subieron al peldaño de la parte de atrás de sus carrozas, no podían dejar a la suerte cualquier imprevisto de sus obras florísticas.
A cada lado del paseo de la Alameda se habían agrupado una multitud de valencianos que intentaban no perderse el grandioso desfile de flores.
Había niños a hombros de sus padres y adultos que habían viajado desde pueblos cercanos para presenciar la sonada cabalgata.
Entonces, entre la muchedumbre, Aurora vio la cabellera oscura de un rostro conocido.
Aquellos ojos marrones se cruzaron con los suyos azules enlazándose en una mirada penetrante.
Llevaban más de un año sin verse, aunque en ocasiones él invadía sus pensamientos.
Anhelos de un futuro juntos e intenciones impuras dignas de confesión irrumpían en la mente de Aurora sin aviso previo y en ocasiones la humedecían bochornosamente.
Ella se quedó parada, agarrada al carruaje, que continuaba su recorrido mientras se distanciaban rodeados del alboroto festivo.
Aunque Aurora no lo sabía, Francisco se acordaba de ella todos los días.
Veía su rostro en sus sueños, mientras su mente elucubraba constantemente acerca de todo lo que hubiera podido pasar si su orgullo y la política nunca se hubieran cruzado entre ellos.
Los dos habían madurado. Se habían dado cuenta de que no eran los culpables del dolor y la traición que había aflorado hacía un año.
Al verse, se dieron cuenta de que esos sentimientos, ese amor truncado, seguía latente en sus corazones.
En cuanto Francisco la vio, igual de bella, con esa mirada tan inocente que reflejaba su buen corazón, sintió cómo un instinto casi animal se apoderaba de él.
Prendado por su mirada, se abrió paso entre la multitud intentando llegar a la primera fila.
Mientras tanto, el carruaje de Aurora se alejaba siguiendo su ruta, con sus miradas conectadas.
Él saltó la valla y accedió sin permiso a la zona reservada del desfile.
—¡Aurora! ¡Aurora!
Francisco gritó y corrió detrás del cortejo intentando alcanzar su carroza.
Al verlo correr hacia ella, Aurora sintió cómo una energía ajena a su voluntad la atraía.
Envuelta en un magnetismo incomprensible, descendió del peldaño y anduvo sobre los corazones de claveles rotos hacia él.
Francisco la alcanzó y bajo una lluvia de pétalos se fundieron en un beso eterno.