Las flores del ayer La traición
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La traición

Los siguientes días Aurora los pasó en una nube.

Se sentía descolocada. La pena la arrollaba.

Su padre estaba en paradero desconocido, su hermano pequeño había muerto y habían perdido su casa.

Marcela había tomado las riendas de su vida al ofrecerles a Aurora y a su hermana dinero y un hogar; sin embargo, seguía sintiéndose perdida.

Hacía solo unos días estaba en los montes del Maestrazgo, y ahora por fin había vuelto a Valencia, pero no era la Valencia de siempre, le faltaban dos personas muy importantes: su hermano y su padre.

El duelo juega de manera extraña con la mente haciendo imaginar cosas para paliar el dolor de la pérdida.

A Aurora la había engañado diciéndole que la ausencia de ambos se debía a un viaje y que solo era cuestión de tiempo que volviesen.

Ignoraba así los restos chamuscados que había visto sacar a los bomberos y los comentarios de Marcela, que había averiguado que su padre estaba, de hecho, en la cárcel.

Solo le quedaba Antonia, quien estaba viviendo el mismo dolor en sus entrañas. Juntas acudieron a la parroquia del Buen Pastor, en el barrio de Abastos, para despedir a su hermano.

Cuando vio el pequeño ataúd blanco presidiendo la misa, el dolor de su corazón y la evasión de su mente se sincronizaron: su hermano había muerto. El cuerpo de Enrique estaba ahí dentro y nunca lo volvería a ver.

El pequeño de apenas seis años jamás aprendería a leer o tomaría la comunión, jamás se enamoraría o formaría una familia.

Enrique no crecería, ni tendría más infancia.

Hundida en su profundo dolor, no dejaba de preguntarle a Dios por qué le había arrebatado la vida a Enrique, por qué había querido que su existencia fuera tan breve, por qué había hecho daño a un ser inocente, por qué les había castigado a todos con una fuga de gas en su casa...

De todas formas, con su padre en la cárcel y conociendo su pasado, sus porqués se transformaban en una sola palabra: quién, ¿quién quería hacerles daño?

¿Quién había matado a Enrique? ¿Había sido el incendio un accidente?

Marcela creía que la fuga de gas no había sido fortuita.

Cuantas más vueltas le daba, más pensaba que seguramente tuviese razón, pero ¿quién quería lastimarles de ese modo tan cruel?

El entierro de su hermano pequeño fue la experiencia más dolorosa que jamás había vivido.

Más aún que la muerte de su madre. Los sollozos casi no la dejaban respirar.

Aunque Aurora tenía a Antonia a su lado y a Marcela detrás, su padre no estaba, su madre tampoco, y se sentía muy sola.

Colocó un lirio sobre el ataúd y recordó la última vez que vio a Enrique, dormidito en su cama antes de que ella partiera hacia el Maestrazgo.

No se había despedido de él. Sintió un grito de dolor en sus entrañas.

Al ver cómo metían el pequeño ataúd en ese oscuro nicho, sepultado en el olvido para la eternidad, Aurora dio rienda suelta a su dolor y perdió la conciencia.

Hubiese deseado desaparecer por más tiempo, pero despertó enseguida, en un banco en el cementerio a pocos metros del nicho, ya cerrado, en el que se encontraba su pequeño ángel. Antonia estaba a su lado abanicándola.

—Marcela ha ido a buscar agua. A ver si después de beber un poco te encuentras mejor —le dijo.

Ella asintió, sin importarle. Estaba vacía.

Entonces una sombra apareció entre las hermanas.

Era Francisco. Iba sin uniforme, pero con traje.

Formal como siempre. Con todo lo ocurrido no había pensado en ponerse en contacto con él.

Además, había germinado en ella la semilla de la duda.

Después de todo, la Guardia Civil nunca había sido fuente de buenas noticias.

—Hola, Aurora. Siento mucho lo que ha sucedido... ¿Cómo estás?

Ella se quedó callada. Acababa de enterrar a su hermano.

Enrique no era su hijo, pero lo había criado ella.

Vio que Francisco estaba ansioso, la quería para él, protegerla, hacerla suya.

