La hermana
Marzo era el mejor mes del año por una buena razón: eran las fallas.
Las últimas noches de fiesta, Tina había pasado más tiempo con Adrián que con sus amigos, aunque todos pertenecían a la misma falla.
Aquella tarde, por fin sería la ofrenda de flores a la Virgen de los Desamparados y Tina se vestiría de fallera.
Sin embargo, el mes no había empezado de la mejor manera.
El domingo anterior, el timbre del teléfono había interrumpido la hora de la siesta.
Marga levantó el auricular, molesta porque alguien la incordiara en un día festivo.
—Sí, ¿dígame?... ¿Por quién pregunta?... Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?
Su tono de voz adquirió un matiz preocupante.
Florián la observaba inquisitivo y le hizo un gesto con la barbilla, intentando averiguar de quién se trataba.
Como era costumbre los domingos, Florián y Alejandro habían comido en su casa, pero el argentino había sucumbido al influjo de Morfeo y seguía tumbado en el sofá.
Tina se encontraba estudiando en su dormitorio, pero salió al pasillo al escuchar la llamada y la voz cortante de su madre.
—De acuerdo, sí. Ahora hablo con mi hermano. Viajaremos a Madrid lo antes posible.
Marga colgó el teléfono bruscamente y al girarse se encontró con su familia en corro, esperando respuestas.
—Era la cuidadora de la tía Antonia. Se ha caído y se ha roto la cadera. Nos la tenemos que traer a Valencia.
—Vaya por Dios —contestó Florián.
—Yo me quedaré en Valencia con Tina, vayan ustedes a Madrid —intervino Alejandro adormilado.
Marga y Florián condujeron hasta Madrid y al día siguiente trajeron a la tía Antonia a Valencia.
Era la hermana pequeña de la yaya Aurora, aunque Tina siempre había pensado que parecía mayor.
No era una anciana risueña como lo había sido su abuela, más bien al contrario.
Las arrugas se le marcaban en las comisuras de los labios, siempre torcidos, ya que cualquier circunstancia era motivo de crítica.
Le encantaba un buen chisme y siempre ponía la puntilla a todo: «Este colchón es muy incómodo», «No abras tanto la persiana, que me ciega la luz», «Esta paella tiene demasiado sabor... ».
Su demencia había aparecido hacía cinco años, tras la muerte de su marido, don Miguel.
Todo había empezado cuando se le olvidaron las notas de sus melodías favoritas.
Confundía el sol con el la y el do con el re, y el resultado era una continua frustración desafinada hasta que decidió dejar de tocar el violín.
Después se volvió muy despistada: se le olvidaba el día de la semana, cocinaba con azúcar en vez de con sal, y nunca encontraba su fular hasta que se daba cuenta de que lo llevaba puesto.
Terminó descuidando la casa y también su apariencia.
Su familia, al no vivir en Madrid, no se percató de sus preocupantes síntomas hasta hacía dos años, cuando Aurora la fue a visitar y vio el estado de suciedad y abandono del piso.
Le había insistido en que se mudara a Valencia a vivir con ella en su piso de Abastos, pero Antonia se había negado.
No quería abandonar su residencia en el barrio de Chamberí, donde había compartido sus mejores recuerdos de casada, aunque dichos recuerdos estuvieran destinados al olvido.
En cambio, había accedido a tener una cuidadora.
Por suerte, durante su carrera de violinista, y tras la muerte de su marido, había amasado una buena fortuna y podía permitirse sufragar ese gasto.
Aurora visitaba a su hermana una vez al mes para comprobar que su estado mental no empeoraba, pero al enfermar de cáncer tuvo que cancelar los viajes a Madrid y la salud de Antonia se había desmoronado.
Incluso en el entierro de su propia hermana, Antonia no parecía comprender lo que estaba ocurriendo.
—¿Quién ha muerto? ¿Mi hermano? —había preguntado la anciana hacía seis meses al entrar en la iglesia y ver el ataúd con el cuerpo de Aurora dentro.
—Tu hermana, es decir, mi madre, es quien ha muerto, tía —le había contestado Florián entre murmullos.
—¿Mi hermana? Pero si está allí —dijo señalando a Marga con el dedo—. ¿Aurora ha muerto? No, mi hermano, mi hermano pequeño es quien ha muerto... Pobre Enrique. Es todo culpa mía.
Desde que falleció Aurora, el aislamiento en el que había vivido había deteriorado a la anciana.
Sus ojos, antes tan expresivos y burlones, miraban fijos al infinito, faltos de vida.
Aquel día de marzo ya habían empezado las fallas, y la fiesta y la pólvora dominaban las calles. De repente, se oyó un petardo.
—Ay, ay... Nos bombardean. ¡Hay que correr! ¡Hay que ir al refugio! —gritó Antonia. Entonces se dio cuenta de que estaba postrada en una silla de ruedas, incapaz de andar o correr, y su miedo se incrementó.
—No te preocupes, tía —le contestó Tina—. Son solo petardos, no son bombas. No hay guerra... Son las fallas, ¿no te acuerdas de las fallas?
