Las armas #2
—¿Con tu hermano también? Juraría que lo que escuché ayer no era español.
—Con mi hermano hablo español en Francia y francés en España. Es nuestra manera secreta de entendernos.
Aurora se rio. Le recordó a su propia hermana y cómo a veces con una sola mirada se entendían.
—Aunque en ocasiones discutimos, mi hermana y yo también somos así.
—¿Ah, sí?
—Sí, hubo una vez en la que, por accidente, Antonia dejó abierta la jaula de las palomas de mi padre y varias se escaparon por la terraza.
Conseguimos recuperar la mayoría, pero sabíamos que al menos una había levantado el vuelo.
Cuando mi padre volvió a casa, se enfurruñó, decía que él contaba cuarenta y cuatro palomas, y que le faltaba una.
Así que nosotras salimos a contarlas y dijimos que había cuarenta y cinco.
Le convencimos de que se estaba descontando.
—¿Y se lo creyó?
—Hasta la fecha sí.
—¿Qué tal con Pastora? Debe de ser diferente a vivir con tu hermana.
—Me dice cuáles son mis tareas y a veces siento que me vigila a corta distancia, pero creo que lo hace desde la preocupación. También es algo reservada y le gusta el silencio, pero nos llevamos bien. Aunque yo preferiría estar en casa con mis hermanos.
—¿Es cierto lo que dicen? ¿Que es hermafrodita?
—¿Qué es ser hermafrodita? —Aurora nunca había escuchado esa palabra.
—Ya sabes, pues que ahí abajo tiene lo de un hombre y lo de una mujer.
—Ah. —Entonces era eso, y no era la única que había notado que Pastora era diferente. Recordó lo que había dicho acerca de enamorarse y cómo era imposible para ella—. No lo sé... Pero lo que sé es que es buena persona, y eso a mí me basta.
Al girar la curva del sendero, les rodeó un rebaño de ovejas. Habría unas cien. Aurora se había criado en la ciudad y era la primera vez que veía tantos animales juntos. Juan notó su asombro, y también que tenía una pizca de miedo.
—¡Mira cuántas ovejas!
—Chica de ciudad. ¿Nunca habías visto un rebaño?
—Así de grande no.
Juan se paró a acariciar a un corderillo que no se separaba de su madre.
Llena de dudas, Aurora se acercó a presenciar la escena.
Él le cogió la mano y la posó sobre el torso del pequeño ovino, con suaves movimientos la guio para que acariciara al animal.
Tenía la piel suave y tierna, lo cual contrastaba con la aspereza de la mano de Juan, que cubría la de Aurora.
Él la miró con dulzura buscando que ella le devolviese el gesto.
—Buenos días.
La voz ronca del mayoral que andaba detrás del ganado les sobresaltó.
—Buenas, tiene un rebaño precioso —contestó Juan.
—Gracias —dijo el pastor con recelo.
Continuaron hacia el pozo en silencio. Era la primera vez que Aurora se encontraba con una persona ajena al campamento maqui, y eso le dio esperanzas.
Significaba que había pueblos y masías en la cercanía, por lo cual podría ejecutar el plan de escape con el que en ocasiones soñaba.
Aunque, por otro lado, era cierto que se estaba acostumbrando a la rutina de los maquis y la compañía de Pastora, Juan y Pedro; incluso se podría decir que estaba empezando a disfrutar de ella.
Hacía más de un mes de la visita de Pablo, y la comida fresca que había traído empezaba a escasear.
Por la noche, Aurora y Pastora cocinaron un potaje aguado sin carne y con una ración de media docena de garbanzos por cabeza.
Ella pensó que era un guiso parecido al que cocinaba para su familia en la ciudad debido al racionamiento.
Todos terminaban sabiendo igual y teniendo la misma pinta: agua brumosa y marrón con restos de lentejas, garbanzos o judías que se quedaban como posos inertes de sabor en el fondo.
Durante la reunión nocturna algunos de los hombres debatieron si deberían robar algún cordero o gallina de las granjas cercanas para poder alimentarse de algo más que legumbres.
Juan objetó que si hiciesen eso, los lugareños dejarían de ver a los maquis como guerrilleros y empezarían a considerarlos ladrones que robaban ganado.
—Pero la gente de los pueblos está con nosotros, nos apoya —insistió uno de los maquis mayores, por lo que se las daba de jefe del grupo, aunque las decisiones siempre se votaban por mayoría.
—Cierto, y por eso no nos han denunciado a pesar de que posiblemente sepan que estamos aquí.
—Aun así, sería como un préstamo, o más bien una donación. Si quieren que luchemos por salvar España, tenemos que comer.
—Dejarán de mirar a otro lado si empezamos a tocar lo que es suyo. En las aldeas y los pueblos pequeños de por aquí la Guardia Civil les tienen calados de miedo... ¡No se fían ni de sus vecinos, a pesar de que son seguramente sus primos segundos!
—¿Y qué hacemos entonces? ¿Morirnos de hambre? Yo un día más sin carne y con las habas estas acuosas no aguanto.
—Estamos en el monte y tenemos escopetas. Yo propongo salir a cazar. Es primavera, algún jabalí o ciervo pillamos seguro.
A Aurora le daba igual lo que decidieran; aunque las tripas también le rugían, las apaciguaba con el vino que bebían por las noches.
Aquel dulce líquido del color de la sangre había sido el gran descubrimiento de su estancia en el monte.
Todas las noches, tras la cena, algunos de los más jóvenes, incluidos Juan, Pedro y Aurora, participaban en el juego del martillo.
El grupo se colocaba en círculo alrededor de un trozo de tronco talado sobre el que colocaban un clavo.
El juego consistía en golpear el clavo rápidamente con el martillo.
Si fallabas tenías que beber dos sorbos de vino seguidos y quien consiguiera insertar el clavo en su totalidad en el tronco ganaba la partida.
—Vaya, qué intenso se pone tu hermano con estas cosas, ¿no? —le comentó Aurora a Pedro mientras se acercaban al tronco donde hacían sus partidas tras la cena.
Juan se había quedado atrás intentando convencer a los maquis mayores de que salir a robar ganado no era la solución. Había otros dos chicos esperándoles para jugar.
—La verdad es que sí. Aunque tenga razón, no vale la pena discutir.
Comenzaron la partida sin Juan, quien se unió un rato después, y como todas las noches, la bota de vino voló.
Pedro ganó la primera ronda y Juan la segunda; Aurora perdió las dos.
Al terminar, Juan se ofreció a acompañarla a la caseta que compartía con Pastora y que estaba algo apartada del campamento, a unos quince minutos andando hacia el sur.
—He ganado yo primero, le acompaño yo —espetó Pedro.
—Has ganado la primera ronda porque yo no la he jugado entera. Además, ella prefiere que la acompañe yo, ¿verdad, Aurora?
—Podéis acompañarme los dos —contestó ella para aplacar la discusión.
Aurora había notado que su amistad con Pedro era casi fraternal; sin embargo, con Juan era diferente. Aunque también eran amigos, a él se le iluminaba la mirada cada vez que la veía. Se sentía halagada y su atractivo rudimentario era indudable, pero su corazón ya tenía dueño.