Las flores del ayer La venta
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La venta

Era el ocaso del verano y Marga no se había vuelto a acostar con Julio.

No había vuelto a ocurrir porque ella no quería.

Lo peor era que sus ojos parecían pozos marcados por la desgracia, pero él no se había dado cuenta.

Se preguntaba si quería a Julio, y lo cierto era que no.

No sentía mariposas, al menos ya no. Tampoco se le erizaba la piel, como si no fuese la misma persona que había conocido a principios de junio.

Aunque había decidido compartir su cuerpo con él, no podía compartir su corazón.

Las últimas semanas había fingido un amor de verano, cubriendo así las heridas de su alma con una tirita que por fin se había despegado.

Había decidido que debía romper con él, terminar esa farsa, y que lo haría aquella misma tarde.

El grupo de amigos había quedado para ir a La Vallesa, así que le pediría que diesen un paseo a solas y se lo diría.

Ya había pensado qué excusa le daría, iba a empezar la universidad y no había lugar para una relación amorosa.

Quería centrarse en sus estudios. Después de todo, siempre había deseado estudiar Medicina y quería ser la mejor.

Repasaba el guion en su mente, había previsto todos los detalles y había decidido hacerlo con el grupo de amigos cerca como precaución.

Si Julio se enojaba, sus amigos no estarían lejos.

Lo cierto era que Julio era muy calmado y no tenía mal corazón.

Marga debía recordar que su temperamento no era el de Germán, que no eran la misma persona, aunque eran los únicos que habían penetrado en sus intimidades.

Pero su trauma le impedía ver con lucidez que aquel muchacho de pelo rizado podría ser el amor de su vida.

La realidad era que estaba tan encerrada en sí misma que ni siquiera le había dado una oportunidad.

Otro aspecto clave de su plan de ruptura era que de esta forma Marga tendría el apoyo de Eva.

Su mejor amiga había intuido un cambio en ella, pero, tras haber evadido sus preguntas, lo había achacado todo a la pelea familiar con Rocío, de la que sí que estaba al corriente.

Marga la había avisado de su decisión y estaría pendiente cuando soltase la bomba que nadie se esperaba.

Independientemente de lo que pasase en su vida amorosa o con su familia, sabía que siempre podía contar con Eva.

Aquella tarde, su abuelo dormía la siesta en una hamaca junto al olivo, y su madre descansaba en su habitación, mientras ella preparaba una mochila para la excursión.

Sabía que su madre también estaba pasando por un momento delicado.

Los cambios en Aurora se habían materializado en sus hábitos, cada vez más autodestructivos.

Ahora fumaba cada día para endurecer el alma y bebía cada noche para aliviar el corazón.

Sabía que estaba envuelta en un inocente affaire de verano con fecha de caducidad el 31 de agosto, que era el día en que se le terminaba el alquiler a su amante, Juan, el padre de Julio.

Sin embargo, había decidido respetar su intimidad.

Intuía que a su madre le había distraído ese encuentro con el pasado.

Entonces sonó el timbre. Como Marga era la única despierta, se dirigió al vestíbulo y abrió la puerta. Era el cartero, con una carta certificada. Firmó un papel y dejó la carta sobre el aparador. Entonces, Aurora salió de su dormitorio. Llevaba dos días haciendo turnos de noche.

—Mamá, ha llegado una carta certificada para ti —le dijo Marga entregándole el sobre.

—Gracias, hija.

Con delicadeza, abrió el sobre y leyó con detenimiento. Se encendió un cigarrillo y la envolvió una nube de nicotina. Sin saber qué decía, estaba claro por la cara de Aurora que no eran buenas noticias.

—¿Dónde está tu abuelo?

—En el jardín, echando la siesta —le contestó Marga.

Marga quería saber qué ocurría, pero sabía que su madre no la iba a hacer partícipe: siempre la protegía.

Si por lo menos Florián estuviese en casa, sería más fácil averiguar el contenido de esa carta.

Su hermano era muy ingenioso y le encantaba jugar a los detectives.

La verdad era que su mili se le estaba haciendo eterna. Siguió a su madre hacia el jardín.

—Yo voy a darme un baño en la piscina —le dijo Marga.

