La emboscada
Desde aquella mañana en la que Juan la había cogido de la mano para que acariciara el cordero, Aurora tenía un sueño recurrente que, macerado por el vino de los juegos nocturnos, se convertía en pesadilla.
El sueño empezaba en Valencia, donde paseaba del brazo de Francisco por los pretiles del cauce del río Turia en dirección al mar.
Entonces, Francisco señalaba que había una paloma, Aurora se giraba para verla y él la sorprendía con un beso en los labios.
Ella cerraba los ojos para disfrutar de ese dulce beso, pero al abrirlos no era Francisco, sino Juan.
Horrorizada por no haber besado a quien creía que era su amor, tocaba, incrédula, el rostro de Juan; entonces su cara se transformaba en la de Pedro y, a continuación, en la de su padre.
En ese momento, siempre se despertaba empapada en sudor.
En mitad de la noche, cuando aún estaba en la parte bonita de su recurrente sueño, en su ciudad, junto al hombre que amaba, la despertó un grito.
—¡La Guardia Civil! ¡Nos atacan!
Era Pedro, había bajado desde el campamento a darles aviso. Iba descamisado, con el rifle colgado al hombro y el brillo de la muerte en los ojos.
—¡¿Qué?! —gritó Pastora.
Rápidamente se pusieron en pie, Pastora cogió su rifle y le dio a Aurora una pistola de 9 mm como la que había utilizado cuando entrenó con los hermanos. En la distancia se oía un sonido metálico, el traqueteo enlatado de las balas enfrentando a los dos bandos.
—¿Cuántos son? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Pastora.
—No lo sé, al menos diez. Es la Guardia Civil, sabían exactamente dónde estaba escondido el campamento. ¡Han ido a saco! Tenemos dos heridos entre los nuestros.
—Joder, ¡hay que protegerse! Aquí estamos más abajo que el resto del campamento, así que es inminente que nos descubran. ¿Te han seguido?
—Espero que no. Están atacando por la pendiente norte, pero es cuestión de tiempo...
Entre los dos cogieron el tablón de madera que utilizaban para cocinar y lo colocaron en el umbral de la puerta como barricada. Cogieron también algunos de los bloques de paja y los pusieron detrás en dos tiras. Aurora estaba parada, en shock , sin saber qué hacer. Pastora miró por sus binoculares.
—Niña, agáchate y vigila el ventanuco de atrás.
A pesar de que no era la primera vez que sujetaba un arma, la pistola pesaba una barbaridad.
Siguió las instrucciones de Pastora y se colocó en la parte de atrás de la caseta, acurrucada, petrificada por el miedo.
Se preguntó cómo era posible que su vida hubiese llegado a ese punto, en el que empuñaba una pistola para defender su supervivencia, amenazada por la Guardia Civil.
No podía despistarse, debía mantenerse firme en esos momentos, agudizar sus sentidos para seguir con vida.
Entonces, una sombra surgió entre los matorrales y alcanzó la pequeña ventana. Aurora gritó.
—Soy yo, ¡Juan!
Ella seguía sin aliento.
—Te había dicho que yo les daba aviso —intervino Pedro.
—Vengo a ver cómo estáis. Arriba estamos jodidos.
—De momento, aquí no hay señales de ellos —dijo Pastora, que seguía pegada a los binoculares, protegida por el tablón de madera.
—Mejor.
Los cuatro estaban sentados en el suelo, envueltos por aquellas paredes de barro que poco cobijo podían darles.
Dejaron los fusiles de cerrojo en posición y sobre una manta colocaron la munición de manera ordenada: los peines a la izquierda y los cartuchos de las escopetas al lado derecho, por si tenían que cambiar de arma.
En la lejanía, se oían las castañuelas de hojalata acercarse, la estampida de toros bravos iba a por ellos.
Entonces, una bala golpeó el tablón de madera: los habían encontrado.
—¡Ya están aquí! —gritó Pastora.
Todos se miraron con miedo en los ojos.
—Vale, de momento solo están atacando por delante.
Pastora y Pedro, vosotros hacéis la primera tanda, Aurora y yo haremos la segunda desde atrás mientras recargáis.
Yo iré contando los turnos, así siempre tenemos tiempo para recargar y nunca dejamos de disparar.
¿Entendido? —dijo Juan tomando la voz cantante.
Los demás asintieron. El pánico se había instaurado en sus almas y la adrenalina en sus corazones.
—¡Venga! ¡A por ellos! —gritó Juan intentando levantar el ánimo.