—Sí, sí que me acuerdo de las fallas. Son muy bonitas, todos los años. Lo mejor es la música en las calles. Ojalá pudiera tocar mi violín.
—Ya verás como, cuando te recuperes de la cadera, podrás tocar el violín.
—¿Tú crees? Yo creo que no, estoy hecha una vieja.
—No digas eso... Además, esta tarde me visto de fallera para ir a la ofrenda. Ya verás lo divertido que será. Creo que Florián te llevará a dar un paseo y me podrás ver entrar a la plaza de la Virgen.
—Ay... A mi hermana también le encantaban las fallas... Te pareces tanto a ella...
Antonia había utilizado el verbo correcto, en pasado, algo que a Tina aún le costaba. Era como si tuviese olas de lucidez absoluta en una marea de confusión.
—Ya lo sé... Ojalá me hubiera podido ver este año. ¡Voy a llevar un vestido nuevo!
—Ay..., mi hermana, pobre... Qué injusto... Qué injusto todo lo que sufrió.
—¿Por su enfermedad? Bueno, al menos el cáncer fue rápido.
—No... Lo que sufrió en vida... Sobre todo, por culpa de esa hija suya...
—¿Por mi madre?
—La otra... la otra hija... Había otra...
—¿Otra? ¿Qué otra?
Entonces los ojos de Antonia volvieron al barullo de las fallas a través de la ventana. Las calles estaban abarrotadas de gente.
—Tía, ¿qué otra? —insistió Tina.
La había perdido. Antonia empezó a musitar palabras incoherentes mientras hacía aspavientos con las manos, indicando que la dejara en paz.
Tina se preguntó a qué se refería y si guardaba relación con las fotos que había encontrado vaciando el piso de su abuela.
En las imágenes, junto al olivo, aparecía una niña mayor que su tío Florián.
Pero ¿dónde estaba esa niña ahora? No podía ser cierto...
A la tía Antonia se le iba la cabeza, y mucho.
Acababa de confundir una traca con un bombardeo.
Su testimonio no tenía ninguna validez, se convenció Tina.
Debía distraerse y pensar en otra cosa...
Tina estaba sola con Antonia en casa, su madre no llegaría del trabajo hasta la hora de comer.
Decidió empezar a preparar los enseres para la ofrenda.
Sacó del armario el cancán, las enaguas, las peinetas, el aderezo, la mantilla de color crema...
Continuó con el corpiño y la falda de tela burdeos con bordados dorados.
Lo colocó todo sobre su cama, listo para vestirse por la tarde y no perder tiempo.
Le faltaba lo más importante: la medalla de la Virgen que le había prometido a su abuela que llevaría.
Se dirigió al vestidor de Marga, donde sabía que guardaba el joyero de su difunta abuela.
Abrió la pequeña caja nacarada y enseguida encontró la medalla de oro.
Justo debajo, se escondían tres anillos con una piedra de brillante cada uno.
«Estos anillos solitarios: uno por cada hijo».
Eso es lo que había dicho Aurora cuando le enseñó sus joyas antes de morir.
Entonces, Tina no se percató de que había tres anillos, pero ahora los veía claramente.
Significaba que Antonia no estaba loca y que su madre había tenido una hermana.
De hecho, en su demencia le había confesado el secreto de la familia.
Pero ¿por qué se lo habían ocultado a Tina?
¿Qué otros secretos había en la familia?
¿Tendrían alguna relación con los claveles rojos?
Entonces se escuchó el tintinear de unas llaves en la puerta de entrada. Enfurecida y dolida, Tina salió al recibidor.
—Mamá, hay tres anillos. Tres anillos solitarios. ¡Me has mentido! ¡Me lo has ocultado!
—¿El qué? ¿Qué quieres decir? —Marga acababa de llegar y no entendía la furia de su hija.
—Estaban en el joyero de la abuela. Uno por cada hijo. Tres anillos, tres hijos.
—¡No te entiendo!
Tina respiró hondo intentando calmarse para explicar su crispación de manera coherente.
—Antes de morir, la abuela me contó que el abuelo le había regalado un anillo solitario por cada hijo que nació. He abierto su joyero para coger una medalla y los he visto. Hay tres anillos, pero solo estáis tú y el tío Florián... Además, me lo ha confirmado la tía Antonia.
—¿Qué te ha dicho Antonia? ¡Sabes que no está bien de la cabeza!
—Solo que la abuela tuvo otra hija. Entonces es verdad, ¿tuviste una hermana?
Marga miró hacia abajo. Asintió avergonzada por haberle mentido a su propia hija, aunque lo había hecho para protegerla. Quería evitar el sufrimiento que mentar a su hermana Rocío causaba, sobre todo para su madre, que hasta sus últimos días sufrió por su culpa.
—¿Por qué nunca habéis hablado de ella? ¿Por qué me lo habéis ocultado? ¿Qué le pasó a tu hermana, mamá? ¿Murió?
Entonces, a Marga se le iluminó la mirada.
—Sí, cariño. Por eso no hablamos de ella. Para mí está muerta.
Los ojos de Tina se volvieron vidriosos. No le gustaba enfrentarse a su madre. También echaba de menos a su abuela. Madre e hija se fundieron en un abrazo.