Las flores del ayer La primera vez
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La primera vez

La llamada de Lucía aquella nefasta noche de San Valentín había truncado su vida.

Si Tina le contaba a su madre que la policía la estaba investigando a ella y sus amigos por su posible relación con una red de drogas, tendría que admitir que sus amigos habían comprado y esnifado cocaína.

Aunque a ella jamás le hubiese hecho gracia, había tonteado con la droga y había sido cómplice.

Sabía que si su madre se enteraba, jamás financiaría sus estudios en Nueva York.

La conocía: argumentaría que había perdido su confianza, pensaría que tenía un problema con la adicción y ya no dejaría de controlarla. Contárselo a Marga no era opción.

Camille, la madre de Lucía, accedió a no avisar a su madre cuando la policía les pidió tomar declaración.

Después de todo, ella ya era mayor de edad y legalmente no necesitaban su consentimiento.

Sin embargo, se temía que tendría que pagar un precio muy alto por ese secreto.

Interrogaron a Tina y Lucía a la vez acerca de los acontecimientos de la noche de Halloween para esclarecer la conexión entre la peluca y el piso franco donde habían incautado cincuenta onzas de marihuana, veinte kilos de cocaína y diez armas de fuego.

—Nosotras no tenemos nada que ver. Nuestro amigo compró la cocaína a través de un tal Guanto y un tal Adrián —dijo Lucía.

Al oír el nombre de su novio, Tina sintió el puñal que le había lanzado su amiga, cuyo clasismo jamás había aceptado del todo a Adrián.

Para Lucía las personas eran de usar y tirar.

Se preguntó si a ella la habría traicionado del mismo modo solo por salvar su estatus.

La dejó continuar porque en ese momento se dio cuenta de que aquel era el precio que debía pagar.

Había vendido a su novio para que Marga no se enterara.

—Nosotras solo los acompañamos al encuentro. Así es como perdimos la peluca. Supongo que la recogerían ellos —continuó Lucía.

—Pero Adrián no vendía drogas, solo era amigo del Guanto —aclaró Tina.

Camille, la madre de Lucía, la miró solemnemente e intervino.

—Bueno, Tina les puede dar el contacto de Adrián para que puedan interrogarlo.

El foco estaba en Adrián, Lucía no se fiaba de él y así se lo había hecho llegar a su madre.

Como Camille le había guardado el secreto y no había involucrado a Marga, Tina no tenía otra opción que seguir sus instrucciones y darle a la policía los datos de su novio.

En cuanto salió de la comisaría, le llamó por teléfono para avisarle.

—Yo solo he pasado droga una vez... A ti —fue la respuesta de Adrián cuando Tina le contó todo.

Ella tenía lágrimas en los ojos, no sabía cómo solucionar el embrollo en el que se había metido.

—Lo siento —musitó entre sollozos—. Han sido Lulú y su madre, yo no sabía qué hacer.

—No te preocupes, seguro que se soluciona, ya verás —le dijo él para consolarla.

—¿Y tú qué vas a hacer? —le preguntó Tina.

—Pues les diré todo lo que sé del Guanto y dónde encontrarlo —contestó Adrián rápidamente. Su voz era fría, calculadora—. Yo ya no tengo nada que ver con ese chaval. Sobre todo, desde que tú y yo somos novios.

Se sentía protegida por Adrián. La había elegido a ella antes que a su amigo.

Ni siquiera le contó a la policía el chantaje que le hicieron para conseguir más cocaína del Guanto.

La única vez que él había pasado droga. La única vez que él se había saltado la ley.

Tina se sentía agradecida. La había protegido a ella y a sus amigos a pesar de que ellos lo habían traicionado.

Llevaban varios días sin verse, pero Adrián le había adelantado por mensaje que también había tenido movida en casa a raíz de todo esto.

—¿Dónde le apetece pasar la tarde a la señorita? —le preguntó a Tina cuando esta entró en el coche. Había cambiado su vieja moto por un automóvil: un Golf de segunda mano que aceleraba como si fuera de primera.

—Mmm... ¿Qué tal la Albufera?

Adrián pisó el acelerador en dirección al sur de la ciudad. Condujo por las carreteras sinuosas, pasando por el pueblo de El Palmar y adentrándose en la maleza hasta que llegó a un embarcadero con vistas al oeste.