—¡A por ellos! —vociferaron al unísono.
El plan estaba claro. Uno, dos, tres . Disparaban Pastora y Pedro.
Uno, dos, tres. Disparaban Juan y Aurora.
Pastora y Pedro volvieron a la carga y lanzaron una retahíla de munición.
El enemigo respondió amenazante. La falsa barricada temblaba con el tintineo de las balas.
Ahora les tocaba a Juan y Aurora disparar.
Ella cerró los ojos. Sus dos manos sujetaban la STAR y apuntaban en dirección al enemigo.
Seguía con atención la voz de Juan, que iba contando para indicar los tiempos.
Uno, dos, tres . Apretó con fuerza el gatillo y esperó no haberle dado a nadie.
Uno, dos, tres. Cargaron las armas. Le temblaban las manos.
Uno, dos, tres. Volvió a apretar. Pero los nervios le pasaron factura y la bala terminó incrustada contra la pared.
—Aurora mejor que vigile la ventana de atrás —sugirió Pastora al ver que de los nervios casi le había dado a ella.
—Tranquila, no te preocupes, no tienes que disparar si no quieres —le dijo Juan.
Volvió a la parte de atrás de la caseta a vigilar por el ventanuco.
Observó con detenimiento. No se veía movimiento, pero el repiqueteo del tiroteo le absorbía todos los sentidos.
Juan continuaba contando. Uno, dos, tres.
Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Entonces, un proyectil funesto alcanzó a Pedro, quien cayó al suelo con el hombro ensangrentado.
Pegó un grito, animal, retorciéndose de dolor.
Juan dejó de contar y corrió a socorrer a su hermano.
Pastora continuó detrás del rifle, apretando el gatillo y moviendo el cerrojo de recarga sin parar, pero consciente de que ya no tenía refuerzos.
Juan se dirigió a Aurora entre el estruendo del ataque.
—Márchate, este no es sitio para ti.
—Pero ¿adónde voy a ir?
Aurora estaba asustada. Llevaba semanas deseando marcharse y ahora, por fin, tenía la oportunidad. Pero ¿adónde iba a ir? ¿Cómo?
—Te las apañarás. Ha sido un placer —le dijo él, dándole un beso en la mejilla.
Dudosa, miró a Pastora, quien asintió con la cabeza.
—Vete, tu padre me matará si te ocurre algo. Cuídate, niña —la despidió con su voz ronca.
Pedro estaba tirado en el suelo, la mancha oscura de sangre se esparcía por su camisa dictando su desenlace. Con los ojos entrecerrados le lanzó una media sonrisa y musitó:
—Márchate, pero no te olvides de nosotros.
Aurora no sabía adónde dirigirse, pero su vida corría peligro si se quedaba allí.
Ayudada por una banqueta de madera, saltó por el ventanuco de atrás mientras Pastora continuaba apuntando al enemigo y descargando su rabia.
La joven se agazapó y reptó entre los matojos hasta llegar a la fila de árboles que daba comienzo al bosque.
Escudada por los árboles, se atrevió a ponerse en pie y empezó a correr.
Corrió con todas sus fuerzas. Perdió un zapato y se rasguñó el pie derecho, pero continuó corriendo.
Su propio jadeo le invadió todos los sentidos.
Al rato, reconoció el sendero por el que su padre había conducido antes de esconder la furgoneta.
Recordó que habían viajado cuesta arriba, así que ella debía ir camino abajo.
Durante varias horas, anduvo en penumbra.
El silencio era abrumador, y el sonido de los grillos, su único compañero de viaje.
La noche empezaba a aclarar, en su lucha contra el amanecer.
Pensó que sería más seguro viajar de noche, al menos hasta que saliera de Aragón y volviese a pisar suelo valenciano, de modo que debía encontrar un sitio donde esconderse.
Un cartel señalaba que había llegado a Cantavieja, un pueblo adoquinado y enmarcado por una muralla que había sobrevivido al paso de los siglos.
A las afueras, encontró una masía con un granero de fácil acceso.
Utilizando las piedras como si fueran escalones, se deslizó por una rejilla y cayó sobre una cama de paja y plumas.
Necesitaba descansar, recuperar fuerzas para continuar su escapada.
Se tumbó sobre la paja, cerró los ojos y visualizó a cada miembro de su familia: Antonia y su violín, Enrique y su coche de juguete, su padre y sus palomas, la sonrisa de su madre.
Había conseguido dejar atrás los bramidos, las castañuelas y los traqueteos de la violencia, pero siempre la perseguirían en sus sueños.