Las flores del ayer El trauma
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El trauma

Marga se había quedado en su habitación, pero había sido inevitable escuchar la pelea entre su madre y su hermana.

Los gritos acusatorios de ambas se alzaron hasta casi reventarle los tímpanos, mientras que la lengua afilada de su hermana le rajó la conciencia.

Tal vez era todo culpa suya. Tal vez debería haberle dejado claro a su cuñado que no estaba interesada en él.

Tal vez no debería haber bebido. Tal vez, si se hubiese quedado callada, la discordia no habría llegado a su familia.

Tras consolar a su madre, Marga volvió a su habitación y subió el volumen de la canción Tumbling Dice, de los Rolling Stones, que sonaba en su tocadiscos.

Intentó distraerse, pero los altavoces vibraban marcando el paso de su corazón.

Le parecía que las paredes también vibraban al compás de la música, empequeñeciendo la estancia, asfixiándola en aquella habitación que había sido testigo de su deshonor.

Necesitaba respirar. Cogió un pequeño bolso, metió un pintalabios y se marchó.

Al pasar por el vestíbulo, vio a su madre en la salita frente al televisor, parecía más calmada.

Cuando salió de casa, se cruzó con Filomeno, que reptaba por la verja de la entrada.

Marga respiró hondo, la humedad de la pinada le azotó la cara y, abriéndole las fosas nasales, le despejó la cabeza.

Empezaba a oscurecer, pero el cielo encapotado había creado un limbo gris que impedía que el añil de la noche lo invadiera todo.

Anduvo decidida entre los caminos empedrados hasta que llegó al chalé que le interesaba, bordeó la valla, puso el pie en la cenefa y, cogiendo impulso, la saltó.

Al caer, se rasguñó ligeramente la rodilla que quedaba descubierta por los shorts vaqueros que llevaba.

Estaba en el jardín trasero de la vivienda.

A pocos metros, bordeando la piscina, había una escalera de forja por la que se podía acceder al balcón del primer piso.

Sabía que allí se encontraban los dormitorios.

Con sigilo, subió las escaleras y abrió las puertas mallorquinas. Julio se encontraba tumbado en la litera de arriba con un libro entre las manos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó desconcertado.

—He venido a verte... —Marga tragó saliva—. Ya estoy mejor.

—Me alegro. ¡Menuda gripe debes de haber pasado!

—Sí... —titubeó ella—. ¿Estás solo en casa?

—Beltrán ha salido con algunos del grupo... Mi madre sigue en Zaragoza, pero mi padre sí que está en casa. Está en el porche de delante, aunque lleva varios vermuts.

—Perfecto.

Poco a poco se acercó a él. Con sus caras casi rozándose, ella alzó la barbilla y le miró fijamente con sus ojos color agua.

Él la deseaba y ella lo sabía. Le cogió la cara con delicadeza y lo envolvió en un profundo beso.

A él se le erizó la piel. También su miembro.

La agarró con fuerza por las nalgas hacia su cuerpo cegado por el deseo.

Entonces ella se apartó, abrumada por la excitación de él.

Tenía que ser bajo sus términos. Los términos de ella.

Cuidadosamente se quitó los shorts en una danza improvisada por sus caderas.

Mientras tanto, los ojos marrones de él seguían la pista de su piel, aceptando el espacio que ella había exigido.

Poco a poco, Marga se desabrochó los botones de la blusa roja, que se deslizó por sus curvas.

La aureola de sus pezones se apreciaba tras el encaje traslúcido de su sostén.

Con paso tímido, él se acercó. Sus dedos perfilaron el ombligo de ella, recorrieron su cintura de avispa y subieron hasta alcanzar su objetivo: sus senos.

Con delicadeza, le retiró el sujetador dejando sus pechos al descubierto en todo su esplendor.

Jugó con ellos hasta que sus pezones se volvieron duros.

Traviesos, sus dedos continuaron su expedición, en esta ocasión en dirección sur.

Sobrepasaron la frondosidad de su monte de Venus hasta llegar al clítoris y con movimientos circulares lubricó las entradas.

La respiración de ella se volvió entrecortada por la pasión mientras las manos de él la arropaban con un placer cada vez más intenso, arrullado por gemidos incontrolables que concluyeron en un grito apoteósico: su primer orgasmo.

Estaba lista. Él se quitó los restos de ropa que aún prendían de su piel dejando su miembro viril al descubierto.

Reptó sobre el cuerpo desnudo de ella excitándola con besos.

Llegó al cuello y subió por su cara hasta alcanzar sus labios mientras su falo parecía querer abrirse camino entre sus entrañas, que suplicaban el próximo paso.

—¿Quieres?

—Sí, por favor.

Mientras se fundían en un beso eterno, él la penetró con lentitud provocándole un gemido inconsciente.

El movimiento se volvió frenético, la respiración de él también.

Ella jadeaba. Él jadeaba también. Él jadeaba mucho.

Jadeaba como Germán. Ese pensamiento intrusivo invadió su cabeza.

Le empañó el plácido presente. Entonces ella se quedó rígida, y también sus entrañas, notando un dolor áspero e incomprensible.

Quería terminar cuanto antes, quería acabar ya. Por suerte, enseguida, él culminó.

—Madre mía... ¡Ha sido alucinante! —sentenció Julio.

Marga se quedó callada. Esta vez casi lo había disfrutado, aunque no el final, no le había gustado la penetración.

—¿A ti te ha gustado? —preguntó, con su ego de macho inquieto.

—Claro —lo tranquilizó ella, mintiendo acerca de los fantasmas que la habían poseído durante el coito.

No podía contárselo a Julio, él no lo entendería. Además, ni siquiera se había dado cuenta de su malestar. Tenía su cabeza apoyada en el pecho de él, pero ya no quería estar ahí. Quería volver al confort de su hogar. El timbre sonó anunciando la llegada de alguien. Salvada por la campana.

En penumbras se vistió y se deslizó por la escalera del balcón, deshaciendo el arduo camino que había recorrido hasta llegar al dormitorio de Julio. Mientras descendía las escaleras, escuchó las risas coquetas de dos adultos errando. Reconoció la voz de su madre.

—Te traigo vino tinto, como el que bebíamos de jóvenes.

—¿También quieres una hoguera? —preguntó Juan, el padre de Julio.

—Solo si tienes un martillo para jugar —rio ella.

—De verdad, Aurora, no has cambiado nada.

Se quedó parada en el jardín, preguntándose qué hacía allí su madre.

Entendía que, como ella, también necesitaba huir de la brecha que se estaba abriendo en la familia, salir de casa y tomarse un respiro de ser madre.

Oyó sus risitas, como si fuera una adolescente.

Era extraño ver que no era solo madre, sino también una mujer.

Corrió hacia la valla. Decidió dejarlo estar, su padre llevaba más de doce años muerto y su madre tenía derecho a algo de privacidad.