Aurora asintió, pero no parecía escuchar. Lo que fuese que la preocupaba acaparaba toda su atención. Marga se tiró de cabeza a la piscina y nadó dos largos. Al terminar, se quedó tomando el sol sobre una colchoneta en el agua. Miraba alrededor distraída, como si no oyera nada, pero oyéndolo todo.

El ruido de la piscina había despertado al abuelo Pablo, quien se desperezó dejando atrás la somnolencia de la siesta. Aurora acababa de llegar a los pies del olivo, donde aún dormitaba el gato Filomeno.

—¿Qué te pasa, hija? —preguntó el abuelo.

—Acaba de llegar esta carta. Es de los abogados de Rocío exigiendo la legítima. Quiere su parte de la herencia.

—Hija, últimamente no te veo bien. ¿Me vas a contar qué te pasa?

—Nada, la discusión con Rocío. Ese egoísmo, esa avaricia por tener la parte de herencia de su padre; no lo entiendo. A veces me pregunto si he sido buena madre. Si he tomado las decisiones correctas, si he transmitido buenos valores a mis hijos.

—Pues claro que has sido buena madre. ¡La mejor! Eso no lo pongas en duda.

—Entonces, ¿cómo puede mi propia hija ser tan desagradecida? ¿Por qué me hace tanto daño?

—No se lo tomes en cuenta. Los hijos a veces son así. ¿Te recuerdo el disgusto que me diste tú a mí con su edad?

—No tenía la edad de Rocío, tal vez la de Marga... Aun así, no es lo mismo... Yo solo me enamoré, jamás te hice daño directamente y tu castigo fue desproporcionado... Estoy así porque Dios sabe que he pecado y me está castigando con la indiferencia de Rocío.

—¡No digas tonterías! ¡Eso qué tiene que ver! Mancharse las manos de sangre por una causa, por la libertad, por salvar a otros, no es pecado.

—Pero sí que es delito.

Hubo una pausa, pero Aurora continuó rumiando.

—¿Qué vamos a hacer, papá? ¿De dónde vamos a sacar el dinero? No podemos vender el chalé y tú sabes bien por qué... Sabes lo que se esconde bajo estas tierras...

Aurora se acercó al olivo y acarició el tronco. Marga nunca había entendido la obsesión de su madre por aquel árbol y tampoco sabía a qué se refería, pero continuó en silencio fingiendo que tomaba el sol.

—Sí que podemos. Simplemente hay que venderlo a la persona adecuada. Alguien a quien no le importe —contestó Pablo decidido.

—Papá, pero es un riesgo y tú lo sabes.

—No tiene por qué. Han pasado casi treinta años.

El abuelo Pablo se levantó. Tenía una chispa en los ojos con una mezcla de travesura y genialidad: se le había ocurrido una idea.

—Tengo en mente a la persona perfecta... y sé que te hará ilusión volverle a ver.

—¿Quién? —preguntó Aurora desconcertada, pero Pablo no la escuchó, seguía cavilando el plan en su cabeza.

—Habrá que averiguar dónde se encuentra, pero no debería ser muy difícil. Sé por dónde empezar... ¡Venga, hija, vámonos de excursión!

Con reticencia, Aurora obedeció. Se cardó el pelo y cogió el bolso, lista para salir. Se asomaron al porche para despedirse de Marga, que seguía tomando el sol sobre el agua de la piscina. Solo oía fragmentos de la conversación con el abuelo, pero su madre sonaba nerviosa, desconfiada.

—Pero ¿me vas a decir adónde vamos? —le preguntó Aurora a Pablo.

—Venga, va... Te digo dónde vamos... El primer paso para resolver nuestros problemas está en el paseo de La Petxina.

—¿No me llevarás a la cárcel de mujeres?

—¿Tú qué crees?

Se oyó la risa del abuelo Pablo y la puerta principal cerrarse.

Marga se había quedado sola en casa. No tenía ni idea de qué tramaban, pero tampoco le dio importancia.

Pensó que ya se lo contarían. Salió de la piscina y se secó el pelo.

Estaba preparada para decirle a Julio que lo dejaban.

A partir de ahora iba a tomar las riendas de su vida, estudiar Medicina y vivir sin hombres que extinguieran su existencia.