Ella, aunque no se fiaba de él, también quería fundirse en sus brazos, saltarse cualquier protocolo y hacer algo completamente inadecuado.

Sin embargo, los dos se quedaron parados como las lúgubres piedras que los rodeaban.

—Bueno, vaya pregunta. ¿Cómo vas a estar?

Ella le ofreció una sonrisa amarga.

—Necesito hablar contigo. He intentado mandarte recado a través del puesto de flores, pero supongo que no te ha llegado.

—Podemos quedar esta tarde. A las siete, ven a buscarme —le contestó Aurora.

Aquella tarde no le dijo a Marcela que había quedado con Francisco, no lo hubiera aprobado.

En su fuero interno, Marcela estaba convencida de que la Guardia Civil era responsable del arresto de Pablo y del incendio en su casa.

Por eso no le había pasado el recado de que Francisco había ido a preguntar por ella.

Sin embargo, Aurora quería acudir a su cita sin prejuicios.

Mientras Marcela buscaba culpables, Antonia se había enclaustrado en su música.

Ahora también tocaba la flauta travesera y apenas salía de su dormitorio.

Recordó aquella primera cita con Francisco y cómo se había arreglado, cómo había escogido su mejor vestido y se había empolvado la nariz.

Hoy, en cambio, no le apetecía, aunque tampoco le hubiera estado permitido: acababa de morir su hermano y se encontraba de luto.

Caminaron en silencio hacia una cafetería. Llovía, pero Aurora no aceleró el paso, al menos las chispas frescas en su piel le hacían sentir algo. La cafetería estaba vacía; aun así, se sentaron en una mesa apartada, al fondo del establecimiento, y pidieron dos chocolates a la taza.

—Siento mucho lo que estás pasando...

—Eso ya lo has dicho —dijo ella cortante.

—Siento lo de tu hermano —Francisco hizo una pausa— y siento lo de tu padre. Sé que está en la cárcel.

Aurora tenía los ojos vidriosos y un nudo en la garganta. Recordó las conjeturas de Marcela.

—¿Qué sabes sobre mi padre?

—Lo detuvieron un par de días después de que nos encontrásemos en aquella carretera. Lo mandaron a un calabozo en Castellón.

—¡Pero de eso hace semanas!

Aurora rompió a llorar. Mientras ella intentaba huir del campamento y volver a Valencia, su padre ya estaba detenido. Llevaba encarcelado todo este tiempo, prácticamente desde la última vez que lo vio ebrio, aquella noche en la hoguera. Francisco continuó hablando:

—Hace cosa de mes y medio, dos hombrecillos atracaron un banco en Torrente.

Se llevaron un millón de pesetas, pero cuando los encontramos solo tenían medio.

Al interrogarles dijeron que la otra mitad se la dieron a una muchacha a las puertas de la iglesia de Santa Catalina para financiar la guerrilla de los maquis.

Francisco hizo una pausa y la miró fijamente, buscando en las aguas de sus ojos una respuesta.

A Aurora el corazón le latía con fuerza, pero disimuló el sonrojo y le mantuvo la mirada.

Ella era la muchacha y él lo sabía. Recordaba esa mañana de fallas, sus ansias de que todo fuera rápido, ya que ella no quería perderse la ofrenda.

El mismo día que hizo el trueque, ella y Francisco habían bailado y él le había dado su primer beso.

Sin embargo, Aurora siguió callada, sosteniendo la tensión con sus miradas, en un juego de reglas no escritas en el que el primero en hablar perdía.

Tras varios segundos inundados en ese incómodo silencio, Francisco tragó saliva y claudicó:

—Al parecer así lo habían acordado con Pablo Villa, tu padre, el enlace del PCE.

Llevábamos meses investigando la relación entre el Partido Comunista y los guerrilleros del Maestrazgo.

Sabíamos que se coordinaban a través de un enlace en el puerto de Valencia.

Cuando el capitán Torres y yo os paramos en la carretera, él supo que tu padre era la persona que buscaba.

Por eso no insistió en abrir la furgoneta, prefirió tirar del hilo y le llevasteis justo donde quería.

