Las flores del ayer El incendio
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El incendio

No llegó a Sagunto hasta mediodía porque el tren había hecho una parada de tres horas para arreglar una avería.

Desde que huyó del campamento de los maquis llevaba dos días viajando, y por fin había llegado al último tramo, solo tenía que seguir la carretera de Valencia.

De camino, un coche se paró y se ofreció a llevarla a la ciudad; era un joven afeitado y acicalado, pero Aurora no se fio.

Estaba prácticamente a las afueras y había conseguido llegar hasta allí a salvo, no quería tentar a la suerte.

Tenía muchísimas ganas de volver a casa y abrazar a sus hermanos, pero tenía el corazón dividido.

Por una parte, se preguntaba cómo reaccionaría su padre al verla, ¿la querría en casa después de lo que había pasado?

¿Pondría el grito en el cielo por no haber luchado hasta el final y haber huido como una cobarde?

Por otra parte, le preocupaba el destino que podrían haber corrido sus amigos.

¿Habría sobrevivido Pedro a la herida de bala?

¿Habrían conseguido escapar Juan y Pastora? ¿O habrían terminado prisioneros?

Tras correr a través del campo y la montaña huyendo de la emboscada de la Guardia Civil, Aurora había llegado a un pueblecito llamado Cantavieja, donde pasó la noche dormitando en el granero rodeada de gallinas, ocas y algún cordero.

Apenas pudo dormir. Las pesadillas la perseguían y tenía la boca seca de tanto correr. Creyó que iba a morirse de sed.

En la quietud de la mañana atravesó el corral con la intención de entrar en la casa para beber agua.

Como supuso, al otro lado de la puerta se encontraba en la cocina, pero no sabía dónde guardaban la bebida.

Se agachó para buscar detrás de una cortinilla mientras el gallo cacareaba el despertar de la mañana.

Detrás de ella, se oyó un cuenco romperse seguido de un chillido.

Una señora estaba en el umbral, pasmada.

Tenía los ojos grises enmarcados por surcos que denotaban su avanzada edad, seguramente sobrepasaba la sesentena.

Su pelo era largo y denso, bañado en canas, con resquicios de haber sido marrón, y lo llevaba cubierto por un pañuelo.

—Lo siento mucho. De verdad, perdóneme. He estado viajando y tengo mucha sed. Le prometo que no he robado nada. Solo tengo sed.

Aurora iba descalza y vestida con harapos. Era consciente de que no era el tipo de persona que alguien quisiera encontrarse en su casa.

—¿Has dormido en el granero?

Se oyeron pasos atolondrados bajar por las escaleras y un hombre se presentó en la estancia. Era bajito, calvo y corpulento. Como la mujer, tenía el rostro marcado por los años en forma de arrugas y manchas por el duro trabajo bajo el sol aragonés.

—¿Qué ocurre aquí?

—Discúlpeme, ya le he dicho a su esposa que solo quería un poco de agua. Tengo mucha sed, he estado viajando...

El hombre miró a su mujer y le hizo un gesto con la cabeza para que salieran de la cocina a hablar. Aurora podía oírlos cuchichear.

—No te fíes, no vaya a estar con los maquis esos que viven en las montañas —susurró el hombre.

—¡Pero qué dices! Es una chiquilla, por favor. Solo quiere un poco de agua, no nos cuesta nada ayudarla.

—Solo agua, que te conozco.

—Bueno, y darle algo de comer. Pobrecica.

Aquella amable mujer había sido su salvación.

Además de darle agua para beber, le cocinó un puchero humeante y sabroso que llevaba incluso chorizo y tocino.

En aquella casa tenían suficientes provisiones de carne, verdura y embutido, nada que ver con la escasez propia de la ciudad con la que se había criado Aurora.

También le dejó que se diera un baño y le ofreció ropa limpia.

Había pertenecido al hijo que le había robado una guerra que no era suya.

La misma que había marcado la historia de la familia de Aurora y que aún estaba tan presente.

Al día siguiente, su marido la había llevado en carro al pueblo de Barracas, desde donde salía un tren con destino a Sagunto.