—Cuéntame, ¿qué pasó? —le preguntó Tina.

—Pues te lo puedes imaginar... Los maderos se presentaron en mi casa insinuando que yo tenía relación con la red de trapicheos del Guanto. A mi padre no le hizo ninguna gracia. A él nunca le había caído bien el Guanto, así que la tuvimos gorda, casi acabamos a hostias.

—Madre mía —suspiró Tina. Adrián no solo se había enfrentado a la policía, sino también a sus padres—. ¿Y con la poli qué?

—Pues les conté lo que te dije, que tampoco éramos tan amigos y dónde encontrarlo.

—¿Y lo han pillado?

—Sí... Han metido a varios del barrio en la trena, pero a ver qué pasa. —Tenía la mirada oscura por la preocupación.

—¿A qué te refieres?

—Pues a que, si el Guanto, sus jefes o sus secuaces se enteran de que yo he sido el soplón, pueden venir a por mí... Si no ahora, cuando salgan... —Se quedó callado, entonces sonrió: se le había ocurrido algo—. Tal vez me tenga que ir contigo a Nueva York para desaparecer y huir de todo esto.

Ella sonrió, le pareció buen plan: los dos juntos, solos y alejados de sus respectivos círculos tóxicos.

Tina y Adrián se quedaron en silencio observando la belleza que les envolvía.

Eran las seis y media, y se empezaban a apreciar los tonos anaranjados del cielo de la Albufera: el preludio del atardecer.

Como si un arcoíris acaparara el firmamento, se mezclaba el naranja con los tonos violáceos y rojizos hasta fundirse con el sol en el horizonte.

Como si fuese un espejo, el agua del lago salado reflejaba esta extravagante fiesta de los colores.

—Gracias —dijo Tina de repente, mientras le acariciaba la mano.

—¿Por qué?

—Por todo lo que has hecho por mí y mis amigos. Nos has protegido al no contarle a la policía que te chantajeamos con el móvil. Y a cambio les has servido la cabeza de tu amigo en bandeja y has tenido bronca con tus padres.

—No te preocupes. El Guanto estaba de mierda hasta el cuello —dijo él mientras le quitaba un mechón de la cara.

Sus rostros se acercaron y sus lenguas se fundieron en un beso apasionado.

Él le había demostrado su lealtad y su amor, y ella se lo quería agradecer.

Los besos de ella bajaron por las comisuras de los labios de él, por su barbilla y por su cuello.

Él se quitó el jersey dejando su torso al desnudo, pero ella lo abrigó con el calor de sus labios.

Continuó descendiendo por sus pectorales y su ombligo hasta que llegó al borde del pantalón.

Cuidadosamente, desabrochó el botón, bajó la cremallera y sacó su miembro.

Era la primera vez que veía un pene erecto.

Lo observó en su esplendor unos segundos: su forma perfecta, su grandeza, le parecía casi majestuoso.

Ella continuó con sus besos mientras sus manos se deslizaban de arriba abajo.

Él gimió de placer. Entonces, él la cogió de la barbilla y la miró a los ojos.

Le quería devolver el placer. Los ojos azules de ambos se fusionaron como las aguas del lago.

Él la besó mientras su búsqueda se deslizaba por la blusa de ella.

La aureola de sus pezones era una marca esperando a ser sobrepasada.

Los besó hasta que se pusieron duros y ella se sintió increíblemente excitada.

Sin dilación, se quitó sus pantis húmedos y, en el confinado espacio del vehículo, se sentó encima de él.

Con delicadeza, abrió sus piernas y cabalgó su miembro viril.

Al principio le pareció un poco incómodo, pero conforme repetía el movimiento y su respiración se entrecortaba, sintió cómo una ola de placer le subía por el interior coronando ambos en un grito de gozo.

Sentía que levitaba. Nunca había experimentado nada igual.

Sus cuerpos desnudos se entrelazaron en un abrazo.

Sus almas se tocaban mientras ella apoyaba la cabeza en el pecho de él y escuchaba el latido de su corazón.

Así que eso era el sexo. Ahora entendía por qué todo el mundo lo ensalzaba: el sexo era alucinante.