La detención de tu padre condujo al desmantelamiento del último campamento maquis del Maestrazgo, donde murieron un guardia civil y cuatro rebeldes.

Las lágrimas silenciosas corrían por las mejillas de Aurora.

Ella había sido testigo de ese desmantelamiento final llevado a cabo por la Guardia Civil.

Se preguntó si Pedro, al que había dejado herido, sería uno de los rebeldes muertos.

¿Cuál habría sido la suerte de Pastora y Juan? ¿Habrían muerto o estarían detenidos?

—¿Me estás contando esto como mi pretendiente o como guardia civil?

—¡Qué más da! —Francisco apretó la mandíbula en un relámpago de dolor.

—¿Y por eso incendiasteis mi casa? ¡Matasteis a mi hermano! ¡Tenía seis años, por Dios!

—¡Qué dices! —gritó Francisco furioso.

—¿Crees que soy estúpida? ¿De verdad crees que pienso que fue un accidente? Explotó la bombona de gas, el único piso de todo el edificio en llamas era el nuestro.

—Estás equivocada. —Francisco abrió la chaqueta y sacó una fotografía del bolsillo—. ¿Lo reconoces?

Aurora cogió la fotografía y la miró con detenimiento.

Era un hombre de mediana edad, seguramente rozaba los sesenta, calvo y entrado en carnes, con una cara corriente, sin barba, pero que Aurora tenía grabada a fuego en su memoria.

No había duda de quién era: llevaba una pañoleta gris al cuello.

Era el hombre que había aporreado la puerta, el que la había espiado desde un arbusto. Era el camarada de su padre.

—Creemos que él provocó el incendio. No sabemos qué vendetta tenía contra tu padre, pero sí sabemos que era miembro del Partido Comunista. Creíamos que estaba en el extranjero, pero al parecer se le ha visto por España en los últimos meses.

Aurora rompió a llorar. Ella sí que conocía la razón, su padre lo había admitido la última noche que lo vio. Al final, sus ideales políticos y sus ansias de libertad habían matado a Enrique.

—El Partido Comunista no quería que continuasen luchando en el monte. Los maquis ya no les interesaban, pero a mi padre sí. Él desobedeció al partido, y supongo que ellos le dieron un escarmiento.

Ella era un mar de lágrimas. Había perdido tanto en tan poco tiempo... Desde el momento en el que había aceptado ayudar a su padre, sin darse cuenta su vida había entrado en una espiral destructiva.

—Lo siento, Francisco. Todo lo que hice fue por mi padre, por mi familia. ¿Puedes abandonar tu sentido del deber?

Por un lado, él quería abrazarla, decirle que las desgracias que estaba viviendo eran pasajeras y que él le ofrecería una vida mejor.

Pero, por otro lado, se sentía traicionado, engañado, defraudado.

Le costaba entender que la mujer a la que amaba fuese capaz de quebrantar la ley, que perteneciese al bando que había matado a su tío y que había humillado y hecho tanto daño a su propia familia.

—No lo sé... Lo siento. —Francisco negó con la cabeza.

—¿Me vas a detener? —Ella tragó saliva, consciente de lo que sus acciones podían implicar.

—Debería, pero te salva que eres mujer y menor de veintiún años.

—Te juro que lo siento... No sabía lo que hacía. —Las lágrimas le impedían hablar.

—He borrado tu expediente, pero no te quiero volver a ver.

Sintió que la altanería de Francisco le atravesaba el pecho como si fuera un puñal.

Se creía superior a ella, y la estaba poniendo en su lugar.

Después de todo, él formaba parte del otro bando.

Del bando enemigo. Ella pertenecía a los perdedores y él a los ganadores.

Por mucho que se amasen, el suyo era un amor imposible.

Jamás serían iguales. Sus formas de entender el mundo habían sido moldeadas desde puntos de vista irreconciliables.

Sus experiencias vitales habían sido opuestas.

Había demasiado dolor, demasiada traición.

Aurora no odiaba a Francisco, pero sí a los suyos, de la misma manera que Francisco amaba a Aurora, pero detestaba sus actos.

No había nada que hacer. No podían cambiar el pasado.

Ella se levantó de la mesa y corrió bajo la lluvia.