La amable mujer le dio dinero para que se pudiera pagar el billete y, como si fuera su propia hija, le había preparado una cantimplora con agua y un paquete con pan, chorizo, salchichón y tocino para que no pasara hambre durante el viaje.

Decidió guardar los víveres para compartirlos con sus hermanos al llegar a casa.

Se podía imaginar la alegría que le daría a Enrique comer un buen chorizo; apenas probaban la carne en casa.

Se lo imaginaba dando saltitos como cuando se emocionaba por cualquier tontería.

Aurora pensó en aquella mujer y en lo generosa que había sido. Aún había gente buena en el mundo.

Ahora por fin estaba en el último tramo de su largo viaje.

Cuando llegó a la avenida de Fernando el Católico, empezaba a atardecer y el cielo se teñía de añil.

Aceleró el paso, estaba muy cerca de casa.

Entonces vio una humareda que provenía del corazón de Abastos.

Echó a correr. En su calle las sirenas bramaban, y una barrera humana le impidió el paso.

El humo salía de su edificio, pero solo se atisbaban llamas en el balcón del primero: en su casa.

Entre la muchedumbre se encontraban sus vecinos y gente del barrio, todos curioseando el espectáculo de los bomberos.

Se intentó abrir paso hasta llegar a la primera fila, allí estaba Antonia llorando desconsoladamente.

Nada más verse se fundieron en un fuerte abrazo.

Las dos lloraron. Habían estado más de mes y medio separadas, sin saber nada la una de la otra.

Antonia hablaba a trompicones balbuceando palabras sin sentido.

—Solo he salido a comprar el pan... Al llegar... Nuestra casa... Mira cómo está todo.

Aurora la sujetó con fuerza, su hermana pequeña la necesitaba. La había necesitado todo este tiempo, y ella también. Entonces, Antonia se separó de sus brazos y la empujó enfadada.

—¿Dónde has estado? ¿Por qué me dejasteis sola?

—Papá me abandonó en el monte. He tenido que huir. Luego te lo cuento todo.

Antonia la miraba incrédula. Hiperventilaba entre sollozos.

—¿Y padre? ¿Dónde está? —preguntó Aurora.

—Padre no regresó desde que se marchó contigo.

—¿Qué dices? ¡Volvió a Valencia hace semanas!

—¡De eso nada! Llevamos solos Enrique y yo casi mes y medio.

A Aurora la cabeza le daba vueltas. ¿Dónde estaría su padre?

¿Qué le habría pasado para no llegar a casa?

¿Lo habrían matado de un tiro por ser de los maquis?

Estaba confusa, aturdida por el olor a carbón de la humareda, el agobio de la gente, el calor de las llamas que le atizaban el rostro.

Todo intensificado por los aspavientos de los vecinos, los gritos de los bomberos y el pitido penetrante de las sirenas.

—¿Y Enrique? Antonia, ¿dónde está Enrique?

El corazón le iba a mil, y sentía que se ahogaba. Entonces, hiló el motivo de la culpa y la preocupación que estaban destrozando a Antonia. Su hermana balbuceaba, pero al final consiguió musitar:

—Enrique... Enrique... Aurora, Enrique... He salido diez minutos a por pan... Y Enrique se ha quedado en casa.

Miró hacia arriba, no había duda: el fuego y la humareda provenían de su casa.

Como si una fuerza animal la invadiera, corrió hacia el portal.

En la lejanía oyó a Antonia gritar su nombre, pero sus sentidos estaban ofuscados.

Tenía que salvar a Enrique. Dos bomberos intentaron impedirle el paso.

Pero ella no era consciente de sus actos.

Les golpeó y les dio patadas. Tenía que entrar.

Tenía que salvar a Enrique. Finalmente la agarraron de la cintura y se la llevaron en volandas.

Miró atrás y vio a Antonia tirada en el suelo gritando.

Su llanto le crispaba la piel. Marcela acababa de llegar e intentaba sujetar a Antonia por los hombros, ayudándola a incorporarse.

Entonces las hermanas vieron a un bombero salir del edificio, sujetando en brazos un muñeco, un pequeño cuerpo sin vida. Aurora sintió como si una losa le cayera en el pecho.